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Mitos del Paraguay

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Tierra guaraní, de leyenda y asombro, donde selvas y montes ocultan a fantásticos seres de pesadilla y los ríos parecen guardar el eco de los remos que empuñaron los vikingos mucho antes de la Conquista

Un cartel con la foto del ex general Lino Oviedo, de quien se sospecha que ordenó el asesinato del vicepresidente José María Argaña, empapelaba hasta hace poco los frentes de Asunción, pero fue arrancado subrepticiamente de casi todas partes. Los numerosos paraguayos que idolatran a ese hombre emperrado en ser presidente no quieren creer nada malo de él. Para ellos, el cartel es afrentoso. Dice: "Buscado. Prófugo de la Justicia. Recompensa, cien mil dólares o 3.400.000 guaraníes". Y no especifica si da lo mismo que Oviedo sea entregado vivo o muerto.

Pero todavía el aviso abunda en el área de la ribera, porque allí la vigilancia es mayor que en cualquier otra parte de la ciudad debido a varios edificios públicos, entre ellos la Casa de Gobierno y la Legislatura. Sin embargo, puede vérselo a medio arrancar en algunos postes de alumbrado. Aletea con la brisa caliente que llega del río Paraguay, en cuyas aguas alguna vez habrían navegado los vikingos, y aun de más allá, de la selva y del monte misteriosos, donde a la hora de la siesta y por la noche despiertan las fabulosas criaturas de la cosmogonía guaraní precolombina.

Con el movimiento que le imprime esa brisa al cartel, parecería que el rostro de Oviedo sonriera socarronamente, acaso como si el pequeño ex general, que en unos carnavales eligió disfrazarse de César para presidir un desfile de tropas, estuviera pensando: "Si alguno me delata, no le alcanzará la recompensa para escapar de mi venganza".

Allá de donde llegaba la brisa, lejos de Asunción, en las afueras de la localidad de Altos, el viejo Braulio Fretes sorbe en su mate de asta un tereré (infusión de yerba mate en agua fría) perfumado con ruda y perejil, y entre sorbos dice sus verdades filosóficas, religiosas y políticas, comunes, por otra parte, a decenas de miles de compatriotas suyos. Lo rodean el embrujado campo soledoso, donde vagan vacas espectrales y se lamenta el caráu en los esteros, y un horizonte de cerros que a la distancia se ven velados y oscuros, como si fuesen humaredas del clima guaraní, siempre en combustión.

-El único que piensa en los pobres y los campesinos es mi general Oviedo. Todos los demás caciques son unos abusones que nos van a matar de hambre, a tereré y sello día y noche.

Los paraguayos llaman sello a una manera de comer mandioca hervida: la empuñan y antes de cada bocado la apoyan sobre una capa de sal en el plato, tal como si estuvieran manejando un sello.

-Nos tienen a tereré y sello -repite el viejo, resentido; y no es que esos manjares simples les disgusten a los paraguayos necesitados como él, muy por el contrario; sólo que también ellos tienen gustos y apetencias más universales.

¡Las verdades de Fretes! En su corazón campesino y en el de innumerables paisanos suyos, Oviedo pasará a ser un mito en cualquier momento. Si jamás llega a la presidencia, cobrará un incontrastable prestigio porque desde el llano -y en la clandestinidad- no tendrá ocasión de desilusionar a nadie. El ex general ha comenzado por desaparecer de la escena, ocultándose del mundo, tal como prefieren hacerlo las huidizas criaturas de la mitología guaraní. Esta ocasional invisibilidad de Oviedo bien puede apurar su definitiva transustanciación en mito popular. Si alguien le contara a Fretes que llamó a Oviedo en su auxilio y que Oviedo acudió atomizado en la resolana de una siesta, Fretes lo creería. Con esto de ser sin estar, el hombre más buscado del Paraguay, esperanza latente de los pobres, ya tiene visos de leyenda.

En estos días el viejo ha puesto en venta su humilde casita. No quiere confesarlo abiertamente, pero otra de sus verdades es que de un tiempo a esta parte lo tiene inquieto el Pombero.

-Solía acomodarse cerca del horno chipero (para hacer chipá: pan de almidón de mandioca y queso) que yo tenía ahí, en esa esquina de la casa. No podía verlo, pero yo sabía que estaba porque lo oía silbar como los pollitos. Así silba. Si uno lo deja estar al Pombero, no pasa nada. El hasta puede ser su protector siempre que usté le arrime tabaco y caña a los lugares por donde suele andar. Capaz que de agradecido le cuenta dónde hay una plata iviguí (tesoro oculto). ¡Cómo le gusta pitar y chupar! Pero nunca se sabe con qué va a salir, y no se le ocurra querer espantarlo, porque entonces él se le viene encima y se lo lleva, se lo lleva no más y después usté aparece finado en algún matorral, en algún barranco, en cualquier lugar apartado...

Fretes empezó por destruir el horno chipero para privar al conflictivo Pombero del sitio que parecía gustarle más. Esperaba que ese duende invisible -y por añadidura nocturno- no comprendiera su maniobra y que tampoco se le fuera a ocurrir aquerenciarse en el fondo de la casita, donde sienta sus apetitosos reales una pequeña y fragante selva de papayas, ananás y limones que varían la dieta del viejo.

-Pero no ha vuelto -dice Fretes-. Así y todo, vaya a saberse por qué, empecé a tener un poco de miedo. Mejor, me dije, andate lejos de aquí, a cualquier otro lado.

Frente a la casita que Fretes ha puesto en venta, huella de tierra colorada de por medio, vive en otra tan humilde como ésa el artesano Carlos Palma. Su especialidad es la talla en madera de los mitos guaraníes, cuya apariencia física fue investigada y descripta en el siglo XIX por el laureado poeta y folklorista paraguayo Narciso R. Colmán, popularmente conocido como Rosicrán, su seudónimo de literato. En el presente siglo y sobre la base de aquellas descripciones, un compatriota del poeta, el pintor y escultor Ramón Elías, plasmó las criaturas míticas. Estos dos soñadores paraguayos les dieron la apariencia definitiva que hoy los artesanos copian. En estos momentos, Palma talla a Yaguahú, lagarto gigante con cabeza de perro; pero lo plasma en la versión que le adjudica siete cabezas. Cerbero debe de envidiarle la desmesura.

Yaguahú existe, afirma Palma. Nunca lo vio, pero sabe de gente que sí lo ha visto. No está seguro de que exista con siete cabezas; pero, con una sola, sin duda que anda por ahí.

Con su cuchillito de tallar, Palma va definiendo en un tocón de madera blanca y blanda la pinta medieval de Yaguahú. Este ser es el primogénito de los siete engendros del espíritu maléfico Tao y la preciosa Kerana, seres primigenios de la cosmogonía guaraní precolombina.

Los otros seis vástagos, tan reales y vivientes como Yaguahú en el alma del campesinado, son Mbói Tui, cabeza de loro, cuerpo de víbora y patas de lagarto; Moñai, gigantesca serpiente de dientes afilados y cabeza coronada por dos púas; Yasy Yateré, duende rubio, raptor de niños, dueño de un mágico y dadivoso báculo de oro; Kurupí, alegre violador que enlaza a las mujeres con su larguísima naturaleza y luego las somete; Ao-Ao, cuerpo de oveja, cabeza de oso y feroces garras, que devora a los cazadores perdidos en la selva, y Huichón, el séptimo, el Benjamín de Tao y Kerana, el lobis-homen, el licántropo que martes y viernes de luna llena sale de correría y enloquece con su sola visión a los humanos...

El cuchillito de Palma saja la madera y quita de aquí y de allá. Ya está casi terminado el dragón guaraní, Yaguahú. Virgilio Caballero, chofer de remise nacido campesino y vuelto a moldear en el escepticismo -algo vacilante- de los asunceños, recuerda que hace unos 20 años hubo en el zoológico de la Capital un Yaguahú.

-De una sola cabeza, no más. Era lagarto, pero se le veía como unas orejitas raras. Cara medio de perro, el bicho. Mi viejo le vio. Se decía que era el Yaguahú.

-El mío también le vio en la jaula -dice Palma, que no intenta discernir si exagera demasiado su arte dándole siete cabezas a un monstruo que no ha de tener mucho en qué pensar y que, por otra parte, sólo ha sido visto con una sola.

-Nadie sabe qué pa (cosa) hay en la selva -agrega Palma-. Ahí se esconde cualquier bicho. Ahí puede, cómo no, haber Yaguahú de siete cabezas.

Fretes ha cruzado la huella de tierra colorada y ahora él también está allí, prendido a su tereré, observando el trabajo de Palma.

-Huichón hay por acá -dice-. Vez pasada yo salgo de noche a dar una vuelta y me pasa entre las piernas un bicho grandote, negro, bien feo, que sale de unos yuyos altos. Ahí yo digo "ése no es perro", y saco el 38 y le pego un tiro. Le pego en el anca, pero la bala no más le da el golpe, y no le dentra porque no está bendita. Ahí veo yo que es Huichón, porque no le dentra y por la forma de pegar aullidos.

A pedido, Fretes se esmera en una demostración práctica de las diferencias entre los aullidos del Huichón y del perro vulgar cuando los hiere un balazo. Fretes aúlla muy bien, sentado en un tronco, la cara flaca alzada hacia la luna que no asoma todavía, el mate con tereré momentáneamente olvidado en la mano. Queda demostrado que, aunque sutiles, hay diferencias entre ambas formas de aullar. Sin duda que aquella noche Fretes hizo blanco en un Huichón.

-El Huichón no es malo -explica, medio compungido-. Anda por ahí, con su desgracia.

-¿Y entonces por qué le tiró?

-Esas cosas. Uno ve y tira.

-Dicen que el Huichón tiene mal olor. ¿Usted lo sintió?

-La verdá que no; yo suelo andar con romadizo. Pero es cierto que tiene, porque come caca de gallina.

-¿No es que come cadáveres en los cementerios?

-Come, también. Pero la caca de gallina es como un dulce para el Huichón. Se la come de goloso.

Caballero aporta a la semblanza del monstruo el dato de que un revolcón sobre una tumba convierte a cualquier séptimo hijo varón en Huichón y que otro revolcón le devuelve la forma humana. Esto ocurrirá siempre que haya plenilunio. Todos confirman el hecho.

-En mi pago había un hombre Huichón -asegura Fretes, y Caballero dice que en el suyo había otro que "tenía fama" de Huichón. Coinciden en que ambos sospechosos, si bien no los recuerdan claramente porque ha pasado mucho tiempo, parecían tener "poca sangre" y se veían siempre famélicos y como distraídos de todo. Es evidente que Fretes y Caballero no están hablando del Luisón arquetípico.

Luego, Fretes dice que "Pombero hay mucho". La gente del campo podrá ser un tanto crédula, pero una fantasía como la del don de ubicuidad no se la traga nadie por allá. A contrapelo de los más doctos estudiosos, los campesinos han dictaminado que cada ser mítico es múltiple.

Son tantas, y de tantos sitios tan distantes unos de otros, las mujeres sometidas por el Kurupí, que no es posible pensar en un único ejemplar del duende libidinoso. De ahí que Kurupí también "hay mucho", quién sabe cuánto. Y hay mucho, en definitiva, de los siete hijos de Tao y Kerana.

-¿Qué pinta sacan esos hijos que las mujeres tienen con el Kurupí?

-Así no más -dice Caballero, con una media sonrisa cómplice-, normal.

-Suelen salir a la madre -dice Fretes-. Del Kurupí no sacan nada.

Es evidente que los parecidos se comparan con las criaturas descriptas por Rosicrán y materializadas por Elías.

-¿Qué comentan los abuelos de un hijo de Kurupí?

Fretes se encoge de hombros. Ha conocido abuelos que tomaron flemáticamente la desgracia de la hija. Y qué remedio, si ni el apellido pue- de exigírsele al inimputable duende guaraní.

-La menos convencida ha de ser la novia del Kurupí -murmura Caballero, subrayando con un guiño su picardía. Más tarde, recordará que en su niñez campesina era cosa de todas las noches hablar de los mitos precolombinos a la tranquilizadora luz del fogón, así como de otros mitos más que no pertenecen a la cosmogonía guaraní, sino al folklore paraguayo, como Mala Visión, Mbokayá, Plata Iviguí, Payé y el preferido entre todos: Pombero.

-Cuando llegó al campo la luz eléctrica, hace 20 o 30 años no más, se acabó el miedo a los mitos, que era un miedo a la oscuridad -dice Caballero.

-Pero esta gente cree todavía.

-El viejo, sí. Y Palma, porque es un pibe y vive en el campo, un poco. La gente grande cree, pero ya no tranca puertas y ventanas como antes, cuando caía la noche.

Con su hálito positivista, la refrigeración en el interior del monumental Mercedes-Benz de Caballero ahuyenta toda la pléyade de esperpentos míticos, sean aborígenes puros o mestizados con el folklore hispano. Pero más tarde, la fantástica temperatura de Asunción logra convocarlos otra vez. Un erudito catedrático de la Universidad Nacional, el profesor Vicente Pistilli, atribuye a las criaturas de la cosmogonía guaraní un extraño mestizaje. Pistilli está persuadido de que ellas tienen bastante más que unas cuantas gotas de sangre vikinga.

-¿Vikinga?

-Sí, señor. Los vikingos estuvieron en la Cuenca del Plata por lo menos un siglo antes que Colón, y dejaron huellas. Grabadas en las rocas de Cerro Guazú hay infinidad de runas, la escritura vikinga. La lengua guaraní tiene numerosas palabras del norrés que hablaban los vikingos. La toponimia recogida por los jesuitas -Weibingo, Storting, Tocanguzir, por citar algunos topónimos- tiene indudablemente origen vikingo. La aldea guaraní está copiada de la fortaleza vikinga. Y hay mucho más.

-¿Cuál sería la influencia vikinga en los mitos guaraníes?

-Los siete hijos monstruosos de Tao y Kerana tienen sus equivalentes nórdicos con las mismas funciones. Este mito no está incorporado en las tradiciones de la mayoría de las etnias guaraníes, sino que se mantuvo como un sistema propio del valle del Guarini Pytá, antigua tierra de los Kari´og (del norrés: Karl = campesino, og = casa), que fueron el resultado de la aculturación de los Mbyá litoraleños por incursores vikingos en el siglo XIII. El Yaguahú (en norrés Jager=cazador, hund=perro) es Gorm en el mito nórdico. El Mbói Tuí es la gran serpiente Yormund. El Moñai es un elfo escandinavo que atesora sus robos en cavernas. En el Yasí Yateré, rubio y de ojos azules, debemos ver a Odín, que con una varita mágica crea las runas. El Kurupí es el Frey escandinavo, un cazador sensual y desmesurado genitalmente. El Ao Ao es un coloso de la mitología nórdica, capaz de transformarse en monstruo antropófago. El Huichón es el lobo Fernis, que ronda los cementerios y se alimenta de cadáveres...

-¿Cuánto más abarcan las semejanzas?

-Todo: la armadura, el código, el mensaje del mito. En las dos mitologías por igual, la primera pareja humana es creada con elementos vegetales y minerales. Los espíritus malignos guaraní y escandinavo se casan con hijas de la primera pareja y engendran monstruos. En ambas mitologías se registra una catástrofe universal: el Ragnarok u ocaso de los dioses, palabra que pasó al guaraní como roñairó y luego ñorairó, con el significado de agresión mutua.

-Pero, ¿no hay semejanza entre todos los mitos del mundo?

-En este caso son tales los puntos de contacto que debemos descartar la coincidencia normal.

-¿Hay rastros biológicos de una presencia vikinga?

-La gente de la virtualmente extinta tribu Guayakí desciende de un conjunto humano de raza blanca y biotipo longilíneo; lo hemos comprobado científicamente. Los guayakí son de raza blanca, ligeramente mestizados con mujeres amerindias en una época relativamente reciente. Los varones guayakí tienen piel clara, barba tupida, el pelo les ralea en la coronilla y el microscopio revela que es pelo propio de la raza blanca.

-¿Con qué pueblo blanco vincula usted. a estos guayakí?

-Con una población de tipo ario, cuya presencia en el Altiplano, siglos antes del Descubrimiento, está probada por nada menos que 300 momias rubias encontradas en Paracas y otros lugares del Perú.

-¿Momias vikingas, diría usted?

-Creemos que los incas eran vikingos.

-Pero, ¿hubo en el Paraguay vikingos o sólo mestizos de vikingos y americanos?

-De cualquier manera que haya sido, las huellas de los vikingos en el acervo paraguayo son evidentes. Yo, personalmente, creo que llegaron hasta aquí, que entraron con sus barcos por los ríos navegables. También debemos pensar que alguna vez hicieron frente a otros vikingos venidos desde el Altiplano con sus huestes aborígenes en son de conquista.

-¿Alguna otra cosa vincula a los guayakí con los vikingos?

-¡Tantas...! El hecho de que conservaron como símbolo tribal inscripciones rúnicas y runoides, que por último ellos eran capaces de trazar aunque ya no entendían su significado. El hacha de guerra de los guayakí, que es la primitiva hacha vikinga: una piedra afilada y empotrada en madera verde, donde queda como soldada cuando la madera se estaciona.

-¿Cómo fueron descubiertas las inscripciones rúnicas?

-Hacia fines de la década del 60, un geólogo del Ministerio de Obras Públicas, Pedro González, halló en el departamento de Amambay 157 grutas con las paredes cubiertas con esas inscripciones. En la década siguiente, el profesor Jaime M. de Mahieu y el runólogo alemán Hermann Munk estudiaron 61 de las inscripciones en cuestión.

-¿A qué conclusión llegaron?

-Algunas de las inscripciones son rúnicas de diseño clásico y otras revelan un largo proceso de degeneración gráfica. El profesor Munk pudo reconocer también un dialecto medieval que se hablaba en Schleswig y que era intermedio entre el norrés -antiguo danonoruego- y el bajo alemán.

Pistilli se enzarza en una apabullante demostración de hasta qué punto está inficionado el guaraní, lengua de origen malayo-polinesio, con palabras del norrés apenas deformadas por su uso en un medio extraño y a través de los siglos.

-Hasta la palabra guaraní la debemos a los vikingos -dice- . Viene de wariní, que quiere decir, en godo, de los guerreros.

Pistilli acaricia un hacha guayakí, con aire melancólico. Reniega más del desinterés con que siempre fue recibida la hipótesis vikinga que de la oposición que se le ha hecho. El profesor de runología y jefe de los Archivos Rúnicos de la Universidad de Oslo, profesor James E. Knirk, no ha demostrado gran entusiasmo al señalar que sólo con un estudio in situ la institución a su cargo podría certificar el origen de las inscripciones en las cuevas de Cerro Guazú.

-Y, sin embargo -se lamenta Pistilli-, esto es muy importante, demostrativo de que América no le debe exclusivamente a España todo lo que la Conquista trajo del Viejo Mundo, ni siquiera las primeras nociones cristianas, porque los vikingos estaban cristianizados cuando llegaron acá. Pero a los paraguayos nada nos parece muy importante. ¡Somos bien raros, nosotros!

Como paraguayo, Pistilli ha de saber de qué habla. ¿Nos creería que en Asunción vimos comer un sándwich de empanada...? Pistilli hace una última mueca de disgusto y espanta con la mano un bicho alado que lo ronda; tal vez un temido mosquito del dengue. Esta enfermedad ha devenido mortífera realidad cuando ya parecía un mito por estas latitudes.

Los ashé

El del grabado es un rostro de guayakí existente en el Museo Antropológico de Asunción. Estos indios blancos se llamaban a si mismos ashé, palabra que proviene del vikingo asch, que significa fresno y denomina a uno de los dos árboles que, según la mitología nórdica, les dieron orígen. Los italianos llamaron a los vikingos aschcomani: hombres del fresno. Y el ashé de los guayakí tiene el mismo significado. Esos indios dicen urmá para significar antiguo. En vikingo, ür es antiguo, y man, hombre.

Hombre de las runas

El doctor Jaime M. de Mahieu, fallecido no hace mucho, autor entre otros varios libros de "El rey vikingo del Paraguay" (Hachette, 1979), vivió en la Argentina donde fundó el Instituto de Ciencia del Hombre y fue profesor en la Universidad Nacional de Buenos Aires. El profesor Pistilli recuerda que, cierta vez, Mahieu le confesó: "Debí haberme dedicado plenamente a la ciencia en vez de hacer política". Pistilli supone que Mahieu estuvo muy allegado a Perón.

Mahieu realizó cuatro campañas de investigación en tierra guaraní, vinculadas con los vikingos y sus descendientes, los "indios blancos". Tales campañas fuerondeclaradas de interés oficial por el general Alfredo Stroessner, a la sazón presidente del Paraguay. .

Texto: Mario Pérez Colman Fotos: Daniel Caldirola
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