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El despertar de cada día

Francis Mallmann

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PARA LA NACION
Domingo 31 de diciembre de 2017
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Como todos los días, de manera añosa, me desperté y le di cuerda al viejo reloj de mi mesa de noche. Ese pequeño hacer recordatorio significaba que tenía otro día por delante para amar, hacer, cantar, vivir. Un símbolo de esperanza.

Me puse mi vieja boina gastada que cuida de mi cabeza calva y salí.

Caminé con el más grande de los silencios; moderado y sujeto a los recuerdos de aquel fino hilo que comenzó sujetando mi existencia entre frágiles peldaños de cristal y que fui engrosando como la tibia soga de un barco recostada al sol, amante de los muelles del tiempo. Y el tiempo parecía medirme de otra forma -lejos de la aguja del reloj-, cuidando de mantener muy lúcido al niño que siempre fui y los hermosos sueños que me dieron luz, en lóbregas y umbrosas noches desérticas.

Mis pasos llevaban peso de vida; los de los callados gritos de mi temprana soledad, los que di entre los rododendros y magnolias en los Himalayas de Bután, los del sendero hirsuto de Dejá, que me llevaba una y otra vez al mar, los que de niño recorrían el camino de las grosellas que se golpeaban con el cerezo de los zorzales y la casita de herramientas. Pisadas humeantes de amor en el despertar de mis hijos arropados a mi lado en los helados amaneceres del Sur, calentando leche en la cocina de leña; caminándolos en mi mochila por las montañas andinas entre nieves, vientos, lluvias, lengas, ñires y coihues. Entre cantos de hualas, loros y del martín pescador. Intentando impregnarles, legarles todo lo que esta tierra generosamente me dio y cuidó. Acunado entre sus vientos, nubes y cielos.

Aquel día me llevaría solemnemente al más bello de los amores. Cada pie iba dejando un rastro; las señas heroicas y cobardes de cada una de mis jornadas, grabadas en mi piel, evocando templanza.

La cobardía es un bien común de mujeres y hombres. Aunque rueden, trepen y luchen implacablemente, tendrán siempre hora y medida para la temeridad. Escaramuzas de alma que no llegan al abrazo preciso y reparador de la intuición.

Heroicas -por la ilusión que me había conducido hasta allí- y cobardes, porque osadamente la cobardía siempre durmió dentro de mis presentes, arraigada en mi memoria con latir furioso de aliento y corazón.

Aquel día llevaba puesto el manto de besos tejido entre las porfías de mi corazón; transparente y ensangrentado por el deseo que presidió mi vida. En la mano izquierda se veía un ramo de fuegos, en la derecha las semillas aún sin germinar que me legaron mis padres.

Yo también era otro de los que me miraban pasar, sentado en un banco veía los pasos aún alegres y cansinos advirtiendo la gloria y aquella hermosa melancolía que elegí como una de mis banderas.

Estaba vestido por momentos con mis pantalones parchados con las estrofas de Dylan, o con un saco azul y una corbata de flores de París, o a veces como una mujer, rectora de escuela, de estricto spencer y falda negra. En la espalda llevaba escrito, como mi abuelo uruguayo, el Si... de Kipling. Rigió mis días.

Sí, también la vanidad ha tutelado mis años, es como una brisa de cosquillas que ilumina los contornos de mi ojos apoyados en las breves alegrías que da la pompa, lo confieso sin vergüenza, ha sido uno de mis dones.

Desde mi asiento, con no poco asombro, fui midiendo cómo avanzaba por la calle polvorienta. En cada tranco reconocía a las personas que me habitaron, y en el gesto de mi cara se veía un agrado, porque al final hasta los más grandes enemigos nos dijeron alguna verdad o nos dieron algún hermoso abrazo en la intimidad de la disputa. Allí también reside el amor.

Así supe que mientras todos los días amanezca un solo hombre o mujer con ganas de hacer el bien, será suficiente para contagiar y esparcir compasión.

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