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Con menos asco y más música volvió Fito Páez

Viernes 12 de enero de 2018
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PARA LA NACION
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Pasaron siete años de aquella aguda polémica por una declaración inoportuna: "Da asco la mitad de Buenos Aires", escribió Fito Páez en una contratapa de Página/12 y quedó envuelto entonces en una discusión larga e inútil por haber equivocado la estrategia. Podía haber manifestado de otro modo su estado de ánimo por el claro triunfo de Mauricio Macri que le sacó 19 puntos de ventaja a Daniel Filmus, del Frente Para la Victoria. El tiempo pasó, las cosas cambiaron mucho en el país y está claro que Paéz mantiene sus convicciones, gusten o no.

Lo que cambió desde aquella época es que ahora sí ha logrado manifestarlas a través del canal expresivo que mejor conoce, las buenas canciones. La ciudad liberada cita desde el título a un maestro de la provocación -el poeta Néstor Perlongher, fallecido en 1992 y referente del Frente de Liberación Homosexual que a fines de los 60 reunió reclamos antidiscriminatorios con consignas políticas de izquierda- y conserva las convicciones del músico rosarino sobre un estado de cosas que lo incomoda y lo mantiene alerta. La mirada parte inicialmente de un entorno que sigue considerando viciado, pero se proyecta hacia un espacio mucho más vasto, como sintetiza muy bien "Se terminó", que combina con astucia un mood amigable con un discurso por momentos dolorosamente pesimista que involucra derrotas estéticas ("Perdieron todas las apuestas, los cantores de protesta / Al final el reggaetón mueve el mundo) y políticas ("Cambiar por cambiar nomás, no resultó / Terminó como vivís en Wall Street / En el centro del dinero del mundo"). Otra vez los dardos envenenados, pero lanzados ahora con mayor sutileza.

Ese esfuerzo por descartar brulotes de barricada y sumar complejidad a su propio relato también se reproduce en la sonoridad y la estructura de los temas en muchos pasajes del disco. En tiempos de consumo cultural exprés, cuando la superficialidad y el juicio apresurado y lapidario son la norma, Paéz contraataca con un disco extenso (70 minutos) y abigarrado que exige una escucha atenta y liberada de prejuicios. Otra vez el sol comprime en cuatro minutos notables esa ambición: combina con atrevimiento el pulso bailable -que también aparece en la inesperada incursión en el electropop de "Nuevo mundo", con su letra desprejuiciada y distópica que nos confirma amargamente que "los dioses solo viven en películas de culto"- con un paisaje épico y onírico construido a base de suntuosas orquestaciones de talante cinematográfico, para decretar sumariamente que "el mundo es una espera sin sentido, el último espectáculo divino"-.

Buenos momentos de un álbum que mantiene obsesiones recurrentes: el amor inextinguible por Fabiana Cantilo y la reverencia por el espíritu Beatle ("Wo wo wo") y por la maestría del mejor Charly García ("Tu vida mi vida", que arranca homenajeando a "No soy un extraño" y vira a la "canción Paéz" de pura cepa; y "Se terminó" cita explícitamente a "Mr. Jones" o pequeña semblanza de una familia tipo americana de Sui Generis). Y que también patina en algunas zonas: la celebración naif de "Aleluya al sol", elegida como primer corte, roza la perorata publicitaria; "Chica mágica" no abunda en sutilezas para declarar en público una nueva fascinación amorosa y "El ataque de los gorilas" retoma un perfil pendenciero que acumula prescripciones ideológicas y existenciales en un marasmo superficial que incluye invectivas obvias contra Facebook y Twitter.

Son los desbordes de un disco valiente y desaforado que también aboga por el regreso de las grandes utopías, festeja la diversidad sexual, opina a la distancia sobre los conflictos en Medio Oriente y apela sin cortapisas a la voluntad lúdica. Un Fito locuaz, excesivo, resuelto y encendido que da nuevas señales de vida. Eso sí da para un aleluya.

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