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Volver a empezar, la más bella forma de vivir

Francis Mallmann
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7 de enero de 2018  

La noche ha sido y es, sin duda, un símbolo tenebroso. Quizá sea por las horas de soledad, ya que la oscuridad trae la duda, un recelo ancestral arraigado en la memoria del tiempo. Pero también trae el descanso al día bien vivido, al día que si bien quizás no sumó victorias, sí le agrego un gramo de honor al intento. Porque vale más quien lucha cuerpo a cuerpo por un logro posible que quien sentado en un cómodo sofá discurre sus días en la crítica ajena.

Dormir, además de un necesario descanso, al hacerlo con otro, es el más bello escenario del amor. Siempre sentí que dormir con alguien es los más íntimo que dos personas puedan compartir. Sí, mucho más íntimo que hacer el amor, que el abrazo o el beso. Es un campo tan fértil, ritual y cortés, delimitado por el ejido de la cama que contiene las fronteras abiertas y ensoñadas del amor y el descanso.

El hermoso acto reparador de descansar con su ceremonial de camisones, pijamas, cortinas y vaso de agua.

Un festejo al arraigo, a la tibieza, al olor de los cuerpos, al roce de sábanas, almohadas y piel.

Al nacer, dormir es casi como un nutriente más, después de niños con la llegada de los sueños y el despertar del inconsciente nos abordan los miedos que nos dejan en la puerta de la adolescencia; otra vez sumidos en lo que parecen noches y mañanas interminables de abrazos de almohadas, sumidos en extensas jornadas de sueño.

Para mí, dormir conjuga una profunda belleza, como si el universo me abrazara para nutrirme durante un viaje reparador, y aquel momento en que entro en la cama es quizás uno de los más bellos del día. Además, conlleva la ilusión de saber que nos despertaremos a otro día nuevo lleno de posibilidades. Una oportunidad para continuar por los trillos conocidos o simplemente comenzar de nuevo. Sí, dormir puede ser acostarnos en un lugar de nuestra vida y despertarnos en otro donde hay una página en blanco para volver a nacer. El momento en que nos acostamos marca un límite, una frontera entre un día y otro que puede ser interpretado cada mañana al despertar como una nueva oportunidad. Porque el pasado, además de hablar de nosotros, nos enseña tanto como tanto puede ser, y aquellas herramientas usadas también pueden ser lavadas durante la noche mientras dormimos para despertarnos con una fuerza fresca, libre de escollos. Y al poner los pies en el piso y levantarnos, sentir que la noche con su silencio y cadencia de sueños mágicamente nos llenó de una pujanza nueva inspirada en la verdadera esencia de lo que somos, con desapego de rutinas, que tantas veces nos paralizan, abrazándonos tan fuerte que quedamos impedidos para iniciar nuevos caminos.

Creo que volver a empezar, de una forma u otra, es la más bella forma de vivir. Como viajar quizás lejos, tan lejos -para sólo saber quiénes somos verdaderamente-, encontrarnos frente a un espejo que refleja un latido osado, gallardo y valeroso que está guardado y escondido entre los miles de pliegues del temor, de la pequeñez que nos lleva a una suerte de muerte en vida aferrados a mundos mezquinos de aventuras.

Aquella noche llegué a casa luego de un largo viaje en el que había recorrido medio mundo. Al entrar en el cuarto las vi durmiendo en la enorme cama, mi amor arropada en abrigos de belleza y nuestra pequeña hija Heloisa a su lado. Cuando me acosté, reconfortado de amor y cobijo, supe que ese era mi lugar, había llegado a la guarida donde descansa mi alma y donde siento que mis sueños, con todas sus contradicciones, son siempre abrazados con la más hermosa comprensión. Así, entre lágrimas de alegría e ilusión, me dormí pensando en la mañana, en el lento y suave despertar. Un reencuentro lleno de colores, caricias y sentidos matices.

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