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¿Sirven las listas de libros recomendados para el verano?

Daniel Gigena

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LA NACION
Jueves 04 de enero de 2018 • 21:13
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Cuando llega el verano, arrecian en los medios gráficos y digitales listas de libros preparadas por colegas con recomendaciones de títulos para leer en la playa, en las sierras o en el plácido campo argentino, donde se dice que crece la riqueza nacional. Pongamos en duda los criterios de selección por un instante, tanto como el presunto carácter colectivo de esa riqueza, y hagamos un cálculo simple. ¿Cuántos libros se pueden leer en diez días de vacaciones? Si el mal tiempo ayuda, pueden ser muchos y quizás leamos un libro por día. Si (como se espera que se espere en esta época) predominan los días soleados, esa cantidad disminuye y se reduce a la mitad. Sin embargo, siempre serán más que los que nos permite la jornada laboral en la ciudad.

La noción de "libros para las vacaciones" me resultaba ajena y forzada en la infancia, tal vez porque leía libros de forma continuada, antes de entrar en el sufrido mercado laboral. Pero para los adultos, elegir los libros era una práctica corriente.

En otro momento de la industria editorial argentina, los libros para leer durante las vacaciones conformaban un género aparte. Las editoriales reservaban para enero, "el mes fuerte" de las vacaciones de la clase media argentina, la publicación de novelas de entretenimiento de autores como Silvina Bullrich, Guy des Cars y Ken Follett. Hasta los años ochenta, las tiradas de esos títulos superaban los cinco mil ejemplares. Hoy, si un libro vende cinco mil ejemplares en todo un año es un éxito. En esas páginas cuidadosamente escritas con dosis de misterio, romance y erotismo light, sentados en sus reposeras de lona y a salvo bajo la sombrilla o los árboles que crecían junto al río, se sumergían los adultos.

Llega el verano y arrecian las listas de libros recomendadas para las vacaciones
Llega el verano y arrecian las listas de libros recomendadas para las vacaciones. Foto: Archivo

Los miraba leer concentrados, fascinado con las enigmáticas tapas de los libros, donde asomaba el perfil velado de un villano de manual, una playa desierta con gotas de sangre o mapas surcados de armas prehistóricas o ultramodernas. Después volvía a las aventuras de Tom Sawyer en el sur de Estados Unidos o a la cotidianidad de las hermanas March que, con los años, fueron reemplazadas por las historias fantásticas imaginadas por Julio Cortázar, H. P. Lovecraft y Felisberto Hernández (ideal para cualquier destino apartado y antigregario).

Para los amigos que se acostumbraron a leer en pantallas, el momento de elegir lecturas se simplificó de manera notable. Ahora sí pueden llevar decenas de remeras y bermudas en las valijas. La memoria de los lectores portátiles, aseguran, es inmensa como la biblioteca de Babel. A diferencia de ellos, los que leemos libros de papel repetimos la ceremonia si todavía tenemos la suerte de tomarnos vacaciones.

Parte del placer de las vacaciones para los lectores de libros consiste en improvisar un plan de lectura: elegimos entre los títulos que reservamos durante el año, los que recibimos de regalo en las Fiestas y aquellos clásicos que, por fin, nos decidimos a leer este año. De éstos, con el paso del tiempo, quedan cada vez menos. El peligro (y el placer que conllevan los riesgos de esa clase) de consultar las listas de libros preparadas por otros es obvio. Sólo puede conducir a aumentar la lista propia, a obligarnos a cargar un libro (o dos) más, por las dudas que el tiempo desmejore de improviso y nos encontremos con más horas de lectura disponibles dondequiera que estemos. E incluso, si la suerte nos acompaña en verano, puede ser que incluso encontremos una librería o una biblioteca abierta para visitar una tarde de horas lentas. La pasión por la lectura no se toma vacaciones.

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