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Televisión

Maricarmen
Canela
Annamaría
Aquellas chicas de Mucho Gusto

Revista

Fue el programa femenino por excelencia, copiado después hasta el hartazgo. Sus tres conductoras, grandes ídolos populares de su tiempo, lo recuerdan hoy, casi dos décadas después del final

Años 60... ¡Bellos e inolvidables años 60! Una cultura renovada y enriquecida que otorga un espacio vital a la mujer. En los ámbitos donde se afianza la generación más joven, se escuchan reflexiones sobre derechos que igualen los esfuerzos. Se busca un nuevo modelo de pareja, aceptando (de a poco) que los hombres pueden lavar platos y cambiar pañales. La mujer quiere escuchar y ser escuchada.

¡Pobre doña Rosa de aquellos años...! De golpe, tuvo que aprender todo y de todo para no quedar fuera del sistema. Que no era malo ir a la peluquería. Que había otras comidas, además del estofado, las milanesas y el matambre. Que una cachetada a tiempo era una irremediable agresión y que hablar de sexo ya no era tema sólo de hombres...

Deslumbrante década con una televisión que se adueña de las palabras y los silencios, arranca lágrimas, trastroca los horarios, paraliza las tareas, acuña sueños, congrega y disgrega a la familia...

Ganan espacios los teleteatros, el fútbol, los noticieros y los musicales. El 1º de octubre de 1960, Canal 13 estrena su imagen y tres días después don Pedro Muchnik pone en las pantallas Buenas tardes, mucho gusto.

-Yo quiero las primeras horas de la tarde -diría a los directivos cubanos del canal-. Esas a las que nadie apuesta.

Y así nació un espacio que tuvo raíces y razones sustentadas en un modelo de vida que los hermanos Muchnik eligieron como propios. Primero la familia y, en ella, la cultura. Don Jacobo, responsable de Fabril Editora; don Herminio, director-editor de la revista Mucho Gusto y sus libros, y don Pedro, director de Teleprogramas Argentinos. Detrás, la creatividad de Blanca Cotta.

Así nació BTMG (ésas eran sus siglas) y con él, una generación de especialistas presentados por inolvidables conductoras. Con el éxito, llegaron muchos Martín Fierro y copias indefinidas de un producto que fue modelo para el resto de los espacios femeninos y de servicio. Hasta llegó a cambiar la rutina hogareña: había que apurarse a lavar los platos para no perderse uno solo de los programas... o lavarlos entre las tandas publicitarias...

Tres brillantes conductoras -Maricarmen, Annamaría y Canela- aportaron sus estilos a una pantalla que respaldaba una comunicación franca, directa y sencilla. No fueron las únicas, pero sus públicos aún las recuerdan con cariño y admiración. La Revista las reunió para rescatar historias. Espléndidas, inteligentes y maduras, escucharlas fue recobrar el camino que recorrieron.

Maricarmen nació en Intendente Alvear y en 1957 llegó a la gran ciudad buscando un futuro. Lo encontró en el periodismo y en la televisión. En 1963, en pleno éxito, partió hacia España para casarse. Su actual regreso la muestra desbordante de felicidad ante el reencuentro con una de sus hijas, abogada y licenciada en marketing, que hace un tiempo vive en Buenos Aires representando a una importante firma española.

Maricarmen está igual. Enormes ojos negros, una sonrisa que ilumina el rostro y ese estilo alegre y chispeante de su juventud. Me une a ella una profunda amistad desde aquellos tiempos en que estudiábamos periodismo y trabajábamos en la revista Mucho Gusto. También coincidimos en los nombres de nuestras hijas: Laura.

-En septiembre de 1963 dejé el programa para casarme. Después de la boda, partimos hacia un viaje larguísimo y a nuestro regreso la realidad me llevó a aceptar que para mi esposo se iniciaban tiempos de viajar por todas partes del mundo. Me quedé como a la intemperie y me inscribí en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe para iniciar un curso para extranjeros sobre arte y cultura de España, que fue maravilloso. Por mi experiencia laboral, siempre con mujeres, pude valorar el esfuerzo de aquellas que comenzaban a despegar de una España en cambio. Por aquellos años lo que más me impresionó fue ver a las mujeres sin decisiones propias. Entre otras limitaciones, no podían sacar el carnet de conducir sin autorización del marido.

Cuando nació mi primera hija, a mi esposo lo trasladaron a San Sebastián, una pequeña ciudad a la que me costó mucho acostumbrarme. Me faltaba el trajín de Buenos Aires o la vida activa de Madrid. Me dediqué a criar a Laura y poco después a Pablo, y en 1966 regresé por unos meses, donde hice Mujeres Siglo XX. No fue una buena experiencia porque me la pasé haciendo y deshaciendo valijas, con hijos chiquitos y un nuevo traslado, esta vez a Perú. Allí permanecimos un año y regresamos en forma definitiva a San Sebastián, donde nació Marta, mi última hija. Retomé el periodismo y me dediqué plenamente al hogar, hasta que los chicos fueron mayores.

Ingresé en un voluntariado para capacitar a mujeres adultas. Era un plan de alfabetización barrial organizado por las parroquias. Después, me convocaron para organizar el área cultural de una fundación que ofrecía encuentros con personalidades de diferentes disciplinas. Se hablaba sobre la historia del País Vasco, de las casas de campo. Fue fantástico. Ese vivir en una región pequeña, alejada del ruido me enriqueció en muchos aspectos.

-¿Qué rescatarías de aquellos años 60?

-Mis hijos chiquititos y las escapadas que hacíamos con mi esposo cuando, al regreso de sus viajes, dejábamos a los niños y nos íbamos a conocer un poco más de Europa. También los sueños. Sueño muchas veces con el programa. Sueño aquello que dejé y que me gustaba tanto, y lo retomo cuando pongo en práctica todo lo que aprendí. La pizza en sartén de Blanca Cotta, las recetas de tus libros.

-¿Cómo son tus días?

-En casa cocino yo y se sirven dos platos. Siempre el final es con postre de leche. Los lunes enseño literatura a la medida de esas mujeres que concurren a los cursos de alfabetización. Hay muchísimas obreras de una fábrica de neumáticos, manicuras, telefonistas. Dos alumnas que escribieron sobre la nostalgia de sus tierras recibieron premios. Los martes soy coordinadora de cultura. Trabajo mucho en la investigación de los temas.

Recapacita buscando esas palabras sencillas, salidas del corazón, con las que siempre enfrentó su vida y dice: "Todas hemos tenido en nuestras vidas luces y sombras. A la hora del balance, agradezco a Dios porque me dio más luces que sombras. Soy feliz y estoy en paz, viendo la vejez de frente, con mucha serenidad. Una vez le pregunté a mi nieta mayor si me cuidaría cuando fuera viejita. Me contestó: ¡Uy, me parece que voy a estar tan ocupada...! "A partir de ahora, volveré más seguido a mi país, a mis afectos intactos, a mi familia, a nuestros recuerdos, a La Pampa. Rezo todos los días y agradezco a esas mujeres que un día me hicieron un lugar."

Cuando Maricarmen dejó el programa, la conducción quedó durante un tiempo a cargo de Elsa San Martín. Sin embargo, Pedro Muchnik seguía buscando un nuevo rostro, sin saber que lo tenía en su propia casa.

-Todo fue una casualidad a la que en un principio me resistí -dice Annamaría-. Tenía 17 años recién cumplidos. Por la tarde concurría a la Facultad de Filosofía y por la noche estudiaba teatro. Un viernes regreso de mis actividades y Juan Palli, hombre del Canal 13, está cenando con mis padres. Me desafía a conducir un programa infantil. Acepto el reto y trabajo en Juguemos en el 13. En octubre de 1964, con algunas dudas, acepto conducir BTMG. Fue un esfuerzo increíble y una tremenda responsabilidad para mis años... Aún recuerdo a mi madre corriendo detrás de mí, levantando la ropa que arrastraba con perchas y zapatos. Era como un sueño, no una elección, y no lo cuestioné. Todo estaba bien. Venía de una familia muy hogareña, el programa era una prolongación del estilo de vida que llevaban mis padres. Trabajé de 1964 a 1967, y a los 20 años me fui a Europa. El justificativo era estudiar teatro. Después comprendí que había otro: ser más independiente, más autónoma...

Annamaría también recuerda que dar ese paso fue una liberación. Buscaba "ser ella" y no la hija de don Pedro. Vivió en Londres, saltó a París, estudió teatro con la facilidad de dominar el idioma de Racine y pudo vivir de sus ahorros. De allí a España, donde conoció a su primer esposo.

-Me casé y nació mi primer hijo. En 1972, volví a la Argentina ya como esposa-mamá-ama de casa, e hice algunas temporadas de teatro en el San Martín, en el Payró, y al año siguiente regresé a la televisión con un programa que se llamaba De padres e hijos, con Mario Mactas. Fue algo nuevo, que marcó una apertura en temas de la sexualidad y el psicoanálisis. Retomé BTMG, pero debo confesar que esa imagen hogareña que admiré en mis padres no fue un modelo que quise repetir del mismo modo en mi vida personal. Siempre me ocupé de mi casa, pero de otro modo. Cocino medianamente bien, ingreso en ese espacio acorde con mis necesidades, pero mi energía siempre estuvo en lo laboral.

El presente está con su hija Florencia, que trabaja y estudia. A la distancia, en España, con su hijo Sebastián, que se casó y le dio un nieto. "Lo que más lamento es que me pierdo de mimar a Leonardo... Pero así es la vida."

El 31 de marzo de 1982, ya en Canal 9, BTMG se despide de la televisión argentina por decisión de un coronel del Proceso que anula las coproducciones y cierra un espacio de 22 años ininterrumpidos.

-¿Qué significaron para vos esas mujeres que tejían al crochet mientras vos mirabas lo femenino desde otro ángulo?

-Aprendí mucho de ellas y me sirvió para mis experiencias hogareñas. Pero evidentemente había cosas que no había asimilado, como el cocinar arroz donde el doble de la medida era para el agua y yo se lo di al cereal. Estaba en París, y cuando me di cuenta de que era imposible despegar la comida, tiré la cacerola. De esas tengo varias...

En la actualidad, Annamaría Muchnik es directora de Prensa y Relaciones Públicas de la Editorial Sudamericana. Señala que trabajar en este medio es como regresar a las fuentes, a un lenguaje que le es familiar, a olores que perciben quienes vivieron entre libros y papeles.

Desde hace 32 años es Gigliola Zecchin de Duhalde, pero todos la conocen como Canela. Al cierre de la nota había ganado el Martín Fierro (uno de los tantos) como conductora femenina en cable. Está tejiendo batitas porque la harán abuela. La miro y no puedo creer que la mujer que está frente a mí y que desde lejos protege la panza de su hija, que está en Francia, como lo hacen las madrazas-gallina ("no hagas esfuerzo", "mandá todo por correo", "cuidate", "comé sanito") es la misma que conocí cuando su hija Constanza estaba en la suya.

Llegaba, recién casada, de la ciudad de Córdoba en la que durante 4 años condujo en vivo el primer programa del Canal de la Universidad, con pocos recursos y gente capaz.

Cuando llegué a Buenos Aires -dice-, parecía una pajuerana, extrañada por todo.

"Nací en Italia, en plena guerra. Me eduqué en la cultura del esfuerzo y la austeridad con el recuerdo de una madre que a pesar de sus 11 embarazos (yo soy la menor) nunca había dejado de trabajar. A los 10 años llegué al país. Vivimos 2 años en Mar del Plata y luego en Córdoba, donde estudié Letras. Allí hice televisión, me casé en 1967, enseguida quedé embarazada y bajamos a Buenos Aires. Al mes de trabajar en un programa infantil para el que fui seleccionada, me descubre don Pedro y me ofrece la conducción de BTMG. Fue un tiempo maravilloso junto a gente muy valiosa. Trabajé con Blanca Cotta, la señora Cecilia Muchnik, la doctora Lyda Bianchi, el doctor Florencio Escardó, el doctor Cormillot... Te confieso que yo no había visto el programa porque no teníamos televisor. Por aquellos años, una se casaba con lo mínimo: la cama, el colchón, una mesa..."

-¿Cómo te insertaste en un programa hogareño viniendo de la televisión cultural?

-En un principio viví una mezcla peculiar de incertidumbre y seguridad. Lo primero porque me pareció que lo hacía mal, muy insegura todavía con el idioma, no conocía el nombre de las calles, embarazada, recién casada, muy frágil en mi vida privada junto a un hombre que estaba aprendiendo a conocer porque había estado de novia por correspondencia y lo había visto poco. De pronto, ingreso en el programa, totalmente deslumbrada. Me pareció que todo me lo enseñaban a mí: cocina, manualidades, la apertura de la psicología. Reconozco que para don Pedro fue un desafío tomar una conductora embarazada por aquellos años, en que había mucho recato. Fue una revolución porque yo hablaba de mi embarazo, de lo que sentía. Me gustaba todo porque todo era verdad. Hacía manualidades con las especialistas, aprendí cocina y más de una vez salí un poco mareada porque, como me bajaba la presión, Manolete me preparaba unos cócteles deliciosos y yo salía un poco alegre...

También me acuerdo que por esos años se usaban unas horribles pestañas postizas que se me despegaban y a cada rato salía de cámara para que me las arreglaran... Todo era muy divertido.

Después de Constanza, Canela regresa prematuramente al programa en tiempos en que se aconsejaba que una mamá estuviera bien cerca del bebe. "Tardé en recomponerme; a los seis meses quedo nuevamente embarazada y hago el programa con una hija sentada a caballito sobre mi panza y otra adentro. Para don Pedro fue un shock y para mí un gran esfuerzo. Cuando nació Aldana me dijeron que no seguía más. Comprendo que no podía estar todo lo fresca y conectada que se necesitaba, pero para mí era natural trabajar, atender hijos, la casa y un marido, como lo había hecho mi madre. Mi esposo fue mi gran apoyo y nunca me acosó por las horas que estaba fuera de casa."

-¿Qué te dejó el programa?

-Mucho, mucho, pero creo que lo más importante fue lo del doctor Escardó y su vínculo con la psicología. También aprendí que atender la casa se parece a un juego. Un juego de ingenio, de memoria, de conocimiento.

-¿Qué paralelismo establecés entre la educación que te brindó tu madre y la que vos aplicaste con tus hijos?

-En mi casa se practicó siempre la solidaridad. Ahora hay un mandato social, económico y de consumo con mensajes que nos confunden, pero puedo decir que mis cuatro hijos, Constanza, Aldana, Oliverio y Juan Manuel, son solidarios entre ellos y con sus amigos. También tienen un padrazo con una capacidad enorme de proyectar cosas lindas y realizarlas.

Canela es un ser querible. Está en Radio Nacional, en televisión por cable y desde hace 12 años es directora del Departamento de Literatura para Chicos y Jóvenes de Editorial Sudamericana. También escribió libros.

-No me aferro a nostalgias de otros tiempos. Soy de las que dicen que este tiempo es nuestro y hay que vivirlo plenamente. Con compromiso.

Blanca Cotta, la gran maestra

En 1953, ingresó en la revista Mucho Gusto como secretaria de Redacción. En 1959, Pedro Muchnik la convoca para armar un programa que refleje la revista, como servicio para las amas de casa. "Al principio fue de media hora y su conductora era Gloria Raines. Maricarmen hacía incursiones de 5 minutos, con sus famosos moñitos. Finalizando el año, me sugiere que me tome vacaciones porque a partir de marzo, BTMG sería un programa de una hora y media. Date cuenta de que no hubo vacaciones y que comencé a entrevistar gente para llenar los espacios. Fueron tiempos de grandes éxitos.

"Maricarmen fue una conductora integral y a pesar de sus furcios, que todos festejamos, emergió como una profesional espontánea, natural, llena de gracia. Aún la recuerdan. Annamaría se esforzó muchísimo. Era muy joven, llena de miedos y con la enorme responsabilidad de enfrentar esas cámaras que por cierto intimidaban. No fue fácil para ella por la edad, el trabajo y porque era la hija de don Pedro. Pero lo hizo bien, hasta que un día decidió volar. A Canela la recuerdo llegando con su madre, una mujer muy menuda, vestida toda de negro, a la usanza de las campesinas italianas, acompañando tímidamente a su hija que debutaba como conductora en la gran ciudad. Canela era una joven muy creativa. Con ella hicimos discos infantiles y unas canciones enseñando las reglas de ortografía, que no sé por dónde andarán. BTMG fue una escuela para todos, un programa que me gustó hacer porque se creía en las cosas que se enseñaban." Blanca dejó el programa en 1968. Siguió un camino brillante reconocido por un público que la eligió. Los colegas la recordamos con amor, algo que ella supo sembrar y que hoy recoge en amigos, lectores y una familia feliz, consolidada en un esposo que la ama y la protege, en hijos, nietos y bisnietos. Blanca es joven, muy joven. Siempre lo será y para que no se le escapen las ideas, proyectos y sueños, los anota y los guarda en jaulas -jaulas de verdad, modestas jaulas para pajaritos-, donde los va a buscar, poniéndolas a resguardo de su desordenado escritorio... .

Texto: Miriam Becker Fotos: Daniel Pessah
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