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Unas vacaciones con Caetano

Nathalie Kantt
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13 de enero de 2018  

Finalmente, después de varios años de declinar la invitación, acepté pasar año nuevo con amigos en "o melhor pais do mundo". Cuando vivía en París, era un sueño complicado: si cruzaba el charco en estas fechas, era para ir a la Argentina y Uruguay. Desde Montevideo, es un avión directo de cinco horas a Recife y luego tres horas de auto hasta la playa donde alquilamos la casa. Los paraísos nunca son de acceso rápido.

Llego con la ansiedad urbana y con esa energía de la inmediatez. Me saco todo, me meto en el mar y me siento a desayunar papaya, mango, ananá y tapioca mientras espero que se despierten uno a uno. Llegaron hace ya algunos días y escuchan mis historias mirando el mar. No hay con qué competir: el horizonte es más interesante.

En este páramo de cocoteros no hay argentinos y casi no hay humanos. El ritmo de los días está dado por las mareas. Cuando está baja salimos a caminar o a correr por la playa, rehacemos el mundo con conversaciones profundas, buscamos piscinas naturales y aprendo a quedarme callada sin incomodidad. Cuando está alta nos metemos al mar, hacemos yoga, leemos y nos quedamos dormidos en hamacas paraguayas.

En este rincón del nordeste brasileño no hay reposeras ni sombrillas porque la sombra es la palmera. Y además porque no hay gente. Evidentemente no es una zona turística, tampoco hay bares en la playa. El único momento social es la noche de Réveillon: una DJ brasileña organiza una fiesta en el predio vacío al lado de nuestra casa. Todos vestidos de blanco bailamos hasta el amanecer con vista al mar y sin preguntarnos qué nos deparará este año. Y así los días pasan contemplando una luna llena o un atardecer que se parece a una postal hawaiana, ahuyentando mosquitos y mirando a minimacacos que se nos acercan para comer. Nos untamos aceite de coco en todo el cuerpo, nos limpiamos con mantecas exfoliantes, nos purificamos con agua de flores. Hablamos de tarot y de astrología, de música brasileña, de la influencia portuguesa y de qué piensan los argentinos de los brasileños. Escuchamos a Caetano, Maria Bethânia, Gilberto Gil y Gal Costa, los cuatro genios que valen la pena según mis amigos brasileños. En algún momento nos dan ganas de "ver gente". Encontramos una pizzería, la única de la zona, y esperamos una hora para que nos sirvan lo que pedimos. El ritmo del nordeste es otro, pero no es para quejarse. En Montevideo no van tanto más rápido.

Pienso en Años Nuevos pasados en el invierno parisino o en el bullicio esteño o porteño, con fuegos artificiales, perros asustados que ladran como locos y alguna moto que va a mil. Acá no usamos el auto salvo para ir unos minutos por esas calles de tierra hasta el pueblo, una ruta principal con casas muy modestas, lugareños sentados delante de su propiedad con bebés en brazos, y almacenes con alimentos básicos como arroz y frijoles. Tomamos cerveza helada y de a poco noto esa progresiva desconexión de automatismos digitales. El teléfono se convierte en la herramienta para leer algunas noticias, y desaparecen las ganas de responder mensajes y de estar conectado. Queda olvidado en alguna parte de la casa, allí donde debería quedarse más seguido.

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