Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Los nuevos emigrantes

Los cambios abruptos provocados por las nuevas tecnologías convierten a los mayores en discípulos de los jóvenes

Domingo 07 de abril de 2002

En las familias de emigrantes, los niños y los jóvenes adquieren un papel dominante. Lo hacen al convertirse en el lazo de unión que vincula a los mayores con el nuevo entorno que, a menudo, les resulta hostil. Los jóvenes, que se adaptan a gran velocidad, son los encargados de traducir la nueva cultura a sus padres. Cuando esa tarea de condescendiente intermediación se convierte en imprescindible, esos jóvenes terminan ejerciendo un poder real sobre sus mayores. En la sociedad actual, todos los adultos estamos desarrollando esa mentalidad de emigrantes minusválidos. Nos consideramos extraños en un mundo que sólo parecemos entender por medio de los jóvenes, nuestros intérpretes. Este fenómeno ha sido descripto por numerosos autores, entre ellos por la antropóloga Margaret Mead en Cultura y compromiso. Estudio sobre la ruptura generacional, publicado hace más de treinta años. La primacía que ha adquirido la tecnología en nuestra cultura no ha hecho más que acentuar esa dependencia de los mayores, devenidos extranjeros en nuestro propio mundo. No importa que seamos emigrantes o autóctonos, estamos igualados ante los adolescentes, que se han convertido en nuestros maestros. En esta inversión de las relaciones de competencia se encuentra la explicación de mucho de lo que hoy sucede a nuestro alrededor.

La veloz retirada de los mayores de nuestra función de introductores de los jóvenes en el mundo, deja a las nuevas generaciones sin posibilidad de confrontar con otras experiencias. Resulta evidente que hemos perdido la confianza en que tenemos algo para enseñar. Un pediatra suizo, Bernard Pelet, en un agudo análisis de este problema, señala que hay, por lo menos, dos aspectos en que los padres pueden retomar su función de maestros: el técnico y el psicológico. En el primer caso, los mayores aún pueden enseñar habilidades adquiridas al cabo de una prolongada práctica. Por ejemplo, los jóvenes médicos son expertos en técnicas sofisticadas y costosas pero, aún así, alguien debería enseñarles que una breve y humilde observación del enfermo, proporciona información diagnóstica de importancia primordial. En lo que respecta a la psicología, las interacciones con adultos que actúen como tales, sobre todo con los padres, pero no solo con ellos, podrían ofrecer a la joven generación modelos de relación imprescindibles para su desarrollo. Pero para que esto sea posible es necesario que los adultos vuelvan a ser sus propios maestros, que recuperen la confianza en que tienen algo importante para transmitir.

Ya lo dice el Eclesiastés: “¡Ay de la ciudad cuyo príncipe es un niño!” La sobrevaloración de lo actual, de lo nuevo –que está transformando a los niños en padres de sus padres, en los príncipes de la ciudad– es una amenaza al progreso social. Las nuevas generaciones quedan en manos de un gigantesco experimento de manipulación comercial, con la complicidad de sus mayores que, mansamente, declinamos nuestra responsabilidad de serlo. Más aún, con la alegría incontenible de dóciles discípulos, renegamos de nuestra cultura para lanzarnos a aprender lo que, a través de nuestros hijos, esa maquinaria se ha propuesto enseñarnos, a nosotros, los nuevos emigrantes.

Te puede interesar