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ERANSE UNA VEZ LOS DIOSES

La nereida Tetis y Peleo

Revista

Jean-Pierre Vernant, un estudioso indiscutiblemente serio, narró para sus nietos los cuentos de la antigüedad. Este es uno de ellos. El libro aparecerá próximamente

 
 

La Guerra de Troya sí fue un suceso real. ¡De qué sirve repetir el relato de Homero, el poeta que la dio a conocer! Sólo sería un mal resumen. En cambio, tal vez se puedan explicar las razones y el significado de ese conflicto. Para comprenderlo, es necesario trasladarse a unas montañas que aparecen en el origen de ese drama vivido por los mortales. Se trata del monte Pelión, en Grecia; el Ida, en la Tróade, y el Taigeto, en Esparta. Son montañas muy altas, es decir, lugares donde la distancia entre dioses y hombres es menor. En ocasiones, como en el caso de la Guerra de Troya, los dioses aprovechan esta proximidad para transmitir a los hombres esos males y catástrofes de los que se quieren deshacer, expulsándolos de ese ámbito luminoso donde han instalado su morada para enviarlos a la superficie de la Tierra.

Todo comienza en el Pelión con las bodas de Peleo, rey de Ftía, y la nereida Tetis. Junto con cincuenta hermanas cuya presencia bella y benigna puebla la superficie de las aguas y las profundidades del mar, Tetis es la hija de Nereo, llamado el viejo del mar. Como todas las diosas marinas, Tetis posee un increíble don de metamorfosis. Puede asumir cualquier forma, sea de león, llama, palmera, ave, pez.

Tetis dará a luz a un niño mortal, de todo punto de vista extraordinario y que superará a su progenitor en todo sentido. Será inigualable, el mejor. ¿Quién será ese niño? El hijo de Peleo y Tetis, Aquiles. Es uno de los protagonistas de la Guerra de Troya.

Zeus y los dioses resuelven unánimemente que Peleo de Tesalia, rey de Ftía, se casará con Tetis. Aún falta obtener el consentimiento de la diosa, convencerla de que pierda su rango al desposar a un mortal, aunque se trata de un rey. Conforme al rito, Peleo secuestrará a Tetis para llevarla de su morada marina a su palacio. Un día Peleo va a la orilla del mar. Ve aparecer a Tetis, le habla, la toma de los brazos y la atrae hacia él. Para escapar, ella toma distintas formas. Peleo está prevenido: la única manera de vencer a una deidad ondulante consiste en aprisionarla con un abrazo que no cede. Hay que encerrar a la divinidad entre los brazos, cualquiera que sea la forma que asuma: un jabalí, un poderoso león, una llama ardiente, el agua. Entonces, la divinidad vencida renunciará a desplegar la gama de formas que posee, y que no es infinita. Después recuperará su forma original, auténtica, de diosa joven y bella: está vencida. La última forma que asume Tetis para liberarse del abrazo que la aprisiona es la de un molusco, la jibia. Desde entonces, el jirón de tierra que se proyecta en el mar donde se ha desarrollado la lucha prenupcial de Peleo y Tetis se llama cabo Sepias, el cabo de las jibias. ¿Por qué la jibia? Porque cuando tratan de atraparla o la amenaza una bestia marina, ella lanza un chorro de tinta negra que la oculta. Es el último recurso, lanzar tinta como una jibia.

Envuelto por la bruma, Peleo aguanta, no cede en su abrazo y finalmente es Tetis quien debe capitular. Habrá boda, precisamente en la cima del Pelión. No se trata sólo de una montaña que aproxima a dioses y hombres, que los reúne al cabo de un encuentro desigual. Es el lugar donde los dioses otorgan a Peleo el privilegio de unirse a una diosa; desde allí transmitirán al mundo humano los riesgos que representaba ese matrimonio para los inmortales. Los dioses se reúnen, descienden desde el Olimpo, del cielo etéreo, a la cima del Pelión. Allí se celebra la boda.

Además de un punto de encuentro entre los dioses y los humanos, la montaña es un lugar ambiguo, morada de los centauros, en especial de Quirón, el más anciano e ilustre. Los centauros tienen un estado ambivalente, una posición ambigua: tienen cabeza de hombre, pecho semiequino y cuerpo de caballo. Son seres salvajes, subhumanos, crueles -se emborrachan y violan a las mujeres- y a la vez sobrehumanos porque, como Quirón, representan un modelo de sabiduría, coraje y todas las virtudes que un joven debe asimilar para convertirse en un personaje verdaderamente heroico: cazar, usar todas las armas, cantar, danzar, razonar, saber dominarse en todo momento. Eso es lo que el centauro Quirón enseñará a varios niños, en particular a Aquiles.

Pues bien, en ese lugar donde los dioses alternan con los hombres, poblado de seres bestiales y a la vez sobrehumanos, se celebra la boda. Las mismas musas cantan la canción matrimonial. Cada dios aporta un obsequio. Peleo recibe una lanza de fresno, una armadura forjada por Hefesto, una pareja de caballos inmortales, maravillosos, llamados Balio y Janto. Nada puede alcanzarlos, son veloces como el viento y capaces de hablar en lugar de relinchar: en ciertos momentos, cuando el destino de muerte dispuesto por los dioses para los humanos asoma en el campo de batalla, se muestran dotados de voz humana y profieren palabras proféticas, casi como si los dioses remotos hablaran por sus bocas. En el combate de Aquiles y Héctor, tras la muerte de éste, los caballos anunciarán a aquél su propia muerte próxima.

En medio del júbilo, el canto, la danza, la generosidad de los dioses para con Peleo en su matrimonio, aparece sobre el Pelión un personaje a quien nadie había invitado: Eris, la diosa de la discordia, los celos, el odio. Aparece en medio de la boda y, a pesar de no haber sido invitada, presenta un magnífico regalo de amor: una manzana de oro, prenda de la pasión que se siente por el amado. Frente a los dioses reunidos en el banquete, con los demás obsequios a la vista, Eris arroja el magnífico presente. Este lleva una inscripción: "Para la más bella". Tres diosas están presentes, cada una convencida de que la manzana es suya por derecho propio: Atenea, Hera y Afrodita. ¿Quién se la quedará?

La manzana de oro, esa maravillosa y deslumbrante joya, se encuentra en la cima del Pelión a la espera de que alguien la tome. Dioses y hombres están reunidos. Peleo ha logrado encerrar a Tetis, a pesar de sus sortilegios, en el anillo formado por sus brazos. En ese momento ha saltado esa manzana que encenderá la Guerra de Troya. Las raíces de esta guerra no sólo se hunden en las contingencias de la historia humana, sino que derivan de una situación compleja, que hace a la naturaleza de las relaciones entre dioses y hombres. Aquéllos no quieren conocer la vejez, la lucha de las generaciones sucesivas, y las entregan a éstos a la vez que les ofrecen esposas divinas. Así surge esta situación trágica: los hombres no pueden festejar bodas sin conocer también ceremonias fúnebres.

En el seno mismo del matrimonio, en el acuerdo entre esos seres diferentes que son los hombres y las mujeres, se encuentran unidos, por un lado Ares, dios de la guerra que desune y opone, y Afrodita, que trae concordia y unión. El amor, la pasión, la seducción, el placer erótico son, de algún modo, la otra cara de esta violencia, del deseo de vencer al adversario. Si la unión de los sexos trae la renovación de las generaciones, si los hombres se reproducen, si la tierra se puebla gracias a los matrimonios, en el otro platillo de la balanza se vuelven excesivamente numerosos.

Al reflexionar sobre la Guerra de Troya, los griegos dirán que su verdadero motivo fue la multiplicación de los hombres, ya que los dioses se irritaron con esa turba y quisieron limpiarla de la superficie de la Tierra. Asimismo, en las narraciones babilónicas los dioses enviaron el diluvio. Los hombres hacen demasiado alboroto. En la zona etérea, silenciosa, los dioses se recogen y se contemplan unos a otros, mientras los humanos se agitan, se alteran, estallan en gritos y disputas. El mejor remedio es provocar de tanto en tanto una buena guerra: así retorna la calma. .

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