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Caricatura del pasado y del terror

EL TERRORISTA Por Daniel Guebel (Sudamericana)-127 páginas-($13)

Miércoles 30 de septiembre de 1998

MARCELO DEBERRE, el personaje principal de El terrorista , la última novela de Daniel Guebel, es un verdulero al que le diagnosticaron un núcleo paranoico. A este comerciante, la realidad (o por lo menos, la lectura que el periodismo diariamente le brinda de ella) le plantea una insatisfacción básica. Hasta que un día, entre esos diarios con los que envuelve las verduras, se mezcla un periódico político en donde Deberre descubre la "Revolución". Y la palabra se convierte para él, para su fantasía, en "lo único real, la consistencia plena, lo definitivo". Elabora entonces un panfleto -para el cual nadie parece estar preparado- que le valdrá tener que dejar atrás sus sueños de revolucionario para convertirse en "terrorista" por un atentado que no cometió.

Deberre va sufriendo así una confusa sucesión de cambios en su vida. Desde huir de la cárcel y hacerse dar por muerto, utilizando el cadáver de su hermano, hasta formar pareja con su cuñada y llegar a creer que ha engendrado con ella a sus propios sobrinos.

Si bien, en una primera instancia, aparece la apropiación, por parte del protagonista de la novela, de lenguajes que le son ajenos (el periodístico y el panfletario), el procedimiento se diluye, ya que estos lenguajes no son puestos en juego en el texto.

Nicolás Rosa escribió que"escribir es descontar de lo real aquello que lo real no puede soportar". Guebel, a su manera, intenta describir lo insoportable a través del "terror que vuelve". Para esto, sostiene su narración sobre una serie de hechos dolorosos del pasado reciente, a los que enmascara y a la vez caricaturiza. Y lo que podría ser la columna vertebral del libro -la violencia o su materialización como destino trágico- es tristemente eludido. Todos los personajes son perversamente ingenuos ante la historia, y hasta los villanos, encarnados por la policía, se vuelven torpes y poco creíbles.

La escritura de El terrorista se escurre, es huidiza. Tal vez habría que preguntarse, como lo hizo George Steiner, si esa libertad que poseemos para decir lo que queramos sobre cualquier cosa no será reflejo de una crisis de sensibilidad, tanto psicológica como metafísica, en nuestra condición moderna.

Susana Szwarc

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