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CRÓNICA

Quién le teme a la Isla Maciel

Revista

Era lugar de paseo de la clase alta porteña a principios de siglo. Hoy, sus habitantes sobreviven como pueden a la violencia y el desempleo. Desde marzo se invertirán dos millones de dólares para transformarla en un sitio turístico

 
 

Es igual. Igual a La Boca, pero sin gente. Son las 2 de la tarde de un día de agosto y en la calle hay casas de chapas, algunos tipos torvos, un torrente de cortinas agitadas por el viento y Luis Bruni, que aclara que nadie le dice Luis, que todos le dicen Suri, que tiene 79 años, que es radical, que acá son todos ladrones pero no tanto, que si al regresar a la Capital se nos cruza algún chico de 12 años y apunta directo al parabrisas con su pistola, lo atropellemos.

-Ja, ja, ja.

Bienvenidos. Isla Maciel. Partido de Avellaneda. Diez minutos de auto desde la Casa de Gobierno. Cincuenta centavos de bote desde La Boca cruzando el Riachuelo. Parece fácil, pero no. Son pocos los que han podido mirar hacia la Capital desde este lado. -Cosas pasan en todas partes...

Se apuran a repetir los habitantes de la isla, pero enseguida cuentan el último robo de la semana. La Isla maciel es así: un lugar que se pretende pacífico con alma de guapo irredimible.

-La isla era un paraíso, con cuarenta familias, casi todos tanos, que habían venido cuando el primer habitante, un señor Maciel que había heredado las tierras en 1860, les empezó a ofrecer terrenos.

En casa de Suri, la tele desparrama un programa gritón. El cuartito del fondo es su cuartel: la ventana cerrada, las cañas de pescar, los ojos ciegos de las boyas.

-El frigorífico Anglo se vino a instalar en 1926, había un montón de astilleros y talleres. En el Anglo trabajaban diecisiete mil personas. Pero después se terminó todo.

-¿Cuándo?

-En 1945. Con la presidencia de Perón. Trajo a toda esa gente del interior que te sacaban lo calzoncillos sin tocarte los pantalones. Ojo, que también cayó mucha gente buena, de trabajo, pero los tanos que habían venido a poblar la isla se asustaron y empezaron a irse. Ahora, la isla tiene dos partes: la planta urbana que es ésta, hasta la calle Vieytes, y después la villa. Yo cuando hago historia digo Isla Maciel antes de Perón y después de Perón.

-¿No es algo tendencioso?

-Y... pero es cierto.

A los 14 años, Suri se convenció de que eso de trabajar no era para él. Empezó a levantar quiniela hasta que un buen día se hizo banca.

-La quiniela me trató bien. Salvo que me llevaron preso nada más que 21 veces...

Con la plata de la quiniela pudo abrir un almacén, y más tarde el bar Guampita que todavía se sostiene en una esquina de Montaña, la calle principal: un lugar brumoso con fotos de los buenos tiempos. Todas las tardes, de 2 a 4, media docena de viejos se juntan para jugar al chinchón. Por plata. Lugar difícil la isla, sobre todo porque nadie sabe dónde queda, ni por qué no siendo isla la mentan por ese nombre. Cuando un brazo del Riachuelo la rodeaba a principios de siglo, era tan isla como las del Caribe y tenía un río igual de limpio. Con la llegada de las primeras empresas, los terrenos se rellenaron, se le calmó al río su caudal, y de isla sólo quedó el recuerdo. A nadie le importó, porque todo eso significaba progreso. La Isla Maciel ostenta con orgullo la cocarda de haber sido el primer barrio de Avellaneda, fundado en mayo de 1887, nueve años antes que el Dock Sud, y hay un proyecto para transformarlo en un centro turístico. Leyó bien: turístico. Según Oscar Laborde, intentende del partido, el lugar más peligroso de Avellaneda no es la Isla Maciel, sino la Villa Tranquila. -Maciel siempre fue una parte sustancial de Avellaneda, pero el barrio ha quedado aislado, y es casi una ciudad dormitorio. Ya no hay industrias estables. Exolgán, que es la empresa más cercana no toma gente de la zona. Para que la isla recupere su perfil tenemos planificada una inversión de dos millones y medio de dólares que forma parte de un proyecto de trescientos millones de pesos para el saneamiento de la cuenca Riachuelo-Matanza. Entre otras obras civiles, se prevé poner las mismas defensas que se hicieron en La Boca para que no se inunde, y construir una zona costera. Se haría la recuperación del casco histórico y se uniría. La Boca con la Isla en el itinerario turístico que ofrece el Gobierno de la Ciudad Autónoma. Queremos fomentar inversiones privadas para abrir lugares de tango.

-¿Cómo van a solucionar el problema de seguridad?

-La idea es ofrecer seguridad, pero la misma gente de la Isla, al ver que el turismo es una fuente de ingresos, se va a ocupar de que el lugar sea seguro. La recuperación de la Isla empezará en marzo, abril, y la idea es que vuelva a funcionar el puente transbordador.

En este lugar arrasado llegó a haber cincuenta mil habitantes, veintiocho bares, diecinueve fondas, doce astilleros, dos canchas de fútbol, cuatro clubes, dos frigoríficos, cuarenta prostíbulos con catorce mujeres cada uno, y una comparsa -Como salga- en la que se zangoloteaban quinientas personas. Cuando en 1913 se inauguró el puente transbordador, el progreso parecía imparable. Cuando en 1940 se cerró ese puente para dejarle paso al novísimo Nicolás Avellaneda, la Isla era una promesa hecha realidad: las escaleras mecánicas que trasladaban a la gente hasta la cima eran tecnología de punta, símbolo de un futuro pujante.

Pero en 1970, el frigorífico Anglo cerró, y de a poco los doce talleres y astilleros le siguieron los pasos. Del antiguo esplendor quedan dieciocho mil personas que aguantan como pueden. Las calles están rotas por el paso de camiones y los cientos de miles de autos que pasan sobre el piso de metal del puente riegan sobre la isla un ruido de dimensiones olímpicas. Las escaleras mecánicas no funcionan, y desde que no existe vigilancia policial nadie se arriesga a cruzar caminando el puente que es coto de caza de las bandas de la Isla y de La Boca, que cada tanto se tirotean por ver a quién le toca robar ese mes.

Debajo, sobre un río que ya no puede ni moverse, los boteros van y vienen sobre la rigidez grasosa. Desde eso que alguna vez fue agua brota un eructo burlón.

Lala, la mujer de Suri, llegó a la isla en 1945. Tenía 8 años.

-Yo adoro la isla. Beso los adoquines. Es mi lugar en el mundo. Cambió mucho. Yo hace ocho años iba de compras y dejaba la puerta abierta. Ahora ya no. Antes no era así. Acá se hechó todo a perder...

-En 1945... -insiste, machaca, repite Suri.

-No, de ocho años a esta parte. Yo sé lo que vos decís, Suri, pero acá no hay trabajo, no hay industrias, los chicos qué pueden hacer. Había un pibe que yo adoraba. Era terrible. Se sentaba a charlar conmigo y yo le decía: "Mirá, Quiqui, si yo tuviera mucha plata me compro una manzana, los meto a todos ustedes adentro, les consigo trabajo y no me roban más o les rompo las piernas". Lo mataron a ese pibe.

Entre vecinos y partidos políticos, rumores y policías, la Isla es una maraña de alianzas y secretos a voces bien guardados. Lala sabe todo, pero nunca dice nada, y cuando dice sabe qué decirle a quién.

"Cuando yo tenía quiosco, vino una vez un cana y me pidió colaboración. Le digo: "Yo colaboro con usted cuando pago los impuestos". ¿Sabés cuál es el problema con la cana? Que ellos no se hacen respetar. Entonces uno no los respeta. Además, los que tenemos que vivir acá somos nosotros. En octubre de 1998 nos borraron de la empresa de emergencias de ambulancias, Emercor, que se fusionó con Cardiosur. No quieren venir porque dicen que es zona roja, pero acá los pibes nunca le robaron a una ambulancia. Igual con el cable. Cada vez que tenían que entrar a arreglar les robaban a los de la camionetita, hasta que lo cortaron. Te da bronca, porque hay mucha gente que quiere tener cable y pagar, pero a nadie le importa acá -dice Lala-. A nadie le importa."

Las empresas de servicios se excusan diciendo que casi no pueden comercializar sus productos en la zona porque los móviles del servicio técnico son sistemáticamente asaltados. Los vecinos aseguran que ellos mismos se han ofrecido a acompañar los móviles para que puedan trabajar con tranquilidad. Las versiones chocan. La empresa Multicanal, que ofrece servicio de cable, dice que prácticamente no realiza operaciones comerciales en la Isla, que sólo tiene treinta abonados heredados del servicio de cable zonal, y declara que no existe interés de la empresa por operar en la Isla Maciel.

El doctor Angel Falvo es gerente general de Cardiosur, la empresa de emergencias médicas que opera en Avellaneda y a la que algunos vecinos señalan como reticente a la hora de enviar su servicio de ambulancias a la Isla -Las ambulancias entran, pero con miedo. Hace poco hicimos un convenio con otra empresa de esta zona que tenía usuarios en la Isla Maciel y los incorporamos. Es cierto que no estamos buscando socios en la zona, y cada vez que alguien nos plantea hacer socios en la Isla es un problema. Pero si alguien ya es socio, no podemos decir que no vamos.

No sólo las empresas de servicios tienen problemas. Los proveedores de bebidas y alimentos no quieren entrar y se dice que el único repartidor que entra sin problemas es el de la cerveza Quilmes. Claro que cada tanto tiene que dejar a modo de peaje un cajón de botellas, para que quede claro quién es el que manda. En el rubro no hay de la Isla, la lista es larga: no hay ambulancia, no hay cable, no hay teléfonos públicos, no hay buen alumbrado en las calles, no hay quioscos bien provistos, no hay dónde hacer fotocopias, no hay buen servicio de recolección de basura. Por haber, hay una sola línea de colectivo -la 373- de las cuatro que hubo y en el puente, junto a la flecha que indica la bajada, un cartel que reza: Terminal Ferroportuaria Exolgán. No hay carteles que digan Isla Maciel. Hay, en cambio, una pintada. A un costado del puente alguien escribió: "¡Nos casamos!"

La calle es curva, y se interna en el barrio San Martín, uno de los asentamientos de la isla. Hay ventanas, y ojos detrás de las ventanas, y bocas apretadas por el corset de un pintalabios furioso. En la puerta dice: Tina con letras coquetas. Una cabeza al rubio teñido hace un movimiento fugaz. Desde fines de los años cuarenta, y hasta no hace tanto, en la isla eran muchos los que vivían del comercio de la carne.

El frigorífico Anglo aportó sustento a los casi cincuenta burdeles de la isla donde los varones de la zona conocían por primera vez los rigores del sexo. Pero la decadencia se llevó los prostíbulos.

-Los mataron los saunas- dicen en el barrio-. ¿Quién va a venir acá cuando pueden irse a un departamento en Capital? La prostitución ya forma parte del folklore de la isla, aunque a juzgar por las pocas casas que quedan -apenas cuatro o cinco- más que folklore ya son leyenda.

La casa de Ana Segovia y el Chino queda en pleno barrio San Martín, a veinte metros de la cancha de San Telmo, el ojo del tifón de la Isla. -En el pasillo de acá al lado hicieron esa propaganda de Telecom, del pibito que lo llaman del club de fulbo, pa´que juegue -dice Ana-. Nosotros hace dos años que estamos levantando firmas y pidiendo a Telefónica que ponga un teléfono público, y como dicen que es zona roja, no quieren.

La versión de Telefónica es que recibió una nota de los vecinos, con fecha del 1º de julio de este año y que el tema está en estudio. A pesar de ser la isla una zona con "características particulares", Telefonía Pública está analizando la posibilidad de colocar teléfonos. Hay voluntad de ofrecer el servicio, dicen las voces de la empresa.

Ana tiene malos dientes y un puesto en el plan Trabajar: seis horas por día, ciento veinte pesos al mes, ayudando a dar la leche a chicos sin leche en la unidad básica peronista de la calle Montaña. Llegó desde Santa Fe hace ocho años, porque se le murió el padre y de pronto no tuvo ni para comer.

-Yo vine a... a... ¿lo digo?... a prostituirme. Después lo conocí a Miguel, el Chino, y él me sacó de donde estaba. Me trajo una señora y se ganaba buena plata. La mayoría de las mujeres acá han trabajado y ahora son señoras. Acá es un laburo normal. Yo siempre digo, yo no fui p... así nomás, yo fui p..., pero me pagaban. No me voy a estar regalando. Hay mu- chas que son y no cobran.

Miguel, el Chino, está sin trabajo desde marzo. Tienen tres hijas y no les gusta que sea Ana la que traiga la plata.

-El Chino está de- primido. Encima, con lo del dedo...

Al Chino le falta un índice que se arrancó de raíz trabajando en carga y descarga en uno de los puertos privados de la zona.

-Ni cuenta me di, hasta que lo vi en el piso...

Lleva rulos. En la oreja un aro de oro con forma de corazón. Un tierno, el Chino. -El sueño mío fue que cuando mis hijas me vieran llegar de trabajar corrieran y gritaran: "¡Papi, papi!" Se me cumplió y ya se me fue. Yo tuve una vida muy pobre, de comer pan duro con agua. No quiero que mis hijas pasen eso. Ahora me entretengo en casa, cuido las nenas. Pero trabajé como esclavo. En esa empresa no pagaban altura, laburo tóxico, riesgo, nada. El sueldo era 360 al mes. Laburaba sábados y domingos, cargaba bolsas de porotos de cuarenta kilos y llegaba fin de mes y decías: "¿Por esto me rompo el alma?" No te dejaban salir a comer y un peso y medio te cobraban la comida. En la esquina de la casa del Chino está la casa de la señora Carmen Romero, y desde ahí, cuando hay partido, deben escucharse los goles, los jadeos de la hinchada, el frenesí del amor loco por San Telmo. La casa está enfrente de la cancha, pero la señora Carmen Romero se está muriendo. Cáncer en los pulmones.

"Ayer noche tu-vo un ataque -recuerda mordiéndose los labios Fabiana, su hija-, se ahogaba, y no había dónde llamar para pedir ambulancia. No tengo auto, mi marido está sin trabajo... Me da una rabia, mi mamá peleó mucho por el barrio -se cruza de brazos-. Ella no era ni política ni nada. Era humana."

Ya tendrían que estar acá.

Son las tres y habían dicho a las dos y media. Uno tiene 27 y el otro 28.

Llegan a las 16, cuando nadie los espera. R. usa gorra de visera, E. una campera con capucha, R. es hijo de un policía y E. vino desde Piñeyro a vivir a la Isla.

-Cuando vine era un gordo salame -arrastra las palabras E.-. Tenía 14 años, jugaba con los autitos, pero probé la falopa, y empecé a robar. Después vinieron los pibes, ahora ya tengo tres guachos, uno de tres meses. Laburé en un almacén dieciséis horas por día y me pagaban dié peso. Cuando retiraba mercadería me la descontaban y me podía llevar nada más que las cosas picadas. Laburé tres meses y me cansé.

R. aplasta la cara contra una revista de Pókemon. También es padre. Necesita anteojos.

-Ya tenía el ojo mal y me terminó de empeorar cuando caí en cana, me metieron una patada con un borceguí en el ojo y me desprendieron la retina.

R. quedó huérfano de padre y madre a los 16 años.

-Ahí se fue todo al cuerno. Dejé el colegio, había que alimentar a los guachos. Otra historia hubiera sido si mi viejo viviera.

Barajar y dar de nuevo. Desde que empezaron a robar, robaron juntos. Tan juntos que el mismo día de 1997 se los llevaron presos en combo por tomárselas contra un maxiquiosco de Avellaneda. R. pasó tres años y E., uno, en Olmos. -Todos los días salíamos a robar -dice E-. Pero se nos fue toda la plata.

Y eso que picaban alto: supermercados, ópticas, casa de lotería.

-Cuando salíamos a trabajar afuera íbamos con fierro y cuando laburábamos arriba del puente, con cuchilla, con pico de botella. Pero ahora hay mucha policía. Trabajábamos con los turistas. ¿Vio que es zona turística la Isla? Varios de sus colegas periodistas también han caído en nuestras redes, porque venían con cámaras, con filmadoras. Los turistas ven el puente, el colorido y se cruzan, pero nosotros los interceptábamos. Le pegás un par de gritos y chau. Le decís: "¡Quedate ahí porque te mato, te tiro pa´ bajo!". Le comés un poco la cabeza. Seis años habremos estado laburando a full en el puente, levantando trescientos, cuatrocientos pesos por día. Y sábado y domingo mil. Nos tiroteamos con la gente de La Boca porque también querían afanar arriba del puente. Una vez una pareja de ingleses cobraron. Por el asunto de Malvinas. Se nos había despertado el patriótico y les decíamos: "Los niños de Malvinas, los niños de Malvinas" y les pegábamos.

Después E. dice que ojo, que ellos nunca fueron a hacerle mal a nadie. Y entonces se acuerda del boliviano.

-Le quisimos sacar una soga de oro, y el chabón se resistía.

Dos navajazos, dice que le dieron, y lo dejaron tirado.

-No sé qué le pasó. Al principio tenía cargo de conciencia. Ahora no. Ya pasó mucho tiempo. Pero la cana es lo peor. Yo perdí una vez con la brigada de Lanús, y me dieron palo, bolsa, piña, todo. Te ponen la bolsita. Es refeo, la bolsita. Una bolsa de nylon te ponen en la cabeza y te atan y te pegan en los pulmones. Se te entra la bolsita pa´ dentro. ¿Sabés qué desesperación?

A veinticinco o treinta pesos el alquiler o por un porcentaje del robo, conseguían las armas en el mismo transa que les vendía las pastillas y todo lo demás también: una nueve milímetros por ciento cincuenta pesos, una cuarenta y cinco por doscientos, un treinta y dos por setenta.

-A mí me gusta el tres dos -dice R. con la nariz clavada en Pókemon.

-Era lindo robar, loco -estalla E., mientras dice que él prefiere la nueve, más respuesta y más balas-. Me gustaba sentirme dueño de la situación. Esto es mío, pum, me lo llevaba. Pero yo ya no voy a robar nunca más. Cuando salí, afané 300 mangos y no me compré falopa. Me compré un tubo, un televisor. Por eso ahora vamos por la buena senda. Ahora estamos más pobres que una rata, pero él sacó el cuit para ver si enganchamos un laburo.

Sí, asiente R., claro que van a enganchar un buen laburo. E. sonríe. Dice que se va a confesar, que estuvo a punto de devenir pastor evangelista en el penal de Olmos.

-Cuando salí estuve un mes tranquilo y después vino uno y me invitó a robar. Me olvidé del Señor, de todo. Acá me invitaron para ir a la iglesia, y no les di ni cabida. ¿Sabés qué pasa? Está todo bien con Dios, pero yo digo... qué me puede dar el Señor a mí. ¿Quién luquea? Los pastores luquean nomás. Pero el rebaño... el rebaño no luquea nada.

Es 30 de agosto. El cielo está inflamado y hoy es el día en que la isla Maciel empieza a ser igual al Viet- nam de esas películas en las que el enemigo no se ve. Es un rumor de la selva, un viento de peligro. La isla es desde ayer territorio de rumores y de balas. Dicen que hubo un tiroteo con la policía -o entre bandas- en la villa Los Bretes -o en las vías- y que un nene -o una nena- de ocho meses -o de once- recibió una bala de la policía -o de la misma banda- y que está mal -o más o menos- en el hospital Fiorito- o en el Garrahan-. Los rumores no se confirman, las balas no se escuchan y los muertos no aparecen, pero todos hablan de lo mismo. En la calle está Mecha. Mecha es peronista, manzanera y frunce el pico cruzando los brazos debajo del pecho poderoso.

-Ay, nena, vos acá -dice con cara compungida-. Mirá que en el fondo están a los tiros. Ya le avisaron a la gente que pasa en el colectivo que se agache cuando pasen por ahí. Así que pasá rápido, vos.

Allá en el fondo los tiros no se escuchan. Las balas no se ven. Pero a veces los muertos aparecen. Mejor tener cuidado.

Elena Bruni es hija de Suri y de Lala, tiene 37 años, es madre de Luisina, de catorce, y de Gabriel, de doce, y está loca perdida por Andrés Calamaro.

-No me gusta. Directamente lo amo.

Se come Elena la última cucharada del guiso hecho con los fideos que compra en Wall Mart. Es rara, Elena: es de River y del Docke en este lugar donde todos abrazan a Boca y a San Telmo como una obligación moral de la cuna a la tumba. -En la Isla somos fashion. Pagamos setenta pesos de alumbrado, barrido y limpieza, nos inundamos, pero nunca se nos cortó la luz como a los pobres vecinos de Palermo.

Luisina, la hija de Elena, admira a Cecilia Felgueras, es abanderada y es probable que haya visto muchas más cosas a su edad que la directora de su colegio.

-La vez pasada mi profesora de geografía se enojó -dice- porque teníamos que dibujar un plano de nuestras casas. Yo dibujé la mía y el Riachuelo, y lo pinté de negro. Me dijo que estaba mal. "Lo tenés que dibujar azul porque es un río por el que pasa agua." Yo casi le digo que viniera a ver el agua.

Gabriel, el otro hijo, hizo artes marciales, pero ya no pueden pagar treinta pesos por mes, de modo que eso ya forma parte del pasado. Eso, y las vacaciones. La última vez que la familia se alejó un par de cientos de kilómetros de la Isla, él era demasiado chico para acordarse. Igual está muy contento con la última gracia que trajo del colegio: una carta que suena a producto de Internet y que es un prolongado insulto a Papá Noel por parte de un chico que pidió bicicleta y rollers y recibió un trompo.

-Está buenísima.

Dice Gabriel, y no cuesta mucho imaginarse por qué la carta le gusta tanto.

En el cuarto de Elena las fotos de Andrés Calamaro tapan el espejo de la cómoda, tapizan la mesa de luz, llenan una carpeta entera. Cada noche, Elena se sumerge en la computadora, y chatea con sus amigos con el nick de Flaca Demente.

-Yo de acá no me voy. La Isla es un mundo al revés. Si el mundo gira para alla, la isla gira para el otro lado. La Isla no existe. Existe para los que estamos en la isla. ¿Viste ese tango que dice "al rodar en tu empedrado es un beso prolongado que te da mi corazón"? Bueno, para mí es así. Yo fui refeliz acá. Ibamos a los bailes de los clubes, iba a ver a mi novio que vivía en el Docke, caminando, sin problema.

Pero a Luisina la Isla no le gusta tanto.

-Yo me siento segura, pero los turistas cruzan y se ensartan. Una vez mi vieja vio pasar a un francés y un marroquí, y me dijo: "Los van a robar, andá a buscarlos a la plaza, traélos de la mano charlando como si los conocieras, y los llevamos al bote". Se fueron, reagradecidos. Pero lo que no me gusta de acá es que no tenés una librería, una biblioteca. Tenés que comprar un mapa o papel milimetrado o sacar una fotocopia, tenés que ir al centro de Avellaneda.

Elena suspira. La mira con arrobo como diciendo mi nena, mi pobre nena.

-A mí ya me conocen todos los pibes, yo no los trato con soberbia y por eso me respetan. No son malos. Viven situaciones límite. Los pibes con los comercios no se meten. Te asaltan si sos vigilante. Yo le alquilaba el local de adelante a una mina que era amiga de la cana, todos los días tenía cuatro patrullas en la puerta. Y la asaltaron mal, la apuntaron, la tiraron al suelo.

La comisaría tercera, de Dock Sud, es la que corresponde a la Isla, pero la vecina asaltada tenía el negocio al otro lado de la puerta de la cocina de Elena.

-¿Y vos no escuchaste nada?

-No. Y si escucho, tampoco escucho.

Una noche de tantas, Elena atiende, muerta de risa, el teléfono. La radio a todo volumen deforma una canción de Shakira, mientras ella y Luisina juegan a bailar.

-¿Hace frío ahí? Porque acá está lloviendo Dice Elena, como si hablara de otro país.

-Hoy no podemos ir al fondo.

Dice Hipólito Fernández tomándose un tecito. Su casa queda a la entrada del barrio San Martín, y el fondo al que no se puede ir es la villa Los Bretes.

-Siguen a los tiros. Es por el tema de la criaturita.

En la casa de Hipólito hay un mueble. En el mueble, están las fotos de Hipólito y de la mujer de Hipólito, con De la Rúa, con Alfonsín. Hipólito es fotógrafo y radical y vive a media cuadra de las únicas cuatro o cinco casas que todavía cuentan con oferta permanente de sexo automático. Y debe ser el único habitante de la Isla Maciel que conoce las islas Canarias.

-Estuve haciendo una prueba como fotógrafo en un diario deportivo. Muy lindo, pero la Isla está mejor ubicada. Je. Estás a cinco minutos de Capital Federal, como quien dice.

Sonia, la esposa de Hipólito, es brava. El tren carguero que traslada contenedores y otras mercaderías hacia empresas del polo petroquímico de Dock Sud atraviesa la villa Los Bretes y pasa a metros de su casa. No son pocos los vecinos que cuando saben que el tren pasa cargado de piedras abren las compuertas de los vagones y se quedan con algo del cargamento que después usan para hacer veredas, el patio, la calle, un cantero.

-Dentro de todo, acá adelante es tranquilo. Cuando vivíamos en el fondo, te tenías que hacer respetar, porque si no un día te hacen una cosa y al otro día te hacen otra. Yo les digo no toquen algo mío, y si tocan, mejor me matan. Si me dejan viva, no se salva nadie, voy a tu casa y te pongo una bomba. Pero es como en todos lados. Acá siempre vienen buscando lo mismo, los chorros y las prostitutas, y nosotros ya estamos cansados de eso.

Es difícil. Todos están cansados de hablar de chorros y prostitutas, pero todos, antes o después, terminan hablando de eso. De chorros y prostitutas.

A Ana Nazarena Santarelli, 87 años, cadera operada, la ambulancia de Pami de Lanús no quiere entrar a buscarla desde hace varios meses.

-Yo estoy con la rehabilitación colgada porque la última vez que me trajeron, la ambulancia pasó por adentro de la villa, y unos chiquilines tiraron un tiro y al chofer le sacaron la campera. Ahora la ambulancia no quiere entrar a buscarme.

El sol entibia el centro de jubilados, la mesa donde varios viejos cotorrean y se prodigan alrededor de un té con pasta frola. Rubén Massuani, presidente del centro, asegura que la solución a todos los males es un puente peatonal que cruce por el Riachuelo hacia La Boca. -Estamos a cien metros en línea recta. Sin embargo tenemos que ir en bote, o subir hasta el puente y cruzar cuatro cuadras a la intemperie, a veinte metros de altura. Si queremos un medicamento, tenemos que ir hasta La Boca. No hay farmacias acá. La asaltaban todos los días para robarles las pastillas. Y pensar que por los clubes de acá pasaron Sandro, Julio Sosa, Violeta Rivas.

Lugar de pequeños orgullos la Isla. Allí se filmaron las películas Pelota de trapo, algunas escenas de Gatica, el mono, y completita La Mary, aquella de Daniel Tinayre que tenía como protagonistas a Susana Giménez y Carlos Monzón.

-Ay, qué lindo, jugábamos en la calle y robábamos zanahorias de las quintas.

Acota Anita.

-Hasta 1950.

Se planta Suri, que no pierde ocasión.

Al principio todo es normal. Betty Vargas es rellenita y controla que su hija Sofía, que no pasa del año, no se coma ninguno de los muñecos de peluche del sofá de la casa de Ana Segovia. Tiene treinta y cinco años, muchos hijos y es manzanera. El marido de Betty perdió el trabajo y con la plata de la indemnización Betty puso un quiosquito. De eso viven. Betty parece muy empeñada en demostrar que ella está bien, y que todo está bien, hasta que se pone a llorar y dice: -Lo que pasa es que mi marido y yo éramos dos personas alcohólicas.

Ana le pide que no se preocupe, que la gente tiene que saber cómo se vive, que ella ya contó lo de su trabajo antes de conocerlo al Chino. -Hice tres sesiones en Alcohólicos Anónimos y puse voluntad y dejé de tomar hace cuatro años, pero yo estaba con la panza así de embarazo y me caía en el piso de borracha. Cerveza tomábamos. Mi marido me golpeaba. Yo lo denunciaba, iba a la comisaría y si tenían ganas lo venían a buscar, y si no... no. Pero igual, él volvía y yo lo recibía como tonta. Yo vivía golpeada. No alcanzaba a curarse la cara que ya estaba otra vez. Me pegaba sin motivos, o por celos, y yo también le hacía despiole para que él... para que él me haga algo. Como que yo me estaba acostumbrando a que él me golpee. Yo ahora quiero que mis chicos se críen en un ambiente sano. Se atraganta Betty, medio ahogada. -... perdón... perdonemé, pero cuando encuentro a alguien que me pueda escuchar... hablo... los chicos son... lo mejor que uno tiene. A veces me dan ganas de agarrar mis chicos, irme, pero dónde me voy a ir con todos mis chicos. Dónde.

Respira hondo. Fue muy lindo cuando le tocó ir a Mar del Plata con todas las otras señoras a hacer el curso de manzaneras. Ahí conoció el mar, en pleno invierno.

-Lindo, el mar. Yo me crié acá y pensaba que era un río como este que tenemos acá. Eso pensaba yo que era el mar.

El doctor Miguel Angel Tsikis es un caso raro.

Nació en la isla y desde que se recibió de médico ejerce en el mismo consultorio, junto a la que es la casa de su madre, pero desde hace casi treinta años vive en la avenida Quintana, plena Recoleta.

-Siempre me fue bien en la Isla. La relación médico- paciente es muy linda acá. La gente de la villa es una gente muy noble. Ahora se ven sarampiones mucho más fuertes, broncoespasmos, cuestiones alérgicas, autoinmunes, insuficiencias respiratorias. Igual, hace diez años yo tenía 50 pacientes por día. Hace cinco, treinta y, ahora, diez. Veinte pesos la consulta es mucha plata para esta gente. El otro día asaltaron a un paciente mío, un albañil boliviano que vino a atenderse, y cuando llegó al bote le robaron el adelanto de cien pesos que había pedido en el trabajo. Volvió a pedirme plata para viajar. Acá una vez quisieron entrar a casa de mamá, cuando no estábamos. La policía agarró a dos, pero no quisimos hacer la denuncia.

Ahí afuera el cielo está por derrumbarse. Unos truenos gruesos ruedan en el aire. Es viernes y el mejor albañil de la Isla, esposo de la maestra más renombrada, ya está como una cuba, baila en la vereda mientras canta yo soy el picaflor de la Isla Maciel.

Peo, el hermano de Suri, está cansado, y más que cansado está harto de atender ese bar donde nunca pasa nada.

-Abrí a las nueve y media. Son las cuatro. Vendí un café y un té. Vendo dos cafés, tres por día. Antes, reventaba de gente. El único día que no abríamos era el 1º de mayo.

Una tarde cualquiera, en la villa Los Bretes la oveja Dolly come el pan que le da Carmen. Carmen. Bonita morena ojos verdes está en bata color celeste y chancletas haciendo juego.

El pelo atado con una cinta le roza la cintura y ella no quiere fotos porque está con facha de desabishé y chancletas haciendo juego.

-Yo soy la loca de los bichos. Tuve un siberiano y adentro tengo gallo, gallinas, patos, gansos.

El marido de Carmen, Juan Cano, es famoso. Tiene un programa en FM 89.5 que se llama Crucero Musical y que escucha todo el mundo. Carmen saca un cigarro rubio del bolsillo de la bata. El patio de su casa es igual al de la casa de al lado y al de la otra también. Todas terminan en un canal y un brazo del Riachuelo que mete la nariz infectada entre dos pedazos de cemento y al que los vecinos arrojan de todo: malas aguas, pañales, juguetes, restos de comida, botellas. El camión pasa a más de cinco cuadras, y nadie camina cinco cuadras para sacar la basura. Carmen compró este pedazo de barro ganado al río por cien pesos y ahora no ve la hora de irse. Si por lo menos pudiera vivir en el barrio San Martín. Ahí hay asfalto, pero en Los Bretes ni baño hay, porque a los pocos metros ya tiene el agua entrando a chorros por la napa.

-Acá es jodido vivir. Esta es la zona más peligrosa. Se arma cada tiroteo en la esquina y mi casa queda justo al final del callejón. Usted los ve con las armas en la mano a toda hora. Por eso, cuando vienen los chicos del colegio, no los dejo salir. Casi me mataron el otro día. Va hasta la ventanita que da a la calle, levanta una cortina estampada.

-Entró un tiro por acá y me dio en la espalda, mientra comíamos.

La ventanuca está astillada: un redondelito en el medio, y astillas en forma de venas alrededor. Una várice de bala. Al lado, otra.

-Ni la tele puedo tener acá. Tengo que vivir en la pieza, encerrada. Ayer nomás se armó tiroteo a la nochecita, y un vecino tuvo que esperar en La Boca hasta que parara para volver a la Isla.

Dice, como quien dice llueve y hay que esperar que amaine.

Ica se llama Eustaquia Benítez, tiene 67 años y es de Apóstoles, provincia de Misiones, pero nunca conoció las cataratas del Iguazú y su inmenso chorro.

-Volví el año pasado, después de cuarenta y cuatro años sin ir a la provincia, y justo estaban las cataratas de refacciones.

Ica se ríe. Siempre. Le pasan muchas cosas, ninguna mala. Camina rengueando, se le murió el marido diabético con las dos piernas cortadas, su hijo Miguel no tiene trabajo y como le operaron mal un ojo enfermo ahora lo tiene a punto de reventar, pero Ica se ríe y dice que nada es grave si se puede sentar a hablar del tiempo con las vecinas. Cuando Ica habla de cosas que no son el tiempo baja la voz y uno ya sabe que está hablando de policías, ladrones, drogas, armas.

-Mis otros hijos me dicen que me vaya, que vivo como crota. Yo por estúpida no me fui, porque era para irse. Acá son pocos los que nos quedamos, los demás son gente nueva.

Desde la puerta alguien grita quiniela.

-El 18 va a hacer seis años que murió mi marido y yo venía jugando al 518. El otro día no lo jugué y salió primero en la provincia. Uno agarra seiscientos pesos si agarra las tres cifras. Me quería morir. Ji, ji, ji. ¿Quieren ir a caminar un poquito por el barrio?

La Isla es también un lugar así de raro: una señora tres décadas más vieja, cuidándole a uno las espaldas.

-Ayer estaban de nuevo a los tiros. A veces cuando los corre la policía, se suben por el techo, y los escucha pasar uno. Yo le digo a la policía que parecen Suát. Se ponen con la sirena avisando que vienen desde el río y no es así.

Kevin es petiso. Kevin es hijo de Andrea. Kevin no tiene ni 4 años y juega con el esqueleto de un auto de juguete sobre el esqueleto de un Fiat 600 de verdad. Andrea tiene tres hijos, un marido y vive en el barrio General San Martín, a media cuadra de un comedor popular: un cuadrado de ladrillos techado de chapa, donde no hay luz casi, salvo la que derrama una ventana sobre dos mujeres que sirven el guiso del día. Hay dos mesas largas, llenas de chicos.

No hay nada que se pueda escribir acerca de eso, salvo lo obvio. Están comiendo, pero tienen hambre.

Más tarde sale el sol, pero es un desperdicio porque en las calles de la villa Los Bretes no hay nadie. Ica se esmera haciendo de guía por los pasillos vacíos. A veces, el golpazo de una cumbia, pero nada más. El barrio se retuerce en pasillos como vértebras mal puestas.

-Cuando yo era chica acá se cazaban mariposas -dice Andrea, abrazando al perro Toby sobre una pila de basura. Trabajó en un edificio de Catalinas, limpiando oficinas cuatro horas por día. Le pagaban ciento veinte pesos. Sin viáticos. En negro.

Las paredes de la cancha de San Telmo están pintadas. Ninguna sirve para balbucear algún mensaje bobalicón. Aquí las paredes dicen Loquillo, Maxi, Quiquito, Chelo, Quiquín, Samu, Dunga, Iso, Pitu, Mamarracho, y eso quiere decir que todos esos chicos, casi todos menores de 20, fueron muertos y enterrados y que todos profesaban la misma religión fanática de la isla y de San Telmo. Se sabe que Quiquito tenía dos muertes y que a Dunga lo degollaron. Su nombre está agregado con un aerosol azul, diferente. Dunga fue el último. -Ves esa que dice Iso. Esa era Isolina. Mi prima.

Aclara Andrea.

-¿La mataron?

-No, se mató. Se pegó un tiro en la cara. Tenía 16 años. En otra pared está la marca de la Isla: un cuchillo con mango en cruz, una víbora enroscada, y cuatro puntos rodeando a uno en el centro.

-Eso quiere decir muerte a la policía -ilustra Andrea-. Los puntos son cuatro vagos y en el medio está el policía. Los pibes se tatúan eso en la mano.

Y entonces Andrea cuenta el tremendo problema de su nena Belén, la gorda.

-Tiene 4 años y es más gorda que la de 5. A veces no tengo para darles a la noche, entonces les doy una mamadera, o una taza de leche con chocolate y pan. Pero ella quiere comida.

-Claro, es que se acostumbró -se sonríe Ica como diciendo qué cosa, estos chicos son capaces de cualquier cosa.

El sol hace una mueca que termina en la garganta del diablo. -Claro -está de acuerdo Andrea-. Ahora está en tratamiento con la psicóloga porque come y come y come. El otro día compré un paquete de treinta salchichas, cociné seis y cuando fui a buscar no había ni una más. Crudas, dice que se las comió. Todas. -¿Por dónde quieren ir ahora? Pregunta Ica, mirándonos a Daniel Pessah -el fotógrafo- y a mí, como quien ofrece un tour. Y entonces vemos. A unos diez o veinte metros hay dos chicos. No pueden tener más de 12 años y están llenando de balas el buche de una pistola con la despreocupación de quien desenvuelve un chupetín. -Vengan -dice Ica-, a nosotros no nos hacen nada.

Ica renguea, refunfuña, se ríe, resuella por el esfuerzo. Bordea las vías, trepa como una reina del desparpajo por ese escenario torcido, ridículo, sombrío a pleno sol. -¿Lo vieron? -dice Ica-. Ji ji ji ji. Y bué... son vecinos, hay que convivir. Sobre las vías hay un sillón verde abandonado. Verde, verde, verde.

Todo lo demás es gris. .

Texto: Leila Guerriero Fotos: Daniel Pessah
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