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El ardor: la parodia costumbrista al servicio de la acción

Viernes 12 de enero de 2018
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LA NACION
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El Ardor / Libro: Alfredo Staffolani / Elenco: Luciano Cáceres, Valentina Bassi, Santiago Magariños, Joaquín Berthold / Escenografía: Agustín Garbellotto / Vestuario: Julieta Harca / Luces: Fernando Berreta / Producción: María Celia Vélez y Teatro Auditorium / Dirección: Luciano Cáceres / Sala: Piazzolla, del Teatro Auditorium (Bv. Marítimo 2280) / Funciones: viernes, a las 21; sábados y domingos, a las 21.30 / Nuestra opinión: muy buena

La puesta montada en Mar del Plata realza los efectos de la obra
La puesta montada en Mar del Plata realza los efectos de la obra. Foto: LA NACION

MAR DEL PLATA.- La sala Ástor Piazzolla del Teatro Auditorium tiene mil butacas y un escenario grande, lo suficiente para contener por ejemplo el espectáculo que José María Muscari está haciendo en esta ciudad, con 25 artistas en escena. El primer desafío con el que se encontró Luciano Cáceres a la hora de montar El ardor, obra del bonaerense Alfredo Staffolani, fue el espacio: resolver la puesta en escena de una obra intimista, más propia del circuito off, en semejante sala, abarcarla y provocar a esos mil espectadores es sin dudas la primera victoria del director, que además protagoniza la pieza.

Rita (Valentina Bassi), Marco (Cáceres) y su hijo adolescente Manu (Santiago Magariños) viven encerrados en su casa, pegoteados por el calor, porque el aire acondicionado no anda, aburridos y alcoholizados. Lo que saben de lo que ocurre en el mundo es a través de unos binoculares con los que espían la calle, pero no se atreven a confrontarla demasiado. No tienen Internet; Marco, el padre de esta familia, no quiere. Pese a este mundo propio, aislado y endogámico, pese a la cantidad de diálogos frenéticos que componen la obra y pese a estar "desconectados" de Internet, esta familia no se comunica. Evadir los problemas, apagar lo que quema con baldazos de agua fría, con alcohol, con palabras vacías, con gritos, terminará dinamitando una crisis irreversible y fatal.

La anécdota de la familia disfuncional en crisis no se completaría sin un personaje externo que viniera a desestabilizar el enclenque equilibrio en el que se mantenía todo: esa persona es Antonio, interpretado por Joaquín Berthold, primo de Marco, que viene desde "el Paraná profundo" a pasar unos días con la familia. Con su carácter primitivo, directo, esencial, hace que todo lo que se tapaba para no desatar la tormenta estalle. Incluso la tormenta, de verdad, que los mantiene encerrados, nerviosos, a punto de cometer una locura. Pero el ardor no se apagará con nada.

Ideas como el desgaste de los vínculos, la dificultad de expresarse con libertad y la postergación del propio deseo en función de mantener ciertos parámetros y moldes sociales se presentan para la discusión en este trabajo.

Mientras la historia podrá sonar a cuento conocido para muchos y para otros un imán de identificación, el verdadero hallazgo de esta propuesta es la particularidad del montaje: Cáceres hizo añicos la escenografía de living clásica, casi bidimensional, realista, que suelen proponer las obras acerca de familias disfuncionales, y convirtió la escena en un tríptico al servicio de la acción. En el centro, el sillón del que la familia prácticamente no se mueve opera como una catapulta para un juego coreográfico que se convierte en un dispositivo de entrada y salida de personajes profundamente dramático. Los actores se tiran al vacío todo el tiempo. Esa es su salida de escena (colchoneta mediante, suponemos, porque no la vemos). A la izquierda, una calle con regaderas que se activan para empapar de lluvia a los ardientes personajes. A la derecha, un baño con baldes que cada personaje vuelca sobre sí mismo a través de otro dispositivo. En el fondo, una pantalla que muestra mucho de lo que ocultan y distribuye imágenes que también son acción y son nuevas puntas de estímulo para el espectador, un espectador que debe ser creativo, curioso, que debe estar dispuesto a dejarse sorprender y provocar más allá de la literalidad. La belleza de las metáforas contenidas en esta obra, tanto en el texto, interesante trabajo de Staffolani, como en la dramaturgia de los actores y del director, convierten a El ardor en una de las propuestas más ricas de la cartelera marplatense en esta temporada de verano.

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