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EL MUNDO

PALESTINA
un Estado que nace

Revista

La independencia se siente como una fruta madura en las calles de Gaza, caóticas y repletas de datos culturales que contrastan con los que lleva el visitante occidental

Por   | LA NACION

GAZA.- Iman al-Wazeer irrumpió como una tromba en la reunión de gabinete que presidía el líder de la Autoridad Nacional Palestina, Yasser Arafat. "Debes ir, Al-Khityar (El Hombre Viejo)", le exigió. Iman es la hija de Khalil (Abu Jihad, su mote de guerra), lugarteniente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), uno de los impulsores de la intifada, movimiento que quiso repeler a piedrazos los tanques israelíes.

El Hombre Viejo, uniforme verde oliva, barba canosa, mirada penetrante, mentón tembloroso, meneó el keffie blanco y negro que siempre lleva puesto. Estaba decidiendo en ese preciso instante, media mañana del 28 de abril, la demora de la independencia de Palestina, prevista inicialmente para el 4 de mayo. Pero Iman, hija postiza capaz de todo con tal de torcer la voluntad de Al-Khityar (o Arafat), insistió: "El gobierno de Japón donó un millón de dólares. Debes estar ahí". El la miró con cara de perdonar al mundo, como si se tratara de un capricho más de ella, pero se mostró inflexible.

La inauguración de un tramo de asfalto en una calle de Gaza, llamada Abu Jihad en homenaje al padre de Iman, no podía ser más importante que la creación del último Estado del milenio o, si persiste la demora, del primero del próximo, por más que Gaza sea su capital. Una capital de repuesto, en realidad: la capital eterna de los palestinos es Jerusalén, disputa eterna, también, con los israelíes.

Arafat había enviado al acto de inauguración, realizado con sillas dispersas bajo un toldo montado en la calle, a Zakaria al-Agha, su emisario. Suficiente para él, no para Iman, empleada del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Su jefe, Timothy Rothermel, norteamericano, estaba ahí en coincidencia con la visita de Octavio Frigerio y de Luis María Gómez, cascos blancos argentinos.

"Larga vida para Palestina, libre e independiente, y larga vida para Yasser Arafat", proclamaba en árabe el alcalde de Gaza, Own Shawwa, mientras el embajador japonés, Yutaka Kawashima, leía la versión en inglés.

Intissar al-Wazeer, la viuda de Abu Jihad, lloraba, emocionada. Vanas habrían sido las súplicas a Arafat de Iman, su hija, pensaba. Ni las estrofas del Corán, recitadas como un canto, habrían dado resultado.

De Arafat, 70 años, enfrentado en su posición contemporizadora con el grupo islámico Hamas, se sabe que su apellido proviene de Gaza. Tiene residencia donde quiera que vaya, pero nadie conoce su verdadero domicilio. En los últimos años adoptó 28 huérfanos, sobrevivientes en su mayoría de las masacres de los campamentos palestinos de Sabra, Shatila y Tal al-Zaatar. Entre ellos, Iman. En 1995 nació su única hija, Zahwa, a la que, confiesa, no puede dedicarle mucho tiempo. De eso se encarga Suha At-Taweel, su mujer.

Dos camionetas hicieron chirriar sus neumáticos sobre el asfalto flamante. Bajó un pelotón de uniformes verdes, gestos ceñudos, boinas rojas, ametralladoras. De un auto negro con vidrios polarizados salió Arafat, pura sonrisa, cual artista que va a recibir el Oscar, y ocupó el centro de la mesa, en el escenario, mientras los chicos gritaban: "¡Al-Khityar!" Iman, pensaba ahora su madre, lo había hecho de nuevo.

Es una excepción, si se quiere. En Palestina, tierra de nadie, tierra de extremos, la mujer ocupa un discreto segundo plano, relegada a la cocina y a la crianza de sus hijos. En reuniones entre amigos, los ojos de los invitados apenas conocen las manos del ama de casa. Sólo sirve la comida que ella misma prepara. No se sienta a la mesa ni comparte la velada con el marido.

Por la calle, el varón va delante, con las manos en los bolsillos, fumando, y la mujer suele ir detrás, con bolsas, chicos y, a veces, una enorme bolsa sobre la cabeza. Las familias tienen prole numerosa. El 52 por ciento de la población no supera los 14 años. Sólo el 3,4 por ciento ronda los 65. Los matrimonios, la mitad entre primos y parientes, son precoces para las mujeres y, a veces, tardíos para los varones. Hay más varones que mujeres. Algunas, enlutadas de la cabeza a los pies, parecen ninjas.

"La mujer casada, si es ortodoxa, lleva el rostro y la cabeza cubiertos, y usa túnicas hasta los tobillos que disimulan sus formas -explica Luna Abu-Swaireh, soltera, vestida a la usanza occidental-. Aquí no hay infidelidad. Un marido traicionado tiene el derecho de matar a su esposa y al amante de ella."

Como se presume de O. J. Simpson, con la diferencia de que el astro de fútbol americano resultó inocente en un juicio circense que recorrió el mundo por televisión. Televisión también hay en Gaza, pero sólo unos pocos tienen satélite y pueden ver, por ejemplo, canales europeos.

Parece una ciudad a medio terminar, pura bocina en las calles, con paredes grises, dormidas y esqueléticas a falta de pintura o de revoque: "Preferimos vivir cómodamente dentro de casa -dice el ingeniero Maged Abu Rahma, del Departamento de Planeamiento Urbano de la Alcaldía-. El 60 por ciento de la gente atraviesa una situación económica muy difícil y, por esa razón, trabaja en Israel a costa de no poder salir o entrar, a veces, porque los oficiales del checkpoint (nombre de la frontera) reciben órdenes de impedirles el paso".

Las filas comienzan a las 4.30, hora en que habitualmente un canto lejano llama a la oración de los musulmanes. En ese momento, pase lo que pase, estén donde estén, se arrodillan de cara a la Meca e imploran a Dios en las alturas. Sucede cinco veces por día. Los ortodoxos tienen un callo en la frente, cual tercer ojo, de tanto dar la frente contra el piso.

Por la frontera, según un oficial israelí, pasan 22.000 personas por día. Revisan los documentos con un scanner e inspeccionan los vehículos con un elevador que les permite observarlos detenidamente por abajo. Ida y vuelta, a toda hora, con desconfianza. Son, y se sienten, enemigos.

Los palestinos hacen un culto de la queja: "Los israelíes bloquean todas nuestras iniciativas", protesta el alcalde Shawwa. Es una suerte de escudo, por más que tengan algo de razón, de modo de mostrarse como víctimas, no como victimarios.

Después de la Guerra de los Seis Días, en 1967, Israel anexó el este de Jerusalén (controlado por los árabes), la Franja de Gaza (Egipto), las Alturas del Golán (Siria) y Cisjordania (llamada West Bank).

La paz, según Arafat, premio Nobel en 1994, necesita un fusil para defenderla. Alí Abu Said, 34 años, ex puntero izquierdo del seleccionado palestino de fútbol (dirigido por Ricardo Carugati, argentino), no oculta su odio hacia los israelíes. Estuvo preso durante 18 meses por arrojarles piedras a los tanques.

"Nunca voy a olvidar aquello, ni voy a olvidar, tampoco, que Maradona se puso kippa y posó sus manos en el Muro de los Lamentos", señala con amargura. Dejó de ser su ídolo desde ese momento, como sucede con Luna y con varios más.

En la calle principal de Gaza, Omar El Mukhtar, los autos suelen pegarse los unos a los otros e impiden que la gente cruce. Es como si no hubiera señales de tránsito. Si las hay, nadie las respeta. "Así manejamos aquí", se ufana Iman, la hija de Abu Jihad.

En otras, zigzagueantes, sin veredas, los vendedores ambulantes ofrecen desde té (más popular que el café con gusto a barro; perdón, a borra) hasta cadáveres de animales de procedencia extraña y fecha de vencimiento dudosa. Nadie compra sin regatear. En los zaguanes, mientras la radio pasa música árabe, los viejos juegan 50/50 con cartas, y caras, de póquer.

Palestina, avalada su independencia por los Estados Unidos y por la Unión Europea, tiene bandera nacional, sistema postal independiente e indicativo telefónico internacional (970). Le faltan moneda propia (usan la israelí y la jordana), control de fronteras y agua potable. Es el día y la noche respecto de Israel, cual tránsito de la prosperidad a la decadencia, del rascacielo al conventillo, del auto cero kilómetro al carro tracción animal.

El keffie identifica la procedencia de los varones. Si es blanco y negro, como el de Arafat, son palestinos. Si es rojo y blanco, como el del rey Hussein, son jordanos.

Ellos, curiosamente, se besan cuatro veces cuando se encuentran, y van de la mano por la calle mientras conversan. Ellas, ajenas a todo contacto físico con extraños, apenas tributan una sonrisa bajo el velo.

Ellos pueden casarse cuatro veces si quieren y, condición sine qua non, si pueden afrontar los gastos de cuatro hogares (no pueden vivir con más de una mujer en la misma casa). Ellas no pueden pisar el cementerio.

En Belén, un ramillete de varones despedía con lágrimas los restos de un amigo. Lo llevaban a cajón abierto por la calle, como acostumbran los musulmanes y los griegos ortodoxos por igual. Era un muchacho de 24 años que se mató una mañana de abril. La novia había dejado de quererlo.

La vergüenza de Eva

"Vas a ir a Palestina." En tiempos de análisis de la inminente declaración de independencia del Estado Palestino, pensé en llegar a la antesala de lo que será el primer país del próximo milenio (cronológicamente hablando, no como potencia, claro está). A poner en la valija, entonces, recortes periodísticos, teléfonos de contactos y una guía de posibles preguntas por si tenía la suerte de entrevistar a Sidi Rais (Sr. Presidente) Yasser Arafat.

Por ser mujer, escuché decenas de consejos sobre qué ropa usar para no ofender las costumbres musulmanas, además de variadas bromas sobre la predilección árabe por las occidentales. A poner en la valija, entonces, algunas prendas que disimularan hombros, rodillas y curvas, sin tener que someterme a la (para mí injusta) tradición de transitar en público bajo oscurísimos trajes y un sol implacable.

Una vez obtenido el visto bueno israelí en la frontera, y un kilómetro más adelante el palestino, entramos en Gaza. Veníamos de Jerusalén, la Ciudad Dorada, donde historia y modernidad conviven más armónicamente que árabes y judíos, lo que provocó el efecto contraste.

Los olores animales, a comida rancia y transpiración humana, inundaban el mercado callejero que -de no ser porque estábamos por poco tiempo- nos hubiera parecido más repugnante que pintoresco. Los carros con tracción animal abriéndose paso entre taxis y personas que pugnaban por cruzar la calle (por falta de semáforos) y por caminarla (por falta de veredas) eran un buen collage de lo más urbano y de lo más rudimentario. Mirábamos todo porque todo era digno de mirar, hasta que nos dimos cuenta de que también nosotros éramos mirados, particularmente yo, porque -muy a pesar de mis precauciones- llevaba la cabeza y los codos descubiertos.

Por usar una remera de manga corta me gané un distante recelo femenino, cual condena por transgredir la tradición y desafiar a la tentación. Los hombres, en cambio, prefirieron inspeccionar de cerca a esa forastera que vestía, olía y se movía diferente. Los más tímidos, con gestos, pidieron permiso para rozarme con la mano. Los más osados me tocaron y salieron corriendo como los chicos que huyen después de consumada la travesura del rin-raje.

Si es cierto que Eva fue condenada a sentir vergüenza de su propio cuerpo por entregarse a la tentación de la serpiente, las mujeres palestinas parecen hacerse cargo. Si es cierto que lo que no se tiene, lo distinto, gusta y atrae más, los hombres palestinos dieron fe de eso. No era a mí a quien miraban, sino aquello que no suelen ver. Un maestro del erotismo podría hacerse un festín cinematográfico con semejante cuadro.

Ya de vuelta en Buenos Aires, un testigo de la anécdota bromeó: "Ahora, a enfrentar la realidad de ser una más..." Seguramente, una mujer envuelta hasta los ojos en un oscuro y pesado vestido despertaría las fantasías de quienes por aquí se hartan de ver a diario desnudeces en las revistas y la TV. En cuanto al resto, no hay demasiadas diferencias. También nosotros andamos como hormigas, pugnamos por cruzar la calle, soportamos lo más cruel de la urbanidad y lo más repugnante de la miseria. También nosotros vivimos deslumbrados por lo que no tenemos y desarrollamos sentimientos de amor-odio por lo que no podemos. Un maestro del psicoanálisis debería poder hacer algo con semejante cuadro.

Andrea Duplá (Periodista de Azul TV) .

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