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La desmentida, un hábito que pasó de moda

Sábado 13 de enero de 2018
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Otro síntoma de la enorme brecha que se ha producido entre nuestros hábitos y la realidad durante los últimos 30 años es todavía más brutal que la que mencioné en mi última columna, y es también más obvia. Aunque, paradójicamente, resulta casi invisible.

Miren alrededor. En la vía pública, sobre todo. Nada parece haber cambiado mucho. Cada tanto algún dron (más sobre esto enseguida) y esta cosa rara de que las personas caminan mirando una especie de cajita rectangular, en general de color negro; en casos todavía más extravagantes, también le hablan a la mencionada cajita. Fuera de eso, seguimos teniendo veredas, árboles, vehículos (sí, un poco más modernos, pero no llegamos aún a los Supersónicos), casas, edificios, lo usual.

Pero miren de nuevo. La cajita que mencioné antes posee al menos un micrófono y como mínimo dos cámaras. Y este hecho está cambiando todo en uno de los asuntos más viejos de la civilización: la lucha contra la corrupción y otros ilícitos muy difíciles de probar, como la violencia policial y el abuso de poder.

Dicho simple, las cámaras ocultas están por todos lados. Varios miles de millones en casi todos los rincones del planeta, prácticamente a toda hora. Me viene a la cabeza, claro, el caso de Rodney King, el taxista que varios agentes de la policía de Los Angeles literalmente molieron a palos, un hecho que se conoció porque un vecino lo grabó con su cámara de video. Una excepción que ahora es la regla.

En los últimos años, hemos visto de todo, desde ejecuciones sumarias hasta funcionarios maltratando a empleados y agentes de la ley con la más impunidad más insolente. No hablo de cámaras de seguridad, que también abundan y cuyas grabaciones han sido aportadas a diversas causas como prueba. Hablo de los smartphones.

Se me ocurre que esta realidad podría ayudar, de la forma menos esperada, a combatir algunas de las pestes más execrables de nuestros tiempos. Lo primero que muestran los smartphones es que en ciertos casos -evitaré generalizar, porque me consta que no es siempre así- hay un abismo entre la imagen pública del sujeto con poder o autoridad y lo que hace fuera de cámara. Ya casi no existe tal cosa como fuera de cámara, porque ahora es virtualmente imposible que sepa si están filmándolo o no. Si hubiera coherencia entre sus dichos públicos y sus actitudes y actividades privadas, otra sería la historia. Permítanme aclarar, por si acaso, que no estoy hablando de intimidad.

Esto podría conducir, lo sé, al debate acerca de si las figuras con responsabilidades públicas tienen o no derecho a la privacidad. No es el punto, ni por asomo. De hecho, hoy está en riesgo severo la privacidad de todos nosotros. El punto es que el número de cámaras es tan inmenso, tan omnipresente, que van imponiendo, por supuesto no de forma completa ni absoluta, una suerte de transparencia ineludible.

Al cóctel hay que añadirle un ingrediente para nada menor: la viralización. Fama, una deidad que aparece en La Eneida de Virgilio, y que se encargaba de comunicar los hechos de dioses y hombres sin verificar su veracidad, es un símbolo perfecto de lo que ocurre en las redes sociales. Fama es, como los drones, capaz de volar.

El decente tiene razón en temer este correveidile digital que no chequea fuentes. Pero el corrupto o el abusa de su poder encuentran aquí otro mecanismo que no puede apagarse. Dicho más simple: de nada sirve ahora desmentir, intentar que el sitio baje el video o la foto, barrer bajo la alfombra. La calumnia y la injuria siguen siendo delitos, y ése es, aunque la experiencia resulte aterradora, el refugio del íntegro. Pero para el que cometió un ilícito, la viralización, la voz imparable de Fama, es inapelable, porque íntimamente sabe que lo que se ve en el video es verdad.

Este principio de año, cerca de algunas fechas que aparecían en la literatura de ciencia ficción escrita a mediados del siglo pasado, lo estoy dedicando a analizar cómo resultaron en realidad esas especulaciones. Mucho más sutiles y llenas de matices que lo que la mayoría de los escritores logró anticipar. Lógico. Nada más fantástico que la realidad.

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