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TENDENCIAS

Nuevas formas de protesta

LA NACION revista

Ya no basta con querer quejarse: hay que hacerlo con ingenio. Las multitudes de la plaza ahora prefieren quedarse en casa, y la mejor forma de hacerse escuchar es apostando a la originalidad. Pasen y recuerden los reclamos que hicieron historia, y también los que no

Se trata de la imaginación hecha fuerza. De las nuevas formas de demanda que ganaron las calles del mundo y golpearon los portones del poder.

-Nosotros lo llamamos confrontación creativa.

Define Oscar Soria, coordinador de Greenpeace Argentina, una de las organizaciones líderes en el uso de modos de protesta no tradicionales. Y queda bastante claro a qué se refiere cuando dice que son creativos: se disfrazaron de merluzas para manifestar contra su pesca indiscriminada, vaciaron góndolas de un hipermercado de Palermo para reclamar un etiquetado de los productos transgénicos y en Puerto Madryn atoraron las hélices de los pesqueros con cadenas, para impedir su salida.

-A veces estamos mucho tiempo preparando una acción directa y muchas veces arriesgamos la vida, pero no siempre buscamos impedir algo. También están las demostraciones que sirven, por ejemplo, para desenmascarar ante la gente a una empresa que está contaminando.

Algo similar logran los hijos de desaparecidos: se valen de pintadas, ruido y algún oportuno huevazo para informar a la opinión pública que el decoroso vecino de acá al lado tendría que estar preso.

-Tenemos una comisión encargada de esta área -explica Verónica, miembro de H.i.j.o.s.-. Buscamos señalar al represor, marcar el lugar donde vive y hacer que quede en evidencia, expuesto ante la gente y los vecinos. No creemos que eso sea justicia, pero al menos nos aseguramos de que el señor empiece a ser conocido por lo que verdaderamente es.

Poco sabrían de Marshall McLuhan las doñarrosas que, un afiebrado atardecer venezolano, decidieron decir basta.

La historia comenzó en 1999, cuando el presidente Hugo Chávez la emprendió contra la opinión pública al decir que aborrecía las telenovelas "porque llenan de basura la cabeza de los muchachos y adormecen la conciencia colectiva". Por si quedaban dudas, decidió reforzar sus conceptos televisando más de una docena de discursos de dos horas promedio cada uno... y en la franja horaria de mayor rating: la de los culebrones.

Los espectadores organizaron un cacerolazo con el único fin de callar al mandatario, que solía acaparar la pantalla entre las 19 y las 23. Pero Chávez no se acobardó, sino que contraatacó con la amenaza de prolongar sus peroratas hasta que no quedara un solo televidente despierto. En un vano intento por mantener sus niveles de audiencia, contó anécdotas sobre sus años de niño pobre y soltó un rosario de bromas sobre la apariencia de su gabinete ministerial. Pero no fue suficiente. El pueblo respondió esa vez con más contundencia que un simple golpe de cacharros: el rating cayó de un 35 a un 23 por ciento.

Sí: las protestas también tienen rating. Para despertar el ojo dormido del público, basta con que sean: a) multitudinarias; b) muy ruidosas; o c) muy originales. Una caravana de bueyes mansos cortando las callejas de El Bolsón para protestar por el cierre de un instituto de capacitación rural; una montaña de zapatos frente a la torre Eiffel alzada contra las minas antipersonales; una manifestación de tamberos disfrazados de monjes en Galicia; un turgente desfile de pechos al viento pidiendo por la no prohibición del topless en Río, y un partido de fútbol entre los equipos Cables Pelados y Cortocircuito (en reclamo por un corte de Edesur) son parte de ese inmenso imaginario que habita en la desesperación de la gente.

"Es cierto que influye la mediatización de las protestas y de la sociedad en general, pero hay otra explicación más profunda para este cambio en las formas de quejarnos -distingue Juan Villarreal, especialista en políticas sociales, profesor de Flacso y el Conicet-. Treinta o cuarenta años antes se presentaba una situación de limitada heterogeneidad social: había pequeños, medianos y grandes propietarios, y por abajo una amplia homogeneidad de trabajadores. Los sindicatos tenían su apoyo, y las huelgas tenían efectos muy duros. Pero hoy la situación se fue invirtiendo: una minoría homogénea lo controla todo, mientras que por abajo hay una heterogenia mayor. Hoy ya no hay huelgas generales que expresen las inquietudes generales de los de abajo. De a poco se fueron generando nuevas formas de protesta, luchas más desordenadas, heterogéneas y anárquicas que se desvinculan bastante de la lucha masiva. Si hay algo que las une a todas, no obstante, es la exclusión social."

Los jubilados piden haberes dignos, los trabajadores piden sueldos decentes, los pobres piden empleo, los muy pobres piden casas, los demasiado pobres piden en la calle, los discapacitados piden rampas y los vecinos de Palermo piden por el lago. Cada uno, entonces, atiende su pedido.

"Cuando Chacho pensó en el cacerolazo con apagón de 1996 contra la política de Carlos Menem, la idea fue optar por un sistema que permitiera a la gente protestar desde sus casas, sin necesidad de ir a movilizaciones o manifestarse en Plaza de Mayo -expresa Ernesto Muro, jefe de prensa de Carlos Alvarez-. Apostábamos mucho al efecto dominó: si alguien empezaba a hacer ruido, seguro que el resto de la gente se animaba."

Con el país transformado, se inició en 1996 una tradición de protesta distinta: la del cacerolazo, el apagón y los aledaños como el bocinazo, el telefonazo (llamado apagón telefónico, contra la suba de las tarifas) y el abrazo.

Hacen falta ochocientas manos encadenadas entre sí para abarcar la cintura del Teatro Colón. Ochocientas manos, que equivalen a cuatrocientas personas adultas, o doscientos adultos y cuatrocientos niños, intercambiables por ochocientos bebes. También se aceptan perros. Preferentemente salchichas. Todo vale para cerrar el perímetro, tarea complicada y que no siempre se logra.

-El abrazo tiene que ver con simbolizar el afecto y la protección hacia la institución -explica Máximo Parpagnoli, fotógrafo y delegado gremial del Teatro Colón-. Lo logramos en tres oportunidades, de un total de doce. Fuimos la primera institución de la Ciudad de Buenos Aires en protestar de este modo, y tal vez también hayamos sido pioneros en el nivel nacional. Pero al poco tiempo varias instituciones empezaron con los abrazos y la efectividad fue relativa. No porque fuera menos útil, no desvirtuemos la forma en cuanto al contenido, sino porque la gente y los medios le daban un trato menor porque ya no era novedoso. Este sistema de protesta, inocuo, siempre dependió de la trascendencia que le diera el periodismo.

Juan Villarreal y su cautela: "Estos grupos excluidos recurren a nuevas formas de lucha como apagones, cacerolazos, o como la carpa blanca, y en estos casos hay que especular con los medios, que dan presencia, pero nunca suficiente. Para los medios el rating es fundamental, y una entrevista a un piquetero de Salta puede ser útil sólo si es pintoresca". La Cantina de Roque. Plato del día: ñoquis al Roque Fernández. Los ñoquis se cocinan en Economía y no en las escuelas. Este cartel pudo leerse en septiembre de 1997, cuando la Ctera decidió responder a una declaración del entonces ministro de Economía, que dijo que dos de tres maestros eran ñoquis. El agasajo a la prensa, consistente en ñoquis al roquefort acompañados por vinos de la bodega Menem, fue resultado de un convenio entre el gremio docente y una rama del sindicato de gastronómicos.

Una lona blanquísima arropando un esqueleto de metal. Y maestros adentro probando todas las formas del agua: té, calditos, mate cocido, juguitos y etcéteras con miel. Durante cuatro años, eso fue la carpa blanca: uno de los símbolos más tangibles de protesta contra la política menemista. Un espacio que, durante 1003 días, abrigó a mil cuatrocientos docentes ayunantes, hasta que el gobierno de De la Rúa aprobó la ley de financiamiento, que implica un aumento de apenas 60 pesos per cápita.

-La idea surgió a fines de marzo de 1997 -recuerda Yasky-. Menem tenía el poder de hacer invisibles las protestas de las provincias, y propuse imaginar una forma de instalar el conflicto en la Capital y poder mantenerlo sin necesidad de hacer paro. Pronto nos transformamos en un referente de protesta, y también fue fundamental la proyección mediática: nos visitaron desde Joan Manuel Serrat hasta Galeano o la selección nacional. También vinieron los cineastas Bertrand Tavernier y Costa Gavras. Tavernier vino solo y cuando llegó había un profesor de francés ayunando. Pudo charlar con los docentes y después hizo una película sobre un maestro que, según tengo entendido, fue inspirada en la carpa. Tomamos proyección internacional.

Es probable que cuando el Fondo Monetario Internacional (FMI) habla de globalización no esté apuntando a esto. Muy contra su voluntad, el FMI acaso sea el más reiterado blanco de protesta sin fronteras. Parece que en todos los países hay gente que odia al FMI. Parece que son muchos y parece que se han organizado. Como parte de un inmenso movimiento antiglobalización (originado en septiembre de 2000 por una serie de reuniones que estaban manteniendo el FMI y el Banco Mundial) 110 ciudades y 41 países con eje en Praga se organizaron para manifestarse con mucho seso. En la Argentina, la calle Florida fue sede de un encuentro deportivo, donde dos equipos jugaron al fútbol con un globo terráqueo, al que lograron destrozar en el tiempo récord de 30 segundos.

Pero el grito de protesta que ocupó tapas en los diarios se dio frente a la Casa Rosada. A lo largo del vallado, unas ciento cincuenta personas se pararon llevando la pancarta: FMI, nos queda esto. El concepto cerró cuando, luego del chillido de un silbato, hombres y mujeres dieron la vuelta y desenfundaron sus nalgas. Un largo muestrario de glúteos jóvenes, etarios, femeninos, masculinos, pudorosos, líberos, abundantes, pequeñitos, tersos y no tanto protestaron en el más casto silencio. Un silencio que se partió cuando, ya cubiertas las partes y frente al Cabildo, los manifestantes cantaron el himno nacional en inglés. Los protagonistas (muchos de ellos actores) prefirieron no participar de esta nota: el acto puede resultar pintoresco, dicen, pero temen desvirtuar la seriedad del motivo de protesta.

Y es que el motivo siempre es serio. La Plaza de Mayo fue sede de reclamos que aún no apagaron su fuego. Ellas recuerdan ese 30 de abril, esa tarde de sábado tirante y solitaria en la que fueron llegando: primero fue una, después dos, tres, catorce. El monederito asfixiado en el puño, los documentos y la prudencia bien a mano. Se amucharon al lado de la Pirámide, charlaron sobre sus hijos que quién sabe dónde estaban, se intercambiaron miedos y esperanzas. Media hora más tarde partieron convencidas de que era necesario repetir el encuentro aunque no el sábado: ellas querían -necesitaban- trascender.

Pasaron casi 24 años desde entonces, y hoy, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo son conocidas en el mundo entero. Las mujeres de la ronda y el pañuelo blanco, señoras amas de casa, señoras que a lo sumo habían protestado por el precio de un tomate, se hicieron oír. Y fueron catorce, y luego setenta, y cien, y hoy son miles. .

Texto: Josefina Licitra
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