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AÑOS 70

SATIRICON
AQUELLOS HUMORES FEROCES

LA NACION revista

Fue una revista tan original como exitosa: llegó a vender 350.000 ejemplares. Acordes con el espíritu crispado de su época, sus creadores no dejaban títere con cabeza. Si bien sigue influyendo en los humoristas de hoy, muchos de los que estaban en su staff se preguntan si estuvo bien haber sido tan malos y tan ácidos

Ya se han ido los bastones de Onganía, se está por ir Lanusse y se acerca la vuelta de Perón. En las oficinas de una agencia de publicidad hay gente que arma un brillante seleccionado de periodistas, dibujantes y humoristas. Ese seleccionado hace una revista. Sus ideólogos ni imaginan que habrá de vender 350.000 ejemplares por mes y que será odiada por figuras intocables como Luis Sandrini o Blackie, y amada por el Capitán Piluso y por el forzudo y cuestionado Karadagián. Tampoco se imaginan que la publicación influirá, durante las dos décadas posteriores, en el modo de hacer humor en la Argentina. Los dueños de la agencia -una agencia con varias cuentas importantes- son, entre otros, Andrés Cascioli y Oskar Blotta, y el año es 1972. Para el primer número, Cascioli decide usar un nombre cualquiera para que luego sea reemplazado por el definitivo. Hay una película de Fellini en cartelera, cuyo nombre es El Satiricón. Cascioli pone Satiricón, y así quedará.

Durante dos años, desde noviembre de 1972 hasta el mismo mes de 1974, la revista crece sin parar. No hay figurón que no sea cacheteado y demolido por los textos o los dibujos. Blotta, el director, no pone frenos a sus dirigidos, sino que los insta a atacar con mayor dureza: quiere más sangre. Carlos Ulanovsky y Mario Mactas, responsables de los contenidos, lo ponen al tanto de los problemas legales que pueden aparecer.

El final es por un decreto del peronismo, que prohíbe la venta y la circulación de la revista en todo el país. Rodolfo Terragno es el abogado de Satiricón y gana el juicio al Estado. La revista reaparece una vez, y luego otra vez más, hasta que muere en los años 80, ya inofensiva y, quizás, anacrónica.

Jorge Guinzburg, Carlos Abrevaya, Roberto Fontanarrosa, Alejandro Dolina, Carlos Trillo y Sergio Izquierdo Brown son sólo algunos de los nombres del staff de la revista. Cuando Blotta y Cascioli la idearon, un poco para darse un gusto, al primero que llamaron para trabajar fue a un periodista de La Opinión.

-Yo era fanático de ese diario y me gustaba un tipo que se llamaba Ulanovsky -recuerda Cascioli-. Lo llamamos y se sumó. El trajo a Mactas.

-La revista supo recoger climas de época -dice Ulanovsky-. Por entonces se apreciaba la rebeldía, lo iconoclasta, el sarcasmo.

Blotta, en lucha franca contra el lugar común, había prohibido los chistes sobre islas desiertas o sobre esposas con palos de amasar en la mano. Tampoco era muy estándar el proceso de creación de la revista; buena parte de sus contenidos surgía en almuerzos populosos que pagaba Blotta. "Finalmente, eran reuniones creativas", dice Cascioli.

Los que hacían Satiricón promediaban los 30 años y eran puro entusiasmo. "Vivíamos para hacer la revista. Hacerla era una borrachera de felicidad", evoca Mactas. Ulanovsky siempre llevaba encima una libreta para anotar ideas.

"Todas las conversaciones podían transformarse en material para la revista. Por ejemplo, si un día se hablaba solamente de groserías, surgía un suplemento de humor chancho", recuerda Mactas. Eran tan malditos que hasta crearon una sección titulada Pateando al caído, en la que se abalanzaban con saña sobre personajes famosos. Uno de los atacados fue, por ejemplo, el músico Waldo de los Ríos, que poco después habría de suicidarse. "Me quedó una sensación rara por la nota tan dura que le hicieron -dice el dibujante Izquierdo Brown-. Yo no sé hasta qué punto se puede ser tan agrio con alguien."

Todo lo malditos que eran hacia afuera también lo eran hacia adentro. Nadie escapaba a las bromas internas. "Eramos como chicos", asegura Cascioli. Si había una reunión y alguien llegaba tarde, todos se callaban como para que el impuntual pensara que habían estado hablando de él. Mactas fue el responsable de una broma que, en el fondo, parecía destinada a destruir caretas.

-Un día lo llamé a Blotta y, con acento centroamericano, me presenté como Ulises Planchadell Jaramillo. Le dije que quería comprar Satiricón -recuerda Mactas-. Le pedí que no dijera nada a sus socios. Nos divertimos mucho porque, efectivamente, no les dijo nada. Luego le revelamos la broma.

En lo profesional, la época fue muy feliz para los que hacían Satiricón. Mactas, en cambio, no extraña nada. "Eran años muy inestables. No tengo idealizada ni la revista ni la época, a la que no considero feliz. El retorno de Perón, las formaciones especiales, el ala zurda y el ala derecha del peronismo, los ruidos militares... No era exactamente una primavera."

En aquel contexto social, comenzaron a emerger las disidencias. Para Cascioli y para Mactas había, claramente, dos grupos dentro de Satiricón: el militante y el escéptico, la izquierda y la derecha.

"Había un grupo contestatario y otro condescendiente", dice Cascioli. Cuando Satiricón cerró, Cascioli creó Chaupinela y concentró al grupo contestatario, en el que estaban, según él, Guinzburg, Abrevaya, Tomás Sanz, Izquierdo Brown y Rolando Hanglin, entre otros. "Mactas, por supuesto, no estaba en ese grupo", agrega el dibujante.

-Yo ya estaba embarcado en un escepticismo poético -dice Mactas-. No creía que el mundo pudiera ser demasiado mejorado y, mucho menos, que una revista pudiese contribuir a eso. Me parece que la revista debía mostrar la vida en su profundo sinsentido. El otro grupo respondía, legítima y honradamente, a lo que eran las consignas de la época. Pero no fue ese sector el que sufrió las consecuencias personales más severas. Yo, que era supuestamente reaccionario, me tuve que exiliar 11 años; los demás -y no es un reproche- permanecieron acá y siguieron trabajando y sacando revistas.

Ya por entonces Mactas pensaba que el idealismo era algo deplorable. "A mí me parecía que el compromiso nos llevaba a la locura más absoluta. Lamentablemente, no me equivoqué. Yo escribía una serie que se llamaba Contra toda forma de opresión, y era una invitación a un individualismo creador."

-La tuya parecía una postura de los años 90 en plenos 70.

-Es probable que haya sido así.

-¿Eso te complicó?

-Sí. Fijate que por haber escrito un artículo inocuo, Elogio de la Coca-Cola, me amenazaron los montoneros.

A lo largo de sus dos años de existencia, en la primera época, Satiricón consiguió muchos enemigos de gran peso. Las razones de esos enojos eran contundentes: una nota sobre Mirtha Legrand, por ejemplo, salió con el título Moguite, tagada, una frase que Daniel Tinayre, esposo francés de la estrella, le habría dicho en un ensayo. Una nota sobre Blackie llevó el título Volá, Paloma. Blackie -Paloma Efrom- era una especie de monumento vivo.

Varios querellaron a la revista, como Guillermo Patricio Kelly y Roberto Galán. En otros casos, los damnificados eligieron la vía del rumor para vengarse. "Era complicado meterse con esas figuras -afirma Ulanovsky-. Acerca de mí, Blackie dijo: ¿Qué se puede esperar de un tipo que es homosexual y que quiere ocupar el lugar nuestro?" En ciertos casos, los ofendidos resolvieron responder con un golpe de efecto. Fue lo que ocurrió con el mentalista Tu Sam, de quien se habían mofado en una nota.

-El llamó y dijo que iba a acercarse a la redacción para hacernos una demostración de sus poderes -narra Cascioli-. Cuando vino, preguntó quién estaba dispuesto a ser hipnotizado, y terminé siendo yo. Según lo que me contaron, me durmió, me levantó con extrema facilidad, me puso la cabeza en una silla y los pies en otra y se subió encima mío. Yo ni me enteré.

Un día de 1974, los de Satiricón llegaron a las oficinas de la revista y se encontraron con fajas de clausura en la puerta. La prohibición tuvo la forma de un decreto peronista rubricado por Isabel Perón, y las razones, difusas, fueron el supuesto atentado a la moral y las buenas costumbres que significaba la revista. Hubo un largo juicio que el abogado de Satiricón, el hoy dirigente radical Rodolfo Terragno, logró ganar. Ocurrió a fines de 1975 y la publicación volvió a salir. Pero llegó la dictadura de marzo de 1976 y, a partir de ahí, cada número debía ser autorizado por el Centro de Prensa del gobierno de facto.

Todos los meses, Cascioli, al igual que los editores de los otros medios, debía hacer una cola en el Comando en Jefe del Ejército. "Ellos miraban los originales y tachaban lo que no iba -recuerda Cascioli-. Volvía con el treinta por ciento del material. Fui tres veces hasta que un día el capitán Corti me dijo: Mejor que la revista no salga más. Si llegan a salir de vuelta, los mato a todos." La sutil sugerencia fue efectiva y Satiricón cerró. Con la vuelta de la democracia hubo una tercera y fallida época de la revista, hasta que se terminó de manera definitiva. Sin embargo, Satiricón siguió viva, de alguna manera. Porque su impronta puede verse en varios productos posteriores. Mactas ve los rastros de ese humor en La noticia rebelde, aquel exitoso programa televisivo de los años 80, o más acá, en parte de lo que hace Marcelo Tinelli o en Caiga quien Caiga.

Aunque fue una época de felicidad profesional, de una modesta fama, no todos tienen una mirada cariñosa sobre el fenómeno que generó la revista. Es más: Izquierdo Brown piensa que es posible que hayan creado un Frankenstein, una especie de monstruo que se tornó inmanejable. "Hasta Satiricón, el periodismo era bastante moderado. Pero nuestro pequeño niño empezó a caminar y se escapó del laboratorio. Nosotros hacíamos un periodismo cruel, pero lo de hoy es un festín de caranchos. Cualquier idea puede ser vaciada; a nadie le importa nada."

Hubo tiempo para lamentarse. El propio Ulanovsky, uno de los principales cultores de la maldad y de la ironía feroz, resolvió que no quería seguir en esa línea.

-Yo me creía impune y trabajaba de un modo salvaje -confiesa sin remordimientos-. Me parecía que uno podía decir lo que quisiera de las personas. Hace un tiempo leí una nota que hice sobre la escritora Poldy Bird; y me pareció una nota terrible.

Ulanovsky dice que no se arrepiente.

-Pero en un momento decidí cambiar. El tono que yo tenía me generó un estilo de relación con la gente que era muy tenso. Y empecé a vivir mejor cuando dejé de atacar. Vivo mejor así. .

Texto: Hernan Ameijeiras
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