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Victoria Manno Una chica de alto vuelo

Escaló el Aconcagua, una hazaña que menos del 10% de los andinistas logra. En medio de un frío helado, acompañada por un guía, subió con 17 kilos de equipaje sobre los hombros. Su objetivo: enviar un mensaje de paz y de solidaridad

Domingo 16 de abril de 2000

Hay algo extraño en esta chica flaquita como un hueso, de nombre Victoria Manno y de profesión actriz. Hay algo raro, un impulso involuntario que -paradojas del apellido- la lleva a cruzar la vida a contramano, a tomar leche tibia en los días de calor y a escalar el Aconcagua cuando está de moda el aero-step.

Porque, sí, Victoria escaló el pico más alto de América. Y no se cayó ni se calló: durante su trayecto hacia la cima, y mientras un individuo promedio está pensando bajarse o pedir un pulmotor, la señorita Contramano transmitió por radio los detalles del ascenso, y envió por Internet anuncios humanitarios.

Mafalda solía hacer algo parecido: acostumbraba subirse a su sillita y lanzar mensajes para los pueblos del mundo. Y ahora, décadas más tarde, cuando ya no están U Thant, ni Nixon, ni la guerra de Vietnam, siguen los motivos para hacer llamados. Una nueva Mafalda, entonces, decidió gritar al planeta entero desde la cima del Aconcagua.

"Yo sé que la gente que más lo necesita ni se enteró de lo que hice. Pero sirvió, al menos, para que se abriera una cuenta en el banco para ayudar el comedor solidario que tiene Mónica Carranza..."
"Yo sé que la gente que más lo necesita ni se enteró de lo que hice. Pero sirvió, al menos, para que se abriera una cuenta en el banco para ayudar el comedor solidario que tiene Mónica Carranza...".

"Aproveché el fin de milenio para hacer un pedido de atención a la humanidad, especialmente a los niños y las mujeres que guardan en silencio la violación de sus derechos. Me podría haber subido al obelisco y hacer el llamado desde allí, pero elegí el Aconcagua porque es el lugar habitable más alto del mundo, con 6962 metros (el Everest en esa fecha no se puede habitar por razones climáticas). Decidí subir durante dieciocho días y estar el 1º de enero en la cima para llevar un mensaje de paz, fe y esperanza que nos ayude a cambiar."

-¿Y te escucharon? -¿Quiénes? -Los pueblos del mundo. -Ja. Mirá: mi idea es que si una sola persona toma conciencia de estos mensajes, mi misión está cumplida. Yo sé que la gente que más lo necesita ni se enteró, pero por intermedio de una de las radios a las que yo transmitía se abrió una cuenta en el banco para el comedor solidario de Mónica Carranza.

Cuesta pensar que ese cuer-po de barniz endeble esconda en sus entrañas tanto músculo. Para lograr su odisea, Victoria debió cargar a sus espaldas 17 kilos de trastos útiles, entre ellos toda la parafernalia que le permitió enviar sus anuncios por Internet y transmitir el ascenso por una radio porteña.

-¿No era más fácil ayudar entrando como voluntaria a una ONG? -No sé si ésa es la solución, así como no es solución que una persona con dinero haga una donación a una institución. Hay que tomar conciencia de que hay que ayudar, la humanidad tiene que unirse.

Al margen de la efectividad del intento, ésta es la historia de una mujer que -con la sola compañía de un guía- subió nada menos que el pico más alto de América. Desde allí arriba, transmitió vía satélite a distintos medios y por Internet. Y, gracias a una cuenta abierta por una FM porteña, logró juntar dinero para Unifem (el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer, que le dio su apoyo) y el comedor Los Caras Sucias.

Un campo de nieve lastimando los ojos, un cielo turquesa, una mujer cansada. Esa es la primera foto que muestra Victoria. Ahí se la ve tomando aire y frío, con la nariz que asoma como un botón valiente entre ropas infladas. Al fondo hay un pico: la cima, a sólo ochocientos metros. Ocho cuadras escarpadas que, a esa altura y con tan poco oxígeno, tardan horas en cruzarse.

El Aconcagua siempre estuvo así: tan lejos y tan cerca. Cuando Victoria vivía en Mendoza y en la infancia, el abuelo Vito la engordaba con cuentos sobre Sicilia. Le hablaba del volcán Etna, de Pompeya. Y ella se preguntaba si todo sería como el Aconcagua.

"Para mí, el Aconcagua era algo cotidiano. A los 16 años, con mi hermana quisimos subir, pero no nos dejaron. Pasó el tiempo y vine a Buenos Aires a estudiar periodismo y teatro, fui a conocer el Etna y Pompeya, crecí... Y me olvidé." Hasta que llegaron las vísperas del fin de siglo. La gente amagaba con recibir el milenio en Karnataka, París o el Concorde, y entonces Victoria se armó un plan. "Me venía entrenando muy fuerte en el gimnasio, pero sin ningún fin en particular. Y, a los 35 años, necesitás hacer las cosas con un fin. Hasta que dije: ya está, voy a subir al Aconcagua para llevar un mensaje al mundo."

Para esas fechas, la montaña tenía más reservas que el Ritz. Las proyecciones eran tan altas que las autoridades temían un colapso en el sistema de servicios. Mientras en el monte hacían números y entraban en pánico -inútilmente, porque al final fue menos gente-, Victoria se entrenaba en silencio cinco horas por día. Entretanto, trabajaba en televisión -sus últimas apariciones se vieron en La mujer del presidente y Campeones- y mandaba fax pidiendo apoyo a todas las empresas imaginables.

"Así logré que me regalaran los aparatos para poder transmitir. Además, empecé a averiguar acerca de la montaña y me enteré de que al Aconcagua no puede subir ningún helicóptero más allá de los 4370 metros (donde está Plaza de Mulas), porque más arriba los vientos hacen todo muy complicado. Eso me inquietó: cualquier problema que tengas más arriba es muy difícil de solucionar. Y si te pasa más abajo, la subidita del helicóptero de rescate sale 2500 pesos. En el Aconcagua podés ser multimillonario, pero si no tenés aire no podés subir." Ella subió con Papi. Papi u Oscar, el guía, era un hombre fuerte y amigable como Robocop. Cuenta que hubo una tormenta. Hacía 20 grados bajo cero y el granizo cacheteaba enardecido. A 5600 metros de altura, Victoria sintió que tenía que descansar. Pero Papi no estuvo de acuerdo.

-¡Acá hay que tener huevos!

Gritó con vena cavernaria. Y bueno, hubo que seguir. "Hace unos días hablé con la esposa de Papi, que al principo estaba medio cortada. Para ella no debe haber sido fácil, pero tampoco para mí: iba con un hombre que no conocía y con el que tenía que compartir 18 días. Le dije: tu marido era insufrible, me trataba remal".

Tanto, que en algún recodo del camino ella se detuvo y dijo: -Si seguís así, cambio de guía.

Una amenaza de ejecución difícil, si se tiene en cuenta que los guías de montaña, cuando están en la montaña, no abundan. "Yo le decía Macho del 900, porque su actitud era de recio y yo era el pibe que iba al lado de él. Por un lado era mejor, porque el tipo me respetó, pero por otro nunca me dio aliento. Llegó un punto, a más de seis mil metros, en el que estaba congelada. Lloraba dentro de la carpa, me agarraba los pies y con la boca intentaba darme calor... y él estaba al lado mío y decía: Claro, yo también tengo frío, pero el Aconcagua es así."

Así. El Aconcagua es ampollas, hielo, viento, aire que falta y agua hecha piedra. El Aconcagua es también un atardecer de colores irreales, de horizonte curvado porque la tierra es redonda y ahí arriba se nota. Alto en el cielo se puede ver el cielo, y es tan turquesa que parece falso. Y se puede, también, pisotear las nubes como alfombras, verles la nuca blanca mientras ellas se dedican a llover.

"Para mí era muy difícil: miraba esos atardeceres, o la noche y la Vía Láctea, y no tenía con quién compartirlo. El guía venía conmigo, pero llegábamos a un descanso, armábamos la carpa y como siempre hay alguna otra carpa por ahí, él se iba con sus amigos guías a jugar al truco. Volvía para hacer la comida y después se iba hasta la madrugada. El 1º de enero se fue a acostar a las 10 de la noche. A las 12 abrí la carpa y me fui sola a mirar las estrellas." Además de jugar al truco, Papi juntaba apuestas. Todos sus compañeros -los mismos que le pusieron el apodo- jugaban un billete a que la actriz humanitaria no pasaba los 4000 metros. Lo cierto es que Victoria tiene un currículum deportivo que da miedo: es pentatleta internacional (es decir, practica windsurf, motocross, kayak, ciclismo y carrera pedestre), y además hace aerobics, aladeltismo, andinismo, atletismo, esgrima, jabalina, navegación de vela, paddle, basquet, rafting, salto en largo, tiro de bala, vóleibol y ajedrez. ¡Ah! Y ante cualquier duda, pagó 4000 pesos a un profesional para realizar un ascenso a conciencia.

"El problema de los accidentes es que la gente, para ahorrar, sube sin guía. Sin cobrarte el servicio, te sale entre 1500 y 2000 pesos, porque está arriesgando su vida. Y los 2000 restantes son por distintos servicios de carpa y comida. La mayoría de los andinistas prefiere avanzar siguiendo las señales. Pero el problema no es tanto el camino en sí, porque si tenés aguante lo podés hacer, sino otras cuestiones que sólo un guía sabe resolver. Un caso: el calentador que llevás es con bencina, y cuando lo prendés explota en la carpa. El guía está acostumbrado y no pasa nada, porque una buena carpa y una buena ropa tienen adherencias que impiden el incendio. Pero hace pocos días un japonés se incendió la ropa y lo bajaron todo ampollado." Los problemas son navajitas delgadas con filo de guillotina. Una simple tos, por ejemplo, puede ser la base de un edema pulmonar. "Muchos empiezan a toser y piensan que es normal. Pero si estás veinte horas en la montaña y esa tos es edema, no te bajan viva. Hace poco, un chico de Salta que había subido el Himalaya se murió en el Aconcagua. Muchos no se quieren resignar a bajar, porque ven que tienen la cima ahí no más. Es en esos casos donde el guía es imprescindible: te obliga a volver. Una mexicana murió cuando yo estaba en la montaña. Tenía desde hacía dos días una tos que, a diferencia de lo que ella pensaba, era un edema. Me acuerdo de ese primero de enero. La pusieron arriba de los Penitentes y todo el que bajaba se encontraba con ese panorama de la chica congelándose."

-¿Por qué la dejaron en ese lugar? -Porque al otro día se la tenía que llevar el caballo, que no carga pesos muertos. Hubo que congelarla, meterla en una bolsa de arpillera y bajarla así.

Con un poco más de suerte, se puede volver con un edema cerebral (pasados los 5000 metros se empieza a quemar neuronas) o ciego. Los mejores y más caros lentes de sol para la playa sobran allá arriba. El alquiler de un par bueno cuesta 80 pesos, y no todos quieren pagarlos. Así, terminan la aventura bajando con bastones y de la mano de un guardaparques. La ceguera, por suerte, dura unos tres días.

Paradojas de la altura, donde la nieve quema como lava. Donde se llega a la noche con catorce horas de ascenso, y apenas se tiene hambre o cansancio. Cuando hay poco oxígeno, la vida avanza lenta como en los sueños. Y un raviol tiene el peso de un plato de ravioles, y el agua es un remedio que se toma a contrapelo.

"Y yo, encima, que soy de comer tipo pajarito... me obligaba a mí misma porque, si no, no probaba bocado."

Victoria es la chica ideal para una propaganda de yogures. Delgada y potente como un fósforo, vive su Dieta del Pajarito con toda naturalidad: la preparación para subir al Aconcagua fue a base de frutas y verduras frescas, cereales, jugos naturales, leche, gaseosas dietéticas, levadura de cerveza y una porción obligada de pastas. Precisamente, todo lo que no hay en la montaña. "Soy abstemia y nunca probé el café, porque no me gusta el olor. En el monte todos te convidan, pero yo prefería recalentarme con té. Aunque con la falta de aire, ni ganas te dan... Hacer un té es todo un trámite. Hay que derretir diariamente entre doce y trece litros de agua, porque no se puede tomar menos de 5 o 6 litros diarios. Y después de derretido, cada litro tarda cinco minutos en congelarse, así que te tenés que apurar para tomarlo. Imaginate todo ese proceso, y encima calentar el agua para un té..." Tampoco dan ganas de ir al baño (léase roca, arbusto, pequeño precipicio). Imagine, lector, una mañana bajo cero. Imagine amanecer en una carpa que -con un poco de suerte- tal vez el viento no vuele. Cierre los ojos y piénselo: 7 de la mañana, frío polar... y tener que visitar la intemperie.

"Era todo un tema: me tenía que vestir entera, porque salía y el viento me mataba. Iba hasta una roca. Volvía. Tomaba un té. Es como que todo lo hacés en cámara lenta. Iba pasando la mañana. Salía un rato. Me higienizaba las manos y la cara con unas servilletitas que se compran para limpiar la cola de los bebes. Fue el único artículo higiénico que me llevé. Antes de empezar el ascenso, me acuerdo que yo había dicho: Me voy a lavar los dientes todos los días. Ja. Cuando te levantás a la mañana y querés tomar agua, está congelada. Entonces tenés que empezar a lamer la botella para sacarte la sed. Después vas a juntar nieve, la derretís, preparás el té... Y cuando con tanto lío pensás en lavarte los dientes, decís: No, es un lujo." Los ojos pardos se cierran a medias, los párpados atajan recuerdos del cansancio. Cansada, entonces, evoca los lujos del Aconcagua: en Plaza de Mulas, una ducha de agua tibia sale 11 dólares; y una noche en el refugio -un hotel con baños privados clausurados y cuchetas que hacen de base para una bolsa de dormir- sale $ 60. El litro de agua, líquida, cuesta $ 8. "Y es que después, cuando salís de los 4370 metros y empezás a subir, no hay tu tía: te olvidás del espejo, los baños y las duchas." Más adelante, sin embargo, existe un lujo aún mayor: los expertos llaman buena estrella a esa ráfaga de suerte o desgracia generada por el clima y la montaña. Pero esa estrella no alumbró a Victoria: el 31 de diciembre la recibió con dardos de granizo despiadado y vientos de entre 80 y 100 kilómetros por hora. "Estaba muy asustada y pregunté al guía: ¿qué hacemos? El me contestó: sigamos. No podés parar, porque si te agarra la noche sin haber llegado a un descanso, te morís congelada. Tampoco podés regresar, ni meterte en la carpa, porque la tenés desarmada en la mochila. Teníamos sí o sí que ir desde Nido de Cóndores, a 5400 metros, hasta los 5800 metros de Berlín. Ese recorrido tardó unas cinco horas. El aire me faltaba, cada dos pasos tenía que parar."

Es como agarrar un hielo con la mano y no soltar. Apretarlo hasta que el frío sea dolor, y después sea nada. Eso es congelarse. Victoria cuenta que llegó un momento, con 25 grados bajo cero, en que olvidó sus dedos. A pocos metros, la cima sacaba pecho y era tan blanca y tan ancha, tan etérea, que engañaba. Tan lejos y tan cerca, el guía la obligó a mover los dedos. Pero ella no pudo. Y suplicó seguir.

"Avanzaba de a pasos de cinco centímetros... no quería parar, porque veía la cima ahí y no quería parar. Había pagado un seguro de vida que me costó horrores, porque es muy fácil congelarse y nadie quiere darte un seguro... Pero el guía me exigió volver. Cuando lo escuché me agarré a una roca y me largué a llorar de impotencia." De las personas que suben el Aconcagua, menos del 10 por ciento llega hasta donde Victoria hizo pie: 6100 metros. Ella lo sabe y por eso está feliz. Como la resaca que deja su marca en la arena, los gestos dejaron en la cara sus arrugas suaves. Crecen como viborillas cuando sonríe, y luego vuelven a su cauce. A un remanso sereno.

-Ahora quiero llevar mis mensajes a los picos de los cuatro continentes restantes.

Dice, como quien anuncia que habrá lluvias. La Señorita Contramano, otra vez, quiere ver las curvas de la tierra.

Para más información, la página de Victoria Manno es http://www.mundo21.com/victoriamanno/aconcagua

Texto: Josefina Licitra Fotos: Sergio Llamera y Daniel Pessah

Agradecimientos: System Basic y la maquilladora Edith Echodas.

Más barato que el Everest

Para subir el Aconcagua hay que sacar un permiso en la ciudad de Mendoza. Los argentinos deben pagar 60 pesos y los extranjeros 120 (aunque se está estudiando la posibilidad de aumentarlos, para incluir en la tarifa un seguro de rescate). Claro que, si se tiene doble nacionalidad, las cosas no son tan sencillas. "Yo soy argentina e italiana. Cuando entregué el permiso el tipo me preguntó con qué nacionalidad entraba. Le dije que con las dos, y me quiso cobrar 120 pesos. Le dije que entonces entraba como argentina, y ahí me cobró la mitad", se ríe Victoria. Y agrega: "El problema del Aconcagua es que no te sale nada sacar el permiso. Muchos chicos sacan uno de 30 pesos que sirve para llegar hasta los 4200 metros. Pero ellos no respetan el límite y siguen, porque no hay buenos controles. Así ocurren los accidentes. Si querés subir al Everest, el permiso sale hasta 60.000 dólares. No digo que acá cobren lo mismo, pero es tan barato que cualquier pibe con ganas y preparaciópn física buena se manda".

El lado oscuro de la montaña

Desde que el alemán Paul Gussfeldt hizo el primer ascenso, en 1883, han muerto 99 personas. Esta temporada, que cerró el 29 de febrero, atrajo a 4000 turistas, de los cuales murieron siete. El 60% de los accidentes se da en la ruta noroeste, que al ser más sencilla que la sur -que se hace escalando con pico- es elegida por el 80% de los andinistas. El 38% de las tragedias consisten en caídas, el 36,5 % en edemas y el 15% en congelamiento, entre otras. Los accidentes afectan, en un 52% de los casos, a escaladores argentinos.

Estos datos fueron brindados por la Patrulla de Rescate de Alta Montaña (Pram ), la única formación policial en el mundo que opera por arriba de los 4000 metros. Sus miembros, a pesar de pertenecer a la policía de Mendoza, no reciben apoyo estatal y deben pagar de su bolsillo la indumentaria y la mayor parte del equipamiento. La falta de dinero y tecnología indispensable trae como consecuencia una disminución en la efectividad de la patrulla, y un riesgo mayor a la hora de escalar el Aconcagua.

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