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DE AQUÍ A LA ETERNIDAD

HISTORIA DEL BESO

LA NACION revista

Por una razón o por otra, parece que los seres humanos se besaron desde siempre. No sólo eso: también se besan los monos. Claro que hay formas y formas de besarse. Algunas pueden ser dulces y otras, muy peligrosas

El beso se produce por una especie de movimiento de aspiración de los músculos de los labios, acompañado por un sonido más o menos suave. Debe practicarse en contacto con otro ser vivo o con un objeto, caso contrario parecería que se está llamando a un caballo." Esta curiosa definición pertenece al biólogo francés Christopher Myrop y está contenida en un librito de origen norteamericano, traducido y editado en España y primorosamente impreso en China, fácil de conseguir en las librerías de Buenos Aires. Por ahora, se trata del más enternecedor aporte de la globalización.

El volumen acumula frases sobre el beso, que recopiló Helen Exley, y reproduce pinturas y esculturas en las que aparecen parejas besándose o a punto de hacerlo. Como no podía ser de otro modo, la obra se titula El beso , y no hay más que echarle una mirada (aun sin comprarlo, los libreros son generosos en el toqueteo de la mercadería) para experimentar la magia efervescente que propone ese leve gesto de devoción, tan sencillo y a la vez tan misterioso.

Los besos son de naturaleza diversa, pero pueden agruparse en dos grandes conglomerados; los protocolares y rituales, que constituyen una fórmula social de saludo afectuoso, que generalmente establecen un anodino contacto entre labios y mejillas, y los encendidamente amorosos, de boca a boca, que agregan el condimento de la sensualidad y así estimulan las ganas de incrementar el repertorio de contactos físicos.

Los jerarcas soviéticos prodigaron la excepción a esta regla: se besaban en la boca, en pleno Kremlin, a la vista y consentimiento de todo el mundo. Todavía ningún politicólogo se atrevió a discernir si esa exótica variante de la promiscuidad contribuyó a precipitar la decadencia del comunismo.

La palabra beso proviene del latín basium , por lo que ya desde sus orígenes está dotada de notable tersura fonética. Su sola pronunciación moviliza doce músculos faciales, tantos como el beso mismo. Otros diecisiete músculos, pero de la lengua, se ponen en acción cuando la peripecia adquiere alto voltaje erótico.

Curiosamente, no ocurre lo mismo con la palabra ósculo, del latín osculum , un sinónimo de beso al que la picaresca popular condenó al desván de los arcaísmos. (Y por si fuera poco, también se llama ósculo al orificio por el que las esponjas marinas liberan sus aguas.)

Los antropólogos aceptan que, hace más de dos millones años, los homínidos ya se besaban, así como hoy y siempre se besaron los chimpancés, y que la costumbre deriva de la instintiva necesidad que sentían las mamás homínidas de masticar la comida hasta convertirla en papilla para alimentar a sus bebés.

La hipótesis de que halagaran de la misma manera al macho dominante de la manada, en un primitivo gesto de adulación y sometimiento, no parece exagerada.

Por otra parte, nada es tan cierto como que el hábito de aplicar los labios al ejercicio de la succión sólo progresó en las especies superiores de la escala zoológica -los mamíferos-, dado que apenas alumbrados se zambullen en la teta materna en procura de leche, protección y abrigo. Así, entre los precursores de la especie humana, todavía arbóreos, la cultura del beso nació temprano, con el primer hálito de vida y con el primer intento de desarrollo sociobiológico.

El beso constituye la quintaesencia del placer oral, según Sigmund Freud y su vasta progenie de discípulos. Pero además representa un atajo en el camino hacia la preservación de la raza humana, y no sólo de ella: el león y la leona restriegan sus hocicos y discurren en lamidas como parte de un cortejo que rematará, si no rondan las hienas u otras alimañas inoportunas, en feliz apareamiento.

La bióloga alemana Gisele Dahl deduce, en la revista Nature, que el beso compromete los tres sentidos más directamente emparentados con el deseo sexual: el gusto, el tacto y el olfato. En la pareja humana, sin embargo, la vista y el oído no se quedan afuera, ya que la aproximación que exige el beso requiere un previo semblanteo de los atributos estéticos de cada cual y un fervoroso intercambio de ronroneos.

Cuando el australopithecus africanus adquirió condición bípeda, dice el antropólogo británico John Naper, es posible que encontrara más satisfactorio hacer el amor cara a cara, frente a frente con su pareja y no como las bestias, y que entonces algunos hábitos y algunos rasgos femeninos obtuvieran la cualidad de encantos eróticos. Es posible que se besaran ya por placer, de puro mimosos, y que no bien perdieron su vellosidad corporal, hace unos 40.000 años, las glándulas mamarias femeninas pasaran a integrar ese caudal de atracciones.

Besos y caricias sensibilizaron una vasta red de conexiones neurológicas entre ésa y otras regiones de la anatomía femenina y los centros del deseo sexual, encargados de inyectar estrógeno -una hormona que fabrican los ovarios- al torrente sanguíneo. Es como echar leña al fuego.

En favor de la preservación de la especie humana, y debido a que la hembra engendra habitualmente un cachorro por embarazo, es que la sabia naturaleza liberó a las mujeres de una breve temporada de celo para intentar la procreación. El nivel de los océanos habría crecido peligrosamente si las ballenas, por ejemplo, disfrutaran de esa ventaja.

La creencia de que el alma se expresa a través del aliento vital, y que un beso en la boca promueve la comunión de dos almas, determinó que su práctica fuera sacralizada por varias religiones, entre ellas la católica. "¡Que me bese con lo besoso de su boca!", expresa un verso del Cantar de los cantares , uno de los libros de la Biblia.

Esculturas de templos de la India, construidos hace 4500 años, muestran escenas de besos a los que no se puede endilgar connotación erótica y ni siquiera la simbología de traicionera denuncia del beso de Judas Iscariote a Jesús, representado en un fresco del Giotto, en una capilla de Padua, Italia.

Entendido con el arrobamiento que inspira la famosa escultura en mármol que Auguste Rodin concibió en 1886, ese intercambio de alientos vitales merece para la ciencia una interpretación ciertamente prosaica: fisiólogos de la Facultad de Medicina de Estocolmo, Suecia, probaron que un beso en la boca de escasos diez segundos puede deparar la transferencia de unas 350 bacterias si sus efusivos protagonistas son personas saludables. Caso contrario, si por lo menos uno de ellos tiene caries, anginas o bronquitis, el traspaso de insidiosos microorganismos podría multiplicarse por diez. No se sabe si corrieron ese riesgo los actores Regis Toomey y Jane Wyman cuando, en el film You´re in the army now (1940), se prodigaron un beso de tres minutos y cinco segundos, el más largo en la historia del cine, según el Libro Guinness de los Récords.

Las películas románticas constituyen un buen catálogo de besos apasionados, que pueden ser furtivos o robados, húmedos, eléctricos, deslizantes, a la francesa y de otras veinticinco clases, de acuerdo con la minuciosa clasificación pergeñada por William Cane en su libro El arte de besar , de la editorial Paidós. Previsiblemente, Cane es profesor de lenguas del Boston College.

Cada uno de esos besos demanda el acatamiento a una técnica específica, que el autor detalla sin tapujos. Por ejemplo, el beso eléctrico exige que uno de los miembros de la pareja frote sus pies descalzos sobre una alfombra, lo cual le permitirá acumular una interesante cantidad de partículas eléctricas negativas.

"Supongamos -dice- que la persona cargada de electricidad estática es la mujer. Deberá entonces dirigirse al hombre y, sin tocarlo más que con la cara, saltarán chispas no bien pose sus labios en los de él."

Cane advierte que los besos largos son los más subyugantes y a la vez los más difíciles de resistir, entre otras razones porque las sensaciones de ahogo son casi inevitables. Recomienda: "Más vale no intentarlo si uno está resfriado, con las fosas nasales taponadas".

Como el beso largo debe acercarse a la eternidad, no está de más "practicar la respiración por la nariz durante el día, inhalando y exhalando aire con la boca cerrada". Adquirida cierta experiencia, el autor vaticina que las sensaciones de asfixia pueden resultar estremecedoramente placenteras.

Técnicas no menos depuradas demandan los besos que se dan los esquimales, los malayos y los polinesios: no se trata de entrechocar las narices como si fueran boxeadores; se trata de frotarlas delicadamente, como si cada uno procurara olfatear el perfume (o el hedor) de la piel del otro.

Charles Darwin interpretó que las raíces de esta forma del besar, extendida con leves diferencias a todas las culturas, se remontan a la edad de piedra. ¿Qué otro sentido tienen los besos en la mejilla que se dispensan padres e hijos, tíos y sobrinos, hermanos y amigos entre sí? Simbolizan un reconocimiento olfativo para determinar que, en efecto, unos y otros son integrantes de un mismo clan, de una misma familia.

Los mafiosos sicilianos son particularmente fieles a este hábito.

Pero el beso más estrafalario, perturbador y peligroso es el que los hirsutos varones de las islas Trobriand asestan, como prolegómeno de sus juegos sexuales, a las muchachas lugareñas. El antropólogo ruso Bronislaw Malinowski lo describe, sin ocultar su perplejidad, en un capítulo de su libro La vida sexual de los salvajes que escribió en 1929, a la vuelta de su expedición a esas islas, que forman parte del archipiélago de las Salomon, en el Pacífico Sur, a 3000 kilómetros de Australia.

Malinowski observó que la ceremonia comienza a la manera de los esquimales, pero que en cuanto la pareja manifiesta síntomas de enardecimiento "menudean los mordiscos y las dentelladas, hasta producirse heridas en labios y lenguas". No sólo eso: "También intercambian sanguinolenta saliva de boca a boca y, en los momentos más intensos, se tiran del pelo con tanta fuerza que frecuentemente arrancan mechones de la cabeza de su amado. Probablemente -añade el científico-, el paso más inusual de este beso sea el del ritual mordisco de las pestañas... Todos los adultos de las islas Trobriand tienen heridas en los párpados y pestañas raleadas".

Parece innegable que estos besos son casi tan tenebrosos como los que, para el cine, aplicaron Bela Lugosi y Christopher Lee en las veintitantas películas en las que compusieron el papel del conde Drácula, criatura aficionada a las venas yugulares.

Los besos en el cine nacieron casi con el invento del cinematógrafo: el primero de todos fue filmado en 1895, en una cinta de celuloide de casi once metros, cuya proyección duraba apenas cincuenta segundos. La película se titulaba El beso y en ella un actor de recios mostachos, John Rice, apoyaba sus labios sobre los de una rechoncha dama, May Erwin, bailarina del Ziegfeld Follies. Su realizador, Thomas Alva Edison, debió soportar una andanada de críticas vitriólicas cuando la libró a la exhibición pública. Los diarios neoyorquinos maldijeron el advenimiento del cine si serviría de vehículo a escenas tan lascivas y depravadas, de manera que el inventor de la lamparita incandescente se convirtió también en víctima precursora de la censura cinematográfica.

Pero los industriales de Hollywood ignoraron esos escozores, convencidos de que los besos de película incentivarían la voracidad de las taquillas, ya que cumplirían una imprescindible función didáctica. Así, entonces, nadie acusó molestias por el hecho de que en adelante Rodolfo Valentino y Theda Bara, John Barrymore y Greta Garbo, Clark Gable y Vivien Leigh y Cary Grant e Ingrid Bergman se enredaran en una pringosa telaraña de labios ardientes.

Que se recuerde, sólo los besos que se propinaron Brigitte Bardot y Jean-Louis Trintingnant, en Y Dios creó a la mujer (1956), sobresalieron a la censura y en varios países fueron severamente cercenados. Eran, claro, besos a la francesa, como los que luego copiaron (en versión mejorada) Kim Basinger y Mickey Rourke en Nueve semanas y media (1995), sin que nadie mosqueara y sin que ninguna censura diera muestra de patibundez puritanista.

En todo caso, el cine ha sublimado uno de los gestos de ofrenda amorosa más encomiables, a medio camino entre los arrebatos del espíritu y las ganas de abordar la cuestión de fondo.

"El beso santifica el más entrañable de los sentimientos", escribió Robert Burns, el más notorio poeta inglés del siglo XVIII. Y Leopoldo Lugones concluye así su soneto Paradisíaca. "Sintiendo que el azul nos impedía/ algo de Dios, tu boca con la mía/ se unieron una tarde luminosa,/ bajo el caduco sátiro de yeso./ Y como de una cinta milagrosa/ ascendí suspendido de tu beso".

Si por una vez los antropólogos coinciden con los poetas, el beso merece ser justamente reivindicado en un mundo cada vez más seducido por los improperios de la cibernética, por los desmanes del producto bruto interno y por tanta ripiosa ansiedad materialista.

La primavera que comienza mañana retempla la esperanza de que, bajo su influjo, los corazones enamorados afronten de buena gana el inquietante desafío que propone cada beso apasionado. Conviene saber que todo flamígero contacto de esa índole lleva de 70 a 150 los latidos por minuto.

Texto: Norberto Firpo .

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