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Enfermedades modernas

Revista

El modo en que las sociedades enferman y mueren está doblemente atravesado por las dimensiones biológica y social. En este sentido, la época actual engendró un mapa de afecciones y trastornos que tiene su impronta particular. Son, podría decirse de algún modo, las enfermedades de la vida moderna.

"Aunque hablemos del impacto negativo que tienen hoy sobre la salud nuestros hábitos de vida, no se puede negar que, en comparación con otras épocas, tenemos más bienestar. Esto se traduce, por ejemplo, en una mayor expectativa de vida", dice el doctor Antonio Vilches, profesor adjunto de medicina interna de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Sin embargo, vivimos en un mundo "en el que el estilo de vida no permite la diversidad de los ritmos biológicos individuales", admite el especialista.

Así están las cosas: en los Estados Unidos se espera que para 2015 exista una población centenaria de medio millón de personas; paradójicamente, en la meca del progreso no sólo están preocupados por la recesión y la desaceleración de la economía, sino también por los costos que representan para el sistema de salud norteamericano muchas de las enfermedades relacionadas con los aspectos negativos del estilo de vida actual. Obesidad, patologías cardiovasculares y diabetes constituyen buenos ejemplos.

Allí y en cualquier rincón de toda ciudad del siglo XXI, los malos hábitos a los que nos tiene acostumbrados la vida actual son, en gran parte, responsables de los daños corporales propios de la época.

Si comer es indispensable para subsistir, alimentarse de modo incorrecto es también una condición necesaria (aunque no exclusiva) para que el organismo reaccione, enfermándose.

De una encuesta reciente sobre más de 1200 personas, uno de cada seis argentinos no se cuida en las comidas, aun cuando el 72% de ellos asegura saber que ni los dulces ni las grasas deberían tomarse como elementos básicos de una buena dieta. Sociedades médicas de todas las especialidades intentan convencer al hombre contemporáneo de los beneficios de una dieta sana. Algunos datos estremecedores apoyan esta empresa: según el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos (CDC), "la obesidad es una verdadera epidemia, con impacto directo en enfermedades crónicas como la diabetes (que afecta a 145 millones de personas) y las patologías cardiovasculares".

Según la Organización Mundial de la Salud, tanto los malos hábitos alimentarios como el sedentarismo y el tabaquismo tienen consecuencias directas sobre el aparato cardiovascular, castigado por patologías como la hipertensión, el infarto cardíaco y el accidente cerebrovascular o stroke. En 1999, estas enfermedades representaron un tercio del total de muertes globales; en 2010, se estima que constituirán la primera causa de muerte en las naciones en vías de desarrollo. "La urbanización, la industrialización, la globalización, implican cambios en el estilo de vida que promueven la aparición de enfermedad cardíaca", dice la OMS.

El doctor Jorge Lerman, jefe de la sección Cardiología del Hospital de Clínicas José de San Martín, dice que "mientras la hipertensión y el colesterol se están controlando cada vez más, la obesidad crece a pasos agigantados, lo que conlleva un aumento de enfermedades metabólicas como la diabetes, un factor de riesgo de primera línea para la enfermedad coronaria".

Por otra parte, "los factores psicosociales, las tensiones y el stress son un claro target para estas patologías".

La drogadicción y el sida también tienen su impacto sobre el corazón: "Las enfermedades cardiovasculares como los infartos por cocaína y una nueva forma de endocarditis vinculada con el sida son muy propias de esta época", afirma el cardiólogo.

Uno de los malos hábitos que apunta al corazón y es culpable de la mayoría de los males del aparato respiratorio es el cigarrillo, aunque el hábito de fumar varía con los países. Mientras en los desarrollados la prevalencia del tabaquismo disminuye anualmente en un 1%, se estima que en nuestro país se da el camino inverso: los fumadores crecen, y en un estimativo del 2% anual. En la Argentina, unas 45 mil personas mueren cada año por enfermedades atribuibles al cigarrillo. El 40% de la población es fumadora, mientras que en los Estados Unidos sólo el 25% sufre esta adicción.

El cáncer no ha dejado de ser un fantasma y adquiere formas relacionadas con el estilo de vida.

Según los doctores Gustavo Gercovich y Ernesto Gil Deza, del Instituto Oncológico Henry Moore, "existe una relación estrecha entre el cáncer y la conducta, como ocurre con el melanoma y la excesiva exposición solar o el cáncer de cuello uterino que en muchos casos se vincula con el inicio temprano de las relaciones sexuales o la promiscuidad. También el sida ha incrementado algunos tipos de cáncer como el sarcoma de Kaposi".

Para tomar sólo algunos ejemplos, el tabaquismo tiene estrecha relación con tumores de pulmón, vejiga, cabeza y cuello.

Exhaustos, cansados, estresados, hombres y mujeres que viven en las grandes urbes no pueden dormir bien. Un estudio realizado este año por la Sociedad Latinoamericana del Sueño demostró que casi el 70% de los adultos tiene problemas para dormir. El 85% atribuye este problema al stress, el 30% a distintas enfermedades, el 20% a factores ambientales y el 15% a problemas familiares.

"Parecería que la gente no tiene tiempo para dormir o no se quiere quedar dormida. A diferencia de lo que ocurría en otras épocas, hoy el mundo funciona las 24 horas, nada se detiene y esto también propicia la aparición de trastornos del sueño", afirma el doctor Vilches.

La lista de males cotidianos se engruesa con trastornos digestivos desencadenados por el stress y las comidas copiosas o a deshora, el descenso de los índices de fertilidad ocasionado por factores emocionales y ambientales.

Sin embargo, en el día a día, los trastornos que más ausentismo laboral provocan en estos tiempos son dos que cualquier lector consideraría triviales: el resfrío común y el dolor de espalda. Este último, sin duda, ligado al sedentarismo, al exceso de horas que el común de los mortales ocupa frente a la computadora y el televisor y a la falta de actividad física. Un documento de la iniciativa mundial Década del Hueso y la Articulación 2000-2010 indica, en efecto, que "el dolor de espalda es la segunda causa de pedido de licencia por enfermedad".

De la mayoría de los males de este tiempo, "la gente quiere curarse rápido -asegura el doctor Vilches-. No previene ni se vacuna lo suficiente y, en cambio, tiende a tomar antibióticos para combatir enfermedades que no se curan con estos medicamentos".

"Los trastornos de ansiedad son incrementados por el ritmo de vida actual -dice el doctor Miguel Márquez, jefe de Psiquiatría del Hospital Francés y presidente de la Asociación Argentina de Trastornos de Ansiedad-. La ansiedad es la emoción que acompaña las situaciones de conflicto, esas circunstancias en que hay que elegir conductas dentro de una amplia gama de posibilidades. La ansiedad no es mala, siempre y cuando no se vuelva patológica."

El stress y la ansiedad no son sinónimos y no siempre vienen juntos. Comprometen áreas muy distintas del cerebro para producirse y manifestarse. "Aunque los síntomas de una crisis de pánico sean impresionantes y parezcan un ataque cardíaco -explica el doctor Márquez- no enferman el cuerpo. El stress, sí."

La ansiedad se vincula más con un plano psicológico o cognitivo. El stress impacta sobre sistemas de regulación autónomos del organismo, que sincronizan fenómenos tan esenciales como la respiración, el ritmo cardíaco, la presión arterial, la transpiración. "El stress se vincula con las partes del cerebro que comandan la vida vegetativa -dice el psiquiatra-. Se secretan distintos neurotransmisores, y esto genera alteraciones físicas que van desde la fijación de tono cardíaco y de presión elevados pasando por lesiones a nivel de los jugos estomacales, de la movilidad intestinal y alteraciones del sistema inmune con baja de defensas, que puede producir desde más infecciones hasta tumores."

Para Márquez, la ecuación que explica el aumento de los trastornos de ansiedad es sencilla: el punto de partida de la conducta son las necesidades; las necesidades que la vida moderna crea son innumerables, al igual que los instrumentos para satisfacerlas; el tiempo nos permite (y nos obliga) a tomar decisiones on line... El resultado son individuos que deben elegir entre numerosas opciones en forma permanente, y cada vez que eso ocurre hay ansiedad.

El psiquiatra comenta que uno de los trastornos que más aumentó últimamente es el de stress postraumático (ver recuadro), ligado a la inseguridad y el delito.

"Podríamos hablar de una patología del enjaulamiento -agrega la doctora Diana Kordon, médica psiquiatra coordinadora del Grupo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial y docente de la Universidad Nacional de La Plata-. Hay una presencia de vivencias persecutorias permanentes. A la manera de una fobia, se vive en estado de alerta y los cuidados se transforman en verdaderos rituales obsesivos."

Márquez indica que el sello de la época también explica el notorio incremento de la fobia social. "Este trastorno -aclara- a menudo es la puerta de entrada a otros problemas más graves. Por ejemplo, al alcoholismo, si se tiene en cuenta qué puede ocurrir cuando un fóbico social descubre que al tomar unas cervezas puede hablar en público... Actualmente, sin embargo, la fobia social asume nuevas formas, relacionadas con la falta de lugares en la sociedad. ¿Cómo no aumentaría hoy, cuando si se pierde una entrevista laboral se sabe que difícilmente haya otra?"

Para la doctora Elsa Wolfberg, médica psiquiatra psicoanalista y titular del capítulo de Psiquiatría Preventiva de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA), la alta exigencia de rendimiento laboral, por presiones que destierran del mercado a quien no rinde y, del lado opuesto, los altos niveles de marginación que generan la desocupación y la falta de oportunidades causan -paradójicamente- estados similares: desesperanza y extenuación.

En 1992, un trabajo de la Escuela de Medicina de Harvard, Estados Unidos, cruzó información acerca del síndrome de fatiga crónica, un mal casi endémico entre la población norteamericana, y los estragos producidos sobre la población china durante la Revolución Cultural.

"Ambos grupos tenían síntomas parecidos -dice Wolfberg-: dolores difusos, perturbaciones del sueño, déficit de concentración, falta de memoria, decaimiento y extenuación. Los investigadores vieron que los chinos tenían una deprivación de energía vital debido a la pérdida de esperanza en mejores condiciones de vida, pero que los norteamericanos, que trabajaban hasta 80 horas semanales, también estaban extenuados detrás de una frenética marcha hacia adelante, sin esperanza ni horizontes."

Entre las patologías que derivan de la problemática laboral, la doctora Kordon explica también las dos contracaras de una misma moneda: adicción al trabajo, con tendencia a cumplir ideales sobreexigentes y tiránicos, bajo la amenaza constante de la pérdida y el fracaso, o la desocupación.

"Al perderse el trabajo -afirma la doctora Kordon- predominan sentimientos de angustia, indefensión, inseguridad. Encontramos crisis de angustia, fobias, ataque de pánico, depresión, enfermedades psicosomáticas, incluida la muerte súbita o los intentos de suicidio."

De la mano de la desocupación aparecen situaciones de violencia familiar, desdibujamiento de los roles en el hogar (¿quién es ese papá que ya no trae dinero a la casa, a la hora de fijar pautas y límites?), adicciones o patologías orgánicas, resultado de la claudicación psíquica.

Las patologías de desesperanza y extenuación suelen venir juntas: la primera impide vivenciar una meta como posible; la segunda supone una pérdida de la energía vital, algo mucho más radical que el simple cansancio, a menudo no autoconsciente, que causa un declive de fuerzas físicas, psíquicas y emocionales cotidiano, invisible, silencioso. Varios estudios confirman la relación de estos estados con riesgo de sufrir enfermedades. (Ver recuadro.) "La extenuación, la fatiga excesiva y la alta desesperanza son sentimientos predictores de infarto y patología cardiovascular -dice Wolfberg-, mientras que la desesperanza moderada es predictora de cáncer."

Contra lo que podría creerse, estos estados no siempre están ligados a la depresión. "La depresión más habitual, llamada depresión mayor, suele venir acompañada de tristeza, autorreproche, llanto y también con desesperanza -dice la doctora Jeanette Dryzun, médica psicoanalista integrante del capítulo de Psiquiatría Preventiva de APSA-. Pero el desesperanzado puede no estar triste o no darse cuenta de que flota en la vida sin anclajes motivacionales."

Sin embargo, existe un tipo de depresión, llamada esencial, que es una depresión vacía, donde no hay tristeza, ni sentimientos de pérdida, ni llanto, ni crisis de autoestima. "Se vincula con otro trastorno -dice Dryzun- llamado alexitimia. Ambos tienen como tronco común la imposibilidad para verbalizar y registrar estados de desamparo, de extrema fatiga." Esta clase de depresión, al igual que los estados de desesperanza y extenuación, es más predictora de trastornos orgánicos que la misma enfermedad depresiva, pero cuando la persona advierte que está mal. Tomar conciencia del problema es sinónimo de lucha y siempre implica una puerta más abierta que la negación y la automatización frente a la angustia y al dolor del conflicto.

En el mundo del trabajo, y de aquellas profesiones que suponen un contacto directo con las personas, acecha una amenaza que describió por primera vez Herbert Freudenberger en 1973 en los Estados Unidos: el síndrome del burnout (del quemado).

"Primero fue descripto entre los miembros del equipo de salud -dice Wolfberg-, pero luego se comprobó entre docentes, personal de justicia, periodistas, asistentes sociales, psicólogos, enfermeras y profesiones de servicios humanos en general."

Todo indica que cuando el desafío laboral no está balanceado por satisfacciones acordes, quienes sufren burnout experimentan vivencias traducidas en una menor competencia laboral y profesional.

Quienes sufren burnout están afectados por una larga colección de pequeñas molestias (contracturas, dolores, problemas menstruales), que en tanto se prolonga el estado de extenuación y sobrecarga pueden transformarse en serias patologías, como cáncer o trastornos cardiovasculares.

El doctor Carlos Gibert, médico psicoanalista especialista en psiquiatría, miembro del Centro de Investigaciones Psicológicas para el Estudio y la Prevención de los Accidentes (Cipea), se pregunta si los argentinos advertimos que los accidentes son un auténtico problema de salud.

Para Gibert, la mayor proporción de accidentes -no sólo automovilísticos- se vincula con el incremento de la interacción hombre-máquina, que caracteriza a la cultura actual.

"Pero también expresan el estado mental de una población -agrega-. En nuestras investigaciones, hallamos que siempre existen situaciones anímicas que inciden en un accidente."

Las crisis que menciona Gibert son circunstancias positivas como negativas de la vida. "Si se perdió el trabajo o nació un hijo -afirma-, hay que tener conciencia de lo que está pasando y poner más atención porque se está más expuesto."

A pesar de este panorama poco alentador, conviene recordar, para no contribuir a las tan variadas causas de abatimiento ya mencionadas, que hay muchas alternativas al alcance de cada uno. Está en nosotros la posibilidad de prevenir, atenuar y retrasar la irrupción de estos trastornos y enfermedades en nuestras vidas.

Básicamente, hay tres aspectos para tener en cuenta: llevar una dieta equilibrada, realizar ejercicio físico y hacer un trabajo consciente sobre el propio stress.

Evitar que las grasas y los dulces sean la base de la dieta, no hacer comidas demasiado copiosas o a deshora, así como tener una actitud madura respecto del tabaco, el alcohol y otras adicciones más graves atenuará el peligro de la obesidad, la diabetes, los problemas respiratorios y cardiovasculares.

Cambiar la vida sedentaria por alguna modalidad de ejercicio afín a las posibilidades y los gustos de cada uno -desde caminatas regulares hasta la práctica de natación u otros deportes- disminuirá los penosos y traicioneros dolores musculares y articulares, al tiempo que redundará en un metabolismo más sano.

En cuanto al stress, uno de los problemas más extendidos e inevitables de estos tiempos, un puñado de sugerencias pueden ser útiles para controlarlo.

En primer lugar conviene aprender a medir las propias fuerzas y no intentar tareas ni resultados más allá de las posibilidades reales. Hay que evitar exigirse hasta la extenuación en cada emprendimiento.

Tampoco es sensato entregarse a un culto de la velocidad: en lo posible, es mejor hacer las cosas con todo el tiempo necesario.

Cuando un trabajo se estanca y parece no tener salida, tratar de descansar o dedicarse a otra tarea suele ser mejor que obstinarse en lo que no se resuelve.

Recordar que el humor es siempre un buen lubricante para las fricciones con los otros y con uno mismo.

Finalmente, y aunque parezca paradójico, no siempre se vence al stress con descanso. A veces, se alcanzan circunstancias más saludables luego de haber trabajado inteligentemente para ellas.

Asediados por las demandas de un mundo que cambia constantemente, para cada uno hay un remedio fundamental que es querer estar sano e intentar lograrlo.

El cuestionario de Maastrich

Se utiliza como escala para medir el riesgo de padecer alguna enfermedad cardiovascular

1) ¿Se siente generalmente cansado?
2) ¿Tiene problemas para conciliar el sueño?
3) ¿Se despierta repetidas veces durante la noche?
4) ¿Siente que últimamente no pudo alcanzar metas u objetivos?
5) ¿Siente que no puede lidiar con los problemas diarios como hacía?
6) ¿Piensa que se encuentra en una situación sin salida?
7) ¿Se siente menos despierto o más desatento que antes?
8) ¿Se siente débil?
9) ¿Disfruta del sexo como siempre?
10) ¿Experimentó recientemente un sentimiento de desesperanza?
11) ¿Encuentra más difícil enfrentar un problema difícil de lo que le resultaba un año atrás?
12) ¿Lo irritan pequeñas cosas más que antes?
13) ¿Siente deseos de rendirse?
14) ¿Siente a veces que su cuerpo es como una batería que pierde energía?
15) ¿Me siento bien?
16) ¿Quisiera por momentos morirse o estar muerto?
17) ¿Tiene últimamente el sentimiento de que usted no posee lo que necesita o lo que le hace falta?
18) ¿Se siente rechazado?
19) ¿Siente a veces el deseo de llorar?
20) ¿Se levanta alguna vez sintiéndose exhausto o extremadamente cansado y fatigado?
21) ¿Tiene dificultades crecientes para concentrarse en un tema durante un tiempo considerable?
22) ¿Suelen las pequeñas discusiones irritarlo más fácilmente?
23) ¿Suele perder el control más fácilmente que antes?

    Resultados:
  • Riesgo alto: 15-23 puntos
  • Riesgo moderado: 7-14 puntos
  • Riesgo bajo: 0-6 puntos
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