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CRUZ ROJA ARGENTINA
A fuerza de voluntad

Revista

Miles de voluntarios y 36 escuelas de enfermería mantienen el espíritu de la Cruz Roja. Cuando las inundaciones arrasan, cuando los atentados son una seria amenaza, ellos siempre dicen presente

Esta vez, el escenario elegido es la estación Florida del Ferrocarril Mitre, en la zona norte de Buenos Aires. Se trata de uno de los simulacros que organiza la Cruz Roja Argentina para poner a prueba a sus cuerpos de voluntarios y, a la vez, para observar la diversidad de respuestas de los vecinos, a los que generalmente no se les avisa de que están ante una representación. Bajo una persistente llovizna, se escuchan explosiones, gritos y el ulular de las sirenas. Algunos actores yacen en el piso del andén, mientras decenas de voluntarios prestan ayuda de emergencia: respiración boca a boca, suministro de suero, colocación de tablillas a quienes supuestamente sufrieron fracturas, resucitación cardiopulmonar...

Dos ambulancias, una dotación de bomberos y tres patrulleros policiales circulan por las calles Remedios de Escalada y Vergara, en tanto los que hacen de heridos son atendidos en una carpa y, luego, clasificados de acuerdo con la gravedad de sus patologías, con talones del SAME rojos, amarillos y verdes.

La puesta en escena, que exigió la participación de más de cien personas, fue concebida por las filiales Vicente López y Villa Crespo de la Cruz Roja, para capacitar a su personal para casos de graves emergencias. La sangre de utilería, el perfecto maquillaje de los politraumatismos, la verosímil actuación de las víctimas y las corridas provocaron gran sobresalto entre los ocasionales transeúntes y más de uno creyó que la hecatombe era verdadera.

No es casual que sea la Cruz Roja la primera que llega al escenario de los hechos ni la última que se retira. Cuando las circunstancias lo requieren, sus dotaciones acuden, casi de inmediato, en auxilio de quienes sufren accidentes en la vía pública, padecimientos colectivos de orden natural, como las inundaciones, o ataques despiadados como los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA.

También están siempre listas cuando un ascensor se precipita a tierra o cuando eventuales accidentes enlutan el acontecer cotidiano.

No fueron improvisados los médicos Guillermo Rawson y Toribio Ayerza cuando, en 1880, gestaron el nacimiento de la Cruz Roja Argentina. Ya habían asistido a los heridos de la Guerra del Paraguay (1865-1869) y a los enfermos de las epidemias de fiebre amarilla (1871) y de cólera (1873 y 1874).

Su lema, Unidos frente a los desastres, pone a prueba la eficiencia y la solidaridad de decenas de miles de voluntarios repartidos por el país en 84 filiales.

Además, la Cruz Roja sostiene carreras que otorgan títulos de nivel terciario de enfermería y de técnicos en laboratorio, en instrumentación quirúrgica y en radiología. También organiza charlas informativas, tanto en escuelas como en villas de emergencia y comunidades aborígenes del interior.

En sus 36 escuelas de enfermería y especialidades paramédicas, los alumnos se matriculan como enfermeros (cursos de tres años), asistentes de enfermería (nueve meses) y técnicos superiores en radiología, hemoterapia, laboratorio o instrumentación quirúrgica (dos años). Son todas carreras terciarias, con práctica intensa y aranceles mínimos. En la sede central de Capital Federal (Hipólito Yrigoyen 2068) y en cuatro filiales puede cursarse la carrera de guardavidas, considerada también como paramédica. Dura un año y tiene óptima preparación en clínica médica y primeros auxilios.

"Todos reconocen en seguida el peto blanco con la cruz roja grande que usamos, lo mismo que los cascos y los brazaletes, y de inmediato la gente colabora. Cada unidad está formada por un grupo de personas que acudimos a una convocatoria de la Cruz Roja. Tenemos, paralelamente, nuestras propias ocupaciones y nuestras respectivas familias. Cuando se nos precisa, dejamos todo de lado y ahí estamos para dar una mano a cambio de una sonrisa. Lo digo de verdad, sin demagogia. Hace diez años que estoy acá", comenta Fernando Van Der Bosch, coordinador del Departamento de Socorros de Morón.

Auxiliador, así dice el certificado con el emblema de la Cruz Roja Argentina, como sello aprobatorio que obtienen los alumnos cursantes tras una prueba final de idoneidad. Su ingreso exige 17 años cumplidos y estudios primarios completos, como mínimo. Los cursos se dictan durante cinco sábados, seis horas por clase, en diferentes filiales. Se los prepara para actuar ante catástrofes y accidentes, hasta la llegada del médico.

"Reciben lecciones de cómo proceder frente a hemorragias, asfixia, quemaduras, fracturas, convulsiones, pérdidas de conocimiento y envenenamientos. Están capacitados para realizar curaciones y también recuperar la respiración cardiopulmonar de un paciente", dice Antonio López, director general de Socorros.

"La satisfacción que nos da saber que le enseñamos a la gente a salvar una vida es indescriptible. Tiene un gran valor, porque el instructor del curso es una persona anónima y le está explicando a un desconocido la nada desdeñable tarea de mantener a una víctima con vida o saber cómo reaccionar ante un accidente", sentencia Luciano Timerman, coordinador general de Socorros.

En tanto, Federico Avellaneda, director de cursos de Primeros Auxilios, recuerda cuando en Mar del Plata salvó a una persona de que se ahogara. "Nunca me voy a olvidar que se me acercó un chico de ocho años y me dijo: Papá cenó y durmió en casa gracias a vos y lo sigo teniendo porque me lo salvaste. Se me cayeron las lágrimas."

De la tenacidad de todos ellos se enorgullece la profesora Susana Ciaccio de Alonso, presidenta de la Cruz Roja Argentina. "Los voluntarios -destaca- se acercan porque se conmueven al ver actuar a la Cruz Roja. Quieren ser útiles, trabajar para la gente, ofrendar tiempo y contención emocional."

Un fuerte componente idealista asociado con un espíritu aventurero explica el porqué se es voluntario. De los miles de éstos, la cantidad de varones y mujeres es proporcional: sin embargo, ellas son mayoría en la conducción.

El Cuerpo de Socorros -uno de los tres departamentos con que cuenta la Cruz Roja (los otros son el de Juventud y el de Acción Social)- tiene un grupo de voluntarios que recibe entrenamiento especial, con el propósito de prepararse para ayudar ante la emergencia en catástrofes y siniestros, complementando la acción de bomberos y policías.

"El desinterés es obvio, ya que el único pago es la felicidad de poder hacer algo por el otro", reflexiona Van Der Bosch.

Centenares de jóvenes no vacilan en sacrificar muchas horas de sus días libres en beneficio de los demás, sin esperar recompensa ni agradecimiento. "Llena de admiración ver a los más jóvenes brindarse con tanta fruición. Quiere decir que hay materia prima para el futuro", augura la presidenta de la entidad.

Los aranceles mínimos que se cobran en recitales u otros espectáculos sirven para reponer los materiales básicos del botiquín y renovar el material didáctico (maniquíes, muñecos, maquillajes y otros elementos de utilería).

"Las peregrinaciones (Luján, San Cayetano) son sin fines de lucro. Acá no hay resarcimientos, sólo gastos a cargo de las filiales encargadas del operativo. Parte de esas erogaciones se recupera a través de los cursos de primeros auxilios (70 pesos por persona) y por los ingresos de las escuelas de enfermería y especialidades paramédicas. Esta es la manera en que se subvenciona la Cruz Roja Argentina", hace saber Antonio López.

Las brigadas de socorro se constituyeron a partir de la guerra de Malvinas. En la Capital Federal hay cuatro grupos y existen otros en Bahía Blanca, Río Gallegos y Comodoro Rivadavia.

Al conversar con los brigadistas, casi todos jóvenes, impacta su alto nivel profesional. "No es excluyente saber primeros auxilios para trabajar en el área de Socorros -aclara Timerman-. Se puede ayudar aportando servicios técnicos (radio, handy); manejando camionetas en cualquier terreno, distribuyendo ropa y comida. Hay muchas formas de colaborar; la voluntad y la capacitación son imprescindibles".

La actitud sencilla, abierta y solidaria hacia el prójimo es perceptible, típica de quien tiene vocación de servicio. "Es difícil que una persona que no sienta este trabajo voluntario entienda las responsabilidades que esto significa -puntualiza Federico Avellaneda-. Conocidos míos me cuestionan: ¡Cómo puede ser que estés todo el sábado ahí adentro, organizando los cursos de socorro!´ Yo intento que me entiendan. Lo mío es una cuestión de vocación."

Un brigadista afirmó: "Esto no tiene fin". Según las estadísticas de la Federación Internacional de la Cruz Roja, se produce, término medio, un cataclismo importante en el mundo cada semana. Y cada veintiún días, la catástrofe sobrepasa los medios de que dispone el país afectado y necesita ayuda internacional. La idea de que siempre pasa algo y se puede ayudar, y la necesidad de estar atentos y comunicados parece ser la consigna necesaria hoy.

Dentro del índice de catástrofes, la Argentina está considerada un país exento de desastres importantes. Para los organismos internacionales, las catástrofes que encabezan los rankings y dejan más secuelas son: terremotos, erupciones volcánicas, huracanes y maremotos.

Sin embargo, tuvimos en el pasado reciente dos tremendos golpes adjudicables al terrorismo internacional. Pese a eso, "la Argentina no está capacitada para actuar ante un nuevo atentado -anuncia Van Der Bosch-. Hoy se está vislumbrando un brote de conciencia con los simulacros practicados en el Hospital de Clínicas, que valieron para aplicar el orden y coordinar con los otros organismos (Bomberos, Policía, SAME) en caso de una tercera bomba". López considera que "cuando ocurrieron los atentados, se respondió en forma desorganizada porque se trataba de algo nuevo, sin precedente en el país".

Los organismos que aglutina Defensa Civil trabajan en forma independiente "y es fundamental -sugiere Avellaneda- que cada dos o tres meses se junten para definir qué papel cumplirán ante una eventual emergencia". En otros países existe mayor conciencia de lo que es un desastre. "Se hace hincapié en la unión de las fuerzas -asegura Timerman-. Pensar en un próximo atentado es tener mentalidad de prevención, una cultura que escasea aquí. No se puede suponer que no habrá otro ataque; hay que estar preparado no para uno, sino para diez atentados. Por eso es vital realizar simulacros."

No hay horarios ni actividades establecidos. Cada uno de los miembros de la Cruz Roja hace lo que puede, en el momento que tiene y con los recursos con que cuenta.

"El país necesita una estructura de socorro. Es como un equipo de fútbol: hay que convocar a los jugadores, entrenarse, ensayar jugadas y aplicarlas en el momento del partido. Después, hay que evaluar la actuación", gráfica Van Der Bosch.

La Cruz Roja también funciona como receptor de ayuda material para víctimas de catástrofes naturales. Las donaciones para los inundados del litoral canalizadas por medio de entidades civiles suman casi diez millones de dólares. En ropa y alimentos, la gente donó más de tres veces lo aportado por la Secretaría de Desarrollo Social. En otras palabras, la solidaridad derrotó al Estado tres a uno, y no se trata del resultado de un partido.

Desde que se declaró la emergencia, en octubre de 1997, el litoral argentino recibió casi 500 envíos de ayuda solidaria. Sólo la Cruz Roja transportó 1800 toneladas en cien despachos y cumplió cerca de 10.000 horas de trabajo voluntario recibiendo, clasificando y embalando donaciones. Con la suma de todos las expediciones, se llega a la conclusión de que la población aportó más de 9500 toneladas de alimentos, ropa, colchones, frazadas y medicamentos. Si, hipotéticamente, a cada kilo asignado se le adjudicara el simbólico valor de un peso, el precio de la contribución voluntaria ascendería casi a diez millones de pesos.

Una encuesta de Gallup, a mediados del corriente año, demostró que dos de cada diez argentinos mayores de edad realizan trabajos voluntarios. Según el estudio, cada uno de ellos dedica veinticinco horas mensuales a entidades de bien público. De esto, se traduce que en el país se donan 1400 millones de horas de trabajo en beneficio de la comunidad.

"Si alguien debería pagar esta carga horaria a una tarifa similar a la que cobra el personal doméstico (cinco pesos la hora), tendría que desembolsar nada menos que 7000 millones de pesos anuales", computa un brigadista que optó por mantenerse en el anonimato.

A ojo de buen cubero, en la Cruz Roja estiman que el 60 por ciento de lo que trae la gente es ropa y el 40, alimentos. Pero no siempre fue así la composición de las donaciones.

"En las inundaciones de 1983 y en las del 1992, la cantidad de alimentos donados superaba a la vestimenta. Ahora la cifra se invirtió, probablemente por la crisis económica. La gente abre el placard y regala lo que ya no usa. El arroz o la polenta, aunque no son caros, hay que comprarlos y no siempre alcanza la plata para eso", aclara Walter Schultz, encargado del depósito de Moreno al 3300 y uno de los pocos rentados.

"A mí me pagan -dice Walter- porque es necesario que alguien esté todos los días y cumpla un horario fijo." Amanda se acercó a la puerta del depósito de la Cruz Roja con tres bolsas de supermercado. En su interior había leche en polvo, pañales, fideos y azúcar. Cuando estaba a punto de entregar los alimentos al voluntario Mariano Botet, apretó las bolsas contra el pecho y preguntó: "¿Seguro que llegan?" La duda de Amanda es la más escuchada en el galpón del barrio de Almagro.

Las donaciones que recibe la Cruz Roja jamás son entregadas a los organismos oficiales para ser distribuidas. "El donante -relata Schultz- solicita entregar la ayuda sin intermediarios, y así lo hacemos nosotros".

En el depósito, todos coinciden en que el último cuatrimestre de este año fue el segmento más desalentador en materia de contribuciones desde que las inundaciones se instalaron. "Porque si bien las aguas cedieron en parte, los medios periodísticos se olvidaron del tema, la gente dejó de donar, pero los evacuados todavía existen", se lamenta la voluntaria Vanina Arias.

Entre abril y junio, pico de las crecientes en el Litoral, 60 brigadistas promedio trabajaron para clasificar las donaciones. Hoy, el desarrollo de actividades continúa, aunque con menor intensidad. Los voluntarios fijos oscilan entre cinco y diez, y cumplen con la misma rutina: el primer paso consiste en separar los alimentos y los medicamentos vencidos. "Son un montón. Lo más peligroso es que si la gente trae remedios vencidos es porque así los consume en su casa", alerta la ayudante Andrea Balmaceda.

La sociedad demuestra, con actitud solidaria, que no siempre esconde la cabeza a la manera del avestruz. "Nos sorprendió la espontaneidad de la gente, aunque aún permanece el síndrome Malvinas -revela Schultz-. Nos duele que siempre pregunten, insistentemente, si las cosas llegarán, como si nos las quedáramos nosotros. Pero bueno, la mano viene así."

El coordinador del depósito no omite mencionar la acción solidaria de varias escuelas secundarias y diferenciales. "Sin ellas no se hubiera podido hacer el trabajo de clasificación de ropa y alimentos." El amplio galpón de Moreno parece una cordillera. Las montañas de zapatos, ropa y colchones llegan al techo. Como si fuera un alpinista, Marcos Lalo trepa a una pila de ropa. "Estoy desocupado. Vivo a dos cuadras y vengo todos los días, desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Después me voy al colegio nocturno. En vez de quedarme en mi casa viendo la tele, vengo aquí y me siento útil", explica con satisfacción este muchacho de 18 años.

Al pie de una de las laderas, Alberto Guzmán (14), el benjamín del grupo, separa el calzado. Por sus manos pasan desde zapatos con tacos aguja hasta botines de fútbol. Marcos y Alberto, de mangas cortas, exhiben sus fibrosos brazos manchados, y parecen orgullosos de sus tatuajes. "¡Qué tatuajes! ¡Ojalá!, son moretones de tanto cargar cajas."

En el fondo del depósito, una decena de colchones cubiertos de tierra se apilan para los voluntarios que se quedan a dormir.

"Ahora no es necesario pasar la noche fuera de casa, pero hubo tiempos en que varios de nosotros estuvimos hasta diez días sin salir de aquí y con muy pocas horas de sueño encima. Algunos se hacían una escapada a sus casas para darse una ducha y cenar algo más que las hamburguesas que Burger King nos donaba", recuerda Schultz.

Entre las cinco y las seis de la tarde, en una precaria casilla dentro del galpón, se reúnen todos, sentados en ronda como si se tratara de un fogón, para descansar un rato, tomar mate e intercambiar novedades. Sus rostros y ropas rasgadas no disimulan el trajín acumulado. Pero éste es el momento de mayor sosiego y lo disfrutan a pleno.

-¿De qué viven? Porque ustedes no tienen sueldo ni nada que se le parezca...

-La satisfacción de ayudar no te la da ninguna plata del mundo. El voluntario de la Cruz Roja es voluntario y con eso no se transa. Si no te gusta, te vas a la primera de cambio.

"Además -dice Mariano Botet, con gesto desafiante-, ¿quién te dijo que la Cruz Roja no paga? Nos paga con esto -señala a sus compañeros-, estar acá, entre amigos. Estamos muy contentos de que por intermedio de la Cruz Roja nos hayamos conocido. Personalmente, me abrió mucho la cabeza y me dio mucha confianza." Mariano no está solo. "Obvio, somos conscientes de que necesitamos laburo y que tenemos que ganarnos el mango para vivir. Pero por estar aquí, no nos estamos perdiendo trabajos, seguimos buscando", dice Vanina. A veces, la lucha por conseguir un transporte que traslade la mercadería a las zonas anegadas resulta cruel y mucha. Después de una tarde de intentos, uno de los voluntarios responsables consiguió que la empresa Plaza -por medio de la Secretaría de Transportes de la Nación- donara un servicio.

En dos horas, las cajas con arroz, latas de conserva, yerba, pañales, y colchones invadieron hasta el baño del ómnibus. Apenas si había lugar para Tony y Miguel, los choferes que sacrificaron su día franco, y para Guillermo, voluntario que pidió autorización en su trabajo para poder faltar y sumarse al envío de socorro. Tenía una misión: que el cargamento llegara a destino. "Pedir el día en el laburo me resultó fácil -dijo-, porque estoy en negro, así que mucho no pueden exigirme."

En cambio, le resultó más complicado explicarles a sus amigos su filosofía de vida. "Me dicen que la Cruz Roja me usa y no me garantiza el futuro. El otro día se enojaron porque después de estar trabajando en el depósito diez horas tuve que brindar asistencia en un recital. Mis amigos no entienden que para mí no es una pérdida de tiempo. Al contrario, lo considero un capital humano maravilloso."

Cruces y medialunas

Hoy el órgano superior de la Cruz Roja Internacional, con sede en Ginebra, cuenta con 263.000 empleados, 128 millones de miembros y una inversión en programas superior a 19.600 millones de dólares por año. Sus 175 sociedades nacionales agrupan a más de 300 millones de voluntarios (unos cien millones son jóvenes) y más del 90 por ciento de sus integrantes no reciben retribución alguna.

La primera identificación de la Cruz Roja fue una cruz roja sobre fondo blanco. Se la creó invirtiendo los colores de la bandera suiza en homenaje al país que le dio origen, y se pensó que era fácilmente reconocible para que fuera respetada en medio de un conflicto. Por supuesto, hay una rigurosa reglamentación de su uso, porque un abuso puede desvirtuar todo el sistema.

En 1876, Turquía adoptó súbitamente el emblema de la medialuna roja, por considerar que la cruz hería las convicciones religiosas de sus tropas. Lo han imitado trece Estados, donde hay predominio de musulmanes. Sus sociedades se llaman Sociedad de la Media Luna Roja.

De modo que, actualmente, estos dos signos distintivos (la cruz roja y la medialuna roja) están reconocidos y protegidos por los Convenios de Ginebra desde 1929. .

Texto: Javier Firpo Fotos: Enrico Fantoni
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