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Nélida Piñon: sueños y fracasos de Brasil. "En términos de corrupción, la izquierda y la derecha se confunden"

Lunes 08 de enero de 2018
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LA NACION
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Foto: LA NACION / A. Armendáriz

RÍO DE JANEIRO.- En los círculos intelectuales de Iberoamérica, la escritora brasileña Nélida Piñon es una suerte de monumento viviente, reverenciada por su obra literaria y apreciadísima por su descollante simpatía. En el mundo de las letras latinoamericanas, repleto de grandes egos en conflicto permanente, esta carioca de raíces gallegas es una rara avis que se atreve a criticar en su cara la forma de vestirse de sus "compañeros de oficio" mientras les estampa estruendosos besos o debate con entusiasmo sus libros. Al recibir a LA NACION en su departamento frente a la Laguna Rodrigo de Freitas, con una amplia vista de los morros de Río de Janeiro, hace gala de sus distintivas lucidez y afectuosidad mientras acaricia en cada pausa a la pequeña Suzy, su inseparable perra pinscher, sentada junto a ella en el sofá. A los 80 años, Piñon demuestra una energía contagiosa para conversar de cualquier tema; se apasiona cuando habla de los sueños y fracasos de Brasil, de América Latina, resalta una y otra vez la necesidad de la educación para superar las desigualdades sociales, y no duda en apuntar contra la corrupción como uno de los grandes males de nuestra sufrida región.

"La corrupción está muy ligada a la desigualdad social; la corrupción mata, impide la igualdad, recrimina los valores morales de la igualdad", dice al aclarar que en términos de experiencias corruptas recientes, "la izquierda y la derecha se confunden", para luego señalar que le preocupa que en nuestros países se pretenda "sacrificar generaciones enteras en nombre de una futura prosperidad" por no prestar atención a las necesidades sociales.

-En los últimos tiempos, Brasil en general y Río en particular pasaron por años de grandes oportunidades, con el Mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos, pero el país acabó en una gran recesión, y la ciudad se sumergió en una profunda crisis financiera, de inseguridad y violencia. ¿Cómo ve a Brasil y a Río hoy?

-Las dificultades vienen desde hace mucho tiempo. Hubo pequeños períodos eufóricos, en la economía, en la movilización social, pero Brasil sufrió una explosión demográfica a principios del siglo pasado que generó las desigualdades que hoy vemos. Brasil se internacionalizó a través de los mundiales de fútbol; los brasileños empezaron a viajar, a sentirse orgullosos de quienes eran. Mientras tanto, la explosión demográfica no inquietó a la sociedad, a las elites de gobierno. No se preocuparon en preparar al país para su desarrollo poblacional y no entendieron que el desarrollo económico que hubo en algunas instancias iba a provocar carencias sociales profundas. La educación no acompañó ese crecimiento poblacional; hoy tenemos 12 millones de analfabetos. La falta de inversión educativa en un país es una tragedia nacional. Y a los políticos en Brasilia jamás les interesó eso, solo beneficiarse a ellos mismos. Esa carencia educativa impidió que la gente pudiera regir sus vidas y exigir más de los políticos. Todo eso fue minando a la sociedad; cada gobierno lo hizo de su forma, pero en derechos civiles, de la ciudadanía, todos dejaron mucho que desear. Brasil hoy es un país que vive a merced del poder y de la crueldad de Brasilia. Y Río es donde eso se expuso más, con su mayor desigualdad social, su violencia y la desesperanza de los jóvenes que no tienen recursos. Río es víctima de todos los desastres acumulados en varias décadas en Brasil y de liderazgos públicos vergonzosos a nivel local.

-¿Por qué no se supo aprovechar el boom económico y cambiar realmente?

-No hubo una vuelta de página real, fue apenas algún desarrollo económico puntual. Pero esa economía no enfatizó el papel de la educación. Se crearon fortunas y se profundizó la corrupción. La corrupción está muy ligada a la desigualdad social; mata, impide la igualdad, recrimina los valores morales de la igualdad.

-¿Entonces es pesimista sobre el futuro de Brasil?

-No, estoy cansada del pesimismo. He estudiado mucho la Edad Media y entiendo que lo que hoy puede ser una tragedia mañana puede tener su redención. La historia no fija un patrón de miseria para siempre; los momentos difíciles pueden ser superados. Los países que quedaron destruidos en la Segunda Guerra Mundial se rehabilitaron. Los países son como las lagartijas, a las que se les corta la cola y la regeneran; hay períodos funestos, pero que luego mejoran. El ser humano no nació para vivir en la depresión.

-¿Cree que procesos como las investigaciones anticorrupción de la operación Lava Jato pueden ayudar a cambiar a Brasil?

-Creo que es algo fundamental. Quien está en contra de todo lo revelado por la Lava Jato es porque está moralmente comprometido. No preciso dar nombres, hay gente de izquierda, de derecha, de todos lados. En términos de corrupción, la izquierda y la derecha se confunden, ¿en quién se puede confiar? En muy pocas personas.

-El juez Sérgio Moro es un personaje polémico. ¿Le inspira confianza?

-No lo hallo polémico. Es un hombre que está cumpliendo con su deber incluso bajo amenazas contra su vida porque ha contrariado intereses terribles de una elite de bandidos. Esa gente ha denigrado a Brasil y es capaz de cualquier cosa.

-El impeachment de Dilma Rousseff trajo una polarización que no era normal en el Brasil de las épocas más recientes.

-Al contrario, los brasileños éramos demasiado condescendientes; el brasileño decía sí cuando debería haber dicho no; vivía inmerso en un falso optimismo que no le permitía decir aquello que le parecía que debía ser la verdad histórica, su verdad, la de su grupo, la de la sociedad. Creo que hubo una saturación. No creo que haya sido el impeachment el que creó ese desentendimiento. Ese desacuerdo, casi un sentimiento de tribus enfrentadas una contra otra, explotó como consecuencia de la desesperanza política; Brasilia es una desgracia.

-No solo en Brasil se ha dado esa polarización profunda. También la sufrimos en la Argentina y la vemos en Estados Unidos.

-Estoy de acuerdo. También en España vemos una fuerte polarización en Cataluña. Es una tendencia general al desencanto. Y, al mismo tiempo, vivimos en una sociedad en la que uno no es nadie si no es alguien, y eso genera desesperanza en cuanto al futuro. Tenemos además acceso a un cierto tipo de información que le muestra a uno cuán inútil es, cómo se está sujeto a la obsolescencia. Se empieza a tomar conocimiento de una escala de valores en la que uno no cabe y se siente condenado a un destierro social, lo que es terrible. Si sumamos todos estos desacuerdos y toda la información que se tiene, el desencanto es un fenómeno global. En Brasil hay que buscar conciliar los dos polos enfrentados. Cada uno sabe por qué adhiere a tal o cual político; esa elección de un punto de vista es un derecho que hay que defender, el derecho al sueño, a la quimera, es sagrado.

-¿Qué le parece que los intelectuales hayan caído en la polarización política?

-Es parte de nuestra vocación, de nuestra manera de ver el mundo. Pero también debemos ser conscientes de que la izquierda defraudó mucho. Cada uno sabe qué terreno está pisando, porque la vida personal de cada uno está muy ligada a sus decisiones políticas, a sus propuestas y alianzas políticas. Es muy difícil ser inteligente cuando uno entra con sus vísceras en un tema. Es difícil juzgar una cuestión política con independencia, pero el tiempo lo hará posible. El tiempo es reparador.

-Las encuestas para las elecciones presidenciales de octubre siguen marcando una fuerte división, entre los que apoyan a Lula, de izquierda, y los que respaldan a Jair Bolsonaro, de ultraderecha. ¿Cómo ve estos próximos comicios?

-El brasileño está asustado con el futuro y ninguno de los nombres que se presentan ofrece garantías; ellos solo piensan en ellos y en sus familias, no en el conjunto de Brasil.

-En América Latina hemos visto una nueva ola de gobiernos de centroderecha.

-Todavía tenemos alguno de izquierda también, como Venezuela; una izquierda delirante, bolivariana. Hoy en América Latina somos más conscientes que nunca antes de la democracia, pero estamos lejos del ejercicio democrático. Los tres poderes disfrutan de privilegios de tal orden que eso impide la práctica de la democracia. No puede haber una democracia en la que haya un abismo entre el pueblo y sus dirigentes.

-¿Ve algún líder latinoamericano que le llame la atención? En algún momento Lula representó una nueva esperanza.

-Sí, Lula significó una esperanza, pero no correspondió. Incluso tuvo la desgracia de dejarnos a Dilma Rousseff, que creó una crisis económica tremenda y al final nos dejó con este Michel Temer de presidente. Todos nuestros países tienen problemas. Tal vez Uruguay sea el más tranquilo; siempre demostró una vocación democrática muy grande. Lo admiro porque emite señales de bonanza política y verdadero progresismo social. La Argentina tuvo también una base educativa fuerte, pero llegó el peronismo y fanatizó a todo el mundo, y luego el kirchnerismo lo hizo de nuevo. Lo que veo con preocupación en América Latina es que hay cada vez más desacuerdo entre el progreso económico y las necesidades sociales. No se puede sacrificar a generaciones enteras en nombre de una futura prosperidad. Por eso es fundamental ocuparse de las necesidades del pueblo, de la gente.

-¿Sigue el debate político en la Argentina?

-Lo sigo, pero no tanto como quisiera, aunque el año pasado fui dos veces a Buenos Aires. Con quien quedé muy impresionada es con la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, a la que conocí en el Foro Iberoamericano. Algún día va a ser presidenta.

-¿Usted se considera de izquierda, de derecha, de centro?

-Me siento parte de una izquierda que ya no desea radicalismo. ¿Por qué? Porque aprendí a pensar, a dudar, a desconfiar. Es necesario actualizar la izquierda porque la extrema derecha está creciendo por todo el mundo. Hubo grupos de izquierda radicalizada que le hicieron un deservicio a la izquierda, propiciaron el crecimiento de una extrema derecha horrorosa, que estaba quieta.

-Como una "feminista histórica", que además tuvo el honor de ser la primera mujer en presidir la Academia Brasileña de Letras, en 1996, ¿qué piensa del movimiento de mujeres que se ha expandido por todo el mundo para denunciar casos de acoso sexual?

-Lo veo como algo muy positivo. Claro que habrá exageraciones, sucede con todo movimiento redentor. Pero es positivo porque las mujeres jóvenes se mostraban apáticas frente a las luchas feministas, como si todo ya se hubiera resuelto. Ahora hay una nueva conciencia de las mujeres, un empoderamiento interesante del que también son parte los hombres.

-En su novela La república de los sueños contó la saga de su familia española, que emigró de Galicia a Brasil. Como hija de inmigrantes, ¿qué siente ante las políticas antiinmigratorias de Donald Trump?

-Es más trágico aún, sus políticas son contra hijos de inmigrantes que ya nacieron o viven en Estados Unidos. Es de una perversión terrible. Lo extraordinario del inmigrante es que no viene para destruir, sino para construir. Y la mayor construcción que puede hacer un inmigrante es su hijo, que al mismo tiempo es una maravilla y una desgracia para él, porque ya sabe que no va a volver a su tierra, será un ser dividido para siempre.

-Su casa está repleta de arte sacro. ¿Es una persona religiosa? ¿Qué opina del papa Francisco?

-Sí, soy cristiana. Pero estos objetos están aquí por su valor artístico. Mi fe abarca todas las manifestaciones del espíritu, pero no impide mi soberanía. Dios ha sido necesario y fantástico en mi vida, pero no comanda mi vida, Él lo sabe. Mi vida es plena de soberanía, de autonomía; yo soy mi conciencia. Francisco es un hombre de coraje, está tocando temas necesarios y los enfrenta a pesar de las desavenencias que provoca con el alto clero. Uno tiene la sensación de que Francisco es un hombre que conoció la pobreza de cerca y pensó en los misterios de la vida incluso más que en los misterios de la fe.

Bio

Fecha de nacimiento: 3 de mayo de 1937

Lugar: Río de Janeiro

Hija de inmigrantes gallegos, Nélida Piñon empezó a escribir a los siete años, cuando vendía sus relatos a familiares y amigos. Estudió Periodismo en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro. Fue editora de revistas en Brasil y el exterior. Enseñó en la Universidad Federal de Río de Janeiro y en la de San Pablo, y en varias de Estados Unidos, México, Portugal y México. Entre sus obras más célebres se encuentran las novelas Guía-mapa del Arcángel Gabriel (1961), La casa de la pasión (1977) y La república de los sueños (1984); los cuentos El tiempo de las frutas (1966) y La camisa del marido (2014); la crónica Hasta mañana, otra vez (1999); el ensayo El presumible corazón de América (2002), y las memorias Corazón Andariego (2009). Fue la primera mujer presidenta de la Academia Brasileña de Letras (1996-1997). Recibió los premios Juan Rulfo (1995) y Príncipe de Asturias (2005).

¿Qué está haciendo?

Revisa los capítulos finales de un libro sobre sus pensamientos y reflexiones, que será editado pronto. Comenzó también a realizar investigaciones para una nueva novela, que la llevará a permanecer durante un tiempo en Portugal.

¿Por qué nos importa?

Es una de las escritoras brasileñas más reconocidas e influyentes, apasionada por el arte de la palabra y analista sagaz de la realidad de América Latina. Con sus novelas, cuentos, memorias, crónicas y ensayos ha realizado fundamentales aportes a la literatura en portugués.

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