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Beatriz Guido

Novela, mentira, literatura

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Como escritora, la novelista de La casa del ángel, que será homenajeada por la Cimemateca Argentina a diez años de su muerte, se ocupó de la política y de la clase alta en decadencia, mientras en la vida cotidiana se entregaba con deleite y virtuosismo a ejercicios de verdadera creación oral, en los que su imaginación completaba la mera realidad con humor, delirio y perverso ingenio.

 
 

A Beatriz Guido le gustaba decir que había empezado a ser novelista con su primera mentira. La palabra mentira , con sus connotaciones delictuosas, con su aura melodramática, respondía al gusto de Beatriz. Otros dirían (más objetivamente pero menos cerca del personaje) que la escritora era incapaz no ya de relatar sino de percibir los sucesos de la vida cotidiana sin alterarlos, recomponerlos, exagerarlos, para que obedecieran a las reglas de su estrategia narrativa, para que hallaran un lugar en su propio repertorio de caracteres y situaciones, donde se invocaba la vida llamada "real" sólo para someterla a los reflejos cóncavos, convexos, a las perspectivas huidizas de su narración.

"Soy una mentira que dice siempre la verdad": la frase de Cocteau ilumina esa relación con la mentira, descarada, exhibida por Beatriz misma, que divertía a sus amigos tanto como a ella misma. A través de la variación, del contrasentido, de la digresión libre, Beatriz tocaba zonas de la realidad menos evidentes que lo meramente verosímil, que esa coincidencia superficial entre referente y expresión que pasa por verdad.

Una de las primeras veces que la vi -recuerdo- fue tras la proyección privada del cortometraje de un asistente de Leopoldo Torre Nilsson. Me acerqué a ella tímidamente y la oí decir, para coincidir con dos interlocutores sucesivos, las mismas palabras con entonaciones opuestas. Repetía algo así como: "Usted no sabe lo que esta noche significa para nosotros, que este chico que conocemos desde hace tanto tiempo haya sido capaz de hacer esto..." Y, ante las intervenciones contradictorias -"¡Qué satisfacción!" y "¡Qué bochorno!"- respondía con una expresión ya beatífica, ya desolada, que regalaba al oyente la ilusión del consenso. Al reparar en mi presencia, y comprender que yo había asistido a ambos ejercicios, estalló en risas y, rozándome la punta de la nariz con el índice, me dijo: "¿Viste qué mentirosa que soy?".

Esa mentira con la que Beatriz gozaba, que practicaba sin premeditación, nunca procuraba sacar ventaja, inducir en error, engañar, menos aún perjudicar. Cuando no era un mero arrebato de ficción inoculada en una cotidianidad demasiado austera para su gusto, la tentación de levantar vuelo con la imaginación, era un intento, casi obsesivo, de complacer, de evitar conflictos, de no quebrar el diálogo. "Qué querés, yo soy mangia con tutti ", solía repetir, usando una de esas expresiones italianas que le venían menos de los orígenes familiares que de dos años decisivos como estudiante en Roma, en la posguerra. De esos años juveniles también datan dos libros que, como otros escritores con sus primeras letras, más tarde ocultó, suprimió.

También le oí decir, más de una vez, tras haberse internado en la invención de motivos y anécdotas muy lejos para los que la rodeaban: "Mejor paro aquí, ya estoy bambola matta ". Nunca supe si esa "muñeca loca" era un personaje de historieta que había conocido de niña o una expresión de sus años romanos, cuando seguía los cursos de filosofía de Guido de Ruggiero. "Estudié filosofía con Marcelo Ruggero", le gustaba decir, para averiguar si el interlocutor conocía a ese venerable cómico del teatro Variedades, tal vez con el fin de escandalizarlo.

Para chocar a un grupo de señoras, una vez dejó caer en la conversación un "yo llegué virgen al adulterio", sabiendo muy bien que lo chocante era el primer sustantivo, no el segundo.

La Beatriz Guido que todos conocían como una de las personalidades más extraordinarias del Buenos Aires inmediatamente anterior al totalitarismo de la televisión era la autora de La casa del ángel , La caída , Fin de fiesta , La mano en la trampa , novelas y relatos que impusieron inmediatamente un tono, una voz, una mirada; como solía decirse en esa época, un "universo propio", un "estilo". Más tarde iba a escribir novelas menos cuidadas, o donde la influencia de modas intelectuales y efímeras vanguardias le hizo dudar de sus dotes mejores e intentar experiencias textuales sin convicción. Pero en relatos como los de Apasionados logró recuperar su voz propia, la de sus obras mejores.

Beatriz Guido había elegido como territorios de su ficción dos espacios que la fascinaban sin enceguecerla: el de la política y el de una clase alta en decadencia. En ellos proyectó sus motivos preferidos: la inocencia traicionada, la infancia lúdica y perversa, el sexo como algo terrible, irreductible a toda noción de salud (sobre una parejita muy satisfecha de sí misma: "Qué querés, leyeron El arte de amar , de Fromm, y se lo creyeron").

El feminismo nunca la encandiló, pero reservaba un desprecio particular para el cliché de la mujer que busca un hombre fuerte al que someterse. De una colega que se enardeció sucesivamente por el presidente Frondizi, el general Perón y el almirante Massera, dijo lapidariamente: "Pobrecita, no tiene más brújula que el clítoris".

La política que fascinaba a Beatriz no era esa noción positiva, idealizada, redentorista, que tantos estragos hizo a fines de los años 60. Era el viejo mundo de lucha por el poder, caudillos y secuaces, traiciones espontáneas y amnesia programada. Lo había bebido de las conversaciones y cuentos escuchados a su padre y a sus amigos. En los años del Proceso, tras la muerte de Leopoldo Torre Nilsson, Beatriz solía pasar largas temporadas en Madrid, donde recibía todas las tardes en un rincón del hall del hotel Memphis, en la Gran Vía. En los espejos enfrentados de la guerrilla y de la represión, veía agitarse figuras a las que confería dimensiones shakesperianas, más algún oportuno resabio de Carolina Invernizzio. Cuando una patota de exiliados allanó el domicilio de un cabecilla rival en busca del rescate de un secuestro, que había sido "desviado", relataba las distintas versiones del hecho con un "ay, patria mía!", que con los años había convertido en su muletilla más gozosa. Se la oí también cuando dirigentes montoneros se entrevistaron en el exilio con un almirante en el poder, para repartirse un ilusorio futuro político, y estoy seguro de que la hubiera repetido ante historietas que no llegó a conocer. "Este baño de sangre va a terminar en telenovela", sospechaba acertadamente, aunque no podía prever los episodios Galimberti-Born, o Schocklender-Bonafini.

En la llamada clase alta Beatriz encontró un elenco de personalidades extravagantes, una tolerancia para el capricho o la anomalía, que eran las únicas conductas que despertaban su atención, que la cautivaban dentro y fuera de los libros. Pero detrás del personaje público, latía otro, que pocos conocían: la madre, de la cual Beatriz había heredado los rasgos más fuertes de su carácter. Berta Eirin, actriz uruguaya que había representado a Ibsen y Maeterlinck en Montevideo y en una foto de infancia aparece recitando para Rubén Darío, se había "exiliado" en Rosario tras su casamiento con el artista que sería el autor del Monumento a la Bandera , a orillas del Paraná: Ángel Guido. La colección de arte colonial del padre, con sus profusos angelotes y piezas de altar barroco, iba a ser el decorado suntuoso y fantasmagórico donde crecieron tres hijas: Beatriz, Bertha ("Tata") y María Esther ("Beba"). Como otros nostálgicas de la escena, doña Berta había hecho del mundo su escenario. Al quedar viuda, vivió con Beatriz y Leopoldo el resto de su vida. Podía recibir a un visitante ocasional recitando a García Lorca ("verde que te quiero verde"), ataviada con una bata de terciopelo rojo y un vaso de whisky en la mano. Cuando en sus últimos meses le prohibieron fumar y beber, supo descoser la funda de su almohada para esconder un paquete de Camels y cambiar el contenido de las botellas de Coca Cola a las que se decía condenada. Berta Eirin de Guido tenía esa cualidad inimitable que designa la palabra francesa panache . Cuando Beatriz en su presencia contemporizaba para evitar un choque, Berta la amonestaba roncamente: "Un poco de cojones, nena". El personaje de la abuela en Piedra libre esta trazado a partir de ella.

El pudor de Beatriz le impedía revelar que, en el fondo, era la prisionera de una casi ilimitada generosidad, con su tiempo casi tanto como con su dinero. Poseía un sentimiento tribal entre italiano y judío que le confirmaba, sin discusión posible, que la gente más importante del mundo eran sus hermanas, su madre, sus sobrinos y, en el centro de esa constelación, inamovible, Leopoldo Torre Nilsson, cuyos reveses de fortuna acompañó estoicamente, cuyos films alimentó con aludes de invención, bajo los cuales él debía debatirse, elegir, desechar, dar forma. "Esto lo dejamos para otra película" le oí decir más de una vez, cuando Beatriz proponía resolver una situación mediante un incesto entre antepasados o una violación en Harrod`s.

Un amigo de Beatriz (creo que se trataba de Raúl Escari) le había propuesto grabar casetes de simple conversación, que serían luego montadas para editarlas como "literatura oral": no la lectura de una obra preexistente, sino una antología de grandes momentos de su palabra, elegidos entre muchas horas grabadas. La iniciativa no prosperó y me ha quedado la nostalgia de esa posibilidad perdida, porque en Beatriz ni aun el lapsus era inferior a la ficción. En Río de Janeiro, en 1969, unos críticos ingleses le pidieron noticias de Leonardo Favio, cuyos primeros films habían apreciado. Para comunicarles que el actor y director había empezado una nueva carrera como cantante, en medio del ruido de un almuerzo en el Copacabana Palace, Beatriz dijo: " Now he is a sinner " ("Ahora es un pecador", sinner en vez de singer cantor). Ante el estupor de sus oyentes, sintió que necesitaba aclarar algo y añadió: " A pop sinner, of course, not an opera sinner! " Quienes conocimos, quisimos y extrañamos a Beatriz hoy la evocamos repitiendo, compartiendo sus anécdotas, algunos de aquellos momentos extraordinarios de pura elaboración verbal en que su genio de novelista florecía espontáneamente, parecía alimentarse con su propia vehemencia. Como para su madre, no puede haber tristeza al evocarla: nos dio tanto, nos dejó tanto, que sigue a nuestro lado, con esa tozuda amistad que, como decía Shakespeare del amor, es el único metal precioso que al extenderse no pierde sustancia.

Por Edgardo Cozarinsky
Para La Nacion - París, 1998 .

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