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El Papa, en Chile: ¿cuándo vendrá al país?

Joaquín Morales Solá
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14 de enero de 2018  

Mañana será la cuarta vez que el papa Francisco estará cerca de la frontera argentina, sin cruzarla. El inminente viaje a Chile sucederá después de las visitas que ya hizo a Brasil, Bolivia y Paraguay. ¿Vendrá a su país alguna vez? A todos sus interlocutores les dijo siempre que desea visitar la Argentina. A algunos les deslizó hace unos meses una fecha tentativa: la próxima primavera austral. No dijo nada más. El viaje del Papa a la Argentina no depende solo de su agenda (que también influye), sino de factores políticos y sociales locales. Al Papa lo metieron, digan lo que digan, dentro de la cruel grieta que divide brutalmente a la política y la sociedad argentina. Bergoglio ha recibido a muchos dirigentes argentinos, peronistas y macristas en igual medida, pero un sector de la sociedad lo acomodó cerca del kirchnerismo. No hay mayor injusticia que esa; el entonces cardenal Bergoglio fue un duro crítico del gobierno kirchnerista. Fue castigado en su momento por eso y luego, ya como papa, debió tolerar los excesos políticos de Cristina Kirchner, que era una jefa de Estado frente a otro jefe de Estado, el propio Bergoglio.

Ningún argentino vivo, tenga la edad que tenga, volverá a ver otro papa argentino. Esta certeza es un dato que provoca indiferencia en agnósticos, ateos, anticlericales y críticos de Bergoglio. Pero es un hecho que no debe pasar inadvertido para las personas religiosas o que respetan las religiones. Hay argentinos, tal vez no muchos, que suponen que el Papa está en Roma pendiente de los detalles de la vida cotidiana argentina. El fárrago de cuestiones que pasan cada día por la atención o el conocimiento del Pontífice hace imposible que se detenga en las cuestiones de su país. Los problemas de la Iglesia y de la política internacional; las reuniones con jefes de Estado, con diplomáticos extranjeros y con religiosos de todo el mundo consumen su agenda diaria. El Pontífice no es, claro está, un dirigente político argentino más.

La crítica constante e injusta al Papa, sobre todo en las redes sociales, hace retroceder a los funcionarios vaticanos cuando se trata de programar un viaje de Bergoglio a su país. En rigor, es hora ya de que en la Argentina se observe al Papa por lo que hace como jefe universal de la Iglesia Católica y no por las insignificancias de la política local. En encíclicas y homilías, el Papa habló, como nadie con tanta insistencia, sobre la necesidad de la "cultura del trabajo" o de la "dignidad del trabajo". Y subrayó que hay en el mundo (en su país también) sectores marginados del proceso económico. Está en la doctrina y en la historia de la Iglesia: denunciará a los excluidos mientras haya un solo excluido. En un capítulo para un libro sobre el papa Francisco, el expresidente norteamericano Barack Obama destacó que por el discurso del Pontífice advirtió que hay problemas sociales que el micromundo político no tiene en cuenta. "Estamos en nuestras cosas, pero hay quienes ni siquiera tienen sus cosas", escribió el exmandatario.

Una parte importante de los documentos y del discurso del Papa se refiere a la tragedia humana de las migraciones. Es el gran drama de los últimos años. Éxodos masivos por hambrunas, por guerras civiles o por otros conflictos. Una solución debe existir para esa catástrofe; lo único imperdonable es la indiferencia. Este es el mensaje cardinal de Bergoglio. El Papa metió a la Iglesia también en un proceso de reformas pastorales importantes con el propósito de abrir sus puertas a nuevos feligreses o para convocar a los que se han alejado. Él se hizo cargo de una Iglesia que se estaba quedando vacía y cuyas noticias no dejaban de circular por los mismos temas: los casos de pedofilia, los manejos financieros de la banca vaticana y las filtraciones de los papeles del papa Benedicto XVI. La Iglesia está ahora en otro debate, el de las reformas, y ya no da vueltas solo sobre aquellos problemas, aunque algunos persisten.

Es cierto que algunos amigos de Bergoglio (o que se dicen amigos) ayudan mucho a reavivar la crítica de los argentinos que no quieren al Papa. Es el caso de Gustavo Vera, que todo el tiempo está exhibiendo su relación con Bergoglio para hacer política local. También hace política con los rosarios del Papa. Bergoglio ya ha dicho que su único vocero es la oficina de prensa del Vaticano. El nuevo amigo de Vera en el Vaticano es el arzobispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo, preocupado siempre por quedar bien con todos los pontífices. Sánchez Sorondo cumplió 75 años en septiembre y está en condiciones de ser jubilado. El caso más reciente es el de Juan Grabois, que se había caracterizado por la prudencia y por decir que no habla en nombre del Papa. Lo sigue aclarando, pero él tiene un cargo en el Vaticano. Es asesor de la Comisión de Justicia y Paz, que preside el cardenal ghanés Peter Turkson. Ese cargo en el Vaticano es incompatible con las declaraciones que ha hecho recientemente de una inexplicable dureza contra la persona de Mauricio Macri. Aunque sea un cargo menor, lo cierto es que Grabois está dentro de la institución vaticana.

Grabois dijo que Macri "tiene el vicio de la violencia". El Presidente puede tener defectos (y los tiene), pero nadie en su sano juicio puede decir que es un vicioso de la violencia. Lo sabe el propio Grabois, que es un interlocutor habitual de la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, con la que llegó a significativos acuerdos. Grabois dijo también que hay "persecución política" contra Cristina Kirchner por los juicios que investigan la corrupción de su gobierno. Extrañó ese párrafo porque Grabois nunca fue kirchnerista. Hay, es verdad, una notable acción de los jueces federales contra funcionarios de Cristina y contra ella misma. Pero la pregunta que debe hacerse es otra: ¿por qué esos jueces, con todas las pruebas que tenían, no actuaron cuando la expresidenta estaba en el poder? El argumento de que el gobierno de entonces no les enviaba a los jueces los informes que pedían es poco creíble. Las órdenes de los jueces no son de cumplimiento optativo en la Argentina (ni en ningún lugar del mundo conocido). Podrían haberla denunciado por obstrucción a la Justicia cuando ella estaba en el poder.

Sea como fuere, las declaraciones de Grabois provocaron una fuerte crítica hacia él de varios obispos argentinos. Ellos saben, además, que las fotos que se conocen de Grabois con el Papa las difundió el propio Grabois. Cualquiera que haya visitado al Papa sabe que no hay fotógrafos cerca durante sus reuniones privadas y que la Santa Sede distribuye solo las fotos de sus reuniones oficiales. Grabois debería renunciar a su cargo en el Vaticano para no seguir comprometiendo al Pontífice. Los supuestos amigos del Papa, sea Grabois o sea Vera, tienen más obligación que otros de cuidar al Papa.

La relación de Francisco con Macri es formalmente buena, pero no pasa de ahí. Una parte del electorado macrista milita en la crítica a Bergoglio. Voceros vaticanos aseguran que hay funcionarios del gobierno de Macri que espolean los insultos al Papa en las redes sociales. El Presidente, a su vez, no intentó nunca cultivar una relación más cercana con Bergoglio; es probable que se trate de un estilo personal del Presidente, reacio a forzar los contactos humanos. Tal vez Macri está a tiempo todavía de hacer algo para cambiar esa relación, más fría que cálida. Le sería difícil explicar en el mundo por qué el papa argentino no visitó nunca su país durante el primer mandato del actual presidente. Y es el único mandato seguro que Macri tiene hasta ahora.

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