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Pronósticos, tendencias y, sobre todo, buenos augurios

Estamos en esa época del año en la que tendemos a vaticinar lo que vendrá; esta vez decidimos tomar otro camino
Ariel Torres
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30 de diciembre de 2017  • 00:08

La frase es tan célebre que se la ha asignado a por lo menos tres autores. Me quedo, por mera admiración, con Niels Bohr, aunque esto está en disputa. Dice así: "Hacer predicciones es muy difícil, especialmente cuando se trata del futuro". Deliciosa, además de cierta y algo ácida.

En tecnologías digitales esta afirmación es doblemente sólida, por varios motivos. El primero, las cosas marchan muy rápido en este ambiente. El segundo, lo único que realmente es noticia es la disrupción, y un fenómeno es disruptivo cuando no se lo puede prever. Tercero, no hay homogeneidad. Este es el sueño de los augures desde tiempos remotos, y puedo entender eso, pero el mundo no fue, no es y no va a ser nunca homogéneo. (Eso último fue una predicción, y podría estar equivocado. En todo caso, no estoy seguro de que me guste la idea de vivir en un mundo 100% homogéneo.)

No, tampoco es homogéneo el ambiente tecno. La resolución de las pantallas, por ejemplo, ha aumentado mucho menos que, digamos, el monto de memoria RAM o la cantidad de transistores en los cerebros electrónicos.

Existen, sin embargo, algunas tendencias que se han mantenido durante décadas, más que nada porque son sistémicas. Es el caso del poder de cómputo. No tiene sentido que un día la industria emita un comunicado diciendo que se ha alcanzado la capacidad de cómputo suficiente y que ya no habrá que esperar chips (o como se llamen para entonces) más veloces. Capacidad de cómputo es, grosso modo, la cantidad de cuentas que un cerebro electrónico hace a cada segundo. En algo menos de 60 años, el costo del cómputo se redujo 5 billones de veces (doce ceros, no nueve). Son cifras incomprensibles que no aplican a ninguna otra industria, y es otra tendencia evidente. Mi primer disco duro costó 300 dólares; serían 543 dólares de hoy. Es decir, cerca de 10.000 pesos. Almacenaba 40 megabytes. Hoy, por 10 veces menos dinero, es posible adquirir 25.000 veces más espacio.

La reducción del tamaño es otra tendencia clara, aunque, por obvias razones, no puede tampoco aplicarse uniformemente. Para muchas tareas (edición de video, por ejemplo) necesitamos pantallas amplias. Eso sí, son mucho más livianas y con imágenes de mejor calidad que hace 20 años; y eso, sí, se debe, entre otras razones, a la miniaturización.

El ancho de banda describe otra curva ascendente, y no parece que nadie tenga la intención de declarar que con 20 megabits por segundo en el hogar ya estamos bien.

Para complicar más cualquier pronóstico, estas tecnologías producen un fenómeno de retroalimentación positiva. Si tenemos coches autónomos es a causa de la miniaturización y de los avances en cómputo. La inteligencia artificial ayuda a resolver problema relacionados con (aunque no sólo con) la inteligencia artificial. Este círculo virtuoso vuelve mucho más borroso el futuro, incluso en aspectos que nada tienen que ver con las computadoras o los smartphones. La posverdad, que no es algo nuevo, alcanza hoy una escala apocalíptica gracias a las redes sociales, que, por sí mismas, son un avance enorme, porque contribuyen a volver más horizontales las relaciones de poder.

¿Seguridad? Ojalá ocurra lo contrario, pero volveremos a tener muy malas noticias. El descontrol, en este sentido, es casi completo, y el número de líneas de código malicioso en manos de los piratas (en ciertos casos, creadas por agencias de inteligencia) asciende a números escalofriantes.

Pero fuera de estas tendencias generales, no hay forma de predecir lo que va a ocurrir el año que viene. En 2016 sabíamos que el ransomware estaba en aumento, pero era imposible adivinar que le iban a robar a la NSA armas de software y que con dos de esas armas armarían el peor ataque de este tipo de la historia, cuyo nombre llegó a los titulares de los diarios y a las noticias urgentes de la tele: WannaCry.

Podría seguir con todo lo que no vimos. O con lo que vimos, pero era evidente. Pero este año prefiero augurarles a mis lectores un 2018 feliz e interesante, y, a largo plazo, me gustaría citar las siglas del incomparable Spock, de las más geek que existen: LLAP, por Live Long And Prosper. "Que tengas una vida larga y próspera", nada menos.

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