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Anticipo

Carta de una engañada

Suplemento Cultura

Este texto forma parte de Nosotras... y la piel (Alfaguara), una selección de ensayos de la poeta, compilados por Mariela Méndez, Graciela Queirolo y Alicia Salomone, que revelan el pensamiento feminista de la autora. Fueron escritos entre 1919 y 1921 y publicados en la revista La Nota y en La Nación .

Mi querida Tula:

Tu carta la esperaba; sé que todo ha trascendido, por mucho que hayamos querido echar tierra sobre el asunto todo el mundo lo sabe. Pero todo el mundo lo sabe mal. Sé que circulan las más horribles hipótesis. Se ha hablado de nuestra separación. No hay nada de eso. Nuestra vida continuará, ¡ay! como hasta ahora, por lo menos así lo deseo. Roberto está ya fuera de peligro;le extrajeron la bala con felicidad y su convalecencia es rápida.

Aquí estamos, hablándonos lo menos posible. Frecuentemente él me besa la mano con que lo sostengo, entonces me siento a punto de morir de dolor. ¿Quién podrá comprender todo lo que he sufrido en estos días? ¿Quién podrá penetrar en la mezcla de sentimientos que me han sacudido?

Cuando Roberto intentó matarse yo lo ignoraba todo. Pero con ese olfato que las mujeres tenemos, imaginé toda la verdad. Fue un golpe con una luz repentina. Me vinieron a la imaginación 50 mil detalles en los que no había hasta entonces puesto mi análisis. ¡Oh, qué horrible fue eso! Mi primer impulso, como comprenderás, fue salvarle la vida. Acaso más que por la vida de él, por lo que yo esperaba saber. Qué de atisbar en sus menores palabras, en sus más breves gestos... Después, hice bajezas de todas clases; le revolví libros, papeles, documentos; hice saltar cerraduras hasta que hallé, oh Tula, unos borradores hechos pedazos:juntarlos, leerlos, morir de desesperación, fue todo uno.

¡Y qué desesperación! ¡Sabes que te engañan; crees ser lo que más aman en la tierra, y una coqueta los lleva a la muerte y lo que es más tremendo aún, sabes que lo que es tuyo ha sido despreciado, vejado por una cualquiera!

Más que el dolor de verte engañada, te duele la miseria del ser a quien amas, su debilidad, su extravío.

Tú sabes cómo es cosa mía Roberto. Tú sabes cómo he torcido su vida; tú sabes todo el sacrificio que me ha costado cuidar su permanente debilidad, apartarlo de medios peligrosos.

Pues bien, todo está en el suelo, empolvado, sucio, destruido.

Pero, yo no puedo odiar. Ni a él ni a ella. ¿Quieres creerlo?

Cuando pienso en esa mujer, el gran dolor mío es que lo haya despreciado, es que haya jugado con él hasta llevarlo a este estado.

¿Celos? Ya ves que no. Celos vulgares, no. Pobres celos de la materia, no. Celos infinitos, acaso, de un ser espiritual que yo he creído formar y no he formado. Celos infinitos, mortales, como los que tendría una madre, orgullosa de un hijo digno, si comprobara que el afán del robo lo tienta.

Celos de haber sido superada la belleza moral por la fuerza moral del instinto.

Ah, todo está destruido.

Roberto me ha hablado; me ha pedido perdón.

Antes de que me lo pidiera yo se lo había concedido.

Entiendo.

Le he prometido ser para él lo que era antes y me ha prometido olvidarlo todo.

Más aún, me ha pedido que lo ayude a olvidar.

¿Pero es que entienden los hombres lo que hay dentro de algunas almas de mujeres, que hasta llegan a pedir que les ayuden a olvidar?

¡Ayúdame a olvidar! ¡Y te lo dicen con una inconsciencia, con una tranquilidad de espíritu, con una seguridad tal, que sólo esta inferior condición de mujer puede tolerarlo! Sí, inferior digo.

Inferior porque recogemos todo lo deshecho, lo manoseado. Inferior porque pasamos la vida construyendo lo que el hombre destruye. Inferior porque el sentimiento nos maniata, inhabilita y ciega para la crueldad.

¿No te has fijado tú en que todas las grandes cosas se hacen a base de crueldad?

Ah, perdóname. ¿Ves cómo salto de una cosa a otra sin orden?Es que mis pobres nervios no están bien.

¡Qué vacío tengo en el alma! ¡Cómo quisiera huir de mí misma, de mi bondad, de mi altura moral, de todo esto estúpido!

¡Ah, tomar la vida entre las manos, despojarla rabiosamente del sentimiento; echarse a bucear la primavera, los cielos azules y cálidos, las bellas rosas perfumadas... Sentir bajo los pies la tierra redonda que cede a tu paso y saltar de alegría en alegría, rojos los labios, liviana el alma!

Aquí estoy, en cambio, al lado de un hombre pálido y taciturno, que tiene el pecho agujereado y el alma roída, a quien día a día debo lavar la herida del cuerpo y cicatrizar la del alma. Este hombre es mi marido, mi marido que quería suicidarse por una vulgar que no quiso seguir siendo su amante.

¿Qué pensarás de mí? Déjame decir lo que se me ocurre. Todo esto no es, acaso, más que pura rabia disimulada.

¿Cuándo volverán los días pasados? ¿Los días de creerme dulcemente amada, finalmente preferida? ¿Cuándo volveré a tener un alma en mis manos para imprimir en ella los moldes míos?

Acaso ya nunca. Hoy siento que aquello no será ya resucitado. Siento repugnancia, fastidio, por las cosas trizadas. Y quizás espiritualmente no pueda sobreponerme a este concepto estético.

Dicen que el tiempo... A este pobre viejo le dan demasiados talismanes los felices. Hoy no espero nada. Nada que no sea seguir entendiendo, es decir, seguir anulándome.

Escríbeme. Besos. Mercedes. .

Por Alfonsina Storni
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