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Al peronismo no lo une el amor ni el espanto por la división

Sergio Suppo
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8 de enero de 2018  • 09:54

En su primer viaje por el peronismo como nuevo jefe del PJ bonaerense, Gustavo Menéndez, comprobó que a su partido no lo une el amor, pero tampoco el borgeano espanto de seguir lejos del poder por muchos años. El intendente de Merlo, uno de los distritos más pobres del conurbano bonaerense que el justicialismo gobierna desde 1983, intenta reconstruir, pedazo a pedazo, las fracciones dispersas de una estructura que viene de una triple derrota frente a Cambiemos: perdió Cristina Kirchner (Unidad Ciudadana); perdió Sergio Massa ( el Frente Renovador), y perdió Florencio Randazzo (con el sello del PJ propiamente dicho). Juntos era imposible, separados resultó otra catástrofe para el partido que alguna vez fue hegemonía.

En pleno verano campea ahora la idea de un endurecimiento de todas las vertientes peronistas frente al macrismo. Pero lo que unos imaginan una acción insurreccional otros la piensan como una mirada crítica sin atacar al fondo. Puede, por tanto, haber tanta oposición que al fin termine siendo que no hay ninguna.

Menéndez salió de su feudo para reunirse con unos y con otros y comprobar, por si le hiciera falta, que la reconstrucción del peronismo puede ser resumida como un parte médico: grave, con pronóstico reservado.

En la provincia de Buenos Aires, donde la coexistencia del peronismo clásico con el kirchnerismo es más intensa y por lo tanto fuertemente compleja e inestable, la grieta más profunda pasa por la mirada sobre el gobierno de Mauricio Macri. "Es muy difícil hablar con gente que a los cinco minutos dice que, para recuperarnos, Macri se tiene que ir antes de terminar el mandato", explica uno de los interlocutores de Menéndez, en referencia a los hombres de la expresidenta.

El nuevo jefe del peronismo bonaerense conoce ese discurso apocalíptico, como que formó parte de la legión de intendentes que optaron por seguir a Cristina el año pasado, atraídos por el arrastre electoral que prometía. Pero Menéndez ya se desmarcó del kirchnerismo puro para tratar de achicar la dispersión de una fuerza convertida en un archipiélago sin puentes.

No es casual que Sergio Massa, luego de verse con Menéndez, haya dicho que pretente un peronismo que haga "una oposición inteligente, no destituyente" y rechazado por completo la oferta que éste le hizo para que se reuniera con Cristina.

Dirigentes kirchneristas como Agustín Rossi encuentran que la radicalización de su sector es un pasaporte a la nada política. Lo dijo en al menos dos reuniones de amigos en Rosario, antes de que comenzara el año. "Podemos volver dentro de unos años si hacemos las cosas bien", dicen que entusiasmó a los suyos el jefe de los diputados kirchneristas para marcar distancia con los más fanáticos de su propia corriente que sueñan con derrocar al Presidente.

Qué hacer ante el gobierno de Macri es uno de los dilemas que seguirá teniendo respuestas múltiples desde la oposición y que impedirá, todavía por un buen tiempo, encontrar un camino común en el peronismo.

Dividido por un pasado inmediato de dos derrotas consecutivas (en 2015 y el año pasado), al PJ lo que verdaderamente lo atormenta es el futuro. Sus dirigentes, todos sus dirigentes, imaginan que Macri les sacó una clara ventaja para lograr su reelección y que desde esa posición de fuerza avanzará sobre sus territorios. Ese temor resuena con especial intensidad en el conurbano, del que salió Menéndez con la receta de la unidad en reemplazo del frustrado plan kirchnerista de una lista propia y excluyente que saltó por sobre la frontera de las formas partidarias.

En la provincia de Buenos Aires, Macri tiene en María Eugenia Vidal una atracción electoral extra que no sólo irá por otro mandato en la gobernación sino que unirá su campaña a la de candidatos a intendentes en municipios clave controlados por intendentes peronistas (o massistas): Tigre, San Fernando y Escobar, en el norte; Lomas de Zamora, Avellaneda y Florencio Varela, en el sur.

"Más que correr al macrismo a los piedrazos aliados con el PO nosotros necesitamos defender lo que tenemos y rearmarnos para volver al poder", dice un intendente peronista, visiblemente inquieto por su supervivencia política.

En el interior del país, el 2019 también se anticipó. Los gobernadores amigos pasarán a ser rivales de Macri obligados a defender sus territorios. El senador Miguel Pichetto, su delegado más eficaz en Buenos Aires, avisó que el peronismo endurecerá su discurso en el Congreso. Es un mensaje un poco tardío, luego de que en diciembre le facilitarán al macrismo las reformas previsional e impositiva, el pacto fiscal, el presupuesto y los más importante, una formidable caja para Vidal, el renacido Fondo del Conurbano.

En provincias como San Juan, Córdoba, Tucumán, Chaco o Entre Ríos los gobernadores peronistas también arrastran guerras más o menos expuestas con sus antecesores, al tiempo que sospechan con un alto grado de razón que el Presidente preparará candidatos para desbancarlos. Buscan entre ellos tener un presidenciable para que al menos haga un papel digno aunque no impida la reelección de Macri. Esos gobernadores tienen la ventaja de separar sus elecciones de la elección presidencial, una chance que los barones del conurbano no tendrán al enfrentar a Macri y Vidal.

Distantes de las gestiones de Menéndez, sin un kirchnerismo tan presente como en la provincia de Buenos Aires, en el interior las preocupaciones son las mismas. El camino del regreso peronista se parece más a un laberinto de Borges. Un dilema casi literario.

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