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Lo que los libros hacen cuando no los vemos

Verónica Chiaravalli

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LA NACION
Lunes 08 de enero de 2018
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No sorprende enterarse de que, desde niño, Alberto Manguel amaba la lectura con esa clase de amor que suele hacerse extensivo al objeto portador de placer: los libros saben despertar las mismas pasiones que el resto de las cosas bellas. Los colores de las cubiertas, las ilustraciones de sus interiores, la textura de sus páginas en las que, hasta no hace tanto tiempo, podía palparse la huella de la letra impresa, son marcas que se gozan con alegría sin sombra ni pudor en los años de las primeras lecturas.

Más curioso, en cambio, es el dato que prenuncia una vocación y un destino. El pequeño Manguel hacía y deshacía, con aquel centenar de libros que constituía uno de sus primeros tesoros, el orden de sucesivas bibliotecas dentro de su propio cuarto, según los organizara por tamaño, autor, lengua, tema o rigor alfabético. Cabe sospechar que se abría entonces aquel apetito bibliófilo que ha guiado su vida de erudito y la escritura de sus ensayos, y que lo condujo al lugar soñado que hoy ocupa: la dirección de la Biblioteca Nacional.

Estos recuerdos de infancia (y otros de la edad adulta) los desgrana Manguel en su libro La biblioteca de noche, hermoso título que admite más de una interpretación y que alude, en principio, a la supuesta vida propia y nocturna de esos recintos y sus habitantes, alejada de las reglas apolíneas que rigen las consultas y las lecturas de las horas diurnas. Se trata, en definitiva, de lo que los libros hacen cuando no los vemos o cuando nos permitimos verlos (y entonces relacionarlos) de una manera distinta. "Durante el día, la concentración y el sistema me tientan; de noche, puedo leer con una despreocupación rayana en la ligereza", explica el autor.

Bibliotecario al fin, Manguel intenta una clasificación, si no exhaustiva, poéticamente coherente, de los sentidos metafóricos que una biblioteca puede adquirir. El índice de su libro señala los capítulos: la biblioteca como mito, como orden, como espacio, como poder, como sombra, como forma, azar, taller, mente, isla, supervivencia, olvido, imaginación, identidad, hogar. Cada uno de ellos se enriquece con los aportes de la historia, las artes visuales, la literatura y la experiencia personal.

Se sabe que el amante de los libros suele olvidar los modales cuando la lectura entra en juego. Es una criatura que no vacilará en clavar una mirada impertinente para descifrar el título de la novela que entretiene a otro pasajero en el subte (aun leerá por encima de su hombro si la proximidad lo permite y la materia le interesa) ni tendrá reparos en husmear en cuanta biblioteca ajena se le presente, ya sea en casa de amigos o de perfectos desconocidos. Ojeando así estantes ajenos, Manguel ha encontrado "extrañas catalogaciones: El barco ebrio, de Rimbaud, en la sección de navegación; Robinson Crusoe, de Defoe, en la de viajes; Pájaros de América, de Mary McCarthy, en la de ornitología, o Lo crudo y lo cocido, de Claude Lévi-Strauss, en la de cocina".

La vida del lector, nos recuerda el ensayista, transita entre el éxtasis y la frustración. Los libros lo entregan todo y lo exigen todo, en una demanda imposible de satisfacer. Sabemos que no nos alcanzarán la vida para leer (o releer) lo que deseamos y manda nuestra curiosidad ni el espacio de sucesivas estancias cada vez más amplias (en el caso de que tales mudanzas fueran posibles) para atesorar esos ejemplares que valoramos como únicos, porque son nuestros o porque queremos que lo sean.

"Me he pasado medio siglo coleccionando libros", confiesa Manguel. Y formula la esperanza que tal vez mejor se ajuste a la idea del paraíso para todo lector, cualquiera sea su fe o su falta ella: "Me gustaría imaginar que, en el siguiente al último de mis días, mi biblioteca y yo nos desmoronaremos juntos, de forma que, aun cuando ya no exista, seguiré junto a mis libros".

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