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José Ignacio de Mendiguren: reinventor de la alpargata

Revista

Presidente de la UIA y director del Banco Nación, el empresario es descripto por sus pares tanto como "uno de los primeros en mandar a confeccionar su producción en China" como "un luchador de la industria nacional"

Será porque no lo conoció a su padre, Bruno, que fue ministro de Relaciones Exteriores de España, y murió en un accidente de aviación cuando él tenía tres meses, que cultiva un respeto profundo hacia la gente grande y una necesidad por escucharlos "que me viene de toda la vida".

Será por su sangre vasca que cada palabra, cada frase y cada gesto suyo resuenan en los ambientes políticos y empresariales como una bomba de estruendo.

Será porque prefiere ser asesorado en lugar de asesorar a otros que, en 1976, dejó de lado un futuro más que promisorio como abogado de Price-Waterhouse & Cooper y asesor de empresas multinacionales para subirse a un viejo Ami 8 y perderse por la ruta 205 vendiendo zapatillas.

Será porque en una de esas charlas que acostumbraba mantener con los jubilados que gastaban sus tardes en los bancos de la estación Belgrano, hace 25 años, lo conoció a Roberto Frazeer, uno de los últimos dueños de Alpargatas, y de esa charla nació el final de las alpargatas de yute y el comienzo de las alpargatas con suela de goma, que lo llevó, en poquísimo tiempo, a fabricar un millón de pares por temporada, y luego a meterse de cabeza en la industria textil, y a fabricar ropa, y a crear marcas, y a levantar tres empresas, y a comprar campos, y a venderle a The Exxel Group de Juan Navarro, en 1998, la empresa Coniglio, una exitosa fábrica de ropa para chicos, con 60 locales propios y sucursales en Brasil, Uruguay, Paraguay y Estados Unidos, en casi 15 millones de dólares.

Será por todo esto que al hoy presidente de la Unión Industrial Argentina, que empezó de la nada, le sobran argumentos y trayectoria para moverse en los complicados y sensibles entramados del poder y ser escuchado.

José Ignacio de Mendiguren, un empresario temperamental y combativo que siempre deja huella y que arremete con los tapones de punta cada vez que lo acusan de haber mantenido una posición menos rígida durante el gobierno de Carlos Menem, aspira a recuperar la industria nacional "como alguna vez la tuvimos", y a desarrollar un proyecto de país. A los 50 años y con cuatro hijos, reparte su tiempo entre sus tres compañías (Ranchera, la indumentaria Texlona y la cadena de artículos deportivos Stock Center), su actividad como director del Banco Nación y la producción rural. Integrante del Movimiento Industrial Nacional (MIN), el sector de la UIA más emparentado con los reclamos proteccionistas, sus pares lo definen como un "vasco inteligente, intuitivo y un luchador de la industria nacional".

-¿Qué es, hoy, la industria argentina?

-Hay gente que piensa que el sector industrial no influye en la ocupación, en la mano de obra, por su baja participación en el producto bruto, que es de un 19 por ciento. Pero eso es un error. Cuando uno toma los servicios inducidos por la industria, que son por y para la industria, y lo calcula, se da cuenta de que ahí el sector pasa a tener un 60 por ciento del producto bruto. Además, por su estructura territorial y poblacional, el desarrollo de la Argentina debe pasar, necesariamente, por un proceso industrial. Hay algunos que sueñan con un país de economía primaria, como Uruguay, Nueva Zelanda, Chile, pero eso sólo se da cuando el problema no es la población, porque son pocos. La Argentina, en cambio, no puede vivir exportando materia prima e importando el resto. Nuestro país está condenado, en el buen sentido, a agregar valor y a ser productivo. Y es la industria la que garantiza una mejor integración territorial, una distribución más justa del ingreso, empleos estables y calificados. Tenemos una historia territorial, y lo que se necesita es debatir lo importante, que es tener un proyecto nacional. Todos los países exitosos del mundo han sabido crear los foros para discutir su mapa territorial. Lo tuvo España, en la Moncloa; lo tuvo Chile; lo tuvieron Holanda e Italia. Todos esos países hicieron un proyecto que contemplara las ambiciones de la sociedad.

-El último documento de la Unión Industrial presentado al Episcopado y al Grupo Productivo convoca a poner fin al hambre en la Argentina, aboga por una Justicia integralmente seria, intachable y auténtica, y plantea que se bajen drásticamente los costos económicos del ejercicio de la política. ¿Por qué cree que el secretario general de la Presidencia, Nicolás Gallo, lo calificó de lamentable?

-Porque no lo entendió. Después, en una reunión privada conmigo, más sereno, comprendió. En esa reunión, Gallo me dijo: "Mirá, vasco, primero fue el documento de los obispos, después la homilía de Bergoglio, después vinieron ustedes, bueno, me la agarré con ustedes. ¡Cómo te habrás puesto de duro que hasta Moyano coincide con vos!" Después lo estudiaron todos, la Iglesia, el Gobierno... De crisis como ésta, por ejemplo, salió España. Hay que buscar los consensos para salir de las crisis. De crisis como ésta, Francia pasó de la IV República de De Gaulle a la V República. Nosotros, en la UIA, hablamos de Alberdi, que escribió Las bases..., y hablamos del documento de la Iglesia, que dijo: "Hoy la patria requiere algo inédito". Esto no es una situación común para la Argentina, esto puede ser una etapa fundacional, como Alfonsín con la recuperación de la democracia, y como la etapa anterior con la transformación económica.

-¿La UIA muestra un compromiso con la sociedad más profundo ahora que antes?

-Interpretamos más lo que la gente está pidiendo. Creo que estos errores claros de política industrial en la Argentina antes no se percibían tan claramente. Hoy hay un consenso sobre la importancia de tener un país productivo e industrial. Esto, en la década pasada, no existió. Mirá, el último proyecto serio de política industrial lo tuvo Arturo Frondizi. Fue la última vez que la Argentina tuvo una estrategia. Después, vino una época muy mala, que fue durante la gestión de Martínez de Hoz. Hubo un vaciamiento ideológico muy fuerte contra la producción en la Argentina. Y se intensificó en la década pasada, al incorporarse esta lógica del capital financiero, donde se decía que la mejor política industrial era no tener política industrial, y que la mejor estrategia era no tenerla, y que los capitales asignaban los recursos.

-¿Nos vendieron espejitos de colores?

-Mirá, esto es así de claro. El mundo no es el que nos pintaron acá. Nosotros entramos en esa trampa que fue el aumento de los costos argentinos, de los servicios, de las tasas, que hizo sobrevaluar la moneda, de una política de fronteras abiertas sin aduana. Esto generó la destrucción del empleo y la desindustrialización del país. ¿Por qué duró tanto? Porque la Argentina jugó al endeudamiento. Era un muy buen negocio endeudar a la Argentina. Esto generó un crecimiento de los intereses de la deuda, un sector reducido acumuló la renta produciéndose una gran concentración con extranjerización de la economía. Y ahí quedó la renta. La única renta que genera la economía argentina la generan estos sectores, y como son extranjeros la giran a sus países. Conclusión: la distribución del ingreso no existe.

-La Argentina exporta algodón e importa confecciones, exporta cuero crudo e importa zapatos...

-Hoy, la Argentina está manufacturando nada más que el 19 por ciento del algodón que produce, el 15 por ciento del cuero que produce y menos del 10 por ciento de la lana que produce, cuando tiene toda esta posibilidad de recursos, cuando tiene un negocio como la indumentaria en el Mercosur, que es un negocio de 40.000 millones de dólares al año, con un consumo per cápita de 220 dólares por habitante, mientras los países centrales están arriba de los 550 dólares. ¡Mirá todo lo que se puede crecer!

-En cuanto al desempleo...

-Sí, claro. Te pongo a mi sector como ejemplo. La textil, es la única industria en la cual, con 2500 dólares, se puede crear un puesto de trabajo en un establecimiento existente y, con 9000 dólares, en un establecimiento nuevo. Tenemos ese potencial. Italia tiene hoy un superávit comercial del sector textil de 23.000 millones de dólares al año. Italia supo ver esto. Hoy, la industria textil de la indumentaria en Italia ocupa 700.000 personas. ¿¡Por qué creés que me desespero!? No es que esté soñando con esto, ¡yo esto lo hice! Soy un industrial textil que arrancó de la nada; y, con trabajo y producción, logré liderar en la Argentina, en Uruguay, en Chile, en Paraguay, en Brasil. Por eso tengo esta pasión por la Argentina, porque sé de qué somos capaces.

-¿En cuánto tiempo se puede recuperar lo perdido?

-Con un proyecto estratégico y con capacidad de reacción, podríamos recuperarnos rápidamente. Lo que más cuesta es ganar los mercados. Tenemos que salir a buscar buenos mercados. Un ejemplo: la exportación de cuero le representa al país ingresos por 780 millones de dólares. Acá tenemos capacidad de manufactura y de diseño; entonces, si ese cuero se manufacturara acá, las exportaciones serían de 5000 millones de dólares. Y estoy hablando de un solo sector de la industria. ¡Cómo no me voy a desesperar, cuando sé que la Argentina hoy se conforma con exportar solamente cuero crudo! En un país que exporta cuero crudo, a lo único que puede aspirar su gente es a tener un empleo de 100 dólares. La Argentina debe aspirar a pagar un salario europeo, no un salario asiático.

-¿Por qué no se hace, entonces?

-Porque no hay una visión estratégica. ¿Cuál es el activo de un país? Su identidad productiva. Por ejemplo: vos tenés una coupé japonesa, muy buena, pero ¿te la imaginás a un precio de 400.000 dólares? No, no pagás eso. Ahora, si a esa coupé le ponés en la trompa el emblema de Ferrari, entonces, sí, lo vale. ¿Por qué? Por su origen. ¿Vos te imaginás un perfume salvadoreño, costando 60 dólares? No. El que va a valer 60 dólares es el francés. O un traje de confección filipina, en 5000 dólares... No, tiene que ser diseño italiano. Cuando un país logra una identidad productiva, ése es su verdadero patrimonio, porque le permite diferenciarse. Acá hay que pensar en Argentina SA. Y hacer buen marketing. Y vender la Patagonia, y la zona de Cuyo y el valle de Río Negro. Si Chile lo hizo, la Argentina con más razón, porque tiene diez veces el potencial para hacerlo. Por algo, cuando le pedimos a Chile usar los puertos del Pacífico para sacar nuestra fruta, nos inventó la mosca del Mediterráneo y no nos dejó pasar nada.

-¿No podemos, o no nos dejan?

(Se toma un tiempo para responder) -¿Qué es lo que busca la teoría globalizante, movilizada por los países centrales? Quitar las autonomías, las identidades regionales, pensando que el mundo se va a estandarizar. Y esto es una gran mentira. Siempre va a haber nichos que son los de alto poder adquisitivo que van a buscar productos diferenciales. Y a ellos hay que apuntar, ésa debe ser la vocación de la Argentina. Si vos, en un mundo globalizado, no querés ser objeto de los países que tienen la iniciativa, entonces tenés que ser sujeto en algo. En algo tenés que diferenciarte. Este es el gran desafío de la Argentina. Y ésta es la propuesta de la Unión Industrial. Queremos un país no para vender commodities, no para pagar sueldos de 100 dólares, no para no tener proyectos, no para que nos hagan el proyecto de lo que tiene que ser la Argentina. Fijate: no hay un proyecto de instalar las carnes argentinas en el mundo. Hoy, el Big Mac de McDonald´s tiene más marketing que las carnes argentinas.

-Usted es abogado y escribano, y fue asesor de empresas. ¿Por qué se volcó a la industria textil?

-Porque me encantan la indumentaria y la creación, y porque este país tiene una posibilidad espectacular de agregar valor a su producción. Tiene los recursos, la capacidad de diseño, de comunicar. Te doy un ejemplo, desde mi sector: en los costos de un jeans, la tela vale lo mismo y los insumos valen lo mismo, pero un Calvin Klein vale 80 pesos y otro, sin marca, vale 20. ¿Por qué hay diferencia? Por todo lo que vos sos capaz de poner, como simbología, lugar de pertenencia, marketing. Eso es lo que más me entusiasma. Eso es lo que le falta a la Argentina.

-Identidad y marketing.

-¿Sabés quién inventó el negocio textil en Italia? Lo inventó un exportador de madera, en 1950. Era un tano de quien no me acuerdo el nombre que exportaba madera de los Estados Unidos y veía cómo la mujer se estaba incorporando al mundo del trabajo, y que se vestía muy barroco, muy cargado. Entonces, el tipo dijo: "Inventemos una moda para que la mujer vaya más despojada, más cómoda y simple". Vos sabés que los norteamericanos se mueren por una historia, porque ellos tienen plata, pero no tienen historia, como Italia. El tano viaja a Italia y, en Bergamo, organiza un desfile alucinante e invita a catorce empresarios de las más grandes tiendas americanas. Los yanquis van a la presentación y, claro, se enloquecen. En el segundo desfile ya no eran catorce empresarios, sino que se juntaron más de trescientos. Y ahí deciden hacer una especie de alianza entre el Estado y las cámaras empresarias y desarrollan el negocio. Al principio andaban a los tumbos, porque los tanos son como nosotros, hasta que en 1970 se asocian a los alemanes, y los alemanes los ordenan administrativa y comercialmente y así arranca el esplendor de la industria textil de indumentaria italiana.

-¿Usted apoyó la política económica del ex presidente Menem?

-Yo estoy en favor de la transformación del país. En la primera etapa del gobierno de Menem creí en las privatizaciones, porque el Estado había demostrado que como empresario no era eficiente. También creo que tiene que haber una estrategia entre el Estado y el sector privado para trabajar en el desarrollo de las estrategias nacionales. Es más: de la segunda presidencia de Menem -y esto me trajo más de un problema- dije que se había caracterizado por un fundamentalismo ideológico que había sido letal para el aparato productivo. Esa política económica nos empujó a un proceso de reprimarización de la Argentina que nos llevó al siglo XIX, porque exportamos trigo e importamos fideos. Yo soy industrial textil y me tocó vivir los primeros errores conceptuales de este modelo económico, con esta ingenuidad que se nos había planteado, con esta apertura unilateral de nuestra economía. Por eso, entre otras cosas, no compartía los conceptos que en aquel momento la UIA expresaba, porque no reflejaba los problemas industriales que el país tenía. Yo ya veía venir este problema. No coincidía con la posición de Lauría, por ejemplo, que elogiaba las medidas que se tomaban, porque no había una actitud crítica. Entonces, me quedaron dos opciones: o me quejaba, o me involucraba. La injusticia productiva me molestaba cada vez más, y me involucré. Me incorporé al Movimiento Industrial Nacional, lo presidí, y finalmente me trajo a mí a la UIA.

-Sus hijos, ¿también miran para Ezeiza?

-Es una lucha... Mirá, me tocás el peor costado... el futuro de los chicos. Pero estoy convencido, a pesar de todo, muy a pesar de todo, que el proyecto de la Argentina es alucinante. No tengo ambiciones políticas; me ha ido bien; creo que, a mis 50 años, aspiro a poder luchar por este país que me dio todo lo que tengo. Y lo que más me motiva son mis hijos. Nosotros, que somos hijos de inmigrantes, no podemos ser padres de emigrantes. Pero no podemos entusiasmar a los mercados si antes no somos capaces de entusiasmar a los argentinos.

Perfil

  • José Ignacio de Mendiguren nació en Buenos Aires, el 23 de agosto de 1950.
  • Es el menor de seis hermanos. Está casado, y tiene cuatro hijos.
  • Se recibió de abogado a los 22 años. Docente de la UBA, hizo el posgrado en Derecho de la Empresa.
  • Se especializó en Derecho de la Empresa.
  • Ingresó en la consultora PriceWaterhouse & Cooper, y quedó como único abogado hasta los 25 años. Tuvo a su cargo el departamento legal, y fue asesor en inversiones extranjeras.
  • También es escribano, productor rural y director del Banco Nación.

La UIA frente al ajuste

Con respecto a una propuesta frente a la crisis, de Mendiguren, como presidente de la Unión Industrial Argentina, opina: "Lo que hay que hacer es simplificar el sistema tributario. Hoy es imposible que una Pyme pueda entender las miles de resoluciones y contrarresoluciones que tiene; el costo de la administración tributaria para una Pyme es imposible, insostenible e incompatible con su nivel de productividad, por eso la necesidad de simplificar.

"Se está en camino, pero nunca se llega a concretar. La UIA propone no emparchar más el sistema tributario, sino crear uno nuevo, que se base en dos grandes impuestos, ganancias e IVA; hace falta bajar la tasa y generalizar el IVA, como se ha hecho, y bajar la tasa para que sea un impuesto menos eludible.

"Ampliando la base tributaria, uno lo que logra es repartir entre más y no que sean siempre los mismos los que pagan. La política tributaria de un país no es solamente una herramienta de recaudación, es una herramienta política y económica."

Así estamos

Entre 1994 y 2000, fueron cerradas 30.600 pequeñas y medianas empresas industriales, Pymi. Según un relevamiento sobre la evolución sectorial y territorial (denominados manchones de la producción) de las Pymi realizado por el Observatorio Permanente de las Pymi argentinas, y presentado recientemente por la Unión Industrial Argentina, en 2000 exitían 62.880, de las cuales 42.490 habían nacido antes de 1994 y el resto, 20.390, después de ese año. Las conclusiones por sector indican lo siguiente:

  • Industria del cuero, calzado y marroquinería: el cierre de empresas ocasionó la pérdida del 39% de los puestos de trabajo existentes en 1994.
  • Industria del pescado: el cierre de empresas ocasionó la pérdida de casi el 55% de los puestos de trabajo existentes en 1994.
  • Industria de maquinaria y equipos: el cierre de empresas ocasionó la pérdida del 40% de los puestos de trabajo existentes en 1994.
  • Industria de la indumentaria: se perdió el 55% de los puestos de trabajo que había en 1994.
  • Industria del vino, conservas de fruta y verdura: una pérdida de casi el 62% de los puestos de trabajo existentes en 1994 por cierre de empresas.
  • Industria de vehículos automotores y partes: pérdida del 30,1% de los puestos de trabajo existentes en 1994.
Texto: Jorge Palomar Fotos: Daniel Pessah
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