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SOCIEDAD

La bandera para todo y para todos

Revista

Mañana, Día de la Independencia, volverá a tener el significado de enseña patria. Pero en los últimos tiempos no dejó de ser emblema de los más variados mensajes

 
 

Hace diez días, cuando el seleccionado nacional de fútbol se consagró campeón mundial en México, nuestra ciudad festejó el triunfo como pocas veces se había visto. Comentario al margen del espectáculo imponente que dio la gente, se dice que fue tan grande el número de banderas que se vio que "Buenos Aires nunca se vistió de celeste y blanco como ese día".

En cambio, ayer, durante la conmemoración del 170° aniversario de la Independencia nacional, lo único que la Capital Federal tuvo de esos colores fueron un espléndido cielo y algunas nubes, que hasta parecieron querer reparar el "olvido" ciudadano. (...) Por último, cabe preguntarse el porqué de la ausencia de los vendedores de banderas argentinas, incontables durante el trnascurso del campeonato mundial de fútbol. Pero lo llamativo no es que no se hayan visto las banderas en manos de los comerciantes, sino tampoco en las de los ciudadanos, nada menos que en el aniversario de la Independencia nacional.

Resumida, esto decía la crónica de La Nacion del 10 de julio de 1986, que llevaba como título El fútbol ocasionó una mayor efusión patriótica.

Quince años atrás, y más atrás aún, salvo aisladas exteriorizaciones ciudadanas asociadas a las fechas patrias, la bandera argentina siempre estuvo emparentada con acontecimientos deportivos de magnitud, especialmente con el fútbol. A diferencia de lo que ocurre en otros países, como Estados Unidos, por ejemplo, donde los colores soberanos de aquel país la gente los muestra con igual dosis de orgullo y naturalidad en lapiceras, pañuelos, viseras, tatuajes, vinchas y calzoncillos, en nuestro país, hasta hace no tanto, esa demostración de identidad nacional era considerada poco menos que una herejía.

No hay que forzar demasiado la memoria para concluir que el desinterés por usar o exibir los colores de la bandera, en cualquier momento y en cualquier lugar, tenía más que ver con el sentido de exclusividad que le daban algunos en detrimento del deseo o las ganas de la mayoría. La bandera, excluyendo el ambiente futbolístico, estuvo siempre más ligada al ámbito militar que al civil. En nuestra lejana escuela primaria, por ejemplo, nos ponían una banderita en la mano para agitarla, casi como autómatas, al paso de los granaderos, cuando los desfiles de la Avenida del Libertador. La pregunta, o una de las preguntas, entonces, podría ser: ¿por qué que crecimos pensando que el celeste y blanco sólo había que mostrarlo el 25 de Mayo, el 20 de Junio o el 9 de Julio? ¿Qué nos alejó del paño blanquiceleste, siendo que profesamos, paradójicamente, un sentimiento tan profundo hacia la tierra que habitamos?

En este mar de contradicciones, hay quienes argumentan que, en los días que corren, el uso de la bandera viene a ser algo así como el escudo de los más desamparados, un salvavidas. Ese paño rectangular que representa al Estado, al pueblo y al territorio nacional es, acaso, el único abrigo fiel e incondicional de miles de argentinos en medio de tanta destemplanza. Como si ese sol de 32 rayos rígidos y ondulantes alternativamente que brilla en su centro estuviera indicando el camino.

Hay, también, quienes se arriesgan a decir que se "está viendo como una recuperación, y hasta una naciente moda, del celeste y blanco". Y puede ser cierto, habida cuenta de que los colores patrios se observan por todas partes sin importar que coincidan con el 25 de Mayo, el 20 de Junio o el 9 de Julio. El interior de algunos supermercados se ve decorado con nuestros colores; lo mismo ocurre con producciones fotográficas de revistas y periódicos; hay catálogos de moda y exposiciones, publicidad estática en las calles, ropa, juguetes, artículos de librería y hasta correos electrónicos con la bandera argentina de fondo.

¿Moda, estrategia comercial, sentimiento o desacralización de la identidad nacional?

Si se tratase de lo primero, ¿habrá quien lo tome como una ofensa? Si es lo segundo, ¿el famoso marketing estará viendo cosas que otros no alcanzan a advertir?

Si tiene que ver con lo tercero, ¿por qué con tanto fervor?

Si es lo último, en buena hora. ¿Qué mejor manera de honrar un símbolo que no ocultándolo? Y conste que no es fácil encontrar coincidencias en este terreno: un participante de Expedición Robinson llevó a la isla, como objeto personal, una bandera argentina: algunos lo ponderaron; otros, lo llamaron facho. Dejando de lado los actos conmemorativos de fechas históricas, o los grandes acontecimientos políticos, como la asunción de cada nuevo gobierno en democracia, el uso a discresión de nuestro símbolo se asocia más con el reclamo que con el simple gusto de utilizarlo, porque sí, en cualquier circunstancia.

Como emblema de protesta, irrumpió con gran fuerza en la sociedad con aquella famosa bandera que el gremio de los maestros, la Ctera, enarbolaba en cada manifestación, trasladándola, cada vez que era necesario, a cualquier rincón del país.

A esa bandera, recordada por sus grandes dimensiones, la siguieron otras en cuanta protesta de cuanto gremio o asociación de jubilados brotaba en las calles.

Y aparecieron las banderas en el jujeñazo, flanqueando al incipiente Perro Santillán.

Y luego en Tartagal, mucho antes de ahora. Y después, custodiando la carpa blanca frente al Congreso. Y más tarde, cobijando a los piqueteros. Y con cada fábrica que se cierra. Y con cada marcha del silencio. Y con cada reclamo de justicia. Y con Aerolíneas.

La lucha por la conservación de la línea aérea de bandera actualizó como nunca la recuperación como identidad de los colores de la insignia en los más diversos sectores de la sociedad.

Siempre habrá una bandera.

La utilización estratégica de la bandera, o de sus colores, despertó furia en no pocos sectores del peronismo más profundo cuando Cecilia Bolocco aceptó mostrarse en la tapa de la revista Para Ti cubierta por una estola de piel sintética, marca Sangre Argentina, pintada de celeste y blanco.

La contracara se vio en Rosario, el 20 de junio último, cuando miles de personas festejaron el despliegue de lo que se dio en llamar la bandera más larga del mundo, armada a partir de retazos que la gente fue entregando a un grupo de mujeres encargado de su costura.

Los tres kilómetros y medio de extensión de esta bandera fue el resultado de un proyecto nacido hace tres años desde un programa de televisión local. No hubo estrategia política ni gremial.

La gente confeccionó una bandera de 3500 metros sólo por el placer de hacerlo, en conmemoración del Día de la Bandera.

En abril último, un sondeo de opinión sobre 1140 casos en Capital Federal y el Gran Buenos Aires realizado por el Centro de Estudios Nueva Mayoría muestra que el 53 por ciento de las personas manifiesta que usa algún símbolo patrio en las fechas conmemorativas. Según el trabajo, el uso de los símbolos divide a la sociedad casi en dos mitades, con leve predominio de quienes lo usan en las fechas patrias. Desglosada, la encuesta indica lo siguiente.

  • Según la edad, quienes usan escarapelas o embanderan sus casas aumentan a partir de los 30 años.
  • Por nivel socioeconómico, aumenta más el uso de símbolos patrios en las clases más bajas que en la más alta.
  • Políticamente, los peronistas exiben los colores patrios más que los de la Alianza UCR-Frepaso.
  • Por lugar de residencia, mientras en la Capital Federal usa los símbolos el 45 por ciento de los consultados, en el Gran Buenos Aires lo hace el 58 por ciento.

"El uso de los símbolos está teniendo un notable incremento en la Argentina", resume Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Nueva Mayoría. Y lo explica de este modo: "Se trata de un fenómeno cultural que tiene como origen la necesidad de afirmación de la identidad nacional en tiempos de globalización. La economía y la política se han globalizado y han dejado de ser campos en los cuales se manifiesta el sentimiento nacional. No se trata de un fenómeno económico o de mercado, sino que, por el contrario, el marketing los toma porque la sociedad lo reclama. Es que si bien el Estado-nación ha perdido autonomía en la globalización y se ha debilitado en su concepto jurídico-político, el sentimiento nacional se fortalece en la cultura y en el deporte, incrementando su significado histórico y cultural. En el caso argentino, el desánimo de vivir en un país en cri-sis, que no logra diseñar un horizonte positivo creíble, también influye en la búsqueda de los símbolos nacionales como fuente de inspiración. A esto se agrega que la cultura y el deporte dan hoy a los argentinos las satisfacciones que la política y la economía no le brindan".

Ahora, ¿hay alguna relación entre este rescate del mayor símbolo de la identidad nacional con la figura de su creador? Al decir de las encuestas, sería así. Cuando a mediados del año último el Centro de Estudios Nueva Mayoría elaboró una encuesta entre 915 personas mayores de 18 años de la Ciudad de Buenos Aires y del conurbano sobre la imagen de los próceres, el resultado fue que el 84 por ciento se inclinó positivamente por Manuel Belgrano, apenas tres puntos por debajo de José de San Martín.

El creador de la bandera fue un hombre honrado, preocupado por la educación pública, con un profundo sentido del deber, un militar ético, un visio-nario, un luchador por la integración de las culturas indígenas. Belgrano fue un ideólogo que murió en la más cruda de las pobrezas, al punto de no tener ni siquiera para pagarle a su médico.

"San Martín dio el paso objetivo más trascendente del proceso de emancipación: el cruce de los Andes, que aseguró la liberdad de la Argentina y promovió la de Chile y Perú", dijo en una oportunidad el filósofo y ensayista Santiago Kovadloff. Y concuyó: "Manuel Belgrano encarnó la transformación subjetiva más emblemática de ese mismo proceso histórico al hacer del hombre que él era, es decir, un ser llamado al ejercicio civil de la ley, un hombre llamado al ejercicio armado del derecho, o sea un militar.

"La Revolución de Mayo, sus ideales, no hubiesen triunfado con la conducción de militares como Belgrano. Pero sin la cultura cívica que Belgrano encarnó, representó y nos legó, la idoneidad militar no hubiera bastado nunca para hacer de la Argentina una nación como la que en algún momento llegó a hacer", remata Kovadloff.

Sobre la misma figura del prócer, el historiador César García Belsunce resumió en ocasión de una entrevista publicada en La Nación : "Si hoy hubiera una personalidad como la de Belgrano, sería un ejemplo de ética política. Si hubiera un hombre así, estaríamos mucho mejor. Belgrano fue un civilizador, un hombre de una personalidad riquísima, de un patriotismo fuera de la escala normal".

Tal vez buscando recuperar esa ética, y compartir un proyecto, y la ilusión, la gente se aferra más que nunca a la bandera.

El que la hizo la hizo / Por Carlos Ulanovsky

En las últimas semanas, coincidiendo con el belgraniano junio de cada año, se sumaron y se juntaron diversos iconos celestes y blancos.

Empezando por la polémica tapa de Para Ti en la que, antes de desposarse, Cecilia Bolocco aparecía mostrando una estola con los colores patrios y terminando por el conflicto de la llamada línea aérea de bandera, en el que sus empleados taparon repetidamente los mostradores de Iberia con una enorme bandera.

También el símbolo patrio por excelencia estuvo presente en varias publicidades, en una singular iniciativa rosarina consistente en la confección de una bandera de 3500 metros de extensión y en el programa de Susana Giménez que, antes del aniversario de Belgrano, instó a la ciudadanía a embanderar sus edificios y a embanderarse.

Por lo que pude observar en los días siguientes, la propuesta no prendió demasiado, tal vez porque no sea momento de flamear ni de treparse a los mástiles.

Al menos, en el Centro, la respuesta fue tibia.

Vale decir que se puede querer y respetar mucho a la bandera idolatrada que Belgrano nos legó, pero tampoco hay necesidad de hacer mucha bandera.

Aunque no estuve bajo bandera, la contemplación de la bandera (por ejemplo, esa enorme que está frente a la Casa Rosada) me genera una sincera y emotiva exaltación, las ganas de decir: Qué linda es cuando tiene movimientos propios.

Recuerdo que a partir de la recuperación de la democracia nos invitaban a los padres a acompañar a nuestros hijos para el momento de la Oración a la Bandera, un rezo laico capaz de convocar más allá de banderías. Aquella invocación que en un momento impresionaba diciendo la bandera blanca y celeste -Dios sea loado- no ha sido jamás atada al carro triunfal de ningún vencedor de la Tierra y servía como formal juramento para prometer amarla, defenderla, respetarla, tolerarla, ennoblecerla.

¿Prometéis hacer todo lo que esté en la medida de vuestras fuerzas para que la bandera flamee por siempre sobre nuestras murallas y fortalezas...? Me gusta la bandera como símbolo, porque eso es -un símbolo a salvo- desde que en 1810 French y Beruti eligieron los colores celeste y blanco como identificación rebelde, patriótica y diferenciadora del rojo y el amarillo.

Después, el doctor Manuel Belgrano hizo la bandera y la izó.

Belgrano fue un hombre con altura de héroe; patriota que se cruza con la gloria por las calles y avenidas de la historia; caudillo que quiso celeste y le costó; revolucionario que con su enseña nos enseñó; mito inventor de la bandera de la patria mía (y de todos); general que arremetió con coraje; periodista que quedó muy alto en el cielo.

Celebro a Belgrano porque le tocó bancarse a un San Martín decidido a quedarse con toda la gloria. Y también porque fue un humilde visionario, creyente absoluto en la educación de su pueblo.

El fue el que ordenó la creación de las escuelas de Comercio, de Náutica y de Dibujo: será por eso que sus cuentas cerraron, que no hizo agua por ningún lado y que el dibujo de la bandera le quedó impecable.

Don Manuel fue un general abanderado en batallas como las de Piedras, Salta y Tucumán y al que le tocó arriar banderas en Tacuarí, Vilcapugio y Ayohuma.

Bernardino Rivadavia pensaba en otros colores, nada que azul un ala del color del cielo, otra que azul un ala del color del mar, y así se lo hizo saber.

Durante años no quedaron al viento las banderas y sólo en 1818 cuando el Congreso tomó el paño por el mástil y decidió que toda bandera debía tener colores cielo y plata, pero que cuando se utilizara en una guerra se le debería sumar un fulgurante sol de 32 rayos bordados en amarillo oro empezamos a contar con una bandera hecha y derecha.

Consigna alguna historia oficial que Belgrano miró al cielo para inspirar los colores que debía llevar.

No debía ser feo lo que se veía porque eran los tiempos iniciales de la patria y los cielos estaban abiertos, intocados, puros, nobles, luminosos, tan cercanos que no parecía imposible alcanzarlos con las manos.

Afirman algunos textos que "la bandera representa nuestra tierra y nuestros mares, nuestros ríos y bosques, nuestros llanos y montañas, el esfuerzo de sus habitantes, sus sueños y realizaciones" y muestra también que simboliza las ansias de libertad, independencia y soberanía, y abarca nuestro presente y nuestro futuro.

En los discursos de los días patrios y en los libros de lectura nos enteramos que bandera es pendón, símbolo, blasón, emblema, insignia, divisa, enseña, distintivo, paño, estandarte, pabellón, gallardete y otro sinónimo que me daba miedo oírlo: lábaro.

Ni habernos hecho la bandera le garantizó a Belgrano quedar a salvo de este país ingrato desde siempre. El hombre murió pobrísimo, rogando unos centavos para remedios indispensables para hacerle frente a su salud minada, asistido sólo por unos pocos familiares y amigos cercanos. Y eso que era un héroe de la patria.

¿O eso se supo después?

Un símbolo que resiste todo / Por Tomás Eloy Martínez

A veces es la bandera, a veces las entusiastas exclamaciones del himno, a veces el Preámbulo de la vieja Constitución alzado como una plegaria, en ocasiones el escudo de la patria -más solemne y distante, más reservado a los usos del poder-, casi siempre la módica escarapela: todos esos símbolos de la nacionalidad han conocido épocas de gloria y de abuso, de malversación y de invocaciones vanas, a la vez que han servido a muchos argentinos para seguir creyendo en una patria que no cesa, a pesar de las desventuras.

De todas esas metáforas seculares, ninguna ha sido tan maltratada como la bandera. Durante décadas se la privó del sol que estaba en su centro y en su origen, porque se sostenía que el sol -vaya a saber por qué- estaba reservado para la guerra. En mis años escolares, la bandera era tan sacramental como belicosa. Se la izaba al compás de un fragmento de la ópera Aurora, que en sus primeros versos la describe como un ave de rapiña lista para el ataque ("Alta en el cielo/ un águila guerrera"), y se la arriaba recitando la célebre oración de Sarmiento: "La enseña celeste y blanca, ¡Dios sea loado!, no ha sido jamás atada al carro triunfal de ningún vencedor de la Tierra". La afirmación, que henchía de orgullo a mis condiscípulos, siempre me pareció engañosamente triunfalista. Estaba condenada, por lo tanto, a que la fatalidad la desmintiera, como sucedería con la derrota de Malvinas.

En los años de desdicha, la bandera era exaltada en propagandas con las que se enconaba a los argentinos contra adversarios fantasmales o reales -los sicarios del comunismo que nos amenazaban con la Tercera Guerra Mundial, los chilenos codiciosos que pretendían avanzar sobre el Beagle y, al final, los británicos depredadores, que insistían en ocupar nuestras tierras insulares del Atlántico Sur-: esa tenaz retórica hizo que la enseña patria pareciese irse desprendiendo de la nobleza que tuvo en sus orígenes, cuando Belgrano la enarboló por primera vez y cuando los maestros rurales la ponían a flamear en lo alto de rústicos mástiles, para acabar convirtiéndose en un objeto de uso, de negociación, al servicio de los caudillos de turno. Pero la bandera resiste todo.

Ahora se yergue como un instrumento de protección y de unión en las barricadas, en los cortes de rutas, en las marchas de protesta, en la vanguardia de los piquetes: a veces se la emplea para defender una causa justa y como señal de angustia ante la sordera del poder, otras veces sólo para amparar la indignación o la impaciencia de algún cacique caprichoso.

Es curioso comparar el destino de la bandera argentina con el que padece la bandera de -por ejemplo- los Estados Unidos. Allí se la usa para un barrido y para un fregado, y no por eso pierde su dignidad. Hay banderas norteamericanas flameando no sólo en lo alto de los edificios públicos, sino también a la entrada de los supermercados, de las iglesias de cualquier credo, de las tiendas donde venden vestidos de novia y de los galpones de automóviles usados, donde es famoso que los vendedores jamás dicen la verdad. Pese a esa promiscuidad, la bandera es el único símbolo sagrado en los Estados Unidos, y cualquier candidato puede perder una elección si se descubre que incendió alguna para protestar contra la Guerra de Vietnam o contra el escudo galáctico de Reagan en un ataque de ira adolescente.

El destino de la bandera es allí, a fin de cuentas, el mismo que el de los próceres: una de las mayores sorpresas que reciben los visitantes de los Estados Unidos es observar que, tanto en la televisión como en los periódicos, las imágenes Washington, Jefferson, Franklin y Lincoln se usan para vender hamburguesas, computadoras, autos y casi cualquier otra cosa, en versiones tomadas de los billetes de banco o de las iconografías oficiales. Nadie se queja por eso, como tampoco a nadie se le ha ocurrido pensar que los chistes sangrientos y cotidianos que se hacen a costa de George W. Bush pueden afectar la investidura del presidente o su habilidad para negociar con otras potencias. A los consejeros de Bush no se les cruzaría por la cabeza imaginar que el presidente -aunque sea tan poca cosa- pierde jerarquía por las bromas que le gastan los caricaturistas o los animadores de televisión. Eso sería admitir que el ofendido es menos importante o más vulnerable que los presuntos ofensores. Lo mismo sucede -salvadas las caudalosas distancias- con la bandera: es un valor situado tan por encima de los valores convencionales que no pueden dañarla los vendedores de baratijas ni los traficantes de automóviles.

A los niños argentinos les cuesta mucho menos trabajo que a los norteamericanos fabricar sus banderas domésticas de papel crêpe. Bastan dos rollos de papel celeste, uno de papel blanco y un poco de engrudo, en vez de cincuenta estrellitas, rollos azules, blancos y rojos. Esa tarea casera permite familiarizarse con el símbolo, sentirlo propio y, a la vez, entender su sentido.

Hace casi dos siglos, a Manuel Belgrano le inquietaba el uso vano y puramente retórico de ciertas palabras como democracia, libertad, futuro, bandera. "Las palabras deben sentirse en lo que son, en lo que dicen -escribió en una carta-. Cuando las palabras se vacían de su sentido, se prostituyen." Lo mismo pasa con los símbolos. Cada uno de ellos tiene una historia, una carga semántica que se va deslustrando con el exceso. Cuando un símbolo significa demasiadas cosas o se usa para demasiados fines, termina por no significar nada. Un famoso ejemplo es la pérdida de sentido de la palabra corrupción, a la que ya poca gente concede importancia después de que tantos corruptos prometieron combatirla.

La bandera, por suerte, es de los raros signos que toleran tempestades y abusos sin deslucirse ni prostituirse porque, más aún que el himno o que el escudo, está unida a la idea de nación, de comunidad, de identidad. Quienes mancillan o abusan de la bandera con fines subalternos, enarbolándola para guerras que nadie quiere o para causas en las que pocos creen, se mancillan más bien a sí mismos. Como la nación misma, la bandera pertenece a todos, aunque no todos sepan cómo ni para qué cobijarse en ella.

La bandera matriz / Por Esteban Peicovich

Hace poco tuve que dar la cara ante seis estudiantes de Comunicación Social que me entrevistaron para hablar del 25 de Mayo, la bandera y la actualidad. Acepté, pero al rato, envuelto en una espiral paranoica, me vinieron ganas de huir rápidamente del país.

Se trató de un repentino y excesivo brote de responsabilidad histórica, síntoma que les puede dar tanto a un megalómano como a un don nadie. No es que me sintiera el único responsable del desastre al que llegamos, pero algo mío habría.

No iba a ser una charla más. Era la inocencia joven, viniendo, con razón, a pedirle explicaciones a la culpa adulta. ¿O no me preguntarían por qué hicimos tan mal las cosas quienes los precedimos en el turno histórico? ¿Cómo abordaría la catástrofe del último medio siglo argentino? ¿Con qué argumento les fortalecería la razón sin dañarles la esperanza? Tal el dilema.

Ellos que vendrían a saber de qué se trataba y yo sacado de mí, sintiéndome casi un vicario del virrey Cisneros.

La noche anterior tuve pesadillas de munición gruesa: Menem huyendo de la isla de Elba, Farinello armando una secta tipo Waco en los bajos de Quilmes, Zelig O´Donell disertando sobre Etica y Mutación Política en la cátedra Gostanian, el gabinete ocupado en clavar alfileres a un muñeco de tevé, el imaginario del país desertizado por el yenga, el operativo recolector de abandonados debutando con su Frío 2001 (en sincero anticipo de que vendrán el Frío 2002, 2003, 2004...

Tras una noche así, me resultó imparable decirles a los estudiantes que lo sentía, que había un error, que ciertamente no tenía certificación histórica de que el 25 de Mayo de 1810 se hubiese cumplido, que de los 50 mil argentinos que en aquel mayo había en la ciudad y alrededores sólo se invitó a ir al Cabildo a 250, que fueron menos de 200, entre ellos 59 militares y 59 comerciantes, que los cañones de una flotilla inglesa, cerca de Martín García, seguía "el curso de los acontecimientos", que por lo que me parecía, el 25 de Mayo todavía no ocurrió, que está delante, no atrás, que aquel intento quedó en insinuación, en sueño por cumplir, que 190 años no son nada, que el virrey Cisneros es ahora una virreina telefónica, que los anglosajones continúan su acoso y merodeo, que las listas sábanas de Mayo de 1810 siguen vigentes y la democracia sin abrir y gran parte del mentado ser nacional durmiendo con el Gran Hermano en un bar de la televisión, y que de lo que sí tenía prueba desde pequeño es de unas maravillosas ceremonias escolares en la que se hablaba de unas leyendas hermosísimas sobre el 25 de Mayo y el 9 de Julio, y que al celebrarlas cantábamos frente a una bandera que no cambiaba de tamaño y a la que nos bastaba verla alzarse para respirarla en el aire.

Y como me preguntaron (y mucho) por Manuel Belgrano, les conté que en 1820 fue traído enfermo desde el Norte, con grilletes en piernas hinchadas por la hidropesía y que el día en que murió (día de tres gobernadores distintos; mañana, tarde y noche: tres) no estuvo la bandera (su/nuestra bandera) en el destartalado ataúd en el que lo enterraron de apuro y sin respeto.

Hablamos mucho.

Mi ataque de realismo nos les provocó pesar, sino entusiasmo.

"Bueno, habrá que cambiar el rumbo, ¿no?", dijo uno. Y otro: "Si no nos dejaron nada, habrá que hacer todo". Los seis se manifestaron inquietos por ver cómo cumplir con lo faltante, lo interrupto, lo sagrado del 25 de Mayo de 1810, cómo retomar el espíritu de Belgrano, imitar a Sarmiento, sacudir al país inmóvil, ir a más y a mejor.

Y todo dicho sin dejar de sonreír. Esperanzados, los seis, en que su vaciado país deje de vegetar excluido del mundo, de que su bandera recupere sentido y no sea rehén del discurso de feria, la maniobra mercantil o la candidatura al Guinness de las banderas más largas que se han hecho... trapo.

Necesitados, los seis, de que toquemos el fondo tan temido del que hablamos a diario y en donde quizá resida el punto de partida de una segunda república sin intermediación perversa, con reapertura de cabildo abierto, recreación de la bandera, destrucción de los instrumentos de tortura visibles o invisibles, recuperación de todos los dineros mal habidos y pronta campaña a fondo de educación pública para advertir sobre los catastróficos efectos de la banalidad, la farandulería, el cholulaje, la persecución del éxito fácil y demás imbecilidades que mantienen al país en estado regresivo y lejanísimo de su bandera matriz. .

Jorge Palomar
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