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Misiones, cien años de inmigrantes

Revista

Quien conozca Oberá no podrá sorprenderse de que tantos inmigrantes hayan decidido permanecer aquí: hay colinas verdes y floridas, el blanco y fucsia de los macizos de azaleas bordean las calles de tierra roja, hay vivos contrastes con el verdor de las plantaciones de té, la yerba mate y las coníferas, el sol es siempre tibio y generoso...

Donde la tierra no fue labrada, la selva se enmaraña como en los tiempos en que éstas eran sólo dominio de los mansos indios guaraníes. La gente habla con un acento amable que invita a acoplarse a su ritmo de vida tranquilo: el que marca la naturaleza. Todos parecen felices, se saludan con amabilidad, y nadie cambiaría este lugar por ningún otro en el mundo.

Oberá es la ciudad de las iglesias. Tiene más de 38 templos para sus sólo 65.000 habitantes. Saltos de agua, selva tropical, autódromos de TC nacional, excelente hotelería, turismo aventura, pesca del surubí y del dorado y las chicas más lindas. Oberá, no es para menos, es el paraíso de los solteros.

Pese a que la mayoría de las cabezas que se ven en las calles de Oberá tiene cabellos rubios como el trigo, no es raro encontrar a porteños que vinieron hace años de visita y optaron por radicarse aquí para siempre.

Pero, ¿cómo nació este vergel lleno de rubias que hablan con un dulce y ligero acento guaraní? A principios de siglo, la provincia de Corrientes vendió tierras fiscales a la de Misiones. Por la ausencia de aparatos de medición, nunca se podían confirmar con precisión las franjas de tierra pertenecientes a cada provincia. Entre 1909 y 1913, llegaron finlandeses, franceses, suizos, noruegos y suecos a un lugar llamado por entonces Yerbal Viejo. Para 1928, la zona ya estaba más desmontada y organizada, y tenía dueño: Misiones.

El 9 de julio de 1928 se funda Oberá, colonia de inmigrantes que lleva su nombre en honor del cacique guaraní que Juan de Garay no pudo dominar. Oberá significa brillante, luminoso.

La mezcla racial siguió creciendo: llegó gente de otras nacionalidades europeas, además de japoneses, árabes, brasileños y paraguayos. A partir de los años cuarenta, la ciudad tuvo un aporte de profesionales, docentes y empleados públicos provincianos. Siempre el agro fue el sustento, pero llegó la universidad propia, con carreras que permitieron la inmediata inserción laboral de los egresados.

Los incansables ucranios encontraron aquí un sitio donde desarrollar su antigua cultura en libertad, después de tanta lucha y sufrimiento. Y no son pocos los nombres relevantes de esta región que tienen origen ucranio. Entre ellos, la secretaria de Turismo de Oberá, Sara Serdiuk de Zechinni; los Hreniuk, propietarios de la famosa empresa yerbatera Rosamonte; los Spasiuk, dueños de agencias automovilísticas; el ingeniero Jorge Iwanyk, presidente de la Representación Central de Colectividades Ucranianas; Román Nazaryk, prestigioso empresario; Margarita Spasiuk de Polutranka, directora de una exitosa orquesta de banduras, intrumento típico ucranio pariente de la mandolina, el arpa y el laúd, y el célebre Chango Spasiuk, joven acordeonista y promotor del chamamé moderno.

Cada apellido significa algo en nuestro idioma, y a veces la traducción de algunos puede sonar graciosa a nuestros oídos. Spasiuk significa el que adora la fiesta de Cristo Salvador , una celebración que se realiza en la ciudad de Spas, en Ucrania, a fines de agosto, para festejar la maduración de los frutos de la temporada. El padre Kovalyk es el hijo del herrero , el doctor Wasylyk, el hijo de Basilio ; doña María Lytvyin -que gentilmente nos cedió las históricas fotos que recogen la llegada de los primeros inmigrantes a la Argentina- es la lituana . El destacado neurocirujano Pedro Lylyk podría verse en problemas si sus pacientes se enteraran de que en su idioma natal Lylyk significa murciélago, y el mismo cronista que firma esta nota jamás podría alegar una herencia de sangre azul si se supiera que su apellido quiere decir hijo del vidriero .

Para recordar la masiva llegada al paraíso perdido, desde 1980 se celebra anualmente en Oberá la Fiesta Nacional del Inmigrante, que este año tuvo su nueva edición entre el 5 y el 13 de septiembre.

La fiesta es un verdadero espectáculo de los sentidos en el que toda la población y los visitantes se reúnen para pasar días de música y jolgorio. Comienza con la elección de la Reina del Inmigrante, seleccionada entre las representantes de cada una de la comunidades, y sigue con un acto de homenaje a los viejos extranjeros que llegaron hace más de 50 años con la presencia de las más altas autoridades locales y provinciales. A continuación, la ciudad se engalana con un espectacular desfile de carrozas y caballos decorados a lo largo de la calle principal de Oberá, con trajes típicos y orquestas tradicionales que tocan la música de cada país de origen.

Hasta el año último, la fiesta se realizaba en el Campo Deportivo de Oberá, donde cada comunidad ofrecía sus danzas y comidas típicas desde la mañana hasta la noche. A partir de 1997, la fiesta tuvo más relieve, puesto que se inauguró el Parque de las Naciones, que se comenzó a construir en 1985. Entre bosques y colinas, se han levantado réplicas de las casas representativas de cada comunidad: la de Japón es una pagoda, la árabe parece una mezquita y el Pabellón Ucraniano reproduce las geométricas guardas de este país.

De la policromática racialidad misionera, el factor ucranio es siempre el más destacado. Son ellos los que presentan los bailes más movidos y los trajes más coloridos de la fiesta: largas polleras rojas bordadas y tocados de flores y cintas para ellas, mientras ellos lucen altos sombreros de piel, camisas bordadas y pantalones amplios, con botas que completan estilos cosacos con largas cimitarras.

Ucrania muchas veces se confunde con Rusia, pero es un país que dedicó siglos a distinguirse de la Rusia zarista y también de la Rusia comunista.

Ni el gobierno del zar ni el comunismo pudieron diluir sus arraigadas individualidades y su intenso sentimiento de identidad con una tierra de amplísima cultura y ferviente catolicismo.

Los ucranianos -o ucranios, como ellos prefieren- lucharon durante siglos para mantener su independencia cultural y política de Rusia, y por ello mismo fueron crudamente atacados y perseguidos.

Desde tiempos del Imperio Romano, sus costas alojaron importantes puertos, tanto sobre el Mar Negro, al Sur, como sobre el Mar Caspio, al norte. Su proximidad con Europa hizo que muchos ucranios habitaran en Polonia, Hungría y Checoslovaquia, instalándose más allá de los límites geográficos. Esta fue la etapa de la migración política, que se extendió desde el siglo XVI hasta el XX. Por el 1600, los tártaros del Imperio Otomano secuestraban a los cristianos para venderlos como esclavos en la península de Crimea, convertida en paraíso turístico de los comunistas rusos en nuestro siglo. Obviamente, convenía emigrar de la región. En 1709, emigró hacia toda Europa una considerable cantidad de ucranios. En 1775, se produjo otra emigración, y fueron perseguidos por los rusos hasta el delta del Danubio, donde los descendientes permanecen aún.

A comienzos del siglo XIX, los nuevos países, como Canadá, los Estados Unidos y la Argentina, necesitaron poblar sus tierras por motivos estratégicos. Los agentes ucranios hicieron pingües ganancias, ya que los respectivos gobiernos les pagaban cinco dólares por cada jefe de familia y un dólar por cada uno de los componentes que la conformaran y que emigrara hacia América. El gobierno ucranio desaconsejó fuertemente la migración y se encargó de narrar relatos de horror acerca de funestas experiencias de familias instaladas en América, en general, y en Brasil, en particular. Pero la tentación de acabar con la persecución rusa y de contar con una tierra propia que podría ser pagada en cómodas cuotas pudo más que la propaganda. Las cartas que iban llegando de los familiares exiliados y emigrados contaban otra historia: promesas de un futuro en que lo sembrado se podía cosechar, tanto en sentido figurado como literal, y donde las generaciones futuras podrían al fin conocer la paz y el respeto.

La derrota del gobierno ucranio después de la Primera Guerra Mundial reforzó el éxodo, que terminó con medio millón de ucranios huyendo del país. Unas 350.000 personas viajaron a los Estados Unidos, otras 100.000 a Canadá, a la provincia de Manitoba y las ciudades de Edmonton y Toronto, y unas 50.000 a la Argentina y Brasil.

En Brasil, los ucranios se instalaron de a millares en Curitiba, donde se formó la Pequeña Ucrania, que aún hoy conserva sus tradiciones en organizaciones de descendientes de aquellos pioneros.

En la Argentina, el primer grupo de ucranios se instaló en Misiones. Este destino no fue caprichoso, sino planificado por el gobernador misionero Juan José Lanusse, en tiempos en que las zonas de frontera de Misiones habían sido compradas por algunas familias al gobierno de Corrientes. El gobernador tenía un juez de paz amigo y de confianza, el doctor Carlos Lenziza, con quien podía contar para que el recibimiento de los inmigrantes ucranianos se hiciera como el gobernador disponía.

La idea del gobernador era poblar con un pueblo fuerte y luchador como el ucranio la zona de frontera, para con ellos justificar el derecho a que Misiones fuera una gobernación independiente. En ese entonces, los campos misioneros eran asolados con frecuencia por bandoleros correntinos, brasileños, gauchos cimarrones, ladrones de ganado y malvivientes que se apropiaban de las tierras a la fuerza. Lanusse contaba con un comisario y sólo cien policías para contener la caótica situación. Solamente con familias capaces de trabajar y alambrar la tierra Misiones lograría cierto marco de seguridad y la autonomía territorial, además de enriquecerse como provincia.

Un prestigioso sastre ucranio que vivía en La Plata, Miguel Shelagovsky, fue convocado por el gobernador Lanusse para ejercer el cargo de consejero en el Ministerio de Inmigración. En enero de 1897, llegó un grupo de 200 ucranios. Les habían asignado una estancia en 9 de Julio, provincia de Buenos Aires, pero el grupo no la aceptó por ser tierras caras y que cargaban con una hipoteca. El 1º de julio de 1897 llegó al puerto de Buenos Aires el vapor Antoñina, cargado con 14 familias integradas por 69 personas. Diez familias eran ucranias y cuatro polacas. Llegaban con sus muebles, sus semillas y sus arados.

Lanusse le confirmó a Shelagovsky que tenían tierras para ellos en Misiones. Se embarcaron en el puerto de Buenos Aires en un viaje de una semana hasta Posadas y de ahí los llevaron en carretones del Ejército al interior de la provincia durante otra semana de viaje. Ellos dieron nacimiento a la ciudad de Apóstoles, en Misiones, bajando el monte a puro machetazo. Hoy, una hectárea en la ciudad de Oberá cuesta 250.000 pesos y con suerte se consiguen a 18.000, pero a más de cinco kilómetros del centro.

"El 27 de agosto de 1897, hace cien años, este grupo llegó a la antigua Reducción Jesuita de San Pedro y San Pablo Apóstoles, donde se les dieron dos lotes por familia, cada uno de 25 hectáreas, a pagar durante diez años a un valor de un peso por mes", comenta el doctor Wasylyk.

Los comienzos para los inmigrantes ucranios no fueron fáciles: los campos estaban repletos de inmensos termiteros que atacaban los sembrados, como los que aún hoy se pueden ver en los campos correntinos. Los ucranios tuvieron que instalarse en carpas que les facilitó el gobierno y refugios hechos con ramas. Más trabajo les costó preparar los campos con plaguicidas e insecticidas que el gobernador Lanusse les vendió a pagar en cuotas. La intensa fe cristiana del pueblo ucraniano organizó la construcción de una iglesia en cada asentamiento.

Y se llegó así a la curiosa situación de que en las colonias ucranias había tantas iglesias que no alcanzaban los sacerdotes. De modo que los curas se pasaban la vida viajando de pueblo en pueblo para conformar a sus feligreses. El gobierno les exigía a los ucranianos que alambraran las tierras y civilizaran el entorno, so pena de sacarles las tierras si no las veían mejoradas en cierto plazo.

"Una segunda inmigración, en 1901, trajo grupos ucranios de 1600 personas que se instalaron en las localidades misioneras de Azara, San José y Tres Capones. En 1914, otros 10.000 ucranios se instalaron en la provincia de Buenos Aires, poblando principalmente las zonas de Berisso -allí, en el frigorífico Swift, se empleaban al llegar-, en Dock Sud, Villa Caraza, Avellaneda, San Martín, Villa Adelina y Valentín Alsina. En realidad, se los encuentra por todas partes. Basta hablar con una persona para descubrirle abuelos ucranios", exagera el ingeniero Jorge Iwanik, presidente de la Representación Central de la Colectividad Ucrania.

La Segunda Guerra Mundial fue una pesadilla plagada de atrocidades para los ucranios, que fueron perseguidos por los rusos e invadidos por los alemanes. En 1932, Stalin, cansado de pelear contra las guerrillas separatistas ucranias y con el pretexto de realizar un proceso de industrialización, vendió las tierras de los ucranios para pagar con ese dinero una fábrica Ford de tanques y armas de guerra. Siete millones de ucranios murieron de hambre. La invasión nazi se encontró a su vez con una cantidad enorme de prisioneros de guerra que no tenía ni dónde alojar. Los campos de concentración eran simples perímetros marcados con cal en la tierra donde juntaban muchedumbres al aire libre, a las que apuntaban con armas esperando que murieran de hambre.

En los campos de refugiados sobrevivieron solamente 150.000 ucranios. De ellos, 20.000 emigraron a Gran Bretaña, 30.000 a Australia y 6000 a la Argentina. El resto volvió a Ucrania, donde sufrió el régimen stalinista, que les prohibió practicar la fe católica y hablar su idioma.

Actualmente hay en la Argentina 300.000 ucranios diseminados por todo el país, entre hijos y descendientes. La mitad de ellos vive en Buenos Aires y unas 700 familias, en Oberá, aquel primer destino misionero de un siglo atrás que sembraron con vida y trabajo, devolviendo con creces las bendiciones recibidas. .

Texto y fotos: Fernando Skliarevsky
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