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Un día típico en Laos: del picadito en la vereda al baño de elefantes

Una maravilla natural, tradiciones exóticas y el fútbol como lenguaje universal incluso en los rincones más remotos

Domingo 14 de enero de 2018
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El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Darío Torres. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 3000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar

Tenía contratada una excursión de todo el día para ver cavernas, un campamento de elefantes y terminar en unas cascadas. Eran tres de los lugares más emblemáticos de la ciudad, y de todo Laos. Uno de esos días que esperaba con ansias.

En Luang Prabang me quedé en un hostal ubicado en medio de un barrio humilde, con calles de tierra y casitas sencillas. La camioneta me venía a buscar a las 8 para empezar la excursión. Llegó tarde, y en el tiempo de espera pasó una de esas cosas que te llenan un poco el alma.

En la puerta del hotel, un nene de 8 años peloteaba contra la pared, solo pero divirtiéndose. Cuando salí, me apoyé contra un árbol a mirarlo, y no pasaron más de 20 segundos, que el niño me miró y me tiró la pelota, como invitándome a jugar. A veces no existen las barreras idiomáticas.

El nene tenía la camiseta del Barça, con la 10 de Messi en la espalda. Pensé en decirle que era argentino, pero supongo que ahí sí el idioma iba a ser una barrera, así que me mantuve en silencio intercambiando golpes de pelota de un lado de la calle a la otra. La camioneta no venía y yo ni me preocupaba.

Al ratito de estar peloteando, salió de una casa un chico más grande, supuse que podía ser el hermano del primero. Mirándome, armó un triángulo imaginario y empezó a pelotear con nosotros. Y así la espera pasó inadvertida. La camioneta llegó, pero yo no me quería despedir de los chicos, así que haciéndoles la seña de espera, me fui hasta mi habitación, agarré la camiseta de la selección argentina que tenía en la valija y se la regalé al niño más pequeño.

Idioma universal

El niño atinó a sacarse la camiseta del Barça, pensando en quería intercambiarla. A penas vi el movimiento de sus brazos, lo detuve, haciéndole entender que no me tenía que dar nada, los saludé, y me subí a la camioneta. Creo que no llegaron a caer, ya que no pudieron levantar sus brazos para saludarme, solo se quedaron mirando.

Imágenes de Buda, en las mágicas cuevas de Laos
Imágenes de Buda, en las mágicas cuevas de Laos.

Ahora sí, la excursión. En el trayecto del hotel a la primera parada, el transporte paró en dos aldeas muy humildes, donde además venden diferentes tipos de artesanías y el turista puede ayudar y ver a quién está ayudando. Luego fuimos al primer escenario. Las dos cuevas budistas, a las que se llega mediante una especie de barco alargado, luego de un recorrido de no más de 45 minutos. Son dos cuevas, una que se mantiene en oscuridad total, y otra más abierta, por lo que la luz del sol da cierto margen de maniobra. Son lugares naturales, mágicos, que albergan diferentes colecciones de estatuas de budas en todos los tamaños. Muy estilo Indiana Jones.

Kuang Si Falls

Luego fuimos a un campamento de elefantes, donde enseñan cómo cuidarlos, darles de comer y hasta bañarlos, aunque yo terminé más mojado que el elefante que bañé.

Aprendí, por ejemplo, que los elefantes comen bambú. Y no se conforman con una caña sino que piden varias que van almacenando en la trompa, para luego meterse todas juntas. Es algo que hay que vivir, aunque ojo con los lugares que dejan montarlos en esos sillones de madera sobre sus lomos, porque supuestamente los animales sufren mucho, de chicos, para de grande poder soportar eso.

Kuang Si Falls, en Laos, un espectáculo "sanador"
Kuang Si Falls, en Laos, un espectáculo "sanador".

Para el final, la frutilla del postre. Con casi dos horas de camino, desde el campamento de elefantes llegamos a las cuevas Kuang Si Falls, por lejos, el complejo natural más maravilloso que vi en mi vida.

Agua celeste, no transparente, ya que en el fondo alberga como una especie arcilla beneficiosa para la piel, según decían. Tiene diferentes lugares para meterse. No había nadie en el agua, literalmente nadie. Me saqué la remera, las zapatillas y me metí. No tenía toalla, ni ropa de repuesto, algo de lo que me percate después, cuando costaba secarse a la sombra. El agua estaba helada, muy fría, aunque el lugar ameritaba el esfuerzo. Mientras se camina por el complejo se encuentran diferentes ollas para tirarse desde un tronco, o meterte desde la superficie. Y al final del camino, las cataratas con caídas de 50 metros, un espectáculo único, sanador.

Y así terminó un día de esos que cuando llegan al final, te das cuenta de por qué te gusta viajar. Laos es un país abrazador, amigable, chico y contenedor que, sin dudas, hay que conocer. Muy natural y todavía no muy pisado por los turistas.

¿Vacaciones con un giro inesperado? ¿Una aventura que marcó tu vida? ¿Un encuentro con un personaje memorable? En Turismo, queremos conocer esa gran historia que siempre recordás de un viaje. Y compartirla con la comunidad de lectores-viajeros.

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