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Evangelina Salazar: "Palito fue mi salvación y yo la de él"

Contra el mandato de sus padres, sacrificó una promisoria carrera de actriz para formar una familia. Casada desde hace 50 años con Palito Ortega y madre de seis hijos talentosos, se sincera: "Siempre estuve muy presente, pero les di alas para que no se parecieran a mí"

Domingo 07 de enero de 2018
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PARA LA NACION
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Foto: LA NACION / Vera Rosemberg

No hace falta ni siquiera llegar a los diez minutos de conversación para entender por qué esta mujer de aspecto inmaculado, absolutamente hermosa, dirige la orquesta de los Ortega, el familión de artistas que hace medio siglo da que hablar en la Argentina.

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El mix de temas, anécdotas y colores con el que se embebe la charla sorprende. Es como un saco sin fondo de títulos posibles, así que conviene relajar y recibir los cuentos al estilo Evangelina, que llegan frescos, sin vueltas, relatados con modo de reina e inhallable dulzura. Palito, Jacinta Pichimahuida, el Papa, Charly García, Tinelli, Luli Salazar y la vida en detalle de cada uno de sus hijos famosos son algunas de las pinceladas del mano a mano que transcurre en el edificio de inspiración florentina, pleno corazón de La Isla, en Recoleta. La casa es clásica, pero con detalles escenográficos. Hay muebles hechos por su padre ebanista, pero también paredes shocking con dorados que salpican. "No quería que se viera como una casa donde viven dos señores grandes. Es que acá entra y sale todo el mundo. Todo es más... ¿Cómo explicarlo?"

¿Más rock and roll?

Y sí, puede ser. De hecho acaba de irse Rosario con su guitarra. Esta es una familia donde pasan cosas, en la que se aceptan los matices, las elecciones de cada uno. Se acompaña. Yo tuve una madre muy exigente y me prometí no seguir sus pasos en ese sentido. Ella con la mirada me decía lo que estaba bien o mal. Entonces no quise repetir lo que sufrí. Chochi -así le decían aunque se llamaba Rosa Gloria- era del estilo de madres que proyectan en sus hijos. Una mujer muy activa, que no permitía que le digan te llevo. Yo, en cambio, hago que me lleve y traiga todo el mundo. A ella le hubiera gustado que continuara con mi carrera. Pero abandoné todo por Ramón y el deseo de construir una familia.

¿Y cómo lo tomó? La actriz, con sus premios, en un momento fantástico de su carrera, dejando todo por amor.

Bueno, no fue un drama porque mis padres después lo adoraron. Pero sí, mamá pensaba que me detenía. Lo interesante es que lo decidí yo. Estaba absolutamente convencida de lo que hacía. Él tenía la necesidad de tener una familia muy tranquila, organizada, porque venía de la no familia, de la soledad. Su madre lo abandonó junto a sus hermanos cuando eran chiquitos. Muy fuerte. Creo que él fue mi salvación y yo fui la de él. A veces me preguntan, ¿cómo se hace? Y no sé. Encajamos. Una simbiosis para bien.

Volvieron a casarse después de cincuenta años. Entonces el cómo se vuelve inexorable...

Creo que en estos tiempos no abunda la tolerancia. Además, antes la gente se separaba un poco menos. Con Ramón nos divertimos juntos. Soy muy conversadora y él habla poco, pero tuvimos una cosa que nos ayudó muchísimo: yo nunca quise otra cosa que lo que soy y lo que tengo. La familia. Creo que soy buena compañera. Cuando nos fuimos a Tucumán por la política, dejé a cuatro chicos. Martín, Sebastián, Emanuel y Luis quedaron en Miami. Julieta estudiaba en Los Ángeles. Sólo me fui con la chiquita, Rosario, que tenía seis años.

¿Qué sabor te dejó la provincia, el haber sido primera dama?

Fue todo una prueba enorme, porque la familia tuvo que separarse. Hasta que los chicos fueron a Tucumán la comunicación era por teléfono, así que imaginate. Resultó muy duro para ellos. Allá tenían sus amigos, el colegio, hacían surf. No les agradaba para nada el tema de la política. Pero la vida te da sorpresas. Luisito [guionista y director de cine] dice que todo lo que aprendió fue en Tucumán. No sé si contarlo, pero él hacía cosas tan extrañas...

¡Queremos saber!

Bueno, está bien, no tiene nada de malo. Al contrario. Resulta que él es muy atorrante; ya no tanto ahora. Pero en ese entonces en Tucumán alquilábamos una casa grande. Y él traía gente. Se había hecho amigo de todo el mundo y metía cada personaje en la casa. Un día veo que por las escaleras sube un señor mayor, de rasgos muy típicos del lugar, ropa absolutamente gastada. Al principio me asusté. Pero él me decía ¡ay, mamá! Eran amigos que recolectaba por la vida. Todo lo traía para casa. Él es así. Aprendió mucho de la gente. Es un ser muy especial.

Foto: LA NACION / Vera Rosemberg

Además de un matrimonio de medio siglotenés seis hijos artistas y talentosos. ¿Alguna vez te preguntaste cuál habrá sido el combo perfecto que aplicaron?

Sí, estoy convencida de que fue la libertad y el amor. Yo siempre estuve muy presente, pero les di alas para que no se parecieran a mí.

¿Por qué?

Porque yo comencé haciendo lo que querían mis padres. Empecé en la televisión a los once años y ellos me esperaban en la puerta con la camioneta. Estudiaba danza y declamación. Mi familia española me enseñó a bailar y fue una tía quien me habló de un programa de talentos que conducía Héctor Coire. No gané porque no podía por ser muy chica, pero ahí me empecé a relacionar. Y llegó Señoritas alumnas, de Abel Santa Cruz; El amor tiene cara de mujer, de Nené Cascallar, y la inolvidable Jacinta Pichimahuida. En el medio de todo eso tuve el honor de ganar el premio del Festival de San Sebastián por mi actuación en la película Del brazo y por la calle, junto con Rodolfo Bebán. Me honraba, desde ya, pero no me importaba.

¿Palito fue tu primer amor?

Sí, habían querido presentarme a un abogado, pero nada. Yo no salía si no era acompañada por mi hermano. No me gustaba. Este muchacho me fue a visitar al teatro e intentó darme un beso, como de novio. No, no... Y enseguida conocí a Ramón, que estaba en pleno éxito. Me ofrecieron un personaje para su nueva película, pero yo jamás lo había visto. Recuerdo que apareció por un pasillo tarareando una canción de Leo Dan. ¿Quién es Evangelina Salazar?, preguntó. Y el maquillador me señaló. Muy seco, me regaló unos bombones y se fue. No me habló más.

¿Estrategia?

No lo sé, pero yo estaba preocupadísima porque él no quería repasar la letra. Me decía no, está bien. Vos estudiá lo tuyo que yo hago lo mío. Hasta que un día me fui antes del film y él me llamó a mi casa.

¿Estaba preocupado?

No. La verdad es que ese día pensé que había enloquecido, porque atendí y me dijo mamita, ¿ya llegaste a casa? ¿Cómo están nuestros hijos, los chiquitos? Entones yo le seguí el juego. A lo que acotó: Ya nos vamos a ver mañana porque tenemos que filmar a las 5, pero cuando termine todo, usted no hace más nada. Y me encantó. Al tiempo (todavía no pasaba nada) me llevaba en su auto y paró en avenida Libertador para mostrarme un departamento. Y al portero le dijo que se casaba.

¿Te enteraste así?

Bueno, eran bromas no tan bromas. Era su forma particular de pedirme la mano. En el auto le pregunté qué me quería demostrar con esa forma de actuar. Pero no me contestaba o decía alguna pavada. Finalmente, fue a mi casa para hablar con mi papá.

¿No se habían dado un beso, todavía?

Bueno, a lo mejor...

Foto: LA NACION / Vera Rosemberg

El de ustedes fue el primer casamiento televisado, ¿no?

Jaja. Fue un disparate. Lo filmaron y a las horas Pipo Mancera hizo todo un programa con la boda. Había una multitud, la gente enloquecida. Pero con el paso del tiempo entendí el fanatismo. Había mucha gente que se identificaba mucho con Ramón. En esos tiempos los llamados cabecitas negras eran muy castigados y despreciados. Y a él también le costó. Hasta el día de hoy me siguen trayendo regalos o lloran de emoción en la puerta de casa.

¿Cómo reacciona Palito con esa gente?

Él es muy amoroso y agradecido. De pocas palabras, como decía. Pero ojo que cuando vienen sus amigos al quincho y hace los asados, no para un minuto. Le gustan mucho los cuentos, las anécdotas. Y es muy gracioso.

Los famosos encuentros en Luján...

Sí, tenemos un lugar muy bonito, una especie de chacra grande con dos quinchos, uno para nosotros y otro para los músicos. También, una capillita. Vienen amigos famosos como Juan José Campanella, Oscar Martínez, los rockeros. Pero también gente no famosa, de toda la vida. Tenemos un estudio de grabación. Él ahí es muy feliz.

Es el lugar donde se recuperó Charly García, ¿no? ¿Cómo se dio?

La verdad es que veníamos de un problema con Charly. Le habíamos hecho un juicio porque se la pasaba diciendo cosas que no correspondían de la familia. A veces los rockeros tienen ciertos prejuicios; además, Charly es tan especial... La cosa es que Ramón acudió a la Justicia, él se tuvo que disculpar y quedó resentido. Hasta que un día Luisito nos dijo que lo cruzó, que le había mandado saludos a Ramón y que él pensaba invitarlo al campo. Finalmente lo hizo: Charly vino al estudio y se acabó todo. Terminaron tocando juntos. Pero después tuvo ese ataque famoso en Mendoza, la internación. Una situación muy difícil porque hacía que los otros internados fueran su público, se había tornado todo incontrolable. Y la jueza lo obligó a volver a un lugar donde ya había estado y él odiaba.

Y ahí Palito se hizo responsable.

Sí, inventó lo del campo como solución para evitar lo que Charly no quería. La jueza le dio la responsabilidad a mi marido por lo que le pudiera suceder. Al principio fue muy duro porque estaba muy mal. Cuando salió de la etapa de las pastillas empezó a mejorar, a recobrar lucidez. Y pasaron cosas hermosas, como el día que pidió grabar. Ramón terminó quedándose con él. Yo tenía mal a mi madre así que me quedé con ella en la casa del Centro. Además, entendí que necesitaban estar solos. Dios mío, qué hombre maravilloso es Charly. Qué bien se portó con nosotros. Y qué amor por la música. Todos aprendimos de él.

¿Cómo está ahora?

Viviendo en su histórico departamento de Palermo y estable, recuperando lucidez. Cuando tiene necesidad y ganas de vernos, nos llama. A Charly hay que dejarlo hasta que él te necesite. Pero nos queremos mucho. Él cuando me ve se vuelve loco. A Rosario la ama; ella canta con él.

Rosario está de novia con el hijo de la vicepresidenta. ¿Ya se conocen?

Sí, sí. Gabriela es muy amorosa. Fuimos a comer y Ramón no dejó hablar a nadie. Ojalá forme una linda familia. Yo le digo: mirá que fuiste muy feliz; tenés el ejemplo, hija. Pero bueno, nunca se sabe. Cuando Julieta se separó [del músico Iván Noble] a mí me dio mucho dolor. Benito tenía tres años. Pero fue en buenos términos, uno de los pocos casos. Se llevan tan bien. No hay resentimientos y el tucumanito (porque parece de allá) tiene mamá y papá que pueden estar juntos. Qué padre maravilloso resultó este hombre. No se da siempre así.

Foto: LA NACION / Vera Rosemberg

Con tantas nueras y yernos no debe ser fácil. ¡Hay que tener una cintura muy Salazar!

Y bueno, sí.

¿Hablan con Guillermina?

Sí, claro, me llama. Me avisa si vienen los chicos y esas cosas; yo siempre le contesto amablemente. Así debe ser siempre. ¿Para qué estar enojada? Si las cosas se dieron así, se dieron así. Y además seguramente se equivocaron los dos. Por supuesto, al principio uno siempre mira para el lado de su hijo, como yo lo hice con Sebastián. Pero bueno... Ojalá el tiempo acomode las cosas y todos estén bien con todos. Los chicos que tienen son un encanto. A veces me preguntan quién me parece más linda, si Pampita o Nicole. Y yo les digo que la más linda es su mamá. A ellos les gusta; y además lo pienso en serio.

En su momento hablaban del enorme parecido entre ustedes dos...

Sí, había algo en la expresión, en la manera de mirar. Pero ella es más alta. La admiro porque es muy trabajadora. Y hay que estar al lado de una figura como Tinelli. No tenés privacidad. Vayan adonde vayan los siguen.

¿Y el resto de los hijos?

Luis está de novio con una chica preciosa y de excelente corazón. Es Mía Flores Pirán, la hija de Ginette Reynal. Julieta ahora está sola, pero viene de dos noviazgos. Ella es siempre muy feliz; no se hace problemas porque la pasa muy bien con su hijo y su grupo de amigas. Me dice que podría estar toda la vida así y yo aprendí a no meterme. Sebastián está de novio con Carla, una modelo preciosa. Emanuel vive en Miami con Ana Paula, que es una hija más. Y Martín, que ahora trabaja con Sebastián, también tiene una vida plena. Él es gay. Fue una cosa muy fuerte para nosotros, que somos de otra época. Pero lo transitamos muy bien.

¿Lo habló primero con vos?

Toda la vida Martincito fue una delicia. Las chicas lo adoraban y él siempre me decía cosas muy sentimentales. Yo notaba alguna cosita. Él se analizó mucho tiempo, pero el psicólogo no me comentaba nada. A los veinte años ya me empezó a dar algunas señales. Con Ramón no hablaba del tema, pero conmigo sí. Hasta que un día nos hizo ir a su psicoanalista, que nos dio la noticia. Ahí entendí muchas cosas. Mi chiquito... Ha sufrido en el colegio de una manera increíble. Ahora me cuenta cosas que yo ni me imaginaba. Se ve que los compañeros registraban algo diferente, y los chicos cuando quieren son muy crueles.

Y eran otros tiempos.

Claro. Todo cambió tanto. Aunque cuando vivimos esa situación fue Luis, que tenía apenas once años, quien nos dio una lección. Dijo: esto es lo mejor que puede pasarle a la familia. Nosotros tenemos que agradecerle a Martín por todo lo que nos va a enseñar. Mi marido no habla del tema, pero fue a hacer cursos de inglés a la universidad con el novio de Martín. Él por supuesto lo ama, aceptó todo y está orgulloso de su hijo. Lo que no hace es hablarlo con naturalidad. Somos otra generación.

Foto: LA NACION

Pero muy modernos. Se te vio en el baby shower de Luciana Salazar, tu sobrina.

Bueno, ahí fui sola. El tema de Luciana es una decisión mía, personal, con mi familia. ¿Sabés qué pasa? A medida que me voy poniendo grande me doy cuenta de que tengo cuentas pendientes con algunos familiares. Cuando mi mamá estuvo mal la traje a casa y fue en la enfermedad donde yo me pude comunicar mejor con ella. Le cambió la mirada hacia mí, esa cosa tan exigente desapareció. Y me alegro tanto de haberlo hecho.

¿Y qué cuenta pendiente tenés con Luciana?

No con ella, sino con mi hermano. Con él tenemos otra vida, nos hablamos esporádicamente. Y dije: ¡no puede ser esto! Así que decidí viajar a Miami con ellos, para estar en el nacimiento de Matilda. Lo hice para darle esa satisfacción a mi hermano, a mi cuñada y a mi sobrina. Sí, porque no quiero perderlo. Yo no me pongo a analizar o juzgar la decisión de Luciana. Es la diversidad, está bien. La gente es distinta.

¿Qué te dicen en tu casa?

No doy lugar. Es mi sobrina, la hija de mi hermano. Punto. Y un estilo muy distinto al de mis chicos, pero ese no tiene por qué ser un problema.

Perfecta dentro de su vestido de seda, pañuelito en mano por la alergia, se excusa por no haber ido a la peluquería. Sabe que luce fabulosa, pero juega con eso. Mientras, llega Rosario en busca de una guitarra. Al rato entra en escena Julieta, a las corridas, que avisa que dejó el auto mal estacionado, con las balizas encendidas. La empleada pregunta cuántos serán en la mesa a la noche. Es que está Emanuel en Buenos Aires y habrá comida de hermanos. Finalmente llega Palito, también impecable. Es cierto lo de las pocas palabras. Saluda amablemente y vuelve al salón donde pinta.

"¿Viste lo lindo que pinta? Es autodidacta. Cuando lo fuimos a ver al papa Francisco le llevó uno de regalo. Yo le digo que tome un curso, para mejorar algunas proporciones y perspectiva. Pero no me hace caso, me dice que lo hace para él. Admiro mucho a la gente que hace maravillas con las manos. Mi papá era ebanista, un verdadero artista. El mueble de la entrada está hecho con sus manos", comenta.

¿Lo conocían al Papa?

No, pero tenía muchas ganas y un amigo de la familia, Gustavo Béliz, nos animó a ir. Casarnos de nuevo y que Francisco nos diera la bendición fue algo maravilloso. Nos dijo cosas divinas, como que somos un ejemplo para las familias cristianas argentinas. Y nos sugirió que hagamos cosas, como recitales a beneficio. La verdad, creí que me moría. Me volví tonta. De golpe me encontré hablando de un modo teatral, como la Picchio.

Qué amistad tan famosa esa. ¿Cómo se conocieron?

A los veinte años, cuando hicimos El santo de la espada. Yo era Merceditas y ella hacía de la negrita que me atendía. Recuerdo que la vi de atrás(le estaban recogiendo el pelo; esos rulitos tan chiquitos) y pensé: ¡ya la quiero! No sé... Me enamoré de su nuca. Y nos pusimos a hablar. Son esas cosas inexplicables. Amigas de toda una vida. Fue como una segunda madre para Martín. Por eso se armó tanto lío cuando nos distanciamos un tiempo. Fue una pavada. Resulta que ella se había puesto de novia con Juan Carlos Mareco y me dejó de lado. Me enojé, hasta que un día Ramón dijo: ¡Déjense de embromar! Y me la trajo.

¿Qué sentís cuando escuchás la palabra grieta? ¿Se habla de política en la casa?

Como dice Noy, nuestro querido amigo poeta: una tragedia. En casa se habla, claro. Y como es muy de puertas abiertas, amplia en todo el sentido de la palabra, siempre hay distintas opiniones y matices, como debe ser. Creo que este gobierno se encontró con que todo es mucho más difícil de lo que ellos creían. Ojalá les vaya bien. Pero duele ver el enfrentamiento. Y en el ambiente artístico es algo tan triste. Mirá la novela La leona. Por un tema de odio político no tuvo el rating que debía tener.

¿Cuál es el secreto de tu frescura eterna?

Bueno, debe de ser algo genético, soy chiquita. Me cuido, pero no hago cosas extremas. Podría haberme operado, pero prefiero mirarme al espejo y ver a mi papá, a mi abuelo. Me gusta estar bien para mí, para mis hijos y nietos. Y por supuesto, agradarle a mi marido. Aunque para él siempre estoy bien. Nunca se da cuenta de si voy de estreno. No se fija en esas cosas. Pero antiguamente, cuando usaba la pollera corta, no le gustaba. De muy buen modo siempre me la bajaba disimuladamente. Ese gesto lo descubrió el dueño de la entonces revista Radiolandia. Todavía no había empezado nuestra historia de amor, pero él ya me acomodaba la falda.

1946

Nace en Buenos Aires, el 15 de junio

1958

Pisa por primera vez un estudio de televisión en el programa de Héctor Coire

1962

Junto con Marilina Ross y Teresa Blasco debuta en una tira: Señoritas alumnas, de Abel Santa Cruz

1965

Alcanza gran popularidad con Jacinta Pichimahuida y luego conLa pícara soñadora.

1966

Gana el premio del Festival de San Sebastián por su actuación en Del brazo y por la calle, junto con Rodolfo Bebán

1967

Se casa con Palito Ortega

1969

Nace su primer hijo, Martín

1970

Interpreta

a Remedios de Escalada en la película El santo de la espada, de Leopoldo Torre Nilsson

1972

Nace Julieta, un año más tarde nace Sebastián

1977

Nace

Emanuel

1980

Nace su hijo Luis, cinco años más tarde nace Rosario

1991

Se convierte en primera dama de la provincia de Tucumán

2004

Reaparece en el filme Monobloc, dirigido por

su hijo Luis. Gana el Cóndor de Plata

EL FUTURO

"Algunos me preguntan si voy a volver a la televisión o al cine. No. Ahora se trabaja de otra manera y yo no me sentiría cómoda. Salvo algo específico que haga Luis, no regresaría. Mi futuro es seguir sosteniendo a toda la familia. Quiero irme de este mundo sintiendo que todos los chicos están bien."

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