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Balance 2017. El personaje: Trump, el presidente más inesperado e imprevisible

Inés Capdevila
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31 de diciembre de 2017  

Donald Trump, durante su gira "Hacer grande a Estados Unidos otra vez"
Donald Trump, durante su gira "Hacer grande a Estados Unidos otra vez" Crédito: AP/Susan Walsh

Lo dice una y otra vez desde que comenzó su campaña, en 2015, a tal punto que hoy es el mantra de millones de seguidores que lo votaron y están dispuestos a defenderlo con fervor religioso y, a veces, con patoterismo. Donald Trump, tal vez el presidente más inesperado e imprevisible de la historia norteamericana, dice tener una sola misión: "Hacer grande a Estados Unidos otra vez".

Sin embargo, desde que asumió, el 21 de enero, su Casa Blanca se ha dedicado más a deshacer que a hacer. Y ese camino podría desembocar en lo contrario de lo que el mandatario busca, es decir, en la reducción de Estados Unidos a un país dividido y dominado por el odio, a una potencia eclipsada por China, rivalizada por la Unión Europea, burlada por Rusia y ya no sospechada -como siempre- por el resto del mundo sino, simplemente, ignorada.

Trump llegó a la presidencia ayudado por un precepto básico del populismo, la construcción de enemigos. En la interna, fueron los otros contendientes de su partido y el propio establishment republicano. En la campaña, fueron -naturalmente- Hillary Clinton y los demócratas, pero el millonario sumó entonces a los medios, a los lobbies, a los bancos, al Obamacare, a China, a los inmigrantes, al islam, a México, a cualquiera que le permitiera atraer y anclar el voto de aproximadamente un 40% de los votantes que, por razones tan diferentes como el nacionalismo o el desempleo, lo eligieron.

Dirigentes republicanos, analistas políticos y líderes globales esperaban ver un Trump más "presidencial" y menos divisivo una vez que se instalara en la Casa Blanca. Pero, embelesado con sus éxitos, el magnate decidió gobernar de la misma manera como había alcanzado la presidencia, construyendo enemigos dentro y fuera de Estados Unidos. Él mismo se encargó de dejar en evidencia en la primera semana de su mandato que el Trump jefe de Estado sería tan disruptivo, escandaloso y caótico como el Trump candidato.

En casi un año, creó una lista de enemigos numerosa: retiró a su país de la Unesco, del tratado de París contra el Cambio Climático, del Acuerdo Transpacífico; y ahora tiene en la mira el acuerdo con Irán y con Cuba y el Nafta. Alentado por una relación estrecha con Benjamin Netanyahu, decidió reconocer a Jerusalén como capital única e indivisible de Israel. Esas medidas distanciaron a Estados Unidos de sus socios habituales y recortaron la credibilidad y la influencia de Washington. A la hora de formar alianzas, Trump apela a otro rasgo que lo acompañó en campaña: las contradicciones. Quiere una nación grandiosa de nuevo pero se muestra como un adolescente subyugado con Vladimir Putin, presidente del adversario histórico de Estados Unidos, del país que interfirió en las elecciones norteamericanas y de la potencia que está arrinconando la influencia de Washington en Medio Oriente. De la misma manera, promete aniquilar el extremismo islamista pero viaja a Riad para renovar, con pompa y circunstancia, la relación con Arabia Saudita, un reino que nunca hizo mucho por ocultar sus lazos financieros con grupo terroristas.

Las tácticas del presidente norteamericano no cambian hacia adentro, y menos aún lo hace su carácter. En estos once meses, no le ha faltado toda una variedad de némesis a Trump en Estados Unidos: Robert Mueller, jefe de la investigación por el Rusiagate; el FBI; un grupo de legisladores republicanos e incluso a veces todo el Congreso; el Obamacare; los futbolistas de la NFL; Meryl Streep y LeBron James.

Tantas disputas, divisiones y escándalos no sólo ponen en peligro el rol de Estados Unidos en el mundo sino que también opacan los éxitos el presidente. La economía crece a un 3%, el desempleo está cerca de un mínimo histórico y la industria manufacturera -bandera de campaña de Trump- se recupera. Los mercados, además, lo celebran con euforia.

Aunque a Trump le cueste admitirlo, hay allí mucho de herencia de Obama; desde 2010, la economía y la ocupación crecen casi constantemente pero con altibajos. El actual presidente, que se autodefine como el "mandatario que más logró" en la historia, cree incluso que la reciente reforma del código tributario -su mayor triunfo político- llevará la actividad económica a niveles jamás vistos. Sin embargo, los especialistas advierten que el recorte de impuestos tiene el potencial de mejorar el desempeño económico pero también conlleva una certeza: el ya alto déficit fiscal aumentará, una patada al hígado para el pensamiento republicano.

Trump necesitará que la economía mantenga su cara feliz en 2018, año de elecciones legislativas, para mantener el Capitolio en sus manos y evitar la palabra que más lo obsesiona: impeachment.

Los demócratas ya mostraron sus determinación y caudal electoral en Alabama y Virginia, hace unas semanas. En noviembre próximo irán por las mayorías de ambas cámaras. Si los números de hoy se mantienen, tendrán éxito. En ese caso, el destino de Trump dependerá de si los dirigentes demócratas escuchan a sus bases y abren el juicio político o de si prefieren arriesgarse a derrotar al presidente en las elecciones generales de 2020.

Con enemigos dentro y fuera de su país, con un carácter volátil, con una nación cada vez más aislada, el presidente se enfrenta al año en el que deberá decidir si se inclina por empequeñecer a Estados Unidos -y con eso, su propio futuro- o si es fiel a su promesa de campaña y se dedica a "hacer grande" a su país.

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