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Cómo empezó la deuda externa

Tomar dinero prestado suele ser una solución momentánea y un problema a largo plazo. En el caso argentino, la primer solución se buscó en 1824, y desde entonces el problema sólo aumentó

Domingo 06 de mayo de 2001

En agosto de 1822, la Junta de Representantes autorizó al gobierno de la provincia de Buenos Aires a contratar en Londres un empréstito de un millón de libras esterlinas, destinados a la construcción del puerto de Buenos Aires, a la fundación de tres pueblos en la costa sur, y a instalar un servicio de agua corriente y desagües en la ciudad. La operación fue acordada en 1824 con la casa Baring Brothers, de Londres, sobre un interés del seis por ciento anual.

Como intermediarios del gobierno porteño intervienieron los comerciantes británicos Juan y Guillermo Parish Robertson y el criollo Félix Castro. Los tres comisionistas cobraron por sus servicios 100.000 libras esterlinas, extraídas del empréstito. La casa Baring descontó el pago adelantado de dos anualidades de intereses y amortizaciones, más su propia comisión, por lo que la cantidad acreditada al gobierno de Buenos Aires quedó reducida a 560.000 libras; a pesar de esto, el gobierno de la provincia se endeudó por la totalidad del préstamo más los intereses correspondientes.

Las 560.000 libras no llegaron a Buenos Aires en una sola entrega y en moneda metálica. Los banqueros británicos enviaron remesas fraccionadas a partir de julio de 1824, consistentes en su mayor parte en letras de cambio que, en 1825, fueron entregadas por el gobierno de Las Heras a los comerciantes locales. Ninguna de las obras que motivaron el empréstito llegaron a realizarse. (Crónica Argentina, Editorial Codex, tomo II., Historia Argentina, de José Cosmelli Ibáñez, Editorial Troquel).

Cavallo: "Para reducir la deuda estamos abriendo las oportunidades de inversiones, y son estas oportunidades las que producirán el gran cambio"
Cavallo: "Para reducir la deuda estamos abriendo las oportunidades de inversiones, y son estas oportunidades las que producirán el gran cambio". Foto: Gabriel Piko

Con el paso de los días llegó ese impensado momento en que debíamos devolver lo prestado; el dolor nos traspasó.

En febrero de 1842, los banqueros ingleses reanudaron las negociaciones con el gobierno de Buenos Aires, entonces a cargo de Rosas, para obtener el pago de los intereses atrasados del empréstito. Rosas comisionó a su ministro de Hacienda, doctor Manuel Insiarte, para que tomase a su cargo el arreglo, y éste, por nota de 17 de febrero de 1843, manifestó al representante de los banqueros que se había autorizado al ministro argentino en Londres para que propusiese al gobierno inglés la cesión de las islas Malvinas, en pago de la deuda. El gobierno inglés desechó la oferta. ( Historia Económica de la República Argentina, de Luis Roque Gondra, Editorial Sudamericana).

Para una justa comprensión del hecho, recordemos que Inglaterra se apoderó de las islas en 1833. La Confederación Argentina insistía en la legitimidad de sus derechos sobre las islas, por lo que se sentía dueña de canjearlas por la deuda. Los ingleses no lo veían del mismo modo...

Los gobernantes pasaron y la deuda externa creció. Nicolás Avellaneda, que asumió la presidencia en 1874, decidió cortarla. A pesar de la dura crisis económica, de la oposición de la Legislatura y del periodismo, dispuso que los argentinos economizarán "sobre su hambre y sobre su sed" para responder al compromiso asumido con los mercados extranjeros. Hubo despidos de miles de empleados públicos, rebajas de sueldos y ajustes en los gastos del Estado.

El alivio de devolver llegó tras el sacrificio. La cancelación de la obligación de aquel empréstito tomado en 1824 sólo pudo concretarse en 1904; las sumas abonadas a lo largo de los años en concepto de intereses y amortizaciones alcanzaron, al cerrarse la deuda, una cantidad de ocho veces el valor del importe recibido. Las enseñanzas que de todo esto podemos extraer son cuantiosas y enriquecedoras. Quedan como tarea para el hogar.

Segundas partes. No te alegres cuando te prestan, alégrate cuando devuelves.

En estas generosas tierras nos ponemos contentos de entrada, cuando nos prestan. Sentimos que alguien, allá, nos quiere. Somos entonces felices y hasta dispendiosos con la plata ajena.

Al arrancar 1976, poco antes del golpe militar, cada habitante de la Argentina debía al exterior 320 dólares. Cuando los militares se fueron, en 1983, cada habitante pasó a deber 1500 dólares. En otros términos, la deuda trepó de 8 mil millones a 45 mil millones. ¿En qué se nos fue este dinero?

En comprar armas (y pagar comisiones por la compra) las Fuerzas Armadas emplearon 10 mil millones de dólares, según una estimación del Banco Mundial.

En cubrir las deudas de varias poderosas empresas privadas se nos fueron otros 5 mil millones. Esas empresas habían tomado préstamos en el exterior y por imprevisión se encontraron de pronto en situación delicada. El Estado salió al rescate. Mediante avales, seguros de cambio y finalmente la estatización directa, las deudas privadas pasaron a ser públicas. El trámite continuó durante el gobierno democrático. Entre las empresas aludidas se contaban Celulosa Argentina (1500 millones de deuda), Cogasco (1350 millones), Autopistas Urbanas (950 millones), Pérez Companc (910 millones), Acindar (650 millones), Bridas (600 millones), Banco de Italia (550 millones), Alpargatas (470 millones), Techint (350 millones)...

El dulce endeudamiento de mediados de los años setenta, a menos del seis por ciento anual, se hizo amargo a finales de la década, y durante los 80, cuando las tasas de interés llegaron al 16 por ciento.

En los casi seis años del gobierno de Alfonsín la deuda pasó de 45 mil millones a 65 mil millones.

Finalmente, tras diez años de gobierno del doctor Menem, el año 2000 nos encontró dominados por una deuda externa que pasó de 45 mil millones a 145 mil millones de dólares (o pesos).

Si queremos un dato más solidario: cada uno de nosotros debe hoy al exterior unos 3800 dólares. (Pueden consultarse datos de nuestra deuda y compromisos con el exterior en la buena página electrónica del Ministerio de Economía: http://www.mecon.gov.ar )

La historia de la deuda externa argentina puede contarse por etapas.

1) En 1976 se produce la toma del gobierno por el general Videla. El mundo vive la era de los petrodólares, los bancos internacionales ofrecen créditos fáciles a tasas bajas.

El ministro de economía, Martínez de Hoz, y su secretario de estado, Walter Klein, creen ver allí una oportunidad. Comienza el gran endeudamiento del Estado argentino; las empresas privadas son alentadas a tomar créditos internacionales.

2) A partir de 1980 hay un viraje en la economía mundial. El crédito se vuelve escaso y caro. Pero nuestro país no parece estar a tiempo de virar: sigue aumentando su deuda, urgido por desequilibrios fiscales y comerciales.

En este período se inicia también el fenómeno de convertir deuda internacional de empresas privadas en deuda del Estado; esta conversión es inaugurada por el ministro Lorenzo Sigaut y seguida por los sucesivos ministros de economía, como Jorge Whebe, así como por directivos del Banco Central, incluyendo a Domingo Cavallo.

La angustia de una deuda creciente y cada vez más difícil de pagar se prolonga a lo largo de la década, incluyendo el quinquenio del doctor Alfonsín. Es una situación que comprende a toda América latina, con crisis dentro de la crisis, como la interrupción de pagos (default) que realizó México en 1982.

3) En 1992, el ministro Cavallo renegocia la deuda externa y logra ciertas postergaciones de las fechas de pagos y algunas reducciones de montos. Sin embargo, el endeudamiento sigue aumentando en forma galopante, engulléndose de paso lo que se pudo haber obtenido por las privatizaciones de las empresas del Estado.

4) En el didáctico libro Economía (McGraw Hill, 1989), tres destacados profesores del Massachusetts Institute of Technology, Stanley Fischer, Rudiger Durnbusch y Richard Schmalensee indican, tras sesudos análisis, que "en primer lugar, los países deudores han administrado mal sus economías". Y trascartón enumeran las materias en que fueron reprobados nuestros gobiernos y sus economistas: déficit presupuestario, sobrevaloración de las monedas, aumento enorme de las importaciones, huida de capitales. Una frase agridulce de Abba Eban parece apropiada para dejar por un rato el tema con cierto optimismo: "Los hombres y las naciones se comportan sabiamente una vez que han agotado todas las otras posibilidades".

Jaime Poniachik

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