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ESPECTÁCULOS

Claribel Medina, la chica de Puerto Rico

Revista

Era una actriz famosa en su tierra caribeña cuando a los 27 años decidió mudarse a la Argentina, donde era una desconocida. Fue duro, pero ahora disfruta de las mieles del éxito haciendo teatro y televisión al mismo tiempo

Una casa frente al mar. Un novio periodista. Papá cartero, mamá peluquera de barrio. Una hermana y un hermano. Soltera y sin apuro y tan feliz.

Esa era la vida de Claribel Medina en Puerto Rico, la isla donde nació.

En 1990 llegó a la Argentina y desde entonces todo ha cambiado un poco.

Dos hijas, un divorcio, una casa en Palermo Viejo, padres lejanos y una hermana en Miami y otro en Puerto Rico. En lo único que se parecen la vida de Claribel Medina ahora a la vida de Claribel Medina antes, es en la actuación. Es igual de buena. Y un poco mejor.

Esta mañana de bar en Palermo, Claribel lleva un vestido negro, nada de maquillaje. Fuma, exactamente, tres cigarrillos (uno de ellos en honor a una pregunta difícil sobre su pasado), y cuando se dirige a la camarera para pedirle fuego dice: "Cielo: Cielo, ¿me consigues fuego?, gracias, cielo". Y cuando un chico ahí afuera la saluda y un señor se acerca a la mesa a avisarle que la reconoció, ella mira con sincera gota de agradecimiento en cada ojo y dice gracias como si dijera gracias, cielo.

Claribel se llama Claribel porque a su madre, que se llama Petra, se le ocurrió que era una hermosa mezcla de Clara e Isabel. Infancia tímida, dice que tuvo. Se veía flaca, y asegura que tenía nariz larga.

-Tenía complejo de esquelética. Había una modelo que era Miss Universo, Marisol Malaret, bellísima y muy alta. Mi familia decía: "¡Huy!, ésta va a ser tan alta y tan bonita como Marisol Malaret". Y yo lloraba. ¡Ser una cosa larga y flaca! Rogaba: "Dios mío, Dios no quiera que yo sea como Marisol Malaret". Una vez terminada la escuela primaria, Claribel empezó a cursar en la Escuela Libre de Música. Una especie de secundario básico con enseñanza de música. Estudió guitarra y clarinete.

-Teníamos una banda, y cuando nos hacíamos las fugas, la rata, nos íbamos a la playa a tocar con la banda.

En ese colegio empezó a tomar clases de actuación. Cierta vez un canal de televisión local le cedió un espacio al colegio para que representaran una obra. La sala quedaba dentro de las instalaciones del canal, un actor la vio, y al otro día el teléfono de la casa de Claribel Medina, quince años, sonaba enfebrecido. Atendió Petra.

-Eran de Telemundo. Mi mamá me dice: "Hay un señor que quiere que te presentes en Telemundo para hacer una prueba". Yo estaba feliz, pero mi mamá me dijo: "No, Claribel, no vas a ningún Telemundo". Y yo: "Pero mamá, me están llamando para trabajar". No me dejaron ir. Ahí tuve la primera pelea adolescente fuerte con mis viejos. Yo decía: "Voy a ser actriz", y mi viejo: "No, vos vas a estudiar". Entonces fui a Telemundo, por las mías, y me dieron un personaje en una telenovela. Tenía 16 años, y en la primera escena me ponen a fumar, ¡y yo no sabía fumar! A mi padre no le gustaba que yo fuera actriz. El era amigo de un actor, Miguel Angel Suárez, y le decía: "Mi hija está en un bar que queda al lado del Teatro del Sesenta, se llama Claribel. Vigílamela". Entonces yo pedía una cerveza, y Miguel Angel me la sacaba de las manos: "Es muy joven, me decía, no empiece con los vicios de los actores".

Después de esa telenovela, hizo un coprotagónico y cuando estaba empezando a hacerse muy conocida, dejó todo y se fue a Nueva York a estudiar actuación. Dejó en Puerto Rico al amor de ese tiempo, su complicada historia con violines de fondo. Un periodista puertorriqueño con el que pasaba una semana bien y otra a los gritos.

-A los 18 me enamoré profundamente de este periodista. Una relación larga, de idas y venidas. Yo ya me había ido a vivir sola, y mi papá, que era muy cuida, se me metía los domingos a la mañana en casa. Se aparecía por la puertita de atrás, golpeaba, y yo decía: "Ahí está papi", arriba todo el mundo. Como era un departamento pequeño, tampoco tenía dónde esconderlo. Pero cuando me fui a Nueva York, ya habíamos cortado.

Llegó a Nueva York con 19 años. Su mejor amiga la esperaba con departamento alquilado, pero para el primer impacto fue horrible igual. Llegó en invierno, de noche y con varios grados bajo cero. Ella, que había salido del pulmón del Caribe.

-Yo tenía un tío viviendo en Nueva York y había ido de vacaciones varias veces, pero esa vez arrugué. Me dio cosita. Me sentí muy sola. Nadie me había ido a buscar al aeropuerto. Pero dije: "Tengo que poder". Y pude. Me levantaba a las ocho de la mañana, me metía en un gimnasio hasta las once, iba a dar clases a Brooklyn a niños latinos que no hablaban bien ni inglés ni español, y por la tarde hacía tres seminarios de actuación. En el ínterin, me había hecho novia de un alemán, di-vi-no, se pelaba la cabeza, estaba completamente loco. Nada trascendental. Yo seguía enganchada con mi periodista. Estaba enamorada. Pero era una relación con mucha pelea en el medio. El fue a verme a Nueva York, volvimos, y luego cortamos otra vez.

Entre el mar de amores, trabajaba. Le prestó la voz a otras caras, doblando películas al español. Cuando llevaba un año siendo nadie en el ombligo del mundo, la llamaron de su isla para protagonizar una telenovela y hacer una obra de teatro.

-Pensé: "Voy, hago más plata y vuelvo a Nueva York para seguir estudiando". Error, error. En la novela yo era protagonista junto a Carlos Vives, el colombiano, y esa novela fue un golazo. Después vino otra novela, y otra y ya no me fui. Luego me casé con Pablo y me vine a la Argentina.

Pablo es el actor argentino Pablo Alarcón, que en aquellos años andaba por Puerto Rico actuando y escribiendo guiones para programas que se vendían a América latina.

-Si hubiera estado soltera me iba a Nueva York, o podríamos haber ido a Colombia, pero vinimos para acá. Ambos nos queríamos ir de Puerto Rico. Sí, claro, cuando tomé la decisión de venir acá, definitivamente lo hice porque estaba absolutamente enamorada. Y después nos separamos y todo eso y todo bien.

Y eso es todo lo que ella dirá del tema y de su actual relación con Esteban Prol, compañero de trabajo en Como vos y yo y de quien se divorció en la ficción.

-La vida es riesgo. Si no te arriesgás, no te pasan cosas. Yo soy una aventurera. Siempre tuve la sensación de que podés probar algo nuevo otra vez. Lo peor que le puede pasar a una persona es dejar de probar. Pensé... si nos va bien nos quedamos, y si no volvemos. Claro que cuando te vas de un país, es como volver a nacer. La plaza donde jugabas queda en tu memoria. Ya no la tenés. Ahora que ya tengo mis dos hijas, ya tengo historia aquí también, y mi barrio es mi barrio.

De Puerto Rico se trajo lo que pudo: la salsa, el arroz blanco con porotos, y el clarinete, que tiene guardado. Y un acento que desorientaba a los taxistas porteños.

-Me costó mucho que entendieran que era puertorriqueña. Creían que era de Venezuela, de Costa Rica, de Colombia. Pero Puerto Rico no entraba en la boca de nadie. Y después, cuando ya se me iba yendo el acento, me decían: "¿Usted es del Chaco, correntina, misionera?" Además de acostumbrarse al frío del invierno, Claribel tuvo que acostumbrarse a la ausencia de mar. Y a que el mar presente fuera, digamos, distinto. -No hablemos del tema playa, te lo ruego. Hablemos de lo que me gusta de Buenos Aires. Las cafeterías, las placitas. Pero las playas... no hablemos. El viento. El viento no lo puedo soportar. Estas playas son un sufrimiento para mí. Ves las olas y decís: "Es- ta ola me va a comer". Ay, no. No puedo. Yo no entro al mar. No puedo entrar. Me supera, me da frío, no me gusta el color, hay que ir con abrigo, si no te congelás. No. El tema mar... sufro.

Sufre, pero más difícil de sortear fue la indiferencia ambiente argentina. A principios de los años noventa, Claribel Medina podía ser una figura estelar allá en la isla, pero acá era otra actriz que buscaba trabajo.

-Lo primero que hice fue un programa que nunca salió al aire, de Rodolfo Ledo, Calientes se llamaba, y después Diosas y Demonios, con Katja Alemann, Luisa Delfino, Mirtha Busnelli. Muy divertido. En ese programa me quedé embarazada de Antonella, y después hice Apasionada, una telenovela que hizo Televisa con Susú Pecoraro y Darío Grandinetti.

Hizo también Cablecanal, un programa con Juan Carlos Mesa en América 2, Gran Hotel Casino y fue con Naranja y media que le llegó un Martín Fierro por Marisa, un personaje que la puso de nuevo en las manos mimosas del reconocimiento público. Y desde que hizo a Marisa, todos descubrieron que es una estupenda actriz, que además llora muy bien. Convencida y convincente. Y, para mejor, ni la nariz se le pone colorada, ni se le hinchan los ojos a punto asco. Por eso, el programa Teleshow le dio un premio absurdo como la actriz que mejor llora. Ella, claro, no sale de su asombro.

-Es terrible eso. No me lo tomo mal, pero me tomó por sorpresa que llamara tanto la atención. Siempre digo que es un recurso más. Cuando al principio me lo dijeron dije: "Bueno, está bien". Pero cuando se pusieron en eso, en eso, en eso, dije: "No, vamos, no puede ser".

Es que Claribel brilla como una esmeralda delicada en las comedias: su cara dulce que puede pasar del despiste a la picardía, su manera de decir las frases a tiempo, con un tono que no es ni muy así ni muy asá, sino el punto justo para una certera puñalada jocosa, su deliciosa forma de mantenerse a salvo de toda chabacanería. Sin ir más lejos, ahora hace comedia por partida doble: todos los días por Telefé junto a Hugo Arana en Buenos vecinos, y en el teatro Liceo con Bendita Clase media, junto a Juan Carlos Calabró, Moria Casán y Emilio Disi.

-Yo aprendí que actuar es actuar, y la vida pasa por otro lado. Cuando no estás trabajando, te angustiás. Los actores tenemos un ego muy alimentado. Cuando no tenés a nadie que te diga: "Ay, qué bueno lo que hacés", sonaste. Es bravo. Pero yo aprendí de mi viaje desde Puerto Rico. De tener un nombre, de ser una persona que hacía el cine que se hacía allá, las novelas que se hacían allá, tuve que empezar de vuelta, y fue un cimbronazo. Pero me hizo recordar cuando tenía 19 años y estaba en Nueva York, y pensaba que todo era difícil.

No le quedan ni las playas, ni los padres cerca, pero tiene dos hijas, Agostina y Antonella, a las que acostumbró a seguirle el ritmo. Cenas, bailes, camarines, butacas de teatro: las nenas de siete y nueve años siguen a mami donde vaya, locas de placer.

-Siempre quise tener hijos. Ellas son mi felicidad. Las llevo a todos lados. El teatro, el canal, me encanta andar con ellas a todas partes.

Le gusta bailar tango, compra su propia comida en el supermercado, y dice que se ve atractiva, de labios gruesos y ojos grandes, pero que nada de belleza ve en eso. Que no va a ser ella la que diga si ha sido una mujer de éxito, pero que hay una espina clavada en su ego y que esa espina se llama Jorge.

-Yo tenía doce años, y Jorge fue... el primer amor. Ay, cómo sufrí yo por ese chico. Yo no le gustaba y nunca le gusté. Cuando fui más grande y me sentía que estaba linda, dije: "Ahora le voy a pasar por la casa y vamos a ver cómo me mira". Y nunca me miró. Hace unos años me lo encontré en un shopping de Puerto Rico. Bello, divino, igual a como era. Y me saludó con tanto cariño, estaba tan contento de que yo era exitosa. Pero nunca me miró. A Jorge nunca le importó. Ja. Yo le hice saber que me gustaba de infinitas formas. Le mandé mensajes, lo invité a fiestas: "Jorge, hay una fiesta en casa de tal, ¿querés venir conmigo?" "No, voy con tal." Iba con otra. Nunca le gusté. Cuando lo encontré en el shopping se lo dije y me dijo: "Bueno, mejor, a vos te fue bárbaro sin mí".

Y la verdad es que sí. Le fue bárbaro sin él. .

Leila Guerriero Fotos: Marino Balbuena
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