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SOCIEDAD

Barbie, muñeca pop

LA NACION revista

Nació hace más de 40 años y aún hoy lidera las ventas. Barbie despierta amor y recelo: las nenas la adoran, pero muchos adultos la rechazan por imponer un modelo estético peligroso. Esta es la historia de un juguete muy especial

Cindy está más Barbie que nunca. Cindy da miedo. Cindy está condenada a sonreír incluso en un velorio, porque el día en que se atreva, por ejemplo, a estornudar, los puntos de la nuca saltarán a golpes de metralla. Cindy está ahora, acá, en una foto en Internet. Antes de ser Barbie, era una chica más o menos olvidable, rubia y blanquísima, con algunas pecas y muy poca gracia. Ahora, en cambio, después de hacerse unas veinte operaciones y gastar cien mil dólares en esculpir su cuerpo, está directamente horrenda. Acrílica. Tirante.

En Estados Unidos, Cindy Jackson es considerada La Barbie humana. Para alcanzar el rango de muñequita, la mujer invirtió fortunas y diez años en una liposucción en la papada, cuatro liftings faciales, dos cirugías de nariz, una lipo en los muslos y las caderas, varios implantes de siliconas, dos peeling químicos en la cara, un cambio total de la dentadura, una reducción del mentón, y maquillaje tatuado en labios y párpados. Y un injerto capilar para tapar la procesión de cicatrices que le enreda la cara.

Una vez hecho público el peregrinaje estético de Cindy, el pueblo estadounidense se embarcó en una polémica: ¿el bisturí la benefició o la deformó? Si los directivos de Mattel, la empresa de juguetes creadora de Barbie, tuvieran que opinar al respecto, seguramente dirían: "Cindy no quedó hermosa como Barbie... porque es una imitación".

Sí. Parece que en Estados Unidos -y, por ende, también en medio mundo- casi todas las mujeres quieren ser Barbie. O esa muñeca que, según muchos analistas, representa el inconsciente colectivo de la cultura americana y -globalización mediante- también occidental. Según cálculos de Mattel, si se colocaran acostadas pie con cabeza -una al lado de la otra- todas las Barbies y amistades vendidas desde su creación -en 1959- darían la vuelta al mundo siete veces.

"Es destacable que en una era de juegos de computadora, una muñeca anatómicamente improbable, que fue lanzada en la década del cincuenta, se mantenga como uno de los bastiones más calientes de la industria del juguete", afirma un artículo publicado por el semanario The Economist. Y está en lo cierto: desde su nacimiento se han vendido más de mil millones de unidades, y se estima que la americanita promedio tiene siete en su casa, mientras que una argentina tiene dos.

Con la sonrisa de candor sintético, la mirada líquida como un mar de plástico, con ese pelo tan divino y ese glamour, y esa silueta sin pulpa, Barbie gobierna el deseo de las nenas. Y como esa Julia Roberts que en Mujer bonita pasó de trotacalles a chica inmaculada, la muñeca mutó sabia y silenciosamente. Y es que, si bien en Mattel prefieren obviar ese hecho, hay otros que se divierten ventilándolo a gritos. En su libro Por siempre Barbie, la biografía no autorizada de una verdadera muñeca, la autora M. G. Lord asegura que el juguete nació en Alemania, y con otro nombre: Lilli.

Había una vez un personaje de historieta habitué de las tiras del Das Bild Zeitung -un diario amarillo alemán- que no era ni tan casto, ni tan pop, ni tan inocuo como Barbie. Lilli, una princesa del sexo pago con curvas perfectamente alimentadas, era un juguete erótico masculino que se vendía en bares y tabaquerías. Tenía dos tipos de atuendo: uno con inocente lencería de niña sexy, y otro... para dar batalla.

Mientras Lilli hervía en manos de su público, en Estados Unidos la historia era otra. Ruth Handler -dueña de Mattel junto con su esposo, Elliot- vivía obsesionada con su hija Barbara: la nena se pasaba las tardes jugando con muñecas hechas de papel y con formas adultas. Con la idea de inventar una versión más resistente, la señora viajó a Europa y se llevó una sorpresa. Ahí estaba Lilli, el proyecto de Ruth hecho industria. La llave maestra para abrir las puertas de un mercado poco explorado: el de las niñas.

Comprados los derechos, y luego de infinitos testeos, se inició el proceso de elaboración de Barbie. Era 1958, y era el quirófano. Barbie no podía habitar jugueterías con el garbo hipersexual de su colega Lilli. La mutación, entonces, estuvo a cargo de Jack Ryan, ex marido de Zsa Zsa Gabor y ex diseñador de misiles Hawk y Sparrow para el Pentágono. Entrenado en materiales no biodegradables, Jack se encargó de la cirugía plástica: eliminó los labios pulposos, el maquillaje espeso... Y en 1959, la Feria del Juguete Americano de Nueva York la vio aparecer en traje de baño. Algunos la repudiaron por indiscreta. Otros la amaron y, según palabras de M. G. Lord, la vieron como "un rayo de sol. Mañanalandia (tomorrowland). El futuro hecho plástico".

El éxito, según Mattel, residía no sólo en la tremenda campaña de marketing montada, sino también en la necesidad de las niñas de jugar con un símbolo de ellas en el futuro. Y la intuición -si es que hubo alguna, después de tantos estudios de mercado- no falló: el año de su lanzamiento se vendieron 350 mil muñequitas y, cinco años más tarde, Mattel figuraba como una de las 500 empresas más grandes de Estados Unidos, según la revista Fortune. Hacia 1997, la facturación por ventas mundiales era de 1900 millones. Y a estas alturas del negocio se calcula que, cada segundo, dos Barbies están siendo vendidas en algún lugar del planeta.

En la Argentina, donde la muñeca se comercializa desde 1987 y Mattel tiene sede desde 1994, el fenómeno se ensancha al ritmo que permite la crisis económica. El potencial de venta -más de 1.180.000 nenas en el país- impulsó a la editorial Planeta a gestionar una licencia para comercializar una serie de 35 libros que serán lanzados durante tres años (ya hay unos ocho en el mercado).

Gastón Etchegaray, gerente de división de libros infantiles de Planeta, da dos razones para la inversión:

  • Barbie es la muñeca favorita de un 70% de las nenas argentinas entre 9 y 10 años. El porcentaje baja a 62% en el caso de las de 5 a 8 años.
  • Mientras que las licencias de personajes de películas (Starwars o Pokémon) son de corto plazo, la muñeca está consolidada en el mercado desde hace décadas. No es casual que la chica plástica haya nacido en 1959, un año después de entrar en uso el dinero plástico con la invención de la American Express. Tampoco es casual que los rasgos de la cara -inicialmente más cargados de maquillaje y con una mirada mucho más insinuante- se hayan suavizado lentamente acorde con el nuevo look minimalista que reina hoy. Tampoco es azar que la Barbie de los años sesenta, con ropas estilo Jackie Kennedy, haya cambiado el vestuario apenas la viuda se casó con Ari Onassis y escandalizó a los americanos. Ni que en tiempos de flower power la muñeca haya abandonado las perlas y estrenado minifalda y botas a go-go; ni que durante la movida Beatle haya nacido el modelo "Twist and Turn", con cintura y piernas giratorias. La cuestión racial tampoco fue un bingo. En años de Martin Luther King y Malcolm X, la empresa se encargó de inventarle a Barbie algunas amigas negras. A fines de los sesentas apareció Christie, una chica afroamericana, y años más tarde llegarían Teresa, hispana, y Kira, asiática.

Tal vez porque somos altos, rubios y de ojos celestes, en varias jugueterías argentinas aseguran que las versiones de color no se llevan tanto como las blanquitas. Y tal vez sea por eso que hasta ahora Mattel decidió no lanzar al mercado una Barbie argentina: sería un clon de la sueca. Las hay brasileñas, chilenas y hasta peruanas, pero la versión pampeana aún no asomó el poncho.

Pequeñas perlitas bailoteando en la matriz de una empresa que, anualmente, crea unos 125 modelos diferentes, incluyendo amigos, familiares y productos para coleccionistas (que pueden alcanzar valores de miles de dólares). Desde su nacimiento, la muñeca se calzó el sayo de más de 75 carreras y profesiones (incluidas las de modelo, astronauta, azafata de Pan Am -actualmente busca empleo-, reportera de TV, cantante de rap y bombero). Estas variantes infinitas llegan a las jugueterías de 140 países, alimentan a más de ochenta clubes de fans y afiebran la obsesión de numerosas agrupaciones de coleccionistas.

Qué gente, los coleccionistas. Estos grandulones, que tal vez tengan vida adulta, son capaces de pagar hasta 5000 dólares por una muñequita de edición limitada. Y, en caso de sentirse defraudados, agitar el ambiente hasta que se haga justicia. Eso hicieron varios fanáticos del rubro al crear la Campaña de Enojo Rosa (la firma de Barbie tiene ese color) y protestar porque la Barbie Poodle Parade tenía un corte de pelo medio pobretón.

Aunque con fines distintos, en los últimos tiempos se creó también otra organización. La Organización por la Liberación de Barbie (OLB), nació en 1993 en respuesta al mensaje que emite Barbie en relación con el rol femenino en la sociedad. Hay familias que vedaron el acceso del juguete a sus hogares: muchos padres lo ven como una influencia negativa que enseña a sus hijitas a ser rubias, hermosas y tener un novio-objeto. Pero el disparador para la aparición de la OLB fue el resurgimiento, en 1992, de una Barbie que hablaba. Y que, dominada por la sagacidad, decía: Matemáticas es una clase pesada. Las feministas pusieron el grito en el cielo.

Si en vez de la OLB habláramos de OLP, el tema podría tornarse preocupante. De hecho, la muñeca no pasa inadvertida por oriente, donde decidieron aniquilar a Barbie con la competencia. En octubre de 1996, oficiales iraníes produjeron sus propios Barbie y Ken. Llamados Sara y Dara, y vestidos con turbantes y ropas tradicionales del islam, son el último intento de Teherán por resistir a Occidente. "Barbie es una mujer americana que nunca quiere quedar embarazada y tener hijos. Nunca quiere verse vieja, y eso contradice nuestra cultura -explicó a la agencia Associated Press Majid Ghaderi, el hombre que diseñó las nuevas muñecas-. Barbie es como un caballo de Troya. Adentro viene la cultura occidental con sus influencias, como el maquillaje y ropas indecentes. Una vez que entre en nuestra sociedad, llegará a influir en los niños".

O, lo que es aún más preocupante, en sus madres. Una noche cualquiera, lector, puede usted estar haciendo zapping y toparse con un documental emitido por el canal People + Arts. Allí, y durante una hora, varias niñitas se entrenan para participar del concurso Reina Suprema del Encanto Sureño, tal vez la competencia de belleza más patética jamás pensada por los estadounidenses. Para ganar unos miles de dólares las concursantes deben ensayar tres veces diarias y tomar clases de canto, teatro y modelaje. Por favor, aquí, un primer plano de este primorcito. El pelo enchapado en oro falso, el vestidito rosa valor 3500 dólares, los cuatro añitos enjaulados en un disfraz diminuto. En una mueca sonriente que, orgullo de mamá, puede mantenerse tiesa durante veinte minutos... ¡y sin que se note el cansancio!

Igual que Cindy Jackson. Igual pero más joven, y menos inflamada, y más fresquita. Y más Barbie que nunca.

Ken: "Sólo somos amigos"

Si bien en Mattel nunca se habían planteado traerle compañía a Barbie -los muñecos hombres no se vendían bien-, todo cambió cuando la Barbie vestida de novia se vendió como pan. Y claro, había que inventarle un compañero.

Pero el primer problema surgió con el físico: ¿de qué manera se debía mostrar al hombre?

La respuesta era obvia: si las madres de las niñas ya se horrorizaban con los pechos improbables de Barbie, imaginemos qué pasaría con el resto. La solución fue muy sencilla: el hombre tiene shorts que nunca se quita.

Entonces, nació el pobre Ken: un elemento singular, que sin embargo encantó a las niñas con su cuerpo impermeable.

Esta es la historia de un muchacho objeto: en los cuentos, Ken siempre es el que va sentado en el espacio para pasajeros del convertible de Barbie. Y es también la historia de un hombre algo infeliz: en los años 80 la empresa Western Publishing vendía el Barbie´s Dream Date (La Cita Soñada de Barbie), un juego en el que los participantes debían encontrar distintas maneras de hacer gastar a Ken la mayor cantidad de dinero posible antes de que el reloj diera las doce.

Y si nos vamos a poner malos, cuentan los rumores que el verdadero novio de Barbie es G. I. Joe, un tiragranadas, pistolero y chico duro que ha transformado a Ken en un zapallo.

Pero como G. I. siempre está en batalla, la vida afectiva de Barbie es bastante pobre.

Y eso es tranquilizador. De lo contrario, en algún momento tendría que aparecer una ver- sión panzona, doméstica. Imposible. .

Josefina Licitra Fotos: Patricia Di Pietro y Andrea Knight
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