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De regreso a las montañas

Domingo 14 de enero de 2018
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PARA LA NACION
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Caricatura: LA NACION / Kalil Lamazares

Ausente. Quizás fue la suma de los años que me llevó a buscar esta ausencia, este silencio impecable, consumado en los Andes indómitos, donde los logros no tienen valor alguno, donde me siento como un pequeño acento de diccionario en la inmensa y plena magnificencia de bosques, aguas y ríos. Donde percibo una perfecta afinidad con los rasgos vitales de mi niñez. Fue así que me crie, apoyado y acompañado por el mismo núcleo y esencia de estas tierras que realzan la ilusión de sus geografías; magnas, gigantes, temerosas en las tormentas y amables en los apacibles atardeceres de pleno sol. Nunca imaginé de niño que la suma de esos soles, nieves y alturas terminarían tomando por completo mi atención, un amor verdaderamente correspondido, más por símbolos que por hechos o palabras.

Caminaba. Antes de llegar al tronco una pareja de huet huet; -una gallineta pequeña saltarina- de los bosques araucanos salió lanzada entre las ramas. Parecían asustadas con sus altivas y largas colas negras y su plumaje amarronado. Una perdió una pluma que vi volar entre los renovales, por encima del río Chinchorro, ascendió en remolino enfrente del paredón de piedras con musgos lleno de flores de campanillas coloradas y la perdí presagiosamente entre las nubes negras.

Estaba ausente, lejos de teléfonos, internet y comunicaciones. Una omisión al día a día mundano del trabajo de la amistad o el amor. Solo.

Me había sentado sobre el acantilado del río en un grueso tronco de lenga caído en el invierno por el peso de la nieve, observando el granito del imperioso paredón que en invierno juntaba capas de hielo con estalactitas y en verano musgos, trepadoras y flores.

Había salido a caminar. Luego de varias semanas de sol, el bosque estaba seco. Un viento con fuertes ráfagas del oeste golpeaba una y otra vez sobre las lengas, los coihues y los ñires; un idioma climático conocido por los árboles, instalado en esta geografía hace millones de años, con sus vientos tormentosos del Pacífico que descargan cuatro metros de agua por año. Un régimen pluvial que deja pocos días de sol y donde el reparo nuestro debe tener simpleza de cobijo, pero armonía y pasión en los espacios donde se pasan largos días al refugio del agua, la nieve y el viento.

En el camino de regreso las volví a encontrar, descendían como yo, hacia el lago. Esta ave de la selva valdiviana, comúnmente llamada huet huet o cocueta, es casi negra, regordeta y tiene un canto ronco con notas descendentes. Su simpatía reside en que no vuela, pega extensos saltos entre la maleza. Tiene patas con largas garras y uñas que la ayudan a escarbar para comer. Al ver una, si se pone atención, es fácil divisar su pareja y siempre parecen festejar algo con sus saltos columpiados y los iris muy naranjas, casi fosforescentes.

La presencia y la ausencia en nuestras convivencias diarias, quizás sean al hombre como la luz y la oscuridad al ciclo de un día. Nos llevan por los mismos extremos del hacer, donde los opuestos de la luz de cada día se miden equitativamente con nuestra civilidad o el voto de silencio.

Cuando estoy así, íntegramente ausente y en este lugar, siento y mido la trivialidad de la permanente búsqueda que tengo en mi trajinar diario. Son dos amores deferentes y opuestos que conviven galantemente con mis necesarias contradicciones.

Siempre regresar a estas montañas me hace sentir que ya no deseo conocer o viajar por tierras nuevas. Más bien abrazar y frecuentar más profundamente este amor que paso a paso ha tomado por completo mis sueños. Lo que parecía fantasía se ha adueñado de mis ilusiones con tibia obsesión.

Aquí atesoro mi niñez. A veces un poco ausente en este mar desmedido que me dio generosamente la vida.

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