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Cuando Perón compitió con el plan Marshall

En el primero de los dos tomos de Historia del peronismo (Planeta), Hugo Gambini analiza el período de 1943 a 1951 que comprende el régimen militar y la primera presidencia de Perón. El fragmento seleccionado narra las alternativas que vivió la delegación argentina enviada a la IX Conferencia Interamericana realizada en Colombia, en 1948, cuando estalla el Bogotazo , meses antes de la firma del acta de fundación de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Domingo 30 de mayo de 1999

LOS nueve delegados argentinos a la IX Conferencia Interamericana que despegaron del aeropuerto de Morón, rumbo a Bogotá, en la templada mañana del 22 de marzo de 1948, nunca imaginaron que irían a presenciar muy de cerca los dramáticos episodios que siguieron al asesinato del líder liberal de Colombia, Jorge Eliécer Gaitán. El salón elíptico del Capitolio de Bogotá, engalanado para albergar a los cuatrocientos delegados de las otras veinte repúblicas americanas, contrastaba con las manifestaciones callejeras donde los estudiantes desplegaban cartelones con la leyenda "Heil Marshall" y pintaban la cruz gamada en las banderas norteamericanas. Por eso George Marshall, presidente de la delegación de Estados Unidos, se intranquilizó al escuchar la encendida arenga anticomunista con que el mandatario colombiano, Mariano Ospina Pérez, inauguró las sesiones.

El objeto de la Conferencia, previsto en el Acta de Chapultepec, era encontrar "una fórmula de protección hemisférica" en momentos en que Berlín soportaba el primer bloqueo soviético e Italia veía crecer desproporcionadamente las filas de su Partido Comunista. Los Estados Unidos tenían perfectamente estudiados cuáles serían los términos de esa fórmula y sabían que el precio del apoyo latinoamericano estaba condicionado a su ayuda económica. Esta vez la presencia de Marshall no bastaría para ganar adeptos, como había ocurrido un año antes, en Río de Janeiro. Estaba pendiente la promesa de tratar el problema económico en esta reunión, y los técnicos latinoamericanos habían sido claros: "Sin un programa de industrialización efectiva no saldremos de la economía agraria y de la pobreza. Y no se podrá impedir que el comunismo llame a las puertas de América latina". Chile y Brasil acababan de dramatizar esa situación ante Estados Unidos, responsabilizando a los extremistas de algunos desmanes y colocando fuera de la ley al comunismo. Para no ser menos, Perón culpó al dirigente comunista Rodolfo Ghioldi de "algunos intentos de desorden interno"; pero haciendo ostentación de un estado económico favorable, prefirió cotizar su voto políticamente.

En Buenos Aires se daban los últimos toques al documento que protocolizaba el préstamo a España y, cuando la noticia llegó a Bogotá, los delegados argentinos la interpretaron como la señal para sacudir inesperadamente a la Conferencia ofreciendo ayuda económica a toda América latina. Perón, convertido en imprevisto competidor de Marshall, acaparó en la primera semana de abril de 1948 la atención del continente a través de los discursos de sus delegados, quienes hablaban de "implantar el justicialismo en todo el hemisferio". Simultáneamente, en la Argentina se producía el retiro de la personería jurídica a las sociedades del consorcio Bemberg.

Aquel deslumbramiento peronista se evaporó rápidamente el 9 de abril, a las once de la mañana, cuando Gaitán cayó atravesado por cuatro balas que le disparó por la espalda un joven de veintiséis años, Juan Roa Sierra. La noticia de la muerte desencadenó una reacción popular en masa que escapó al control policial, y la conferencia debió ser suspendida; los delegados optaron por refugiarse lejos de la capital colombiana, algunos de ellos se toparon con la muchedumbre que arrastraba por las calles céntricas el cuerpo ensangrentado del asesino de Gaitán, ultimado a puntapiés. El grupo revolucionario que se había apoderado circunstancialmente de las emisoras impartía órdenes de asalto y revelaba una peligrosa receta: el cóctel Molotov, que sirvió para incendiar edificios públicos y residenciales. Centenares de muertos fueron alfombrando las avenidas principales, mientras Bogotá ardía en llamas y en odio. La muerte de Gaitán liquidaba por entonces la única esperanza de destronar a la violenta dictadura de Mariano Ospina Pérez, cuya policía había prendido fuego a las chozas de los campesinos rebeldes, luego de matarlos. Y la ira popular, que convirtió aquel crimen en una válvula de escape, registró su protesta con el nombre de Bogotazo.

Mientras esto ocurría, la Argentina comenzaba a temer por la suerte de su representación diplomática; la encabezaba el canciller Bramuglia, e incluía a una mujer, la señora María E. López Cabanillas de Ivanissevich (esposa del embajador en Washington), y a los delegados Enrique V. Corominas, Pascual La Rosa, Pedro J. Vignale, Saverio S. Valente, Roberto Ares, Orlando Maroglio y el general Víctor Majó. En un primer momento, Perón intentó ordenar su regreso, pero el ministro Anadón le sugirió esperar nuevas noticias. En esos días, otra clase de informaciones descendían también desde Colombia: los ofrecimientos para contratar a los mejores futbolistas argentinos que se habían declarado en huelga.

Ese país pudo por fin serenar sus ánimos y el 15 de abril la Conferencia Interamericana reanudó sus sesiones en el mismo lugar, aunque con una ausencia importante: nada menos que la de su presidente, el canciller colombiano Laureano Gómez, quien debió permanecer escondido hasta poder huir a España, por temor a ser asesinado. Ospina Pérez -a quien su chofer salvó milagrosamente de un asalto al automóvil presidencial- tras resistir en el palacio de gobierno con un puñado de soldados, había restablecido su autoridad, venciendo la obstinación de la viuda de Gaitán, Amparo Jaramillo, quien se negaba a dar sepultura a su marido hasta que el presidente renunciara.

Reiniciadas las deliberaciones, Marshall acusó de comunistas a los campesinos sublevados y capitalizó la revuelta. Curiosamente, antes de la suspensión había pedido que se creara un sólido bloque anticomunista en un proyecto que también suscribieron Chile y Brasil. Apenas encontró una delgada resistencia: la del canciller argentino. "Hay que atacar las causas y no los efectos", enfatizó Bramuglia; pero las agencias noticiosas ya habían difundido la opinión del senador Diego Luis Molinari, quien desde Washington acusaba al Cominform de "haber asesinado a Gaitán para provocar la revuelta y linchado al criminal para no dejar rastros". La delegación argentina sólo logró impedir que el organismo regional que se iba a fundar se denominara unión, asociación o comunidad, pues tenía instrucciones de evitar la creación de un superestado que obstruyese la soberanía de los países signatarios. Después sería la primera, por orden alfabético, en estampar su firma en el acta de fundación de la Organización de Estados Americanos.

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