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En el país del Nuncacomer

SANTA ANOREXIA Por Silvia Fendrik (Corregidor)

Miércoles 28 de enero de 1998

MUCHAS cosas se han dicho acerca de la anorexia en los últimos tiempos: que es una moda, que es la enfermedad por excelencia de las jóvenes de hoy, que es un efecto de las campañas publicitarias, etcétera. Y, tal como suele ocurrir con esta clase de problemáticas que toman dominio público y que no siempre son fundamentadas con el rigor suficiente, llega un punto en el que ya no se sabe muy bien de qué se está hablando. En estos casos, la confusión o la falta de brújula inciden de manera directa en las "soluciones" propuestas, muchas veces apresuradas, otras tantas desgraciadas. Este libro de la autora de Desventuras del psicoanálisis ha sido concebido como un viaje, un viaje hacia un país (Nuncacomer), cuyos habitantes aseguran que no hace falta comer para vivir. "El viaje al país de la Anorexia muestra que el camino que conduce al estado de cosas actual no es lineal, está lleno de desvíos. Como en cualquier viaje para el que uno se da cierto tiempo, uno se detiene en un lugar, atraído por un paisaje, por un clima, por reliquias", escribe la psicoanalista Silvia Fendrik en las páginas iniciales, guiada por un permanente espíritu crítico e interrogativo. Desde ya, la pregunta fundamental de la travesía concierne a los habitantes de esas tierras oscuras: "¿Quiénes son, de dónde vienen, cuál es su historia? ¿Son un producto o un subproducto extraño, o «natural», como algunos pretenden, un epifenómeno de la posmodernidad? ¿O sus cuerpos son blasones, jeroglíficos, textos de una historia inmemorial transmitida en silencio?"

Las historias que nos narra la autora -en un estilo claro, ameno, y con un impecable manejo de los tiempos- transcurren en épocas y lugares lejanos y sin embargo no dejan de suscitarnos a cada momento resonancias muy fuertes con nuestra realidad actual.

Nos enteramos, por ejemplo, de que en el siglo XIII las santas, a través de ayunos (realmente) extremos, procuraban entrar en contacto directo con Dios, desafiando de este modo todo poder mediador de la Iglesia. Esto conllevaba un enorme peligro de propagación, de "contagio", para la cada vez mayor cantidad de jóvenes que (comiendo poco o nada, según los casos) aspiraban alcanzar la santidad. De ahí precisamente lo emblemático de figuras tales como Clara de Asís, Catalina de Siena o Teresa de Ávila, verdaderas santas anoréxicas.

"La voluntad de hierro para sostener que no se trataba de un capricho y para negar la importancia del alimento para vivir, parecen acercar llamativamente a Catalina a las jóvenes anoréxicas de fines de nuestro siglo y también ponen en evidencia la dificultad de diferenciar nuestra moderna religión diet de los estrictos cánones alimenticios que regían en los conventos medievales", señala Fendrik, mostrando al mismo tiempo que la actitud temerosa del clero oficial frente al misticismo femenino se reflejaba tanto en las vidas de las santas como en los procesos inquisitoriales durante la cacería de brujas.

Seiscientos años más tarde asistimos a una epidemia de posesión demoníaca, en una época -el siglo del progreso- en la que se descuenta la existencia de "posesiones", en la medida en que es ahora el discurso médico y ya no el religioso el que tiene la última palabra. En Morzine, un grupo de jovencitas de un colegio de monjas comienzan a sufrir ciertos ataques en los que, además de proferir insultos y arrastrarse por el piso, pretenden estar siendo poseídas por el diablo. Ya no comen, y si se las obliga a hacerlo, vomitan. El problema para las autoridades es que, con el correr del tiempo, este pequeño grupo de colegialas empieza a multiplicarse, a tal punto que casi la mitad de la población femenina del lugar resulta estar afectada por la epidemia. Finalmente, después de largos veinte años de lucha contra el mal, la ciencia habrá triunfado: "Las poseídas demonópatas, luego histerodemonópatas, terminarán por ser reconocidas más tarde como puramente histéricas... o tal vez, dentro de no mucho más tiempo, como anoréxicas. Las pocas que permanecieron en Morzine, ya viejas, serán en cambio calificadas de locas maniáticas, viejas supersticiosas, malhabladas, miserables mentirosas, imbéciles, analfabetas. El léxico médico, el nombre adecuado, migrará junto con las jóvenes hacia el corazón de la civilización", concluye la autora.

A la luz de los paisajes que asoman en el trayecto, va tomando cuerpo la idea central del libro, que tiene la enorme virtud de no reducirse a un mero enfoque "psi", sino que ofrece un panorama mucho más amplio del tema, incorporando herramientas de la sociología, la historia y la antropología. Las hoy llamadas "anoréxicas", desde esta perspectiva, "no son sino un eslabón en una larga serie de mujeres que en distintos momentos de la historia han recurrido al hambre de sus cuerpos como medio de expresar su subjetividad, y la de su época". De la misma manera que muchos de los testimonios "antiguos" que presenta el libro pueden resultar tan próximos, el lector no tardará en advertir la inquietante semejanza entre determinados tratamientos conductistas actuales y los métodos psiquiátricos que hace más de un siglo obligaban a sus pacientes a comer. Por eso, en esta era de sofisticados programas de adaptación y reeducación, de estrictos regímenes alimenticios y soluciones playeras, de luchas "contra" patologías y de recetas mágicas, el periplo de Silvia Fendrik por el túnel del tiempo nos permite comenzar a escuchar aquellas preguntas esenciales que habían quedado amordazadas bajo la solapa del menú. Y además nos devuelve el apetito, al menos el de saber, tan vital por otra parte. (141 páginas).

Juan de Olaso (c) La Nación

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