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La Argentina, un déficit de modernidad

Carlos Alberto Montaner

Domingo 22 de julio de 2001

MADRID.- La Argentina, otra vez, ha entrado en crisis. Veamos la historia oficial. Según los economistas, la clave está en el creciente déficit fiscal. El Gobierno gasta mucho más de lo que recauda, se endeuda, aumenta la deuda, no puede pagar y sobreviene la bancarrota. Ahora veamos el remedio. Muy simple: gastar menos y recaudar más hasta equilibrar las cuentas. En ese punto se recupera el crédito y la Argentina sigue su camino hacia el desarrollo creciente.

¿Es esto cierto? Sí, pero en una proporción insignificante. El equilibrio fiscal es conveniente, como lo es contar con una moneda estable, pero más que requisitos para el desarrollo, todos estos datos macroeconómicos son, más bien, prerrequisitos. Un Estado puede tener un presupuesto totalmente balanceado y contar con una moneda respaldada por oro o por divisas internacionales y, sin embargo, ser desalentadoramente pobre. El Portugal de Oliveira Salazar es un magnífico ejemplo: los libros de contabilidad eran irreprochables. El país era el más pobre de Europa occidental.

Esto quiere decir que los argentinos tienen un problema a corto plazo (la incapacidad actual de hacer frente a sus obligaciones), pero tienen un problema de fondo mucho más grave: la sociedad produce bienes y servicios al ritmo atrasado de una nación de los años cincuenta del siglo XX, mientras la administración pública, encharcada en la ineficiencia y la corrupción, presenta rasgos de país subdesarrollado del Tercer Mundo. Pero ocurre que este cuadro es singularmente cruel en la Argentina. ¿Por qué? Porque no siempre fue así. Entre 1853, cuando Rosas fue derrocado, y 1930, cuando cayó Hipólito Yrigoyen, la Argentina vivió una etapa democrática de esplendor económico y se colocó en el pelotón de avanzada de Occidente. Entonces, y aun hasta fines de los años cuarenta, surgieron unos amplísimos sectores sociales medios que adquirieron el refinamiento material e intelectual, los hábitos de consumo y las formas de vida de las sociedades ricas. Entonces no se vivía mejor en Nueva York o en Londres (no digamos en Roma o Madrid) que en Buenos Aires, y sucede que esos rasgos de comportamiento se transmiten de generación en generación.

Eso quiere decir que un argentino de la clase media de 1950 vivía prácticamente como un europeo occidental, como un japonés, y, en muchos aspectos, como un norteamericano. Y ese argentino transmitió a sus hijos y a sus nietos una cosmovisión de ciudadano de Primer Mundo, pero mientras ocurría esta transferencia psicológica de valores, actitudes y expectativas, el aparato productivo y el administrativo iban quedando a la zaga, mostrándose cada vez más incapaces de generar y distribuir adecuadamente la riqueza requerida para sostener estos hábitos. ¿Consecuencias de esta disonancia? Se puede resumir en una ráfaga de palabras incómodas: frustración, confusión, cólera, y una profunda y creciente desesperanza.

No es la primera vez que sucede un fenómeno de este tipo. En los siglos XVI y XVII, España y Turquía (enemigas entre ellas) eran las dos potencias más importantes del Mediterráneo. El Imperio Otomano entonces tenía la burocracia más competente de la zona, y el nombre de Estambul ponía a temblar a la cristiandad. Pero poco a poco fueron cambiando los modos de producción y de administración. Los inventos técnicos y los conocimientos científicos aceleraron la creación de riquezas, mientras la ingeniería financiera se fue perfeccionando. Cuando, en la segunda mitad del XVIII, Inglaterra desata la revolución industrial, espoleada por la máquina de vapor, turcos y españoles ya han sido relegados a un segundo plano. Todavía ambos países controlan unos enormes imperios, pero sus sociedades son cada vez más pobres con relación al norte de Europa e, incluso, si se las compara con las colonias inglesas de América del Norte. En España, como en la Argentina de hoy, cundía la desilusión. Basta leer a Jovellanos para advertirlo.

¿Se puede revertir esta tendencia? Claro que se puede, pero para resolver un problema la primera condición es entenderlo. La crisis de la Argentina no se origina en su déficit fiscal. Este es una consecuencia, no una causa. Y la "culpa" de los males que aquejan al país no la tienen el FMI, la democracia o las ideas de López Murphy (un economista absolutamente acertado y brillante), sino el hecho de que el país se ha ido distanciando paulatinamente de los modos de producción, gerencia empresarial y administración pública de las naciones punteras del planeta. El déficit es de modernidad. Afortunadamente, es un déficit superable. ¿Cómo? Se trata, en última instancia, de un complejo proceso de aprendizaje.

¿Algún pueblo ha conseguido hacerlo? Hay un caso espectacular: Japón en el siglo XIX. A partir de la revolución de Meiji, los japoneses, en vista de que no podían enfrentarse a las naciones imperialistas, decidieron imitarlas. Enviaron maestros, ingenieros y hasta juristas a Inglaterra, Holanda y los Estados Unidos con el objeto de aprender los quehaceres occidentales. Los ingleses les enseñaron a organizar la marina; los alemanes, el ejército, la administración pública y las universidades. El emperador hizo obligatoria y universal la enseñanza. En 1883 construyeron el primer telar movido con vapor para hilar algodón. En 1914 ya controlaban el 25 por ciento de la producción mundial. Desde entonces, pese a las bombas atómicas, se han mantenido fuertemente unidos al Primer Mundo, decididos a aprender e innovar cuanto sea necesario para no perder su puesto en la vanguardia de la civilización. La Argentina puede hacer lo mismo.

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