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Vámonos a casa

Ariel Torres
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10 de enero de 2018  

El cuerpo es nuestro laberinto, pero cada tanto nos enseña una lección. Que habla, que da señales, que se queja, que te pasa factura, todo eso es verdad. Pero en ocasiones devela un secreto. Cuando menos lo esperamos, da testimonio de su inconmensurable complejidad y del abismo de eones que tomó tejerlo.

Di mis primeros pasos en el césped multitudinario y sin nombre. Jamás veía ni cemento ni edificios. Por el contrario, mis ojos y mi conciencia tomaron por cierto que el universo era de álamos y fresnos, y que el horizonte -al que un amigo mío se refirió una vez como "la línea del sosiego"- era un derecho adquirido.

Y el aire. Durante los años en los que se fundan los cimientos de nuestro laberinto de alma y carne, respiré un aire cristalino y benéfico.

Pero este privilegio tenía un costo. Cada tanto, para los controles médicos de rutina o para visitar a algún pariente, debía ir a la ciudad, la hermosa ciudad de Buenos Aires. Aprendí con las décadas a ponderar tal belleza, pero de pequeño la experiencia sensorial resultaba espantosa. La barahúnda motorizada parecía destinada a hacerle perder a uno la razón. El horizonte había sido sepultado, lo mismo que el césped; y los árboles, en filas ordenadas que brotaban de las baldosas de las veredas brutales, parecían una burla insolente.

Y el aire. Mi pobre madre ensayaba en cada viaje nuevos métodos para distraer mi atención del olor a escapes y a combustible. Pañuelos perfumados, caramelos de diverso linaje, mis galletitas favoritas.

No funcionaba. Me sentía respirando la atmósfera de un planeta extranjero, no del todo apto para la vida, y si íbamos al centro, me descomponía. Cada vez, sin falta. No había aprendido a hablar, y sin embargo mi cuerpo expresaba que algo en ese lugar estaba mal. Tampoco era capaz de comprender lo que ocurría. Pero la mente anotó cada una de estas sensaciones con la prolijidad de un contable inmortal.

Medio siglo después, volví a radicarme en un lugar semejante. Con el césped anónimo, el horizonte inmenso, los álamos, los fresnos, las calandrias, los chingolos operísticos, los teros aguerridos y el aire inmaculado. El cuerpo lo supo de entrada, desde el primer día. Fue como ese momento en que te sacan una astilla. Como cuando un dolor sordo y obstinado finalmente cede. Esa clase de suspiro hondo de alivio. Estaba de vuelta en casa. Estoy de vuelta en casa. El aire, sin embargo, me tenía reservada una sorpresa, uno de esos relámpagos que iluminan la noche del laberinto.

Pasadas varias semanas, tuve que regresar a la ciudad. No me entusiasmaba la idea, pero tampoco aguardaba novedades. Cincuenta años de Buenos Aires alcanzaban, supuse, para convertirme en un veterano del aire enrarecido, del ruido impiadoso, del opresivo horizonte de hormigón.

Abrí las ventanillas del auto al salir de la autopista Illia, allí donde se convierte en la avenida 9 de Julio. En ese instante, el aire de la ciudad me dio la bienvenida con la cortesía de una bofetada. Volví a tener un año y volví a sentir que me asfixiaba. Dominé mi desagrado lo mejor que pude y pasé en la ciudad unas tres horas. Durante los 30 minutos que deambulé por unas calles que ahora, cosa insólita, me sonaban ajenas, no pude dejar de reparar en el olor saturnino, en la atmósfera apelmazada.

Durante el medio siglo que pasé en Buenos Aires, la inextricable trama que bordan los sentidos y la conciencia decidió dejar de percibir esta incomodidad, y me olvidé del asunto. Pero el cuerpo parece que no sabe olvidar.

Mi reacción, lo entiendo, suena exagerada, pero ocurre. Imagino que mi laberinto de memorias registró para siempre el padecimiento innominado e inexplicable de ese chico que fui, y ahora, cuando el estímulo regresa, me lo hace saber. Vámonos a casa, me dice.

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