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El cambio, la adaptación a las nuevas tecnologías, es una constante de todos los días en el diario fundado por Mitre
Por Marina Gambier | LA NACION
S abrá usted que voy a hacerme impresor para resolver el difícil problema de la vida", anunció Bartolomé Mitre en una carta a su amigo el general Wenceslao Paunero, cuando junto con nueve amigos y unos 800.000 pesos como único capital decidió poner proa al sueño del diario propio. Sueño que finalmente soltó amarras el 4 de enero de 1870 en la planta baja del antiguo edificio de la calle San Martín 124, con el nombre La Nacion y un formato tipo sábana impreso gracias a los oficios de dos joyitas de la tecnología: la Stanhope, prensa de vapor alimentada con carbón de piedra, y el componedor marca Franklin, dos modernidades para la época.
Las máquinas dieron a luz una impecable primera edición de mil ejemplares y, junto con los dineros obtenidos del remate público del juego de comedor y otros objetos personales, el fundador pudo concretar la mudanza del taller, oficinas administrativas y redacción a su domicilio particular, una cuadra arriba por la misma calle, donde La Nación funcionaría durante los siguientes quince años.
Entonces no estaba muy aceitado el sistema de telégrafos ni existían las suficientes redes ferroviarias como para establecer una comunicación fluida con el resto del país, lo que convertiría en titánicos los intentos periodísticos por abastecer las dos páginas de noticias (más las dos de avisos comerciales, que fueron aumentando de manera sostenida). Los cronistas debían hacer malabares para estar al tanto de los hechos, y servirse de vecinos que acercaban espontáneamente las novedades locales a la redacción.
En ese contexto, la primicia no tendría carácter de tal hasta bien entrado el siglo XX, aunque vale recordar los tempranos intentos de La Nacion por alcanzarles, aunque un mes tarde, el mundo a sus lectores: en 1873, contrata a un encargado de reunir información desde Lisboa y enviarla al puerto de Buenos Aires en maletas o malas repletas de recortes de diarios procedentes de Inglaterra, Francia y Alemania. Esas últimas aparecían en sucesivas entregas tituladas La mala inglesa, La mala francesa y La mala alemana. Ese afán por estar en órbita sentó precedente y, en 1877, el diario concretaba esas aspiraciones suscribiéndose a los servicios de Havas, la primera agencia europea de noticias.
Con la misma intensidad se pondría en marcha la expansión en el interior y, de la mano de dos exitosos administradores, José María Buyo y Emilio Mitre, convencidos de que el país no terminaba en los límites de la ciudad, se abrieron agencias informativas en varios pueblos de la provincia de Buenos Aires. La red se completó, en 1880, al inaugurarse las primeras corresponsalías en el extranjero, una en París a cargo de Emilio Castelar y otra en Washington, dirigida por el gran poeta cubano José Martí.
"El establecimiento de la empresa ha enriquecido su departamento de obras con todo género de materiales y útiles de imprenta, en una variedad y profusión que lo colocan en la primera línea entre los existentes, habiendo adquirido sus tipos, máquinas, papeles, tintas, directamente en las mejores fábricas de Europa y los Estados Unidos", rezaba el aviso del 17 de enero de 1880. Efectivamente. La tecnología jubiló a la vieja maquinaria, sustituida en 1885 por la primera rotativa adquirida en la casa Marinoni de París, un chiche capaz de imprimir 8000 ejemplares por hora, cifra significativa en relación a los 2400 tirados por las anteriores.
A l despertar la centuria, la población ya había integrado a su vida cotidiana inventos imprescindibles como el teléfono y el telégrafo, el ferrocarril y los vapores, notables impulsores de la comunicación entre los cinco continentes. La Nacion se coloca a la altura de las circunstancias con una invención propia: las máquinas impresoras dobles, superadas luego vertiginosamente en la carrera por simplificar la fastidiosa tarea manual.
En 1901, llegan al puerto las linotipias, responsables de la abolición del viejo sistema tipográfico de composición manual, consistente en parar los tipos y, valiéndose del componedor, hacer línea por línea hasta llenar la superficie de páginas muy grandes. Ese procedimiento continuaba en manos del cajista encargado de desarmar luego la bendita composición para distribuir letra por letra y signo por signo en cajas de madera. Cinco años más tarde, los nuevos equipos permitieron lanzar cerca de 22.000 ediciones de hasta 18 páginas.
Ampliados los servicios informativos del exterior por los abundantes despachos telegráficos, se multiplicaron las agencias en el todavía inhóspito territorio nacional. Ese compromiso se reforzó ante la necesidad de asegurar la cobertura internacional de la Primera Guerra Mundial, incorporando, durante el conflicto, al circuito informativo del grupo Asociates Press y otras agencias ya prestigiosas del medio.
El fin del conflicto bélico animó el debut de la fotografía color sepia. En 1919, con objeto de obtener una instantánea exclusiva de la histórica firma del Tratado de Versalles, se organizó una tropa de mensajeros que actuó contra reloj: el representante general de La Nacion en Europa ordenó que se tomaran unas fotos del acto, que inmediatamente fueron trasladadas a París en auto. Allí se revelaron las placas y se realizaron las copias correspondientes, que viajaron por ferrocarril a Madrid y, de ahí, en motocicleta al puerto de Cádiz, donde finalmente se embarcaron en el transatlántico Reina Victoria Eugenia. Con tanta mala suerte que el buque debió atracar en Montevideo por problemas de calado, obligando al aviador Alberto Locatelli a cruzar a la otra orilla en pos del ansiado material, finalmente editado a los 21 días de producido el hecho.
En 1920, el mecanismo de impresión se perfecciona con siete máquinas marca Goss de cinco pisos cada una; en 1925, se adopta el huecograbado para las ediciones dominicales y, en 1931, este adelanto posibilita la inauguración de un taller con ocho equipos de galvanoplastia oriundos de la casa W. Canning & Co. Ltda, de Birmingham y siete rotativas de la R. Hoe Limited, construidas especialmente en Londres.
L as inquietudes mundanas del lector alentaron más cambios: aumentó el número de páginas en la edición diaria, se agilizó el estilo periodístico y la presentación formal, se enviaron corresponsales permanentes y temporarios al extranjero, se inauguraron secciones especializadas destinadas a comentar semanalmente las actividades económicas, políticas, el turf, deportivas, entre otras.
La modernidad suponía un edificio a la medida de las innovaciones tecnológicas. En enero de 1969 se estrenó la actual planta de la calle Bouchard, domicilio donde terminarían instalándose la Redacción y las oficinas administrativas. Para celebrar la mudanza llegaron nueve rotativas Goss Mark, expertas en lanzar 180.000 ejemplares por hora. Estas criaturas ciclópeas, agrupadas en tres equipos de tres unidades con una dobladora cada uno, escupían 60 mil diarios de 24 páginas por hora. La fundición de planchas de estereotipia se efectuaba por medio de dos máquinas Wood Supermatic Autoplate capaces de entregar siete planchas por minuto, y a esto se suman dos hornos para fundir metal nuevo y otro de características únicas en el país, ya que permitía aprovechar el metal de las planchas usadas que salían con resabios de tinta. Al salir de las dobladoras, los ejemplares ascendían y, bien apretujados, subían del tercer subsuelo a la planta baja para ser recibidos por la contadora y apiladora Metro Stack Master, encargada de enviarlos a la atadora de alambre Goss Wallastar.
En 1981, la informática, el software y todo eso que al principio sonaba tan complicado les trastornaron la vida a los incondicionales de la Olivetti, cosa que se agravó en 1985, cuando ingresaron por la puerta grande las famosas PC. Pero cierto es que la cibernética le cambió la cara al taller. La nueva rotativa Goss Metro Offset, una gorda gigante metida en cincuenta cajones con 240 toneladas, apenas si entró por los portones de la avenida Madero: hubo de añadirse una abertura de cuatro metros por 3,5 en la playa de carga para introducir de a poco el armatoste, desde 1985, y responsable de la mejora en la calidad de los medios tonos (fotografías) y los negros plenos.
Y así de rápido, al borde del nuevo milenio, el sueño de Bartolomé Mitre abrió una oficina en el cielo: La Nacion lanzó en 1993 los satélites Anik C1 y Anik C2 como parte integrante de otras seis empresas argentinas reunidas con la denominación Paracomsat SA.
Con la misma consigna de siempre, de que lo único permanente es el cambio, llegó el scanner digital que toma las imágenes directamente del negativo, y también la tapa a color, para lo que ya fue menester cambiar las tipografías Mark II por unidades Headliner Offset.
Sin duda, los pioneros de La Nacion hoy serían eximios navegantes en su página virtual, visitada por más de 20.000 lectores al día. Y seguramente sonreirían satisfechos al ver materializados los proyectos para el diario del nuevo milenio. Pero eso queda para quienes en el futuro escriban otra vez esta misma historia.
Cuando las noticias volaban
La telegrafía alada tiene capítulo propio en la historia de los medios de comunicación. Antes de los cables de agencia y la telegrafía propiamente dicha, los servicios informativos de las palomas eran el recurso más seguro, tanto que la agencia Reuter las utilizó hasta bien entrado el siglo, arguyendo que ellas nunca tenían problemas de tráfico. Pero la primera vez que una paloma voló con una noticia bajo el ala fue en Egipto, cuando hubo una gran suelta para comunicar a los pueblos vecinos la coronación de Ramsés III. Los griegos usaban el mismo medio para informar sobre los ganadores de los Juegos Olímpicos. Durante el apogeo de la civilización árabe se organizó, en Oriente, un servicio público de información alada. La oficina central quedaba en El Cairo, con estaciones en Alejandría, Damieta y Gaza, y si no había problemas meteorológicos, las noticias llegaban hasta Jerusalén, Damasco y Trípoli. Tuvieron un gran desempeño durante el sitio de París en 1870, cuando fueron enviadas 363 palomas en globos y 73 regresaron con los despachos reproducidos fotográficamente. En Europa se organizaron grandes agencias de palomas, como la de Nilo Fabra, en España, inaugurada con un comunicado desde alta mar acerca de la visita del rey Alfonso XII.
El telégrafo las dejó sin trabajo, pero al menos con una buena jubilación: los gobiernos se hicieron cargo de su alimentación y, algunos, hasta de proveerles un buen sepelio, disecadas, y de adorno, como las que descansan en las vitrinas del Museo de Leyden, Holanda. .
