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Reseña: Regreso a Birchwood, de John Banville

Un estilista en sus comienzos
Elvio E. Gandolfo
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7 de enero de 2018  

Cuando firma con su propio nombre -y no con su pseudónimo policial-, John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) se entrega más libremente a ejercer su carácter de maestro del estilo.

Regreso a Birchwood, de 1973, figura como la segunda novela en su amplia bibliografía, aunque el autor la tiene por la inaugural (no soporta la primera, Nightspawn, de 1971). El relato está dividido en tres partes, en la que difieren los ambientes pero no el narrador y protagonista.

En la primera sección, "El libro de los muertos", crea un punto de vista en equilibrio, que narra la percepción de un niño (Gabriel Godkin) con el estilo y los vericuetos de una mente adulta que recuerda. En esa mansión campestre en decadencia que es Birchwood hay dos abuelos ancianos y un tanto chiflados (los Godkin), y una tía con un hijo perturbador. También hay una iniciación sexual titubeante y, sobre todo, predomina la figura corroída del padre, de minucioso desgaste ético y alcohólico, a quien Gabriel no puede dejar de observar con ojos críticos y afectivos a la vez. Su muy buscado fracaso es, para el protagonista, un espectáculo.

Cultor ya entonces de la frase abrupta y fascinante, Banville define por ejemplo: "El final del amor siempre son dos cigarrillos consumidos en un platito y una puerta blanca que se cierra". O acude a la paradoja: "No estaba sorprendida, y eso la sorprendió". También puede extenderse: "Mientras Silas y los demás se paseaban por los jardines a grandes zancadas, saboreé de nuevo el peculiar goce secreto de no ser encontrado, simplemente porque nadie sabía que había que encontrarme".

El avance del deterioro del edificio y sus terrenos adyacentes va parejo con el de los vínculos familiares, y el crecimiento de las tensiones por la proyectada herencia, cada vez menor. El observador/protagonista se vuelve filósofo, al contraponer ese panorama con la naturaleza: "La noche era callada y serena en su vastedad, y traía una promesa de buen tiempo para el día siguiente. La raza humana es extraordinaria". Al menos, sí lo es la muy disfuncional familia.

Los movimientos se aceleran, aparecen las muertes y el sinsentido se vuelve general: "Todos huían hacia sí mismos, tan de prisa como podían, todos mis seres queridos". En el cierre de la primera parte parece que Gabriel al fin accederá al exterior de ese mundo cerrado, asfixiante, por ir al colegio. Pero de hecho en la segunda parte, "Aire y ángeles", reemplazará un grupo intenso por otro, el de un circo ambulante, donde continuará la búsqueda de una probable hermana gemela perdida. En paralelo, y en sordina, crecen las tensiones de la hambruna traída por la mala cosecha de la papa, y la rebelión. En esas páginas puede detectarse un toque de realismo mágico latinoamericano.

Con el paso de los libros publicados, Banville dominó con más pericia la tensión entre su refinado estilo, donde se advierte el goce de crear frases pulidas y a veces agudas, tajantes o poéticas, y el desarrollo tanto de los personajes como de la trama argumental. Aquí todavía reacciona de pronto, como si se acordara de golpe algo que pasó por alto, sobre todo en la tercera parte, "Mercurio", donde hay descubrimientos de vínculos y de paternidades divididas, que pueden ser previstas por los lectores entrenados en novelas familiares.

El propio Banville hizo un movimiento de desdoblamiento similar muchos años después, cuando en 2006 comenzó a publicar narraciones policiales como Benjamin Black. La escisión al cubo llegó cuando una novela de Black ( La rubia de ojos negros) reinventó a Philip Marlowe, el detective de Raymond Chandler, un desafío riesgoso que resultó en uno de sus mejores libros.

Suspendido en el tiempo eterno de los personajes literarios, el Gabriel Godkin de Regreso a Birchwood seguramente podría elaborar al respecto observaciones irónicas o filosóficas sobre "las contradicciones del sistema" literario.

REGRESO A BIRCHWOOD

Por John Banville

Alfaguara. Trad.: Damià Alou. 238 págs., $ 329

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