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¿Cuántos libros se pueden leer en verano?

Daniel Gigena

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LA NACION
Sábado 06 de enero de 2018
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Cuando llega el verano, arrecian en los medios gráficos y digitales listas de libros preparadas por periodistas con recomendaciones de títulos para leer en la playa, en las sierras o en el plácido campo argentino, donde se dice que crece la riqueza nacional. Pongamos en duda los criterios de selección por un instante, tanto como el presunto carácter colectivo de esa riqueza, y hagamos un cálculo simple. ¿Cuántos libros se pueden leer en diez días de vacaciones? Si el mal tiempo nos ayuda, pueden ser muchos y quizás leamos un libro por día. Si (como se espera en esta época) predominan los días soleados, esa cantidad disminuye y se reduce a la mitad. Sin embargo, siempre serán más que los que nos permite leer la jornada laboral en la ciudad. Para los lectores, las vacaciones de verano son como bancos de horas de reserva.

La noción de "libros para las vacaciones" me resultaba ajena y forzada en la infancia, tal vez porque leía libros de forma continuada, antes de entrar en el sufrido mercado laboral. Pero para los adultos, que cumplían horarios estrictos y prolongados durante el resto del año, elegir libros para leer en el verano era una práctica corriente. Casi nunca eran menos de tres.

En otro momento de la industria editorial argentina y, como se dice habitualmente, "del país", los libros para leer durante las vacaciones conformaban un género aparte. Las editoriales reservaban para enero, "el mes fuerte" de las vacaciones de la clase media argentina, la publicación de novelas de entretenimiento de autores como Silvina Bullrich, Guy des Cars y Ken Follett. Hasta los años ochenta, las tiradas de esos títulos superaban los cinco mil ejemplares. Hoy, cuando un libro vende cinco mil ejemplares en todo un año se lo considera un éxito.

En esas páginas cuidadosamente escritas con dosis de misterio, romance y erotismo light, sentados en sus reposeras de lona y a salvo bajo la sombrilla o los árboles que crecían junto al río, se sumergían padres, tías y primos. Las metáforas verbales cambian lentamente en la prensa.

Los miraba leer concentrados, fascinado con las enigmáticas tapas de los libros, donde asomaba el perfil velado de un villano de manual, una playa desierta con algunas gotas de sangre o mapas surcados de armas prehistóricas o ultramodernas. A su modo, los ilustradores daban pistas.

De inmediato volvía a las aventuras de Tom Sawyer en el sur de Estados Unidos, a las astucias de Ulises (en la versión abreviada de la Odisea que había tomado prestada de la biblioteca escolar) o a la cotidianidad de las hermanas March, que, con los años, fueron reemplazadas por las historias fantásticas imaginadas por Julio Cortázar, H. P. Lovecraft y Felisberto Hernández (ideal para cualquier destino apartado y antigregario). Una colección daba paso a otra.

Para los amigos que se acostumbraron a leer en pantallas, el momento de elegir lecturas se simplificó de manera notable en estos años. Ahora, por fin, pueden llevar decenas de remeras y bermudas en las valijas. La memoria de los lectores portátiles, aseguran, es tan inmensa como la biblioteca de Babel. A diferencia de ellos (si tenemos la suerte de tomarnos vacaciones), los que todavía leemos en papel repetimos la ceremonia de antaño de guardar, y quitar y volver a guardar, varios libros en el bolso.

Buena parte del placer de las vacaciones consiste en improvisar un buen programa de lecturas: elegimos entre los títulos que reservamos durante el año, los que acaso recibimos de regalo en las fiestas de Navidad y Año Nuevo y aquellos clásicos que, por fin, nos decidimos a leer. Algunos lectores me contaron que se habían llevado La montaña mágica a las sierras de Córdoba y Moby Dick a las playas de San Clemente del Tuyú. Sus elecciones rimaban con el paisaje.

El peligro de consultar las listas de libros preparadas por otros es obvio, tanto como el placer que conllevan riesgos de esa clase. Solo puede conducir a aumentar el equipaje, a obligarnos a cargar un libro más (o dos, o tres), por las dudas que el tiempo desmejore de improviso y entonces dispongamos de más horas de lectura allí dondequiera que estemos. A esa biblioteca móvil, si la suerte nos acompaña durante el verano, tal vez se sumen los ejemplares que encontremos en una librería de nuevos y usados frecuentada en las elásticas tardes de las vacaciones. A la hora del regreso a casa, eso sí, habrá que encontrarles un lugar entre la ropa y los suvenires de regalo.

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