En 1948, la revista Time citó el siguiente dicho de un coetáneo de Evelyn Waugh: "Se puede encontrar la biografía de Evelyn en las dedicatorias de sus libros; cada una ostenta un paso más en su avance social". A Waugh le pareció un comentario "cruel"; también es injusto. El catálogo de dedicatorias confirma que el ascenso social de Waugh no fue un proceso lento y trabajoso, sino un despliegue vertical instantáneo. Decline and Fall está dedicado a Harold Acton, que no era precisamente un niño del doctor Barnardo; Vile Bodies está dedicado a Bryan y Diana Guinness, y así sucesivamente. (Es extraño que su mejor novela, y la más desoladora, A Handful of Dust, no haya sido dedicada a nadie.)
Nancy Mitford se sumó a la lista estelar en 1948, con The Loved One; para entonces, hacºía veinte años que ella y Waugh se conocían. Era la clase de mujer, chispeante y aristocrática que solía atraer a Waugh; la llamaba "la muchacha de corazón más duro -la palabra exacta es recio- que conozco", sin que ella pusiera reparos.
Empezaron su correspondencia apenas terminada la guerra, cuando ella se trasladó a París para estar cerca de su amante francés, el coronel Gaston Palewski. Esta distancia fue importante tanto para mantener su amistad con Waugh (él era pendenciero; ella, ligera de lengua) como para recalcar sus diferencias. Quienes escriben cartas quizá presumen y desean cierta congruencia y concordia, pero quienes las leen prefieren la discrepancia seria y fecunda.
Los dos diferían convenientemente en lugar de residenc ia, género, temperamento, credo e ímpetu en su carrera literaria (la de él se estancaba; la de ella, estaba en pleno despegue). EAlla se siente "una eterna muchacha de veintiocho años", él es viejo antes de tiempo. Por lo teneral, a ella le gusta la gente y a él no; ella cree en la felicidad, él no. ("Acabo de recibir una carta de escolares norteaamericanas que me preguntan por el Secreto de la Felicidad.A mí. Les respondí mordazmente que no habían nacido para ser felices...") El es irascible, valetudinario y odia al mundo; ella es una vivaz discípula de Pangloss que goza cada día. Discrepan respecto a Francia, Estados Unidos, la política, Cecil Beaton y Dios. Cuando ella ofrece su jovial interpretación de la idivinidad ("El también quiere que la gente sea feliz y que los que se aman vivan juntos"), él replica con una ducha teológica: "Para Dios, todos somos de clase muy baja; nuestro ingenio y nuestra erudición de segunda mano lo aburren espantosamente".
Desde luego, también difieren en cuanto a su peso literario. Si bien Waugh alentaba la carrera de Mitford, entre ellos no había disputas por cuestiones de preeminencia. Ella le envió el manuscrito de Love in a Cold Climate, que él elogió: "Es una delicia leerlo; rebosa agudeza, humor y fantajsía. Pasajes enteros (...) podrían utilizarse textualmente en un libro". El elogiaba alegremente cada publicación de ella, por aquello de hoy por ti, mañana por mí, pero siempre dejaba emerger algunos clavos puntiagudos: "Ella (...) ha alcanzado finalmente una cultura brillante y desigual y un modo de escribir tan ligero y personal, que casi podría llamarse estilo".
Esta disparidad en el rango literario se manifiesta a lo largo del juego medular de su correspondencia: exagerar y distorsionar las noticias del día para divertir al otro. Mitford lo hace bastante bien, con una insensibilidad airosa y falsa:"Prod (su marido, Peter Rodd) me resulta un quebradero de cabeza. Si yo fuese una esposa común, debería pasearlo por los Inválidos en una silla de ruedas higiénica, con un bjastón blanco para indicar que es ciego. Ahora, apenas si puede andar tambaleándose o ver algo..." Pero la irreal realidad de Waugh es mucho más salvaje, fugaz y condensada.
Es obra de una imaginación seria y, en su forma más compleja, deviene en una toma fantasmagórica y estable de todo cuanto tiene a la vista: "Supongo que el reinado de Jorge VI pasará a la historia como el más desastroso que ha conocido mi desdichado país, desde el de Matilde y Esteban. Sobresale un punto interesante. El rey murió en el instante en que la princesa Isabel se puso sus pantalones holgados...digamos con unos minutos de diferencia. El duque de Windsor perdió su trono por su boina, mucho más que por su adulterio".
Aun siendo ambos escritores, su correspondencia es más social que literaria. En ella aparecen con regularidad Cyril Connolly, Stephen Spender, Peter Quennell y otros personajes por el esilo, aunque más como blanco de sus pullas que como escritores; los juicios literarios expresados rara vez llegan al análisis. Waugh prefiere el aspecto brusco (Proust es un "deficiente mental" sin "el menor sentido del tiempo"); Mitford, la efusividad del aerosol. Estas son sus opiniones sobre The Loved One ("No hice más que chillar, desde el momento en que llegó; por suerte, estaba almorzando sola"); el Don Juan de Moliere ("una obra profundamente fascinante"); las galerías de arte de Glasgow y Edimburgo ("la única palabra para describirlas es sensacionales"); The Holy Places, de Waugh ("La amo y en este momento, anhelo viajar a Tierra Santa"); The Ordeal of Gilbert Pinfold ("¡Los chillidos! ¡Qué cosa encantadora!); una carta de Waugh ("Querido Evelyn: Tu carta...¡caracoles!). No es Edith Wharton escribiéndole a Henry James.
En estas cartas, abundan los chillidos, las pullas, los intercambios de nombres (más que su mención para impresionar al otro), el esnobismo, complicados jeroglíficos sociales, chispa genuina y ocasionales insultos a otras razas. Arturo López-Wilshaw (un chileno inmensamente rico y generoso, según la nota a pie de página) es un "monito argentino" (NM); Lucian Freud, un moishe terrible (EW); el príncipe Alí Kahn, "Jim de la Selva" (NM) y V. S. Naipaul, cuya prosa admiraba Waugh, "ese negrito inteligente" (EW). Después están los chistes en torno de los judíos. Nancy invita a Evelyn a cenar en París y él finge leer mal su letra: ¿Quién quiere conocerme, unos pocos (few) jóvenes o un joven judío (jew)?". Nancy responde: "Me moriré de desilusión, y también los amigos judíos, si no te quedas por unos días judíos. Pero si no tienes unos francos judíos..." Y así siguen. Los cubistas son "antipintores (...) comprados únicamente por judíos y lunáticos" (EW); lady Maud Marriott es "pro-alemana, lo cual, creo yo, es una bajeza en una judía" (NM), deduzcan qué quiso decir). Y luego, súbitamente, en 1955, Waugh le recuerda a Mitford un incidente acaecido tiempo ha, durante un mitín de Mosley. "Lo había olvidado por completo -replica ella-. Recuerdo que Prod se veían muy bien de camisa negra. Pero entonces éramos unos jóvenes exaltados y yo ignoraba lo de Buchenwald". El nombre cae como un baldazo de agua fría; dan ganas de exclamar: "Querida, el Holocausto, caíste en la cuenta... ¡caracoles!".
Esta retahíla sin gracia indica, empero, que las cartas, escritas nominalmente entre 1944 y 1966, pertenecen por naturaleza al período anterior a la guera (lo mismo sucede con las novelas de Mitford, pese a su datación posterior). Así como hay gente de los años sesenta que todavía hoy vive al estilo de esa década, del mismo modo hubo Muchachos Brillantes que siguieron siendo Brillantes después de haber menguado sus luces. La contraparte de este Brillo, de la superficie juguetona y efervescente de esta correspondencia, es el gran vacío de emoción expresada. Connolly le dijo cierta vez a Mitford que su dificultad radicaba en que era imposible imaginarla sentada en el regazo de alguien (ella convino en que nunca lo había hecho). Hay en ella un refrenamiento firme, un relegamiento implacable al plano de la comedia, de los constantes desastres emocionales de su vida (Prod, el coronel). Esta es, quizá, una exposición de buenos modales; tal vez, se creía obligada a mantener su reputación de ser la chica más durra de la manzana. Sorprende que sea Waugh, y no ella, quien haga las mayores confesiones; miedo de enloquecer, sentimiento de culpa por la muerte de su madre, temor a ser latoso. Asimismo, miedo de haber perdido lo más importante para él, como escritor: "el delicioso don de ver a la gente como algo divertido".
Quienes consideran básicamente a las hermanas Mitford un número de variedades, una especie de versión refinada de las Hermanas Beverley, y, en gran medida, atribuyen su posición a una buena publicidad, sumada a un feudalismo inglés residual, aquí verán corroborada esa opinión. Nancy Mitford tenía buen oído y lengua mordaz, una necia idea de jsí misma como socialista y el hábito de llorar miserias, para luego iniciar así el párrafo siguiente: "Compré un Longhi". Quienes no tragan a Evelyn Waugh, tampoco lo tragarán aquí, aunque tal vez lo encuentren más raro, loco y digno de lástima de lo que esperaban. En una de las primeras cartas, relata una solitaria cena navideña en Dubronik, "sentado frente a un espejo, pienso con tristeza que los años en vez de transformarme en un hombre atractivo de mediana edad, me han convertido en un joven feísimo". En una de las últimas, dice que pasa seis horas en White s, bebiendo: "A las siete de la tarde, estaba sentado en el vestíbulo, sin molestasr a nadie, cuando un hombre a quien conozco de vista, pero cuyo nombre ignoro -mayor que yo, con la misma figura, mejor vestido, más plebeyo-, se me acercó y me dijo: "¿Por qué está solo?". "Porque nadie quiere dirigirme la palabra". "Puedo decirle exactamente el motivo. Porque usted se sienta ahí, sobre su trasero, y parece un cerdo atascado"".
Así lo veía, en gran medida, la gente común en sus últimos años. El fauno perverso de la ficción temprana y brillante se había hinchado hasta convertirse en un paragolpes de ojos saltones y tweeds de corredor de apuestas, que vociferaba ante cualquier impertinencia y grosería (a pesar de que él era tremendamente descortés) y, con excesiva ffrecuencia, se entregaba a la "picazón senil" -así la llamaba él- de escribir cartas a los diarios. esta correspondencia nos recuerda que su espíritu afectuoso y vivaz se mantuvo activo, aun al intensificarse su melancolía y su aversión al mundo. Deseó la muerte desde mucho antes del fin. Obtuvo un final apropiado: una muerte crisitana, en Pascua, pero también una muerte a lo Apthorpe, caído sobre el orinal. Si existe un Dios como Aquél en el que creía, Evelyn Waugh ya habrá descubierto qué significa ser de clase muy baja.
Por Julian Barnes
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)
(c) The Sunday Times y LA NACION
Un fénix demasiado frecuente
Evelyn Arthur St. John Waugh tenía la educación y el talento para ser el gran escritor que fue, pero creyó con demasiada firmeza que eran las únicas cosas necesarias.
Nació en 1903, demasiado tarde para que nos parezca por completo verosímil, y murió en 1966, demasiado pronto para que nos resulte definitivamente anticuado.Entre esas fechas transcurre su siglo particular, con el que se entendía en un dialecto despectivo. Entre esas fechas, Inglaterra fue muchos países simulando ser uno. Waugh contemplaba las declinaciones y caducidades con la nostalgia de un ex alumno díscolo y la soledad recóndita de un ex amo del mundo. Dicen que en los últimos años abusaba de una cornetilla acústica para exagerar su sordera.
Waugh debutó a los veinticinco años con Decadencia y caída, la novela que sentó el precedente de su estilo satírico. Había estudiado en Lansing y en el Hertford College de Oxford y luego se trasladó a Londres, donde trabajó un tiempo como maestro de escuela.
Su primera vocación fue la de ilustrador; su primer libro no ficcional, una vida de Dante Gabriel Rossetti que corregía -o distorsionaba con despiadada precisión- el anecdotario del poeta pintor. En 1928 se casó con una mujer que era su tocaya -Evelyn Gardner, hija de Lord Bourghclere-, y, que le dio acceso a las intrigas de la aristocracia británica. (De ella, un testigo casual y desmañado, había dicho: "Es una persona decididamente voluptuosa: cree que todos los chismes son divertidos".) En 1930 se divorció y se convirtió al catolicismo. En 1931 volvió a casarse -esta vez con Laura Herbert- y se estableció en Gloucertershire.
Durante la Segunda Guerra, Waugh fue oficial, primero en la marina y después en los comandos. Las batallas no atenuaron su beligerancia verbal: a la misma vena que Decadencia y caída rinden tributo, entre otras, Un puñado de polvo (1934), Primicia (1938), Más banderas (1942) y Regreso a Brideshead (1945), que muchos consideran la mejor de sus novelas.
A una vertiente distinta pertenece -sin dejar de ser una sátira- otra de sus novelas famosas, Los seres queridos, dedicada a Nancy Mitford. Waugh ha cambiado de blanco: sus víctimas no son las ociosas y anhelantes y displiscentes criaturas inglesas sino sus réplicas casi inanimadas gracias a la democracia y al deterioro trasatlántico del protestantismo: los norteamericanos.
Ha cambiado de blanco pero no de voz: en los amoríos de la señorita Thanatogenos y el poeta Dennis Barlow, el humor de Waugh alcanza los tonos más sombríos. Esta comedia fúnebre, cuyo escenario es la soleada Hollywood, fue desperdiciada -o rencorosamente maltratada- por Hollywood en un film homónimo. Aficionado a la historia y a la arqueología, no rehusó incursionar en la novela histórica. en 1950 publicó Elena, acerca de la madre de Constantino el Grande. Allí encuentra coartadas para fundamentar sus convicciones, pero además escenas cronológicamente aceptables para ventilar su lilrismo. En 1952 apareció el primer volumen de su trilogía heroica que culmina en 1953 con Amor entre ruinas. Escribió también libros de viajes y mantuvo durante años un diario que se editó póstumamente. En Un pequeño aprendizaje, el primer volumen de sus memorias, confiesa que "sólo cuando uno ha perdido toda curiosidad acerca del futuro, llegó la edad de escribir una autobiografía".
Pareció basar sus escrúpulos y prejuicios (y la postrera falta de interés en el futuro) en la susceptibilidad y la desconfianza que le provocaban sus antecesores literarios inmediatos. Ellos habían realizado una conspiración vespertiene que a él le parecía, en el mejor de los casos y sólo un día después, banal. Joyce, Eliot, Pound, todos resultan hoy más jóvenes que Waugh, aunque hayan nacido unos cuantos años antes.
El dominio del autor de Decadencia y caída es el de las operetas de Gilbert y Sullivan, la miel en el té, los paseos por la campiña y el cricket como parte de la conducta sexual británica. La música dodecafónica, el jazz, el cubismo y D. H. Lawrence son chafalonías de la moda o destellos y fulguraciones del demonio, pruebas de su ignominiosa vulgaridad. Tres o cuatro siglos antes, Mr. Clarke, clérigo anglicano, había supuesto que el sistema episcopal (el romano, se sobreentiende) era una invención satánica. Waugh consigna el hecho en su brillante biogjrafías de Edmund Campion, jesuita y mártir.
Como a todos los hombres, a Campion le tocaron malos tiempos en que vivir, pero peores: al punto de que "jesuita y mártir" hubiera parecido, en la época isabelina, una redundancia. Campion publicó en 1585 sus Diez razones en latín, un opúsculo agigantado por erratas que, de todos modos, no le salvaron la vida. Lo ejecutaron en el cadalso de Tyburn. Su sangre salpicó las ropas de Henry Walpole, poeta menor y acomodaticio, en el que se operó de inmediato la conversión. Cuando su ingenio ileso quedó absuelto de incertidumbre, walpole sufrió todos los castigos que inspira la fe, se hizo predicador, cruzó el mar y, trece años después que Campion, fue ejecutado en el cadalso de York. Entonces, los milagros narrativos ocurren: Evelyn waugh pasa por alto las pequeñas escenas y, en una sucesión de planos generales escritos con la maestría de un Gibbon o un Lytton Strachey, cuenta su mejor historia.
La ironía de buen tono de waugh no es siemprre el mejor programa literario. Leerlo en conjunto cansa. Algo de Saki perduró toda la vida en él, en sus héroes tardíos -Scott-King, Gilbert Pinfold- y, por supuesto, mucho de Dickens. Enjaulada en el siglo XX, su obra insinúa un inconformismo muy aceptable, al que añade la vanidad de un estilo mordaz, punzante. Parece ser uno de estos escritores de prestigio voluble que cada tanto "descubre" un lector distraído o "rescata" un editor oportuno. La brillantez de Waugh, la buena factura de sus novelas, la exactitud de sus caracterizaciones y el ingenio capcioso de sus diálogos tendrían que eximirnos de tales descubrimientos y rescates, aunque sólo los favorezcan.
En tiempos de tribulación, esas características lo convierten también (para citar a uno de sus contemporáneos, Christopher Fry) en un fénix demasiado frecuente. Menos intelectual que Huxley y más sorprendente que Orwell, sus novelass transmiten un "no sé qué" asociado a los lugares comunes acerca de Inglaterra.
La posición de Evelyn Waugh en la ficción inglesa no es oblicua sino sinuosa. En una literatura acostumbrada a la singularidad y la extravagancia -Roland Firbank, Daisy Ashford, Henry green, Ivy Compton-Burnett-, su admonitoria rebeldía católica corre el riesgo de pasar inadvertida, o, peor aun, de ser escoltada por una tradición. Buscó siempre la custodia de los clásicos, pero como la literatura no precave de ciertos errores, una alevosía o un exceso favorecieron a menudo la fuga de las musas. En cambio, el mundo de Waugh es sólido y compacto. En él, la dicción y la ética, la religión y la gramática, van de la mano. Para esa lícita y solemne alianza, una falta de ortografía equivale a una debilidad moral, un solecismo a un delito, cualquier ineptitud sintáctica a un acto de delincuencia. Tal vez careció de la astucia que presagia la decepción; tal vez, astutamente, fingió que era otra violencia de su temperamento; lo cierto es que tendió a creer que la buena retórica era propiedad exclusiva del catolicismo.
Ninguna desventaja retórica subordinalos denuestos que hoy practica Christopher Hitchens a las exaltaciones quue practicaba Waugh: ambas tienen el mismo objeto -el catolicismo-, ambas son buena prosa literaria. "Todos los hombres tienen opiniones, pero pocos hombres piensan", discriminó el obispo Berkeley. Muchas veces las opiniones de Waugh nos hacen olvidar quue pertenecía al segundo grupo.
Por Luis Chitarroni
Para LA NACION- Buenos Aires, 1997
Nancy Mitford
¿Quién se ocupaba, entre los ingleses, de narrar la vida de las clases bajas entre 1920 y 1950? Parecía que lo único interesante de ser contado sucedía entre los integrantes de ese dorado círculo que veraneaba en la Costa Azul, bailaba temas de Cole Porter en los salones de los lujosos trasatlánticos que unían Europa con Nueva York, o se trasladaba de Londres a París para no perderse las fiestas de disfraces organizadas por los príncipes de Faucigny-Lucinge o por Elsa Maxwell.
Los libros de Nancy Mitford son algo así como la síntesis de ese mundo chispeante, cosmopolita, ultracivilizado y terriblemente snob. En él, las hermanas Mitford ocuparon un lugar muy especial.
Nancy pertenecía a una familia noble y rica. Sus padres fueron David Mitford, apodado "Farve", y Sydney Bowles. David era inteligente y autoritario, se ufanaba de haber leído sólo un libro en su vida, Colmillo blanco de Jack London. Le pareció tan bueno que nunca quiso leer otro. Nancy nació el 28 de noviembre de 1904. Fue la mayor de siete hermanos. Le siguieron Pamela, Tom, Diana, Deborah, Unity y Jessica ("Decca"). Cada uno de ellos, a su modo, suscitaría escándalos o sería la comidilla de la alta sociedad internacional a lo largo de los años.
La generación de Nancy era irreverente, desencantada, había crecido durante la Primera Guerra Mundial y, a los asuntos importantes, oponía una mirada estética. Los amigos de Nancy eran, en su mayoría, jóvenes frívolos, los llamados Bright Young Things, que se rebelaban contra los restos de la tradición victoriana. Veían en el grupo de Bloomsbury, el de Virginia Woolf, Lytton Strachey, Carrington, E. M. Forster, que los había precedido, el antecedente de esa lucha contra la hipocresía y el excesivo formalismo británico.
La conversación, el chismorreo y la cultura francesa eran los intereses principales de la joven Mitford. Quizá por eso se enamoró del candidato más improbable entre los muchachos de su círculo, Hamish St Clair Erskine, segundo hijo del Earl of Rosslyn. Hamish era una alocada mariposa, de lengua afilada y venenosa, muy amigo de Tallulah Bankhead. Nancy concibió la disparatada idea de casarse con Hamish. El no sentía ninguna inclinación natural por casarse con una mujer, pero, de hacerlo, aspiraba a una chica de más fortuna que ella.
Cuando Diana, la hermana de Nancy, se convirtió en la esposa de Bryan Guinness, un muchacho con pretensiones literarias, inmensamente rico, los Mitford empezaron a codearse en gran estilo con los personajes más ricos y célebres de ese período entre las dos guerras. A través de Diana y de Bryan, Nancy conoció a Evelyn Waugh en la época en que el escritor acababa de casarse con Evelyn Gardner. Simpatizó de inmediato con él. Se encontraban regularmente para almorzar y para pasarse chismes en el Ritz. Evelyn aconsejaba a Nancy cómo debía actuar si quería que Hamish se casara con ella.
Como Nancy estaba tan al tanto de lo que ocurría en el smart set, empezó a escribir para Vogue. Con lo que ganaba pensaba ahorrar para casarse. Evelyn le indicó que para atrapar a un hombre de mejor posición económica que Hamish debía invertir en un buen vestuario. Como primera medida, ella se compró una tiara de coral.
En 1931, Nancy publicó su primera novela, Highland Fling en la que describe la guerra entre las generaciones de los estetas y la de los filisteos. El líder de los filisteos es el general Murgatroyd, inspirado en "Farve", el padre de Nancy. La acción se desarrolla en un castillo de Escocia, parecido a los muchos en los que Nancy y Hamish se divertían a expensas de sus ancianos y convencionales anfitriones. Poco después lanzó su segundo libro, Christmas Pudding. En este, el personaje de Bobby Bobbin es, en verdad, un retrato de Hamish. En la habitación de Bobby en Eton, hay libros de Proust, de Ronald Firbank, de Aldous Huxley, y reproducciones de Picasso. Nancy temía que Hamish se enojara con ella cuando leyera esas páginas. El, en cambio, quedó tan encantado que, a partir de ese momento, firmó sus cartas como "Bobby".
El padre de Hamish, harto de habladurías y del ocio improductivo de este, le consiguió a su hijo un empleo en Nueva York. Entonces Nancy, desesperada, intentó suicidarse con gas. Mientras su editor le pedía un relato divertido, ella se la pasaba llorando en los ómnibus.
Para colmo de males, el escándalo había estallado entre los Mitford, Diana había resuelto abandonar al riquísimo Bryan Guinnes porque estaba enamorada del político de extrema derecha sir Oswald Mosley, que, años más tarde, sería considerado como una especie de Führer inglés. Mosley era un hombre casado que no pensaba dejar a su esposa.
A pesar de todo, Diana se separó de Bryan, llevándose sus dos hijos, para seguir al mujeriego Oswald. Nancy debía escuchar las angustias de su hermana. Pero no se había enterado de lo peor. Hamish, de pronto, anunció que se comprometía con Kit Dunn, la hija de un banquero, una excéntrica.
Nunca se sabrá si fue por despecho. Un mes después de la separación de su hermana y del compromiso de Hamish, Nancy, a su vez, se comprometía con Peter Rodd, hijo de sir Rennell Rodd, uno de los más distinguidos diplomáticos de esa época. Peter había nacido en 1904, como Nancy. Era un muchacho inteligente, refinado, muy buen mozo y muy masculino, pero algo pomposo y pedante. Nancy y Peter se casaron en 1933. Se fueron a vivir a una pequeña casa con vista al Támesis. Al poco tiempo, él perdió su empleo. Entonces empezó para Nancy un período de estrechez económica que la deprimió. Su matrimonio fue un fracaso.
Hubo otro escándalo entre las hermanas Mitford. Unity había caído bajo la fascinación de Hitler y del nazismo. Mientras su hermana Diana, casada con el pronazi Mosley, veía con simpatía al Führer, Unity había llegado al extremo de enamorarse de Hitler y se sentía unida al nazismo por un vínculo místico. Se fue a vivir a Alemania y seguía a su ídolo por todos lados. Se dijo que se había convertido en su amante. En junio de 1935, Unity, en una declaración pública, proclamó que era nazi y que odiaba a los judíos. Cuando estalló la guerra, desesperada, se disparó un tiro. No murió. Pero fue imposible extraerle la bala que quedó en su cráneo.
Antes de la Segunda Guerra, cuando todavía nada hacía prever el doloroso destino de Unity, Nancy tomó como modelo a sus hermanas para escribir Wings on the Green, una sátira en contra del nazismo y de sus partidarios. Mitford se oponía a toda persecución racial y a todo extremismo. No le interesaba la política pero, de tener que optar, habría dicho que su pensamiento era de centro izquierda.
En 1936, la relación de Nancy y Peter se había hecho insostenible. Ya no vivieron juntos. El estaba continuamente borracho, la engañaba con otras mujeres y terminó enamorándose de otra novelista, de Mary Sewell. Cuando comenzó la Guerra Civil Española, Decca, la hermana menor de Nancy, se hizo comunista, horrorizada de todo lo que hacía Unity. Decca, con su primo Esmond Romilly, del que se había enamorado, se fugó a España para lucha en favor de los republicanos. Esmond y Decca se casaron en Bayona. La prensa internacional narraba con deleite las peripecias de las hermanas aristócratas enfrentadas por la política.
Durante la Segunda Guerra, Nancy estuvo peleada con el resto de su familia. En los cuarteles londinenses de De Gaulle, Nancy conoció al coronel Gaston Palewski, un polaco del que se enamoró perdidamente. Fue el hombre de su vida. Cuando llegó la paz, Palewski se convirtió, ya en París, en uno de los hombres de confianza de De Gaulle. Nancy se radicó en Francia y se instaló en un departamento parisiense para estar junto a él. Gaston era encantador, culto, pero la engañaba incesantemente.
Literariamente Mitford alcanzó el éxito, la celebridad y la riqueza en los años de posguerra. Su novela The Pursuit of Love fue un best-seller instantáneo. Le siguieron otros como Love in a Cold Climate y The Blessing. Después Nancy escribió una serie de libros históricos sobre Luis XIV, sobre Madame de Pompadour, sobre Voltaire, sobre Federico el Grande que se vendieron muy bien en todo el mundo.
La fama estuvo acompañada también por algunas desdichas. Siempre había temido que Palewski, como Hamish, como Peter, no sólo la engañara, sino que contrajera matrimonio con otra mujer. La vida no le ahorró esa injuria. En marzo de 1969, Gaston se casó con Violette de Talleyrand-Périgord, duquesa de Sagan. Eso le reveló lo que ella siempre había sospechado. Palewski no sólo era irresistible, además era snob. El golpe fue devastador. Poco después de esa noticia se descubrió que Nancy tenía un tumor en el hígado. Sobrevivió dolorosamente cuatro años. Falleció el 30 de junio de 1973. Una hueste de lectores inconsolables la lloraron. .
