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PERSONAJES

EL EXTRAÑO DE LA NAVE JUNGLA

LA NACION revista

Sergio Aisenstein es dueño de una disco mítica de Palermo que se apresta a cambiar de nombre, y también de una historia larga y compleja. En ella, un episodio no menor fueron sus días con Luca Prodán, a quien llevó a tocar en el Einstein, su café a contramano de la Argentina militar de fines de los años 70

La nena se llama Sol. Tiene 3 años, pero parece de 6 y es una persona simpática. Lleva una vincha, o algo que parece ser un par de orejas de conejo. -No, nena, no son odejas de conefo, son pdumas de indio.

Dice Sol, que es el centro del universo de su padre, Sergio Aisenstein, hombre de más de 40 y dueño, junto a Ariel Battezzatti, de una disco inoxidable de Palermo Viejo: Nave Jungla, que ahora se prepara para cambiar de nombre y transformarse en Liquid.

-La dueña de la Liquid de Miami vino el año último a Buenos Aires, pidió que la llevaran a un lugar loco, y la llevaron a la Nave -dice Aisenstein-. Desde entonces empezamos a hablar sobre la posibilidad de hacer Liquid acá. En Estados Unidos es un lugar de culto, al que van muchos músicos y que marca ciertas tendencias.

Durante años Sergio recorrió la pista de la Nave Jungla, micrófono en mano, disparando un discurso disparatado y onírico, prometiendo en pocos minutos el show del enano tanguero, de la diosa del sexo vestida de odalisca.

-Liquid va a ser distinto que la Nave, pero igual en el sentido de la locura y las cosas que pasen. En eso no hay cambio.

Entre las santa rita del patio, rodeado por Manuelita y Juanita -las tortugas-; el gato Pompón; su mujer, Bettina, y la niña de sus ojos, parece distinto al hombre que susurraba "Nave nave nave, un viaje a lo recontraprofundo..." La Nave cumplió en diciembre 10 años, y pasaron por ahí espectáculos relámpago, shows del minuto, malabaristas, chamanes, odaliscas, bandas de música y hasta el Ratón Mickey en su décimo aniversario. Pasó el indio Watanga con un show de pirofagia; pasó el Payaso Demente con una boa inmensa y un espectáculo escabroso; El Chino, malabarista oriental que sostenía sobre la nariz bandejas, vasos y velas; el enano fisicoculturista, eterno prometedor de un streap tease que jamás realizó. "Una discoteca hecha por enanos para gente alta", decía Sergio y recorría el teatro Del Abismo y el salón Rip.

Además de ser el dueño de una disco imbatible, Sergio colaboró en los años 70 escribiendo para la revista El Expreso Imaginario, dirigida por Jorge Pistocchi, Pipo Lernoud y Alberto Ohanian, con Horacio Fontova como jefe de arte, y fue uno de los fundadores del Café Einstein, sitio a contramano durante la dictadura militar. Ahora escribe guiones para los separadores de Music 21 y Todo tango, y textos para el programa El tren fantasma, que va por la Rock And Pop los sábados. El tren fantasma es una remake de aquel otro que Sergio y su amigo Daniel Morano, hijo de uno de los dueños de Radio Rivadavia, hicieron en la década del 70, y que quedó en la historia. -Daniel y yo éramos compañeros de colegio y el padre nos dio la hora que tenía menos rating: domingo, a la medianoche, en AM. No nos escuchaba nadie. Ese programa empezó llamándose Duendes y profetas, con Angel del Guercio. Después comenzamos con El tren fantasma, con Omar Cerasuolo como locutor, y fue un éxito impresionante. Era un locutor serio diciendo una sarta de locuras, en un lenguaje casi carcelario. Pero pensaban: Ah, no, está Omar Cerasuolo, no puede decir ninguna inconveniencia.

El golpe de Estado de 1976 dividió su historia en dos. -En el 77 la cosa estaba sumamente densa. Entonces con unos amigos pensamos en rajarnos. Me fui a Brasil y ahí me tomé un barco a Europa. No sé, estos locos mataban a todos los que eran diferentes, y yo encima con ese estigma judío que no sé si lo que presiento es paranoia o sensibilidad cierta...

Su padre era ruso. De Odesa. Tenía 1 año cuando la madre, para escapar de los pogroms, lo escondió en un barril y se lo trajo a la Argentina en un barco inglés. Rara mezcla. Mauricio era violinista, pero Sergio no lo dejó seguir tocando.

-Es una historia medio traumática en la cual yo le rompí un dedo de un pelotazo a mi viejo. Se lo enyesaron mal, y no pudo volver a tocar el violín. El tenía máquinas de imprenta y murió como a los 90 años, pero me tuvo a mí a los 50, era grande. Tengo una hermana y... hubo otro chico más. ¿Querés que te cuente? Era un nene Sergio cuando abrió la libreta de matrimonio de sus padres y vio que, junto a los nombres de él y de su hermana, figuraba otro. Un Aisenstein nacido varón, hijo de Paulina y Mauricio. Un hermano sin existencia aparente. -Había muerto de una forma trágica. Lo pisó un auto a los 6 años. Yo pensé: Bueno, no me quieren decir nada, está bien. Pero en la adolescencia empecé a tener unas angustias horrendas, y leí un libro en el que Dalí contaba la importancia que había tenido en su vida la muerte de un hermano anterior a su nacimiento, que eso siempre lo atormentó. Yo ahí pensé: Pero claro, no es una pavada, a mí me pasa más o menos lo mismo.

El hombre que siempre tuvo debilidad por los distintos, los monstruos y los locos, encontraba la punta del hilo que lo conducía a su monstruo particular.

Volvamos a Europa. En Amsterdam vivía de vender pósters y postales y se le dibujaba como el paraíso sobre la tierra.

-Allá había respeto por la condición humana. Un día veo una casa de muebles muy fina, cercada por un cordón policial. Estaba la vidriera rota, y adentro, en la habitación armada para exposición, un tipo barbudo, todo sucio, durmiendo en la cama. El tipo estaba durmiendo y el cana no lo tocó. Era un delito, pero no iban y lo agarraban a palos, y le daban trompadas. Esperaban que viniera el juez, o algo así.

En el paraíso de los derechos humanos, Sergio se hizo punk. Pelo teñido de negro y cresta agresiva, clavos, tachas y remeras con inscripciones que chorreaban provocación.

-Ser hippie ya no transformaba nada, y el punk era una cosa compulsiva que tenía una nueva fuerza, gente con pelo de colores, un brillo nuevo en el arte, la música, la ropa. Yo me hice punk, me sentía profundamente punk.

Pero un día se acostó en Amsterdam y se despertó en Ezeiza. Tres años de experiencia europea, y el paraíso de los derechos humanos lo deportó, en horas, al país donde los argentinos éramos cínicamente derechos y humanos porque lo decían las calcomanías.

-Yo había ido a una fiesta y volví en tren. Cuando llegamos a la estación me bajaron el guarda y un policía. Me pidieron documentos y tenía vencida la visa. Del tren a Migraciones, y de Migraciones a un avión de KLM. Todo rapidísimo. Era 1979. Como era deportado me iban a entregar a las autoridades policiales. Imaginate caer con esa pinta en la época de los milicos, deportado desde Holanda, punk, sin equipaje. Me habían sacado el pasaporte y no me lo daban. Lo único que tenía de valor era un aro de oro, entonces le dije a una azafata: "Mirá, no importa el valor, te doy esto como símbolo de lo único que tengo en la vida, pero dame el pasaporte porque esta gente me va a matar". Al final, me dio el pasaporte. Bajamos. No me acuerdo cómo iba vestido, pero tenía algo con tachas, y clavos, y una campera de cuero que decía Emptyness destroyer (destructor de vacíos) en la espalda. Un chileno me prestó una camisa, me la abroché hasta el cuello y encaré. Creo que pude zafarme porque pensaron que era un monje raro. Una especie de hare krishna, porque un punk no lo habían visto jamás, ni en fotos. Antes de irse, había organizado una fiesta en la que regaló todas las pertenencias. No tenía ropa, ni libros, ni adornos, ni discos. Y no tenía la menor idea de cómo comportarse en la ciudad tomada.

-No sabía cómo vestirme. Me gustaba la ropa antigua de mi papá. Salía a la calle con eso y parecía un payaso total. Cada tres minutos me metían en cana. Ante la sordidez ambiental, me puse a leer, y un día leí algo que me abrió la cabeza, una cosa de Einstein que decía que cuando un ser vivo caía en un hábitat diferente, podían pasar dos cosas: que ese organismo cambiara el hábitat, o que el hábitat destruyera el organismo. Ahí fue cuando empecé a pensar en abrir el Einstein.

En Córdoba 2547, primer piso, funcionó durante años el Café Einstein. En sociedad con Omar Chabán y Helmut Sigger, el café era un reducto esperanzado de martes a domingo, de 20 a 6, y un poco más también. Por allí pasaron todos los grupos de los años ochenta, desde Soda Stereo hasta los Twist, pasando por Los Violadores y, claro, Sumo.

-Daniel Melingo me dijo: "Conozco a un pelado que anda gritando por ahí, un loco que es mezcla de inglés y tano. ¿Querés que te lo traiga?". Le dije "Sí, traelo". Un día iba bajando la escalera y lo veo a Luca, que subía. Luca Prodán, ¿no? Chorro de luz sobre la redonda pelada, Luca sonríe desde una foto abrazando a Sergio, que sostiene una estampita de Jesús entre los dedos. Sergio siempre tuvo debilidad por Jesús.

-Luca me contaba cosas que yo no le creía. Me decía que el abuelo era embajador de Inglaterra en China, que había ido al colegio con el príncipe Carlos, que había conocido a Sid Vicious y le parecía un tarado. Yo al principio lo tomaba con pinzas. No le creía mucho. Pero cuando lo escuché cantar la primera vez se me cayó la mandíbula. Eran el grupo. Las actuaciones de Sumo eran excéntricas. Había unos troncos atravesados y Luca se colgaba como un mono. A veces dormía en el café y te lo encontrabas con unos anteojazos así, leyendo un libro. Era de andar tirado en un colchoncito, no le gustaba que lo hincharan. Me lo encontré dos días antes de que se muriera, y estuvimos dando vueltas en un Jeep, y en un momento sacó un pan de una bolsa, y lo comimos entre todos. Nos reímos mucho esa noche. Y a los dos días se murió.

Los afiches del Einstein, garabateados y luego fotocopiados por sus propios dueños, decían: Se acabó, la vida es eterna, viernes, 20 horas, toca: Zumo. -Ponía Zumo con zeta a propósito, para hacerlo enojar al pelado. Además de Sumo él tenía la Hurlingham Reggae Band con la que tocaba reggae, y Sumito, que era como Sumo, pero con menos componentes. Al Einstein lo llenaban.

Hay una canción. Una canción de Sumo, bella además, con un estribillo en el que Luca aúlla: "Quiero dinero, quiero dinero, Sergio, Omar, quiero dinero". Sergio se ríe. Le quita importancia. Dice que era el método Luca para pedir más plata. Dice que tanto él como sus socios y hasta Luca se reían de eso.

-El sabía que con nosotros era distinto, pero tenía una cosa medio reticente con los tipos que manejaban dinero. En el Einstein todo era distinto. Por ahí pasaron pintores como Guillermo Kuitka o Luis Frangella, hacíamos subastas de pintores a precios irrisorios. Me acuerdo que Pipo Cipollatti era electricista. Bueno, entendía relativamente poco, pero laburaba. Era un loco bárbaro. Los Soda venían en una combi, con una producción, al revés de los demás grupos. Ojo, Sumo tenía su equipo de sonido y todo, pero los Soda eran como muy organizaditos... En el Einstein hemos tenido noches maravillosas. Había un tipo que venía y me mostraba lo que iba a hacer. Un espectáculo muy preparado con planos y todo, pero no se le entendía muy bien qué iba a hacer. El día del espectáculo, el tipo subió tres ataúdes, cerrados. El tipo me había dicho: "Voy a traer objetos y los voy a romper", pero no había hablado de ataúdes. Trajo esos ataúdes y unas hachas gigantes. El Einstein estaba lleno, el tipo se puso una capa negra, se pintó la cara de blanco y empezó el espectáculo: venía corriendo, gritando y les pegaba hachazos a los ataúdes. En ese exacto momento cayó la policía. Yo tenía miedo de que el tipo fuera un asesino, apenas lo conocía y tenía un hacha de dos metros. La gente corría enloquecida, y el tipo se quedó solo, hachando. Psicópata total. Terminó, le apagamos las luces y se fue. Y la gente, abajo, toda presa.

A fines de 1984, en plena democracia, el Café Einstein cerró.

-Nos iba bárbaro, pero un día un tipo vino y nos dijo que por orden del Ministerio del Interior nos iban a caer todos los días. Y venían todos los días y se llevaban a todo el mundo. Nos cansamos.

En 1986 se empezó a construir la Nave. Un día, Sergio soñó enanos, y 24 horas después, por mera casualidad, el indio Watanga atravesaba las puertas de la Nave junto al Rey de los Enanos. -Era Miguel, que tenía una tarjetita que decía Miguel, el Rey de los Enanos. No sé, me parece que la Nave era un lugar humano, que te remitía como a arquetipos de la infancia. Pero ahora hay que cambiar. Si no cambio, me oxido.

Ríos de vela, esculturas deformes, hip hop, rap y rock and roll. Un lugar donde se mezclan el miedo gótico y la inocencia del circo pueblerino.

-Lo único raro es vivir de noche. Pero hay cosas más raras. ¿O no? ¿O no? .

Texto: Leila Guerriero Fotos: Daniel Pessah
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