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Talleres del Pirovano: un lugar en el mundo

Revista

Una experiencia que agrupa a casi cuatro mil personas le ha cambiado la vida a muchos. Se basa en una idea simple y decisiva: hablar de los problemas es muy saludable

 
 

Si Scherezade tuviera que hacerse de nuevas historias para saciar la sed de cuentos del sultán y así salvar su vida, podría encontrarlas en los talleres del Programa de Salud Mental Barrial (PSMB) del hospital Pirovano. Allí no le exigirían pago alguno a cambio, pero sí le pedirían que ofreciera al grupo su propio relato, para multiplicar con sus experiencias de vida ese juego de espejos donde unos y otros se reflejan y se reconocen.

La narradora de Las mil y una noches confirmaría lo ya sabido: sin dejar de ser distintas, todas las historias se parecen. En esta evidencia, precisamente, reside el secreto del programa. El descubrimiento de que existen otros a quienes les sucede aquello que uno creía padecer en soledad, cura. Así como cura escuchar la propia voz en el intento de recomponer, desde lo cotidiano, la trama de la propia vida. Todo esto intuyó en 1985 Carlos Campelo cuando, siendo psicólogo de planta del hospital Pirovano, transformó a algunos pacientes en agentes de salud para que, compartiendo con otros sus vivencias, se ayudaran entre sí.

Hoy, el programa es un entramado de 360 talleres donde circulan más de cuatro mil vecinos (ya no pacientes) por semana, y donde la consigna es no redundar en las carencias, sino disponerse a aprender de toda experiencia humana, propia o ajena, dolorosa o feliz. “Es una práctica gozosa de convivencia ciudadana que tiene un efecto positivo sobre la salud mental del vecino”, define Miguel Espeche, psicólogo, que sucedió a Campelo en la coordinación general tras la muerte de éste, en 1997.

De padres e hijos

Mauricio Barros pasó un año entero sin atreverse a salir solo de su casa. A los 35, juntó coraje y se acercó al Pirovano, tras oír hablar de los talleres en Causa común, aquel programa vespertino de María Laura Santillán. Pasó por una mesa de orientación y enfiló directo al taller Ay, qué miedo que tengo. Después transitó por otros, como La sabiduría de la inseguridad y Viva la timidez. Recuerda Mauricio: –Al principio transpiraba, me temblaban las manos. Un día me animé a decir algo y, de a poco, me fui soltando. Sentí que los demás me comprendían, que me hacían un lugar. Me costaba creerlo ¿Dónde había estado toda esa gente?

–¿Hubo cambios en tu vida?

–Empecé a descubrir mi historia. En lo concreto, hoy vivo en pareja y conseguí trabajo como vendedor de productos de belleza. Pero el cambio se resume en esto: pasé de no poder salir de mi casa a estar animando un grupo de gente.

Hoy, Mauricio, a cuatro años de su llegada al Pirovano, coordina su propio taller, En el nombre del hijo. Una aclaración: asumido desde el vamos como iniciativa de animación barrial, y no de asistencia médico-psicológica, el programa no exige ningún título habilitante para ser coordinador, salvo el de vecino.

La distancia que hay entre el viejo Mauricio y este que ahora, un sábado lluvioso de enero, se pone al frente de su grupo es fácil de comprobar. Basta con verlo en acción. Y eso ocurre cuando el cronista, como uno más, se sienta en círculo junto con otras 14 personas en el hall del hospital, dispuesto a compartir experiencias alrededor de la siempre compleja relación de los hijos con sus padres, y viceversa.

Hoy, la historia que manda es la de Antonio, un joven de 30 años que mastica un relato entrecortado, cargado de angustia contenida. “A veces es bueno sacar afuera todos los muebles de la casa”, invita Mauricio. Y Antonio desgrana datos que componen un cuadro familiar de incomunicación, de padres distantes que están de viaje mientras el hijo, desencantado y solo, no acude al trabajo y se pasa el día fantaseando con un proyecto que lleva años de postergación. No se tiene fe, no sabe cómo. En medio del intercambio, destella un aforismo de Campelo: “Quien busca la vida encuentra la forma, quien busca la forma encuentra la muerte”.

Para colmo, suelta Antonio, cada vez que él enferma o se deprime, la madre le responde poniéndose peor. Mauricio conoce de qué va esa historia. “Muchas veces yo discutía fuerte con mi madre y me iba dando un portazo –cuenta–. Cuando volvía, mi vieja estaba en la cama con el médico de un lado y el cura del otro.” Los demás aportan lo suyo. Se genera un clima. Se dicen cosas acerca de salirse del lugar del hijo (el de la demanda), y empezar a dar, para madurar y afrontar la vida propia. ¿Hasta cuándo voy a seguir reclamando las tostadas que mi mamá no me hacía a la vuelta del colegio? Tras admitir que las cuentas con los padres no se terminan de saldar nunca (con lo que se asegura, a futuro, una asistencia al taller tan nutrida como la de hoy), Mauricio dice que lo único que podemos cambiar es a nosotros mismos. Cuando uno cambia, agrega, cambia el entorno.

Después, en el bar del hospital, Mauricio se entusiasma al hablar del programa: “Esto es como volver al barrio, a un lugar de abrigo –dice a la Revista–. Rompe con el aislamiento de este tiempo, que es brutal, y te ofrece un lugar de pertenencia donde te dejás acompañar en el camino. El hecho de que no haya un peso de por medio es importante.” Los coordinadores no cobran por su tarea. Están distribuidos en 15 grupos, que se reúnen semanalmente. Allí encuentran contención y orientación. Más que ad honórem, les gusta decir que participan ad gaudium. Es decir, por el gozo. Dice Mauricio: –El coordinador tiene que estar atravesado por lo que pasa en su taller. No hablamos desde los libros, sino desde nosotros, desde nuestras experiencias. Eso rompe con la figura del coordinador que la tiene clara y que ayuda a los demás desde un escalón superior. Acá nos acompañamos todos. Quiero que pongas, además, que soy muy feliz haciendo esto.

En el Jazz Café

En un principio, los talleres colonizaron el espacio del hospital. Después lo desbordaron y plantaron bandera en plazas aledañas y cafés sobre la calle Monroe, entre el 3500 y el 3900. Los bares Coghlan, España, Juan Grillo, el Bar TV y el Jazz Café. En este último, Carlos, el encargado, se refugia detrás de la caja registradora. Tiene el pelo blanco y la tranquilidad de los que miran pasar el mundo plantados siempre en el mismo sitio.

–¿Cuántas personas pasan por el bar atraídas por el programa?

–Aquí hay 64 talleres por semana, con un promedio de 15 a 20 personas cada uno. Sacá la cuenta.

–¿Le gusta recibir a toda esta gente?

–Sí, siempre que consuman.

–¿Y consumen?

(Suelta una media sonrisa.) –Y… hay de todo. Esta época no es la mejor. Consume alrededor del 30 por ciento de los que vienen. Cuando no consumen es porque no pueden. Nosotros les damos el espacio igual. Es toda buena gente.

Esa buena gente va llegando, cada uno por su lado, para participar del taller Chau, ay de mí (abandonando a la víctima). Al rato, un grupo de nueve talleristas sube las escaleras hasta el entrepiso del bar, donde en una cierta intimidad, alrededor de una mesa, se desarrolla la reunión con la coordinación de Marcela Ruiz. Aquí prima la historia inmediata. Como la de Mara, que anoche no pegó un ojo porque su hijo de 20 años llevó una chica a su cuarto (la novia de un amigo), “sólo para pasar un buen rato”. Mara quiere encontrar la razón de su enojo. “No puedo entender por qué me molestó tanto. Me siento defraudada, como si me hubieran despojado de algo.” Darío, contador, 42 años, entrega el último capítulo de una historia que muchos de los que están allí conocen. En las fiestas, cuando le llevó un regalo a su pequeña hija, volvió a decirle a su ex mujer que la seguía queriendo. Ante la indiferencia de ella, se quebró. “Su sola presencia me desarma”, confiesa. Para peor, está sin trabajo y perdió los 3600 dólares que invirtió en un frustrado negocio de pirotecnia. Marcela sugiere que tal vez Darío deba tomar distancia respecto de su ex mujer. Elaborar el duelo. “El costo de poner la cabeza en la guillotina es demasiado alto”, dice.

Los relatos confluyen en un mismo lugar común: la falta de trabajo. Entonces, Marcela anuncia sin dramatismo que hace menos de una semana perdió el suyo como oficial de escribanía. Estupor general, mandíbulas caídas. “Ese día, cuando volvía de la oficina, me dije que tenía que evitar el bajón –sigue Marcela–. Entonces se me prendió la lamparita. Tengo dos manos, me gusta cocinar, y cerca de casa hay muchas empresas. Comida rica y barata, me dije. Almuerzos con postre a dos con cincuenta. Mi hija mayor me va a ayudar atendiendo el teléfono. La otra, con el fitito, hace el delivery. La semana que viene salgo a comprar las bandejitas y después les cuento. Antes me hubiera quedado lamiendo las heridas, ahora pienso que quizás, o seguro, esto es para mejor.” Poco después, café de por medio, Marcela ubica ese antes unos cinco años atrás. Entonces su psicóloga daba por agotada su terapia y la instaba a empezar con los talleres del Pirovano. Recaló en Mujeres que aman demasiado. Pero antes tuvo que romper con cierto prejuicio social.

–Vivo en La Horqueta de San Isidro, en un medio donde el hospital público es poco menos que mala palabra. Tuve que vencer la resistencia familiar. Yo creía que mi problema era único, y aquí aprendí que hay personas a las que les pasan cosas mucho más difíciles y, sin embargo, siguen adelante. Lo importante es construir desde lo que tenemos, no quedarnos varados en lo que nos falta.

Quién me quita lo bailado

Desde algún lado llega una música. Sonido de palmas, voces, gritos. Carlos, detrás de la barra, advierte mi sorpresa y se anticipa a la pregunta: –El taller de salsa. En el salón del fondo. Vale la pena.

Allí, la trama múltiple de conversaciones que es el programa da paso a otra cosa. Se baila. Sin embargo, un primer vistazo a la gente (unas 40 personas) confirma una impresión recogida por la mañana: los talleres igualan a hombres y mujeres, a jóvenes y viejos. Incluso las diferencias de clase, al menos por un rato, parecen quedar de lado. La música se apaga. Nos sentamos en círculo. José Enrique Villafañe y Elsa Schneider, los coordinadores, indican que es el momento del descanso activo.

–De bailar no sé nada, así que esto me da un poco de cosa. Pero los vi bailar a todos ustedes y se me fue la vergüenza –confiesa al grupo Jorge, un novato de 19 años, desgarbado y de rulos rebeldes. Provoca una carcajada general.

Cada taller tiene su momento mágico. Una súbita comprensión, una emoción, un silencio. En este taller de salsa donde también pasan rock y merengue y de donde nadie saldrá sabiendo un paso nuevo (aquí el baile se ejerce, no se enseña ni se aprende), ese momento llega cuando Susana, una delicada mujer de 54 años, cuenta que a los 28 los médicos la declararon artrítica, y ella se lo creyó. Ahora, cuando le bajan las defensas, la enfermedad regresa. “Pero esta vez quiero buscar la salud. Y lo que siempre me gustó es el baile –declara–. Cuando empezaron los talleres me dijeron que no viniera, que esto era una locura. Si hubiera venido, habría ganado muchos años. Aquí estoy, por primera vez, rompiendo muchas murallas para hacer lo que me gusta. Siento mucha alegría porque estoy entre gente que tiene ganas de vivir.” Aplausos. Momento de emoción verdadera. De pronto, Matilde, un poco más allá, se reconoce también tallerista nueva y acto seguido anuncia que tiene el bolso lleno de instrumentos de percusión. “Cacerolas”, salta alguno, y es una de las pocas ocasiones donde se filtra una alusión explícita a la realidad política y social del país. Lo impensable es que semejante cosa despierte risas. Pero no, no son cacerolas, y ahora se baila y se canta al compás de una improvisada y festiva batucada. Otro de los aforismos que circula en el Pirovano: “Lo importante no es lo que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa”.

Más tarde, entre los vecinos que asisten al taller En un segundo me cambió la vida, aparece un rostro familiar. Una mujer mayor, con la que, en esta expedición de un día a través de los talleres, el cronista se ha cruzado varias veces. En los pasillos del hospital, en los bares aledaños, saltando de grupo en grupo. Se llama María y tiene 74 años. Concluido el taller y a la hora de las despedidas, ofrece más datos sobre su historia.

–Empecé a venir al Pirovano hace siete años –cuenta–. Al principio, mis testimonios eran tristes, pero con el tiempo se fueron haciendo más positivos. Aprendí mucho de lo que escuchaba en los talleres, y también de lo que yo misma contaba a los demás. Me fui sacando mochilas siendo sincera conmigo misma, quitándome de encima la podredumbre. Ahora disfruto la vida de otra forma. Yo sólo creo en la vida terrena, y a veces me parece que el tiempo que me queda es corto. Pero estoy agradecida por lo que me toca. Estoy aprendiendo a vivir. Me siento como una piba que nace todos los días.

En la calle, ya casi de noche, bajo un cielo gris pero sin lluvia, un último pensamiento para María. ¿Cuántos relatos habrá escuchado en todos estos años? ¿Cuántas vidas habrá sumado a la suya propia?

"Todo pasa por el encuentro"

Desde hace cinco años, Miguel Espeche está al frente del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano. “El programa es para los coordinadores –dice–. Cuando ellos están contenidos y a gusto, el beneficio para los talleristas está asegurado. Aquí no hay un sentido de sacrificio, o la idea de ayudar porque el otro no puede. Los vecinos conversan entre sí porque quieren, no porque deben. Este es el espíritu que sostiene al programa.” Para Espeche, de 42 años, el clima que se genera en los talleres produce salud. “Las palabras inteligentes –que las hay– no son lo más importante. Nuestra sociedad ha roto vínculos comunitarios, hay poca silla en la vereda, poca plaza. Al cortarse esos lazos, las personas nos parecemos más a los pollos de criadero, que sólo producen y consumen. La cuestión pasa por el encuentro de unos con otros.” Uno de los objetivos del programa es que la gente se haga sujeto de su historia. “Hay muchos espacios públicos donde el discurso nos coloca como víctimas de las circunstancias. La idea es que cada uno, ayudado por otras miradas, reconstruya su historia y se la apropie. A veces, las miradas son conflictivas y chocan los planetas, pero eso genera energía. No son reuniones pasteurizadas, pero en general son ordenadas. La gente, cuando quiere lo que hace, lo cuida.” Al mes de asumir la coordinación general del programa, el segundo hijo de Espeche (tiene tres), de 13 años, falleció en un accidente. “Entonces conducía el taller Penas de amor, y me ayudó mucho tener un espacio donde compartir lo que me pasaba sin ser considerado alguien digno de lástima.”

El taller de la crisis

Se comunican más en el terreno de los sentimientos que en el de las ideas. La propuesta es contarse qué hacen con aquello que les provoca la crisis por la que atraviesa el país. Claro que aparecen opiniones encontradas, y entonces es bueno recordar que estar de acuerdo no es la única forma de estar juntos.

Durante enero, más de 100 personas se reunieron todos los jueves, a las 20, en el auditorio central del hospital Pirovano, convocadas por el taller Salud y potencia ciudadana: nuestro ánimo y la crisis argentina, coordinado por Miguel Espeche. Una experiencia que, informan los organizadores, posiblemente sea reeditada.

Allí, durante el encuentro del tercer jueves del mes último, al que asistió la Revista, se plantearon perspectivas interesantes. Por ejemplo, que el corralito financiero no es el único que existe: hay corrales de otra índole en los que también estamos atrapados, de los que se puede salir decisión personal mediante. A cada cual el suyo.

Los asistentes son, en su mayoría, de clase media. No es difícil imaginarlos en la calle, golpeando una cacerola. "Hoy sentí como si alguien hubiera entrado en mi casa y con un martillo hubiera roto las cosas que más quiero –dice una mujer mayor–. Siento una tristeza profunda por no saber qué nos sucede, qué nos están sacando, adónde vamos. Me desespero porque no entiendo nada. Yo amo este país, pero quiero saber a qué país estoy amando."

Otras voces aportan otras miradas. Otras vivencias.

Y al final, más allá de las historias compartidas (donde hay lugar para el dolor y la incertidumbre, pero también para la esperanza y hasta el humor), lo que queda es la sensación de que esta particular asamblea es un modo de restablecer aquello que hemos ido perdiendo: los lazos comunitarios. Y hasta los políticos. De hecho, todos están allí en su carácter de ciudadanos. Al final, tomados de la mano, cantan el Himno Nacional.

Datos útiles

El PSMB tiene talleres los siete días de la semana, desde primera hora de la mañana hasta las 21 o las 22, según el día. Hay encuentros de orientación los lunes, a las 19; los miércoles, a las 20; los viernes, a las 18.30, y los sábados, a las 9, en el mismo hospital Pirovano, Monroe 3555, Capital Federal (en Internet: http://ar.geocities.com/talleresdelpirovano ; mail: saludbarrial@altavista.net ).

Con 360 talleres en actividad, el abanico es amplio. Algunos ejemplos, como botón de muestra: Sufrir... ¿o crear?; Resistencia al cambio; La enfermedad no impide la salud; Los amores imposibles; Entre madres e hijas; La tristeza de los domingos, ese pantano. .

Texto: Héctor M. Guyot Fotos: Federico Guastavino
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