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Salud

Acorralando al cáncer

LA NACION revista

Hernán Cortés Funes y Gustavo Mascotti, oncólogos e investigadores argentinos de renombre en Europa, ponen a la enfermedad en su justo lugar

Por   | LA NACION

Si el cáncer es una enfermedad como cualquier otra, ¿por qué existe ese terror que, según los médicos, es desmesurado?

Dos especialistas argentinos que son eminencias en Europa dan su opinión sobre cómo van las cosas en esta materia. Desde España, Hernán Cortés Funes y, desde Milán, Gustavo Mascotti afirman que el cáncer es curable en el 50% de los casos, y tratable hasta convertirse en una enfermedad crónica en el 42% de los casos restantes.

La clave del éxito está en detectarlo desde el comienzo. Para esto, la prevención es esencial. Se logra con campañas nacionales que incentiven a la población a cuidar su salud y a estar atenta a los primeros síntomas.

Hernán Cortés Funes nació en San Isidro, provincia de Buenos Aires, e, igual que su homónimo, el conquistador español del siglo XVI, tiene espíritu de arrojo y aventura.

Con una vocación definida por la medicina, apenas se recibió en la Universidad de Buenos Aires, en 1966, emigró a Madrid, a los 21 años, con una beca del Instituto de Cultura Hispánica. Allí se casó, tuvo tres hijos y desarrolló una carrera que hoy lo coloca entre los oncólogos más destacados del mundo.

En España, fue fundador de la Sociedad Española de Oncología, de la Sociedad de Investigación del Cáncer y de la Federación de Sociedades Españolas de Oncología, actuando como presidente de todas ellas durante varios años.

En Europa, fue presidente de la European Society of Medical Oncology y de la Federation of European Cancer Societies durante cuatro años.

Realizó en los Estados Unidos el curso de investigador en el Instituto Nacional del Cáncer durante dos años. Al volver a España, le ofrecieron organizar el Servicio de Oncología Médica del Hospital Universitario 12 de Octubre, uno de los institutos más importantes del Sistema Nacional de Salud de España. Desde ese momento hasta la actualidad desarrolló toda su carrera en la investigación clínica del cáncer.

El Centro Alexander Fleming, de la Argentina, envía regularmente a sus residentes para completar su formación con el equipo del 12 de Octubre, en Madrid, durante uno o dos años. "Los becarios argentinos son los mejores. Son gente muy despierta y muy preparada. A nosotros nos han dado unos resultados estupendos", dice Cortés Funes, que se desempeña también como profesor asociado de oncología, de la Universidad de Madrid.

"La oncología es una especialidad muy polifacética y muy dinámica. Todo el tiempo está cambiando. Por ejemplo, el tratamiento que aplicamos este año cambiará mucho al año siguiente. Incluso tratamientos que ni pensamos disponer hoy, al año siguiente ya podremos ofrecerlos a nuestros pacientes. Eso hace que esté permanentemente atraído por lo que científicamente estoy haciendo y aplicando."

-¿Qué diferencia hay entre el mundo latino y el anglosajón en cuanto al conocimiento del paciente sobre diagnóstico del cáncer?

-En el mundo latino no hay gran exigencia por parte del paciente para conocer los diagnósticos de su enfermedad cancerosa. El mundo anglosajón es totalmente diferente. Específicamente, en los Estados Unidos el paciente le exige al médico una información total. Eso lleva a una medicina bastante deshumanizada, porque existe un control sobre la mala praxis médica de una forma desmedida. El paciente puede demandar al médico si no le da una información completa y el tratamiento más adecuado. Entonces, la información que se le da es exhaustiva, muy cruda, muy fría.

-¿Y en el mundo latino?

-Sucede lo contrario. El paciente va a la consulta acompañado por sus familiares, quienes toman la decisión, muchas veces, de ocultarle información. En la Argentina, España, Italia, como no existe el peligro de las demandas, se establece una medicina más humana, pero menos realista. En cáncer no resulta difícil dar una información adecuada que el paciente entienda, sin necesidad de entrar en tecnicismos, ya que sólo quiere saber si la enfermedad que padece tiene tratamiento y va a mejorar.

-Hay terror con respecto a la palabra cáncer...

-Sí, desgraciadamente en nuestro mundo es una enfermedad mal vista porque se conocen solamente aquellos casos de pacientes que han muerto de cáncer. Sin embargo, todos tenemos a nuestro alrededor pacientes con cánceres curados y no lo sabemos porque se han ocupado de ocultarlos. El tener cáncer es como un estigma, en el nivel social, familiar e incluso laboral.

-No está de acuerdo con que se le oculte al paciente lo que tiene.

-Para nada. Si se le oculta la verdad sobre el diagnóstico, queda aislado... -¿Cuál es el porcentaje de personas que se curan?

-Con los medios que tenemos hoy se deberían curar la mitad de los cánceres. A veces no se alcanza esa cifra por fallas en la infraestructura. No se llega a diagnósticos tempranos al no existir adecuada educación de la población, o al no existir programas de diagnóstico precoz, etcétera.

-¿Cómo se maneja la prevención en Europa?

-Todavía el porcentaje de curaciones está entre el 35% y el 40%, cuando podría llegar al 50%, con una adecuada prevención. Ahora hay un programa de la Unión Europea denominado Europa contra el cáncer. El objetivo es mejorar esos índices mediante una adecuada educación de la población.

-¿Qué pasa con el otro 50%?

-Hay un porcentaje pequeño con el cual desgraciadamente no hay nada que hacer. Está entre un 5 y un 8 por ciento de todos los cánceres. Y un 42% que no se cura, sí se puede tratar y transformarlo en enfermedades crónicas. El cáncer es una enfermedad más. Es muy importante el perder ese terror al cáncer. Cuando no se puede curar, eso no implica que no se pueda tratar. Se obtienen importantes prolongaciones de vida con buena calidad. Es como una enfermedad crónica, como la hipertensión, la diabetes, las hepatitis, las insuficiencias renales, cardíacas... Con tratamiento, el paciente puede vivir años, quedar en una situación estabilizada y morir como todo el mundo, de otras causas. Este es quizás el mensaje más importante.

-¿Está en contacto con la Argentina?

-Viajo un mínimo de dos veces al año. Todos los años participo activamente en las actividades de la Asociación Argentina de Oncología Clínica, fundada por Roberto Estévez antes que la propia Asociación Americana de Oncología Clínica. Es un hecho paradójico, pero la oncología médica o clínica nació y se desarrolló en nuestro país al mismo tiempo o incluso antes que en los Estados Unidos y, por supuesto, mucho antes que en Europa.

-¿Qué opina sobre la medicina argentina?

-Es una de las mejores del mundo. La preparación de los médicos es muy completa y se ve claramente en el resultado que alcanzan afuera. Donde más se destacan es en los Estados Unidos, donde existen figuras relevantes en todas las especialidades.

-¿Cuáles son los avances con respecto al cáncer?

-Es una pregunta muy difícil de responder. Son muchísimos. En investigación del cáncer, se va muy de prisa. El cáncer no es una enfermedad única, son muchos procesos con una base común que es la alteración genética de las células. Por eso que uno de los avances más importantes radica en el mejor conocimiento de estas alteraciones. La identificación de los múltiples genes alterados (llamados oncogenes) y que contribuyen al desarrollo del cáncer ha sido uno de los hitos más importantes en la investigación de los últimos años, no sólo por el conocimiento de la enfermedad y su evolución, que nos marca un poco lo que va a pasar con un paciente determinado, sino para su tratamiento. Uno de los tratamientos más importantes en la actualidad es el destinado a interferir la acción de estos genes anómalos mediante las llamadas terapias moleculares del cáncer, que incluyen la terapia génica, el empleo de anticuerpos monoclonales (descubiertos, a propósito, por un argentino, César Milstein, premio Nobel) y los tratamientos que interfieren la acción de sustancias que intervienen en las señales que la célula recibe para crecer. El tratamiento del cáncer actualmente es muy complejo y requiere el empleo de todas las armas de que disponemos, adecuadamente coordinadas.

-Pero los tratamientos son agresivos...

-El tratamiento que tenemos hoy es un poco primitivo, ya que intentamos erradicar la enfermedad mediante su destrucción, ya sea con la cirugía extirpadora de órganos o con la radioterapia o la quimioterapia, que actúa interfiriendo el crecimiento de las células por mecanismos tóxicos. Pero ahora las cosas están cambiando. Tenemos muchos conocimientos nuevos sobre la biología de las células tumorales, que ha llevado al desarrollo de nuevos tratamientos. Así existen, para dar un ejemplo, tratamientos que están destinados a mantener a las células dormidas, es decir, que no crezcan o se reproduzcan. Otros evitan el desarrollo de elementos que alimentan a esas células y por donde se diseminan a otros sitios, que son los vasos sanguíneos (proceso llamado angiogénesis). Son fármacos diferenciadores, antiangiogénicos y antimetastásicos, que ya se encuentran en etapas iniciales de estudio en humanos. Esto tiene un gran futuro.

-¿Qué más ayuda al paciente con cáncer?

-Otros pacientes que hayan tenido cáncer y lo hayan superado, ya sea en forma total o parcial. Yo tengo un grupo de pacientes curados que me ayudan mucho. Un día por año vienen a la sala de espera, hablan con los otros pacientes y les dicen: a mí me trataron, se me cayó el pelo, estuve fatal, pero sólo durante un tiempo. Después eso se acaba y todo vuelve a estar como antes. Esto que le está pasando a usted me ha pasado a mí. Pero aquí estoy, curado, y he recuperado mi pelo.

-¿Qué es lo que se está probando actualmente?

-Son muchos frentes que tenemos en estudio, desde el conocimiento del desarrollo de la enfermedad hasta el descubrimiento de diferentes terapéuticas. Es un campo tan amplio que es imposible seguirlo a diario. Mi intranquilidad es no poder ponerme al día en muchísimos temas que me encantaría conocer y que a lo largo del año no tienes tiempo de cubrirlos. Estamos ante un reto muy grande, pero con una plataforma de soluciones muy amplia. Desgraciadamente, cuando te encuentras con pacientes con los que la enfermedad ha podido, también te decepciona mucho. Pero cuando ves un paciente que sale adelante, te da un empuje tremendo y sabes que eso lo puedes lograr en otros.

Hace ya doce años que el doctor Gustavo Mascotti trabaja como investigador asociado en el Instituto Nacional del Tumor, en Milán, una de las instituciones para el tratamiento del cáncer más prestigiosas del mundo.

Nacido en Santa Fe, comenzó su carrera de medicina en Mendoza, para finalmente recibirse en la Universidad de Córdoba en 1980. Hizo la residencia en la cátedra de ginecología y obstetricia en el Hospital Privado de Córdoba, donde se quedó contratado durante un año como jefe de residentes de Ginecología y Obstetricia, durante la jefatura del doctor Jacobo Morozovsky, del que guarda un recuerdo y un respeto especial.

"Después hubo planes para crear una rama de oncología ginecológica, y para esto me tuve que mover un poco por el mundo", dice Mascotti.

Esta gira incluyó Milán, donde encontró un ancla: se enamoró de su actual mujer y allí se quedó para formar su familia. En Milán tuvo que rendir el llamado examen de Estado, para poder ejercer la medicina en Italia.

En los primeros meses de estada en Italia hizo la subespecialización en oncología ginecológica, en Bari. Después trabajó, ya en Milán, con el profesor Umberto Veronesi y con el profesor Bonadona, en el prestigioso Instituto del Tumori di Milano.

El currículum de Mascotti no se agota aquí. También incluye una recorrida por los mejores centros del mundo en tratamiento de cáncer: Marsella, Houston, Minnesotta, Londres, Oxford, y especializaciones con otros profesionales de primera línea.

Finalmente se puso a trabajar con el profesor De Palo, con el que está actualmente colaborando en el Instituto Nacional del Tumor, en Milán, donde tiene un contrato como investigador asociado, y los rumores en la asociación parecen confirmar que pronto será parte del cuerpo médico estable, lo que supone quedarse a trabajar definitivamente allí.

De vacaciones en Asís, Mascotti se tomó su tiempo para entablar una conversación con La Revista.

-En Italia, ¿el Estado provee los recursos como para poder investigar?

-Este es un problema que en este momento estamos peleando con sangre. Nosotros teníamos una enorme entrada, pero en los últimos años nos fueron cerrando la canilla. Estamos viendo aparecer como un fantasma la falta de recursos económicos. De todas maneras, algunas asociaciones sin fines de lucro son una fuente muy importante. También existen instituciones importantísimas, como la NCA, National Cancer Institute, de los Estados Unidos. -¿Está más difundido el hecho de que el cáncer no es una enfermedad incurable?

-Sí. Uno de los pasos más importantes que se ha cumplido en el ejercicio de esta profesión es que no se ve más al cáncer como una enfermedad incurable, de la que es mejor no hablar. Es bueno que se hable de la enfermedad, porque de cáncer no sólo se muere, sino que también se vive.

-¿Qué dicen las estadísticas?

-Según las estadísticas globales, más del 50% de las personas a las que se les ha identificado un cáncer se va a curar, y algún día, como todos, morirán de otra cosa. Las tres causas de muerte más frecuentes en el mundo son cardiopatías, cáncer y carreteras. Son las tres C. Pero éstas no son en verdad las primeras. La primera es el hambre. Es verdaderamente algo para avergonzarse, desde el punto de vista humano. La segunda causa es la guerra. La tercera, las infecciones.

-¿Qué pasa en la Argentina con este tema?

-Tanto en la Argentina como en Italia, una de las principales causas de muerte es el cáncer, pero es porque no se llega a hacer un diagnóstico precoz. Esta es una enfermedad como cualquier otra, y hay que perder el miedo de hablar de ella. Es como el apendicitis. El que se agarra un cáncer, y bueno... puede curarse.

-¿Es una cuestión de medios, también?

-Ahí ya entramos en un terreno bastante más difícil y peliagudo. Es bueno tener los medios como para tratar la enfermedad de la mejor manera posible. El problema de las terapias es algo que todavía debemos poner a punto.

-Hablemos un poco sobre el diagnóstico precoz.

-Lo conveniente es tratar de analizar las poblaciones mucho antes de que tengan un síntoma, y esto se llama rastrillaje. Este mapeo en la población marca la diferencia, por ejemplo, entre un tratamiento local en el cáncer de mama y hacer la vieja mastectomía. Cuanto antes se sabe del cáncer, menor es el tratamiento. No tenemos que hacer cosas ablativas o mutilantes, sino adecuadas desde el punto de vista oncológico, y desde el punto de vista estético, más que suficientes. Hoy nos enfrentamos con personas que se enferman de cáncer y que van a sobrevivir. Van a tener una vida de relación, una vida humana, una vida afectiva, sexual, política, de todo tipo. Una vida normal. Tenemos que tener el diagnóstico cuando el cáncer es lo más chiquito, lo más embrional. Si no fuera así, no queda otra cosa que las viejas terapias, que se caracterizan por ser tiranas.

-¿Quién debe hacer este rastrillaje entre la población?

-Es una cuestión de salud pública. Debe ser organizado por un grupo de personas que pueda conocer demográficamente cuánta gente hay y cómo individualizarla. Entre las mujeres, por ejemplo, el diagnóstico precoz se hace de una manera muy sencilla, a través de un Pap o una mamografía. Y después, si no llegan a hacérselos después de los 45 o 50 años, hay que mandarles una carta a su casa. Hay que insistir. Hay que mandarles una invitación personal diciéndoles que no va a costar nada. Hay que decirles: Mire que es para su bien. El cáncer de mama es el primero entre las mujeres.

-¿Piensa que la enfermedad podría llegar a ser erradicada en el corto o mediano plazo? ¿Habrá una vacuna?

-Hay gente que está trabajando en este tipo de cosas. El problema es que no creo que podamos hablar nunca del cáncer como enfermedad única, ya que tiene por lo menos 320 variantes. Personalmente no creo que en tiempos muy breves se pueda encontrar una vacuna. Se podrán encontrar algunos tipos de vacunas para algunos tipos de cáncer, pero no para todos.

-¿Cuál es el que más lo preocupa?

-El 75% de las personas que tienen cáncer de pulmón se lo conquistó fumando. Allí se va una cantidad de recursos que sería bueno poder utilizar para otras cosas, si es que la persona que vamos a tratar no fuera fumadora, y no se hubiera enfermado casi adrede. Pero aquí hay que decir otra verdad: en el mundo se han gastado fortunas en prevención y hoy se fuma más que en el pasado.

-¿La contención del paciente es un tema de estudio?

-En el Instituto del Tumor hay un grupo trabajando sobre un tema difícil, que es el de las enfermedades oncológicas familiares. Se está estudiando en este grupo de familias cuáles son las que pudieran tener cromosomas errados, que hacen que el cáncer sea hereditario. A esas personas hay que asistirlas desde el punto de vista psiquiátrico.

-¿Cómo se le dice a una persona que tiene cáncer?

-Yo tuve la fortuna de haber hecho en Córdoba una especialidad muy buena. Después, en Minnesotta, hice un curso específico para este tipo de problemas, y en Milán también, otro sobre cómo hay que presentarlos. Con algunos entrenamientos el tema se puede llegar a manejar muy bien. Después, para cosas muy puntuales, aconsejamos que la persona se atienda con un psicoterapeuta apropiado para este tema.

-¿Los médicos todavía no están familiarizados con este tipo de psicología?

-Diría que lo estamos, y bastante bien. Pero una cosa es la presentación del diagnóstico, y otra, el manejo de la enfermedad a largo plazo. Yo le puedo decir a una persona que tiene cáncer de mil maneras, pero no puedo no decírselo. No le puedo decir: Vamos a dar una fiestita, te vamos a dar unas cosas por vena, vas a vomitar, pero no es nada. No se puede engañar a la gente. Si no lo decimos, perdemos el mejor aliado de la terapia, que es el paciente mismo. Cuando se tiene enfrente a una persona que se niega a la enfermedad, es un camino cuesta arriba. Es un laburo que no termina nunca. Es una lucha. Además, acá en Italia estamos muy jugados desde el punto de vista legal. No podemos mover un dedo si la persona no firma un consenso.

-¿Tuvo ofertas concretas para trabajar en la Argentina?

-Sí, tuve dos ofertas muy fuertes del hospital privado de Córdoba, pero finalmente me quedé en Milán.

-¿Cómo encuentra a la Argentina en cuanto al nivel de investigación sobre cáncer?

-Muy bien. El nivel en Córdoba, Mendoza, Rosario, Buenos Aires, desde el punto de vista médico e investigativo no es algo del Tercer Mundo, para nada. La preparación de la gente que trabaja en ginecología y oncología, con la cual tengo contacto cotidianamente, es muy alto. La Argentina no tiene nada que envidiarle al resto del mundo.

-¿Y en cuanto a tecnología?

-Ese es el punto. Hay algunos materiales que se consiguen más fácil en Europa que en la Argentina. En Italia, por ejemplo, todavía se puede decir que trabajamos con materiales un poco mejores.

-¿Y alguna cosa más que haga la diferencia?

-Creo que en un plazo no demasiado largo se deberían formar grupos que trabajen verdaderamente como grupos. Hay un poquito de individualismo. Es un pecado que también tenemos en Italia. De todas maneras, guardo un enorme respeto y admiración por el profesional argentino, que tiene una formación seguramente superior a la media italiana.

-¿Le gustaría estar más inmerso en la realidad argentina?

-Claro que sí. Me encantaría. El problema es que cuando uno se mete en estas cuestiones, el tiempo que queda, desgraciadamente, es muy tirano. .

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