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SOCIEDAD

Esperanza es un pueblo

Revista

Parece casi un paraíso, pero es una ciudad real, en el interior de la provincia de Santa Fe, con baja tasa de desempleo, alta tasa de recaudación municipal y mucha seguridad. Aquí, una crónica de este lugar especial, con sus luces y sus sombras

 
 

En El Cielo venden de todo. Juguetes, lápices, zapatos, triciclos. Es una de esas tiendas donde todo lo que hay en la vidriera está ahí desde hace tanto tiempo que ya nadie mira. Pero lo más importante es que El Cielo está frente a la plaza, y que la plaza principal de Esperanza, provincia de Santa Fe, es el orgullo de la ciudad: un pulmón cargado de jacarandaes, glorietas con glicinas, pinos, fuentes, bancos.

-La plaza al atardecer. Hay que ver lo que es eso.

Repiten los vecinos, que dicen que les dijeron que es la plaza más linda de la Argentina.

Esperanza tiene 40 mil habitantes y es cabecera del departamento Las Colonias, provincia de Santa Fe. Fue la primera colonia organizada de la Argentina, fundada el 8 de septiembre de 1856 por Aaron Castellanos, cuando la palabra progreso quería decir algo.

-Le van a decir de otras ciudades que son colonia -dice uno, de más de setenta, sentado en la plaza- pero ésta es la primera or-ga-ni-za-da.

-¿Eso qué significa?

-Que la hicieron como Dios manda. Or-ga-ni-za-da.

Los primeros colonos se importaron de Bélgica, Suiza, Alemania y Francia. A lo mejor por eso ahora a los esperancinos les gusta mostrar su ciudad limpita, sin mendigos, tan bonita. Pero hay otro detalle. Rumores dicen que la ciudad de Esperanza, además, es un oasis. Una ciudad orgullosa de sí misma, que funciona bien. Una isla en un país arrasado por el desempleo. Un lugar donde la gente vive feliz, segura y paga sus impuestos.

Ahora es martes, de noche, y el micro hace cuatro horas que puso proa hacia Esperanza. La hipótesis de máxima de este viaje es averiguar si Esperanza -con ese nombre, además- es un lugar mejor que los demás. Y por qué. Los datos oficiales son auspiciosos. Dicen que el índice de analfabetismo del departamento es inferior a la media del país (2,6% contra 3,7%); el 40,8% de la población del distrito tiene formación universitaria; el 95,5% vive en casas y el 0,5%, en ranchos o casillas. La ciudad tiene gas natural -obra que pertenece y explota el municipio-, seis radios, una emisora de televisión por cable, varios periódicos, un parque de 12 hectáreas que hasta hace poco era baldío y un balneario municipal de 25 hectáreas con capacidad para tres mil personas. De la población económicamente activa, se dice que el 94% estaría empleada. Además de las dos facultades (Agronomía y Veterinaria) de la Universidad del Litoral que están desde hace más de treinta años, en septiembre se inauguró el Instituto Tecnológico El Molino, un proyecto en el que se invirtieron más de tres millones de dólares, y es el nuevo orgullo de Esperanza: una Fundación en la que participan el municipio de Esperanza, El Centro de Industria y Comercio y la Sociedad Rural administra este instituto con capacidad para 700 personas que, por una cuota de 50 pesos por mes, podrán estudiar carreras cortas según los requerimientos del área de influencia.

Ahora son las 12 y en el micro hay tres chicos de alrededor de 18 años que no pueden dormir. Conversan. Uno de ellos pregunta: -¿Ya sabés qué vas a estudiar el año que viene?

-Abogacía. En Rosario. ¡Huy!, me da la fiebre. En Esperanza a la tarde saco la silla, los parlantes, me hago el tereré. En Rosario voy a vivir en departamento sin patio. Acá no tengo llave de mi casa, nunca tuve. Siempre hay alguien, y si no hay, dejan la puerta abierta. En Rosario si dejás abierto dié minuto, te afanan todo. Así que ya me mentalicé: en Rosario voy a tener que salir con llavero.

Es un buen síntoma. Nadie imaginaría un paraíso con demasiadas cerraduras y, para empezar, Esperanza parece ser una ciudad sin llaves; no hay rejas en las casas.

Y parece China. Las calles están repletas de bicicletas. Cada tanto asoma el hocico un auto casi siempre humilde. No hay soberbias fuera de borda: las ancas infladas de las cuatro por cuatro no aparecen por acá. La plaza principal ostenta síndrome patriótico, y como muchas plazas del interior, lleva por nombre general San Martín y todo lo que importa en Esperanza está alrededor o cerca de la plaza: la municipalidad, la iglesia católica, el templo protestante, las confiterías, los restaurantes, el par de museos, un supermercado, las casas de ropa. Los bancos. En Esperanza hay siete bancos y tres mutuales que obran como entidades financieras.

-Acá hay plata, aunque ahora, menos. Antes éramos una isla. Ahora somos una isla con problemas -dice un hombre en el bar del hotel Castellón, el hotel decente de la ciudad-. Pero se vive bien. Hay mucha seguridad, la policía es buena, si ve algo raro enseguida lo van a parar, si le roban un auto o la bicicletra, lo encuentran. La gente confía porque los policías son hijos de la ciudad, que estudiaron de policía y volvieron. En Esperanza no hay transporte público. Existe la confianza en que, de un modo o de otro, la gente llegará a alguna parte.

Es pasado el mediodía y el intendente aún está en su despacho. Se llama Rafael De Pace, le dicen Nino, es radical. En Esperanza el intendente siempre fue radical: desde 1983 hasta 1995 -tres períodos- gobernó Carlos Fascendini, ahora senador provincial, y De Pace está desde hace dos. Ahora faltan tres semanas para las elecciones del 14 de octubre y la ciudad está conmocionada. La UCR, el justicialismo y el Partido Demócrata Progresista (PDP), se refriegan las miserias por un puñado de votos. El despacho de De Pace balconea sobre la plaza. Todos los martes, tiene un programa de radio en el que conversa con oyentes. Los jueves, de 8 a 10, atiende a los vecinos en su despacho, sin cita previa.

-Viene mucha gente pidiendo trabajo, vivienda, prórrogas para los impuestos. Tratamos de estar cerca del vecino. Por ejemplo, la gente no podía pagar las multas de tránsito, entonces se le fijó un valor a la hora de trabajo en 5 pesos y se le pide a la gente que no puede pagar, que haga un trabajo comunitario hasta saldar la deuda. No queremos recaudar, sino que la gente aprenda a conducir.

El vivero municipal existe desde 1989 y provee a la ciudad de todos los árboles y las flores para sus calles y edificios. Queda en las afueras, y es la patria de Luna y su mujer, Titina. Luna es morocho, pelo blanco, los dientes puestos como se pudo. La casa donde viven, en el vivero, está rodeada de hortensias, jazmines, prímulas, pinos. El interior es caliente y amontonado.

-A mí me gusta acá. No me gusta la ciudad -dice Luna.

-¿Conoce Buenos Aires?

-Conozco. Pero, ¿vivir en Buenos Aires? No, por Dios, no. No me gusta. Me gusta más así, la soledad. Yo voy a la casa de mi hermana un rato, en Esperanza, y a la hora ya me quiero ir. En Buenos Aires estuve cuatro días. Boxeaba Gatica en el Luna Park. Me dice un pariente: "¿Vamo?" Pero cuando llegamo, la gente, un mundo era. Y le digo: "No, mejor lo vemos por televisión".

-¿Entraron?

-Nuuuuuuuu. Nuuuuu. Después conocí la casa de Gobierno, la avenida Caminito, el Obelisco... y creo que nada más.

El municipio de Esperanza tiene una Oficina de Desarrollo con más de 600 mil pesos destinados a otorgar créditos a pequeños emprendimientos de todo tipo. Aseguran que así se generaron, en los últimos cinco años, más de 150 pequeños emprendimientos. En el idioma llano de los vecinos, el municipio hace obra: pavimentó unos cuantos cientos de cuadras y avanza con un plan de más de 300 viviendas que cuestan 10.000 pesos, y por las que la gente paga 80 por mes.

-La gente ve que el municipio responde -dice el intendente-. El Concejo Municipal, por ejemplo, tiene un solo empleado, y una concejala, Griselda de Fascendini, de la UCR, dona su sueldo cada mes a instituciones benéficas.

La concejala es esposa del ex intendente y ahora senador provincial Carlos Fascendini. Los más cuestionadores dicen que ella dona sus 1700 pesos pero que su marido, como senador, gana diez veces eso.

-El municipio -sigue el intendente- también es dueño de la obra de gas natural, y la explota. El estado municipal puede hacer las obras, y al vecino le sale más barato. En este momento estamos en el 80% de la recaudación impositiva, cuando generalmente los municipios no superan el 50%. Y hemos tenido años de 92% de recaudación. Tenemos una huerta comunitaria de una manzana, donde trabaja gente a la que además de un pago mensual les damos los productos para que los vendan. Con los productos de la huerta, además, se prepara la comida de los comedores escolares.

La revista Páginas, que sale todos los viernes, es una sátira de humor tan localista que nadie que no fuera de Esperanza podría entenderla. Les toma el pelo al intendente, a los candidatos peronistas, al PDP, a los comerciantes y a los insufribles del pueblo. Tiene una tira con un personaje llamado Súper Nino, en la que el intendente aparece vestido de Súperman, una especie de antihéroe simpaticón e inofensivo.

-Los radicales se sienten seguros porque tienen una estructura impresionante -dice Edgardo Ferrero, afiliado peronista y uno de los responsables de Páginas junto con Flavio Fargnoli-. Están en el barrio norte y en el sur, en todos lados. En la municipalidad le han dado laburo a todos los amigos y parientes, pero funciona.

Claro que están los que dicen que Páginas apoya al oficialismo por omisión: sin golpear demasiado.

-Mirá, a nosotros no nos entran más las balas -dice Ferrero-. Por ahí una semana somos peronistas, la otra somos radicales.

Esperanza tiene otros dos periódicos: el más antiguo, El Colono, al que muchos llaman El Boletín Municipal, por su tendencia oficialista, y Edición Uno, al que acusan de ser opositor y apoyar al PDP. Se habla bastante de política, pero no de pobreza. Y si se habla, es para decir que no hay. La que hay, dicen, viene de afuera.

-Si hay alguno que pide no es de acá -se convence el intendente-. Como acá se vive bien, hay mucha gente que está viniendo de los alrededores, y ya nos estamos planteando si es tan bueno eso. Pero mientras, si hay una persona que pide, tratamos de buscarle una actividad. No nos gusta que haya gente en la calle. El 90% de la gente que roba es de Santa Fe o alguna ciudad vecina. Si ven un pobre de Esperanza, la gente se desespera, le buscan una changuita, un lugar.

No hay muchos que pidan, es cierto. Pero a Roberto todavía nadie le buscó un lugar. A lo mejor porque no es de Esperanza, aunque él insiste que sí, pero habla con acento de San Telmo. Está siempre con la ñata pegada a alguna vidriera con televisor, lleva una bolsa con grumos de comida, y tres o cuatro perros que lo siguen. Hoy está en un banco de plaza junto a un paño de artesano sobre el que hay algunas pulseras, unos anillos, un par de postales. Tiene 23, olor añejo, el pelo correoso, agrio.

-Vos viste, loca. Acá la gente cómo es... Capaz que vos venís de Buenos Aires y te parás a hablar, decís mirá vo, este pibe, lo siguen los perro. Pero la gente de acá no, si se paran a hablar con vo piensan qué van a decir los demás. Yo estoy de ocupa por ahí.

Acepta un cigarrillo de convite y un par de pesos a cambio de un par de postales.

-No, no quiero más nada. Una cosa es una cosa y otra cosa es pedir, ¿eh?

Esa noche está otra vez mirando la tele muda. Mancha, Lobo, Negra. Esos, dice, son los nombres de sus perros. Si uno pregunta en Esperanza, nadie sabe quién es Roberto. Dicen que apareció hace poco, no se sabe de dónde. La invasión como el horror supremo. Esperanza es un lugar donde los diarios pueden publicar noticias como esta, que apareció en el rubro Extravíos de El Colono del viernes 28 de septiembre de 2001: "Se ha extraviado el martes pasado, en la esquina de Sarmiento y Ruta 70, un paraguas a cuadritos. Llamar al teléfono..." Los esperancinos no parecen dispuestos a perder el privilegio de publicar avisos como éstos.

Esperanza es una ciudad fiestera. El Fideo, la Familia, el Moncholo -un pez de río- y el Lago tienen sus fiestas propias, pero los habitantes están particularmente orgullosos de dos: el Pre Cosquín, que se realiza desde hace más de trece años, y la Fiesta Nacional de la Agricultura, que cada 8 de septiembre coincide con la fiesta de la Virgen Patrona de la ciudad: para animar esa fiesta, en la que la ciudad entera se reúne en la plaza, el municipio contrató años anteriores a Valeria Lynch, la Sole, y este año a Los Pericos.

-Ese día tiramos la casa por la ventana -sonríe Betty, dueña de la mercería El divino botón, treinta años de antigüedad y ganadora este año del premio a la mejor vidriera gracias a una puesta en escena con vestidos de época-. Hace treinta años que me dedico al botón y nunca se vio crisis como ahora. Igual en Esperanza se vive distinto. Las cosas que se escuchan de Buenos Aires, por suerte acá no se ven.

Se ven otras. En Esperanza se ve todo, todo el tiempo. Le dicen La Suiza de las Pampas, pero es improbable que en Suiza todos estén tan preocupados por los demás. El bar de Michelou, el de Lorenzón y el de Nelly Capelletto son tres instituciones de respeto. El de Nelly, 31 años de estar ahí, tiene ventanas a lo colonial, estantería hasta el techo, y cuatro o cinco tipos tomando ginebra o caña a cualquier hora. Nelly es una de esas mujeres que ya no vienen: camisa arremangada, chaleco de lana primoroso celeste, pelo al spray, nariz poroto, ojos de agua clara. Son las 10 y cinco o seis de más de 50 ya cargan el segundo vaso. Hay un póster desvaído del Palmar de Entre Ríos, estampitas de la Virgen, una tele, un pool, una foto de Minguito, otra de Teresa de Calcuta, otra de un caballo. Nelly es viuda dos veces, y desde la muerte de su segundo marido, quedó sola al frente del bar.

-Y, ¿cómo está Buenos Aires? A mí me da miedo lo que veo por televisión. Dentro de todo, estamos en la gloria -dice-. Acá no se escuchan los horrores que ustedes tienen. Entonces Oscar Loza, uno de los hombres de la mesa, se acerca, con el dedo levantado: -Los chicos son periodistas. Ayer a las 9 AM estaban con el intendente y a las 9 y 20 AM se fueron en un auto al vivero, y el intendente, antes de que se fueran, les dijo: "No se vayan a ir sin saludar".

El hombre sigue y sigue y acierta y acierta, y uno podría sospechar que es un espía eficaz, cuando Nelly lo interrumpe para decir que seguramente Oscar vio todo porque el día anterior anduvo por el municipio pidiendo una prórroga impositiva.

-Habrá escuchado todo ahí - dice Nelly, guiñando un ojo.

Finito es comisario retirado y cantante de tangos. Se llama Héctor Missio, y le dicen Finito porque a los 23 años pesaba cincuenta y cuatro kilos. Ahora no.

-Cómo me vine gordo, che -dice, tratanto de encajar la panza detrás del volante de su Mustang 80. Está casado con Porota desde hace 43 años, y tiene seis nietos. -Acá es un oasis. Por aquí no se siente todavía la miseria. Esta es una ciudad a la que yo no le quiero hacer mucha propaganda, porque tenemos miedo. Estamos muy cerquita de Santa Fe y Rafaela, y la gente viene de ahí a robar.

La casa de Finito está adornada con el último grito de la moda de los 60, 70 y 80: vitrinas con muñequitas de porcelana, jarrones de cristal labrado.

-¡Ay!, mirá -dice Porota, apoyando la bandeja con café sobre la mesa ratona-. Esta ciudad es distinta. Es muy solidaria. Si alguien está enfermo, enseguida vamos al hospital a ofrecernos para acompañarlo, nadie está solo.

Son las cinco de la tarde. En el templo protestante, frente a la plaza, dos señoras conversan. Irma Dessen e Hilda Van De Velde, luteranas de nacimiento, estirpe alemana, holandesa y belga por donde se las mira, mastican galletitas y se pasan el mate. Cuidan el templo durante el par de horas que permanece abierto. -Ayyy, qué orgullo, sí, saque una foto -chilla Hilda, con una voz que paspa cualquier oído-. Sí, sí, y, ¿cómo está Buenos Aires? Ay, las cosas que se dicen de allá, Dios mío. Nosotro todavía somo gente de campo, como quien dice. ¿Ya vieron la ciudad, la plaza? No, si la gente queda enloquecida con Esperanza. Mire, la iglesia ésta tiene ciento diez años, la católica cumple ochenta y una vez por año ellos vienen a dar su misa en el templo, y después nosotros nos cruzamos y hacemos el culto en la de ellos, y si se inaugura algo, van los do, el cura católico y el pastor protestante. Acá nos tenemos respeto con los católicos. Siempre ha sido así.

Cuatro mil que llegan cada año desde los pueblos cercanos estudian en las facultades de Ciencias agrarias y veterinarias de la Universidad Nacional del Litoral con sede en Esperanza. Los estudiantes son una raza aparte, con circuito propio. Los jueves a la noche, por ejemplo, se reúnen en JyB, un bar cercano a la plaza, a cantar y bailar folclore y cada viernes invaden la ruta haciendo dedo para volver a sus pueblos por el fin de semana. El Bayo es rubio, y está en la ruta 70. Sostiene un cartel de cartón que de un lado dice Rafaela, y del otro Hercilia. Va a esperar lo que sea necesario, hasta que alguien lo levante: el pasaje hasta Hercilia sale quince pesos y, con quince pesos, vive dos días. Uno de los compañeros del Bayo dice que para él, Esperanza no es un buen lugar para vivir.

-Las esperancinas son todas gringas, ni nos miran a los estudiantes. Si no tenés auto o moto, no te dan bolilla.

Cálculos gruesos dicen que, a razón de 300 pesos por estudiante por mes, en la ciudad queda un millón de los buenos cada treinta días. Por eso, muchos se enojaron cuando el año último pasó lo que pasó y se inscribieron cuatrocientos menos. Todo empezó con un rumor que decía que en la ciudad había muchos -demasiados- casos de cáncer y leucemia. Todos los paraísos tienen su amenaza y la amenaza de Esperanza es la contaminación.

El viernes 28 de septiembre último, el periódico Edición Uno titulaba en tapa: "Marcha del silencio, el pueblo recordó a Verónica". En la foto, gente marchaba con carteles: "Pedimos la adhesión a la Ley Nacional de Residuos Peligrosos" y "Queremos estudios de aire, suelo y agua". El día anterior, se había cumplido un año de la muerte por leucemia de Verónica Appelhans, de 12 años. El periódico se cuidaba de decirlo, pero insinuaba que la muerte de la chica había tenido mucho que ver con la contaminación.

En Esperanza, la industria es importante: 105 madereras, ochenta y siete metalúrgicas, veinte textiles, tres curtiembres. Los cañones apuntan a Sadesa, la curtiembre fundada por Federico Meinners en 1877 y desde hace años en manos de una sociedad anónima de capitales argentinos. Sadesa es la mayor industria de Esperanza: ocupaba alrededor de 1200 almas en los años 90, y ahora emplea a 700 esperancinos. Hacia fines de los 90, Sadesa, una curtiembre más chica y el municipio formaron un consorcio y construyeron la Planta de Tratamiento de Efluentes Industriales que costó 8 millones de dólares, está en funcionamiento desde 1999 y tiene una capacidad de procesamiento de efluentes de seis mil metros cúbicos por día. Sadesa aportó el 89,5% del dinero para la construcción, el municipio el 10% y la segunda curtiembre de Esperanza aportó el 0,5% del capital. Esta curtiembre es propiedad de Rafael De Pace, el intendente.

-Mi curtiembre es chica -dice-. La heredé de mi padre y procesamos unos diez mil cueros por mes. Estamos produciendo para Sadesa. La contaminación existe, pero no la tapamos. Hablamos del tema, y hemos hecho la planta.

Las ONG que levantan la voz contra la contaminación sostienen que el intendente no puede ser juez y parte de la cuestión. Mario de Pro, gerente de Relaciones Institucionales de Sadesa., sostiene que la fábrica ni se siente.

-Tenemos una planta de tratamiento interno que recupera el 99% del cromo. Hay ONG que reclaman que la industria contamina, pero no vienen a la empresa a pedir explicaciones.

Las ONG que menciona De Pro son Vivir y Puelche, y se formaron hace un año, después de la muerte de Verónica Appelhans. Florencio Castoldi es médico, asesor científico de Vivir, y dice que el olor de los ácidos de la curtiembre sí se perciben y que las casas cercanas a la fábrica cambian a menudo los techos de chapa, porque los ácidos las carcomen.

-Siempre estaba el rumor de que había muchos casos de cáncer y leucemia, pero nadie hacía nada, porque en todo el interior está muy arraigado el no te metás. Cuando se enferma esta nenita, la llevan a los hematólogos de Santa Fe que dicen: "La mayor cantidad de casos de leucemia viene de Esperanza". Eso fue publicado y se armó un lío bárbaro. Nadie tomaba agua de la canilla, bajó la cantidad de estudiantes inscriptos para este año. Pero el problema no son sólo las curtiembres, también están las mueblerías artesanales, que trabajan en el fondo de la casa con soplete, y los hidrocarburos terminan contaminando. Hasta ahora no hay trabajos científicos que demuestren que el cromo puede provocar leucemia, pero hay trabajos que demuestran que provoca cáncer de colon y abortos prematuros.

-¿La planta depuradora no sirve para evitar la contaminación?

-La planta separa los barros del agua y devuelve el agua al río en condiciones óptimas, pero esos barros tóxicos son enterrados sin precaución en cavas, filtran a la tierra, y llegan a la napa freática. Vivir hizo un estudio epidemiológico, censamos a 28.000 habitantes con la ayuda de 200 vecinos. Sin terminar de procesar los datos, vimos que el cáncer de colon estaba muy por encima de la media y la leucemia también. Estábamos tres veces por encima de países que ya tienen índices altos, como Estados Unidos.

Verónica Odriozola, de Greenpeace en Buenos Aires, está al tanto del tema y dice que están evaluando cómo pueden colaborar.

-La seguridad de una planta de tratamiento de efluentes es relativa: consigue que la mayor parte del tóxico esté en los barros. Pero hay que lidiar con el barro.

La oficial es otra versión.

-Ya tenemos presentado un proyecto para construir una cava recubierta -dice el intendente, aclarando que el proyecto lo presenta el Consorcio de Preservación de la Ecología. Este organismo está formado por las mismas entidades comprometidas en la construcción de la planta depuradora.

-En este momento, ¿qué están haciendo con los barros tóxicos?

-Se depositan en una cava contigua a la planta.

-¿Se les da un tratamiento especial antes de depositarlos allí?

-Debajo se les coloca un nylon.

-¿Es suficiente para que los barros no filtren?

-En este momento, Medio Ambiente de la provincia tiene estudios que se hicieron en esa cava. y no se ha detectado jamás que ese líquido haya pasado a la napa de agua. Los valores de los pozos de agua de la ciudad son normales.

La cuestión del agua contrasta con la prolijidad de la basura. Limpiemos Esperanza (Limpes) es el basural de la ciudad: los fardos de botellas de plástico por aquí, las pilas de basura orgánica ofrecidas a la descomposición para que terminen abonando plazas y paseos por allá, y las pilas, desde 1993, discretamente enterradas en barriles de cemento. Hace unos años, el 40% de la ciudad entró en un régimen de clasificación de residuos: los vecinos separan lo orgánico de lo inorgánico en sus casas y después en Limpes se hace una nueva selección. Los residuos inorgánicos (plásticos, vidrios, etcétera) se enfardan y cada tres meses se hace un sorteo entre un listado de treinta o cuarenta instituciones benéficas que venden estos fardos y obtienen un ingreso de 3000 a 4000 pesos.

El Parque de la Agricultura era un baldío, pero desde mediados de los años 90 es doce hectáreas de arbolitos, dos lagos, un circuito aeróbico, canchas de voley playero, juegos para chicos, un velódromo. Y, en una esquina del parque, desde hace tres años, está el cohete. Saturno V, ahora embutido de chicos de 9 años, tiesos y prolijos como sus guardapolvos. Allá, al fondo, un televisor frente al que Omar Meynet, un hombre de sesenta y pico, explica que van a ver algo increíble: la película que él y su hermano Angel filmaron cuando, en 1969, lograron la autorización de la NASA para viajar a cabo Kennedy y ver el despegue de la Apolo 11, destino final la Luna. Los chicos -que vienen de ver el World Trade Center derrumbándose desde catorce ángulos distintos con sonido ambiente- permanecen impávidos ante ese lapicito anticuado que se incrusta en el cielo escupiendo un globo de llamas. Pero Omar tiene un as en la manga: un autógrafo firmado en un billete de cien pesos por el ingeniero constructor del cohete, Von Braun. De una bolsita, Omar saca El Billete. Lo sostiene delante de la nariz de los chicos, pero ni así parecen conmovidos. Uno estira la mano.

-No, querido, este billete nunca lo tocó nadie. Dar estas charlas para los colegios y tener el telescopio apuntando al cielo las noches despejadas, es el trabajo al que Meynet se comprometió, a cambio de unos quinientos pesos, con la Municipalidad de Esperanza. Es de Santa Fe y aficionado al espacio desde los 15 años. Fue funcionario del correo, estudió meteorología por correspondencia y se dedicó al pronóstico del tiempo. Hoy espera de 8 a 9 la llamada de todas las radios de la zona, que en él confían para predecir el clima. Vive mirando el cielo y tiene la secreta esperanza de ver, alguna vez, un plato volador.

-Una vez, acá salió por televisión un muchacho, Barone, cantante de tangos y inspector municipal, diciendo que había visto un ovni. Lo llamé y le dije: "Barone, ¿sabés qué viste vos? El avión de las 20.15 de Austral que llega acá a las 21.17, y cuando pasa por arriba de la ciudad ves los reflectores". Pero en el pueblo estaban todos diciendo: "¡Uh!, Barone vio un plato volador". Una vez, para demostrarle a uno que acá los rumores corren rápido, empecé a correr la bolilla de que el tipo era... rarito. A los dos días, era el comentario del pueblo. Pero a uno no le tiene que importar. Si uno hace, hablan, y si no hace, hablan también. Entonces, mejor hacer.

Omar deja todos los días, todas las noches, el televisor, la videocassettera, el telescopio de varios miles y el billete firmado por Von Braun dentro del cohete. -No, acá nadie toca nada.

-No, que después acá te fichan y sonaste -dijo el primer anónimo en el pueblo público. El hombre (rubio, ojos azules desorbitados, pinta nerviosa)- tiene un negocio cerca de la plaza, pero pide que no se lo mencione ni que se hable de su comercio ni se insinúe su nombre de pila.

-No quiero tener problemas. Acá te van a vender el pueblito de Heidi y no es así. Les da miedo lo que viene de afuera, lo nuevo. Por otra parte, es tranquilo y la vida cuesta la mitad que en Buenos Aires, pero a veces te aburrís. Yo no tengo con quién hablar. Pero... ¿sabés qué pasa? -mira hacia la calle, baja la voz-. Ningún lugar es el cielo o el infierno. Siempre viene mezcladito.

Es noche de sábado. La iglesia de la Natividad está hasta el buche. Hay Misa Criolla interpretada por el coro de la Sociedad de Canto Manner Gesangverein, de Esperanza. En primera fila, el intendente, su esposa y una monja se reconcentran. Para cuando el coro ataca aquello del cordero de Dios que quita los pecados del mundo, la iglesia es un mundo perfecto.

-¡Mirá, mirá! -le murmura entonces una nena de 9, rubia trigal, a otra-. ¡La señorita Miriam con el Mario! -¡Sí, sí! ¡Entonces es cierto! Afuera, en el atrio, otros chicos juegan a la mancha. Sobre la plaza de Esperanza, y sobre el resto de la ciudad, llueve con furia.

Estirpe de colonos

Los Spies descienden de alemanes y son la sexta generación que vive en las tierras que sus tatarabuelos recibieron en 1856. Helmut Spies, el tataranieto que ronda los cincuenta, dice que viven del tambo y la cosecha, tienen ciento diecisiete animales, producen cuatrocientos cincuenta litros de leche por día, y trabajan doscientos treinta y cinco hectáreas, entre propias y arrendadas. Pero son quince a la mesa cada día.

-Mi mamá y mi papá, que tienen 87 y 85 años; dos hijos varones con sus mujeres, mi mujer, mi hija de 27, y seis nietos. Todos trabajan y viven acá. Pero nadie nos ayuda. Como el campo no suma votos, no viene ningún político.

Endeudado y todo, Helmut está orgulloso de esa estirpe de campo que va a continuar con sus hijos. Ni ellos ni Helmut soportan la ciudad. Nunca estuvieron en un hotel. Nunca viajaron a Buenos Aires. No se la imaginan. -Me da miedo Buenos Aires a mí -dice Helmut-. Ustedes allá deben vivir en un departamento. Debe haber olor a gasoil. Y los días de calor, ¿cómo hacen? Acá buscamos la mejor sombra.

A veces en invierno es duro, pero todo el clima es necesario. Si no habría helada, fuera una de plagas que no lo aguanta nadie. Si no habría la lluvia, fuera una sequía que no se podría hacer nada.

Después del almuerzo, hacen ronda de mate bajo la enredadera del patio. Sonia teje crochet. En el corral, Marcelo y Sebastián, dos de los nietos chicos, juegan a correr ovejas.

-Acá vivimos en otro mundo. De lo de Nueva York, por ejemplo -dice Vilma, la nuera- nos enteramos el martes a la noche. Fuimos a cargar combustible y el muchacho de la estación le dijo a Helmut: "¿Vio, Spies? Se desató". Pero nosotros ni sabíamos de qué hablaba. .

Texto: Leila Guerriero Fotos: Daniel Pessah
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