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Mucho más que "fúbol": el pianista frustrado que llegó al bronce

Lunes 08 de enero de 2018
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Nada de desbordes, le parecen innecesarios y hasta ofensivos. "Soy de reacciones lentas, no solo porque hago los cambios tarde, sino porque me cuestiono todo", bromeó alguna vez con su tan característica sonrisa ladeada. Le decían Washington de botija. Era el hermano mayor de Williams y de Walter. Tres varones, una niñez llena de fútbol. Una pasión que lo acompañó siempre, incluso cuando quedó rodeado de mujeres: cuatro hijas tiene el Maestro, Laura, Tania, Valeria y Melissa. "Pero son muy futboleras", aclara. Y sugiere que no han faltado polémicas de tablón en su mesa familiar.

Está delgado. Sensible. La enfermedad lo golpeó, especialmente al principio. Hoy está orgulloso -no, satisfecho, mejor se corrige- de cómo la ha afrontado. Responsable y perseverante, no saltea controles médicos ni sesiones de fisioterapia. El brazo izquierdo es el que se mueve todo el tiempo y parece darles más entonación a sus palabras. "Nacimos y sabemos que algún día moriremos. La vida es un viaje. ¿Qué hacemos? ¿Te empezás a lamentar hasta que llegue el día o hay cosas para hacer?", se pregunta. Cuando ya no dirija, promete que no se quedará quieto. Se ocupará más del jardín y le dedicará más tiempo a su hobbie de tallador en madera. Pianista frustrado, sin dudas escuchará más música clásica.

Aprieta fuerte la mano cuando saluda. Siempre trata de usted al interlocutor. Escucha, nunca interrumpe y después responde extenso. Una memoria envidiable le permite viajar por el tiempo con fluidez. Por ejemplo, recuerda día por día las tratativas para llegar a Boca. La primera vez (1991), la segunda vez (2002), con Macri como presidente xeneize, y la frustrada, cuando en 1988 Carlos Heller lo llamó para aclararle que el elegido era Pastoriza y no él. Comenta el fútbol áspero de los 70 y entiende el avance de la tecnología: "Llega donde no llega el ojo humano. Muchas veces se dice 'el árbitro se equivocó', y es sanguinaria la condena. No hay que interrumpir la continuidad del juego y limitar su uso a ciertas jugadas, pero el VAR es un signo del fútbol de estos tiempos y hay que saber convivir con eso".

Este hombre que dirigió al Milan en los 90, entre Capello y Sacchi, suelta al pasar una pintura futbolera: "Uruguay no puede proponer cosas, imponerlas y hacer que el rival dependa de eso. No. Nosotros tenemos que trabajar mucho en limitar las aptitudes del rival". Que Uruguay sea insoportable para los adversarios le sienta bien a Tabárez. "Cuando se habla de fúbol, hay que dar argumentos de fúbol", reclama. Siempre dice fúbol.

Enemigo de las frases hechas, de las suposiciones, de espiar el futuro solo para especular. Después de Rusia concluirá su contrato y todos creen en Uruguay que el Maestro cerrará su carrera. Detesta parecer enigmático, pero prefiere evitar el tema. Dice que lo hace por conveniencia: develar esa intriga solo traería efectos negativos. Alteraría la habitual relación entre el conductor y sus dirigidos. ¿Presunción periodística? Si confirma que se va, cada partido en el Mundial parecerá una despedida, casi un homenaje, y el foco se habrá corrido. No quiere ese protagonismo.

Hace algunas semanas se mudó, pero dentro del mismo barrio de Carrasco. Oscar Tabárez cuenta que su hogar es muy transitado por amigos y familiares, por eso vigila que no haya fotos de su trayectoria en lugares visibles. Siente que no sería de buen gusto. "Decir que a uno le falta cumplir algún sueño es ir contra la gente que se ha dado de frente con la vida", se cuestiona. Ese hombre que prefiere la discreción llegó al bronce.

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